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Chapter 33 - Capítulo 32: La Casa de Tazuna

La casa de Tazuna estaba construida sobre pilotes, suspendida sobre el mar, pero el ambiente dentro se sentía subterráneo. 

Había una pesadez en el aire que no venía de la niebla, sino de la desesperanza.

Kakashi estaba en una habitación trasera, inconsciente, recuperándose del uso excesivo del Sharingan. 

El resto del Equipo 7 estaba sentado a la mesa. 

Tsunami, la hija de Tazuna, servía la cena con una sonrisa forzada y nerviosa.

Sasuke comía en silencio, irritado por la pausa en el entrenamiento. 

Sakura intentaba ser educada, elogiando la comida. 

Naruto comía mecánicamente. 

Su mente estaba catalogando las salidas de emergencia de la casa y los puntos ciegos de las ventanas.

Entonces, la puerta se abrió. 

Entró un niño pequeño con un sombrero de pescador que le quedaba grande. Inari.

Inari no saludó. Miró a los ninjas con una mezcla de miedo y repulsión absoluta. —Mamá —dijo el niño, ignorando a los invitados—. ¿Por qué están ellos aquí? Van a morir.

Sakura se atragantó con su arroz. —¡Oye! —exclamó—. ¡Qué grosero! Estamos aquí para proteger a tu abuelo.

Inari se giró hacia ella. 

Sus ojos estaban oscuros, hundidos. 

No eran los ojos de un niño desafiante. 

Eran los ojos de un anciano que ha visto demasiados funerales.

—Es inútil —dijo Inari con voz plana—. Gato es invencible. Nadie puede ganarle. Ustedes se hacen los héroes, pero solo son cadáveres que aún caminan. Deberían irse antes de que los maten.

En la historia original, o en una vida diferente, Naruto Uzumaki habría golpeado la mesa. Habría gritado. Se habría subido a una silla para proclamar que él sería Hokage y que los héroes existen.

Pero este Naruto no hizo nada de eso.

Naruto dejó sus palillos sobre el cuenco. Giró la cabeza lentamente y clavó sus ojos azules en Inari.

No activó su sangre. 

No usó intención asesina. 

Simplemente... observó.

Vio las manos del niño apretadas en puños, temblando. 

Escuchó su respiración entrecortada. 

Olió las lágrimas secas en su ropa.

Este niño no nos odia, analizó Naruto fríamente. Tiene miedo de encariñarse.

Naruto reconoció el mecanismo de defensa inmediatamente. Era un espejo distorsionado de su propia estrategia. Naruto usaba el ruido y la estupidez para que la gente no viera su oscuridad. Inari usaba el cinismo y la crueldad para que la gente se alejara, para no tener que sufrir cuando murieran.

Ambos estaban construyendo muros. La diferencia era que el muro de Naruto estaba hecho para sobrevivir y luchar. El muro de Inari estaba hecho para rendirse y morir solo.

—Tú... —empezó Naruto. Su voz no era la del payaso chillón. Era tranquila, casi clínica.

Todos en la mesa lo miraron, sorprendidos por el tono bajo.

—Tú lloras mucho cuando estás solo, ¿verdad?

Inari se congeló. La máscara de cinismo se rompió por un segundo, revelando al niño asustado debajo. —¿Q-qué?

—Tienes los ojos hinchados —señaló Naruto, sin burla, solo enunciando un hecho médico—. Y tus manos tiemblan. No estás enfadado con nosotros. Estás aterrorizado.

Sasuke miró a Naruto con el ceño fruncido. 

Sakura parecía incómoda. 

Tazuna bajó la cabeza, avergonzado por la verdad.

Inari apretó los dientes. 

Las lágrimas de rabia asomaron a sus ojos. —¡Cállate! ¡Tú no sabes nada! ¡Tú no sabes lo que es sufrir! ¡Eres un ninja, siempre estás feliz y riéndote! ¡No sabes lo que es que te quiten todo!

Naruto sostuvo la mirada del niño. 

Podría haberle dicho que era huérfano. 

Que la aldea lo odiaba. 

Que tenía un demonio en el estómago.

Pero no lo hizo. 

El dolor no es una competencia. 

Y explicar su propio dolor no curaría el de Inari.

Naruto se levantó de la mesa. 

Tomó su plato vacío y lo llevó al fregadero.

—Tienes razón —mintió Naruto, dándole la espalda al niño—. No sé nada. Soy un idiota que siempre se ríe.

Se giró y le dedicó a Inari una sonrisa que no llegó a sus ojos. —Pero al menos no estoy muerto todavía. Y mientras no esté muerto, el viejo sigue vivo.

Caminó hacia la puerta para salir al porche. 

Al pasar junto a Inari, se detuvo un instante, sin mirarlo.

—Seguir llorando está bien —susurró Naruto, tan bajo que solo Inari (y quizás Sasuke) pudo oírlo—. Pero si lloras antes de que pase nada... entonces ya perdiste.

Salió de la casa, dejando un silencio denso en el comedor.

Naruto se sentó en los escalones de madera, mirando la niebla nocturna.

—Eso fue cruel —comentó Kurama.

—Fue necesario —respondió Naruto mentalmente—. Estaba intentando asustarnos para que nos fuéramos. Si nos vamos, Gato gana. Necesitaba que alguien le dijera que su miedo es visible.

—No me refería a eso.

Kurama se removió en su jaula, sintiendo las emociones del chico.

—Hablaste con él no como un héroe que promete salvarlo, sino como un superviviente que reconoce a otro herido.

Naruto se miró las manos. —Es como yo, Kurama. Pero él se rompió. Yo... yo tuve que endurecerme.

—Esa es la diferencia entre la compasión infantil y la empatía real, Naruto. La compasión dice "pobrecito". La empatía dice "te entiendo, y es una mierda".

Naruto asintió. —Es una mierda —concordó.

Dentro de la casa, Inari había salido corriendo a su habitación, llorando. Pero esta vez, no lloraba por desesperanza. Lloraba porque el extraño de pelo naranja lo había visto desnudo, le había quitado la armadura de odio y lo había dejado solo con su miedo.

Y a veces, romper un hueso mal curado es la única forma de que sane bien.

Naruto cerró los ojos, escuchando el mar. 

Mañana empezaría el entrenamiento de verdad. 

Y esta vez, no sería para impresionar a Kakashi. 

Sería para asegurarse de que ese niño llorón no tuviera razón sobre que iban a morir.

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