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Chapter 36 - Capítulo 35: Llegar Tarde

Los héroes de los cuentos siempre llegan justo a tiempo para salvar el día con una sonrisa. 

Los soldados llegan cuando pueden, hacen lo que deben y luego viven con las pesadillas.

Naruto Uzumaki corría hacia el bosque, en dirección al puente. 

Su velocidad era inhumana, potenciada por el chakra que bombeaba a través de sus piernas. 

Pero de repente, se detuvo en seco. 

Sus sandalias derraparon en la tierra.

Su sangre dio un vuelco violento. 

No venía del puente. 

Venía de atrás. 

De la casa.

Inari.

La resonancia que había sentido con el niño la noche anterior no había desaparecido. 

Ahora, esa conexión vibraba con un tono agudo y desesperado. 

Pánico. 

Terror mortal.

Naruto miró hacia el puente, donde Kakashi y Sasuke estaban luchando. 

Miró hacia la casa, donde Tsunami e Inari estaban solos.

—Maldición —gruñó Naruto.

Giró sobre sus talones y corrió de vuelta. 

Llegaría tarde al puente. 

Quizás Sasuke le odiaría por eso. 

Quizás Kakashi moriría. 

Pero su instinto le gritó que si no volvía a la casa, algo se rompería dentro de él que nunca podría arreglar.

En la casa de Tazuna, la situación era primitiva y brutal. Dos samuráis mercenarios de Gato habían entrado. Habían venido a secuestrar rehenes para chantajear al constructor.

Pero al ver a Tsunami, sus intenciones se habían oscurecido. —Gato dijo que matáramos al niño —dijo uno, lamiéndose los labios mientras acorralaba a la mujer contra la cocina—. Pero no dijo nada sobre no divertirnos un poco con la hija antes de irnos.

Tsunami sostenía un cuchillo de cocina, temblando. —¡Atrás!

El mercenario le arrancó el cuchillo de un manotazo y la agarró del pelo. La arrastró hacia la mesa. Tsunami gritó.

—¡Déjala! —gritó Inari.

El niño pequeño, que siempre lloraba, que siempre decía que era inútil, corrió hacia el hombre y le clavó un tenedor en la pierna. 

Fue un ataque patético. 

Apenas rompió la tela del pantalón.

El mercenario rugió, soltó a Tsunami y le dio una patada a Inari que lo envió contra la pared. 

El niño cayó, escupiendo sangre, con las costillas crujiendo.

—Mocoso estúpido —el hombre desenvainó su katana—. Te voy a cortar en pedazos primero, para que tu madre mire.

El samurái levantó la espada. Inari cerró los ojos, esperando el final. Al menos... al menos lo intenté.

El sonido que siguió no fue el de una espada cortando carne. 

Fue el sonido de una puerta siendo arrancada de sus bisagras.

Y luego, el silencio.

Inari abrió los ojos. 

El samurái que iba a matarlo estaba quieto, con la espada levantada. 

Detrás de él, había una mancha naranja.

Naruto estaba allí. 

No estaba sonriendo. 

No llevaba su máscara de idiota. 

Su rostro estaba vacío, pálido, aterrador. 

En su mano derecha, sostenía la chokutō barata.

La hoja había entrado por la nuca del samurái y había salido por su garganta, cortando la médula espinal y la tráquea en un solo movimiento fluido.

Naruto giró la muñeca. 

Crac. 

El cuello del hombre se rompió. 

Naruto sacó la espada. 

El cuerpo cayó al suelo como un títere al que le cortan los hilos.

Sangre caliente salpicó la cara de Naruto. No se la limpió.

El segundo mercenario, el que estaba cerca de Tsunami, se quedó paralizado por el shock. —¡Tú...! ¡Eres un ninja!

El hombre soltó a Tsunami e intentó sacar su espada. 

Demasiado lento.

Naruto no usó ningún jutsu. 

No gritó "¡Clones de Sombra!". 

Simplemente se movió. 

Fue un estallido de velocidad pura. 

Naruto se deslizó por debajo de la guardia del hombre y le clavó la espada en el estómago, empujando hacia arriba, buscando el corazón.

El metal barato de la chokutō protestó. 

Se atascó en una costilla. 

Naruto gruñó, un sonido animal, y empujó con su hombro, usando todo su peso.

La espada atravesó el corazón. 

El hombre tosió sangre sobre el hombro de Naruto y se desplomó sobre él, muerto.

Naruto empujó el cadáver lejos de sí. El silencio volvió a la cocina. Solo se oía el goteo de la sangre y la respiración entrecortada de Tsunami.

Naruto estaba de pie en medio de la carnicería. Tenía las manos rojas. Su chaqueta naranja estaba manchada de carmesí oscuro.

Miró los cuerpos. Eran humanos. Hombres adultos. Tenían familias, quizás. Tenían historias. Y él los había apagado como si fueran velas.

De repente, las piernas de Naruto fallaron. Cayó de rodillas en el charco de sangre.

Su corazón, que había estado frío durante la ejecución, explotó en un ritmo frenético: Tun-tun-tun-tun-tun. Su estómago se revolvió. Sintió bilis en la garganta.

No era culpa. Estos hombres iban a violar y matar. Merecían morir. Era el peso. La realidad física de quitar una vida. La textura de la carne cediendo ante el acero. El olor a excremento que liberan los cuerpos al morir.

Naruto empezó a temblar. No era el temblor de la adrenalina de los Hermanos Demonio. Era un terremoto emocional.

—Naruto... —susurró Inari, mirándolo con asombro y terror.

Naruto levantó la vista. Tenía lágrimas en los ojos. No lágrimas de tristeza, sino de pura sobrecarga nerviosa. —Lo siento... —dijo Naruto, con la voz rota—. Llegué tarde. Casi... casi te lastiman.

No se disculpaba por matar. Se disculpaba por el miedo que habían pasado.

Inari corrió hacia él y lo abrazó, manchándose de la sangre de los bandidos. —¡Nos salvaste! ¡Nos salvaste!

Tsunami también se acercó, llorando, envolviendo a los dos niños.

Naruto se quedó rígido en el abrazo. Sentía el calor de Inari. Sentía el alivio de Tsunami. Y sentía la sangre pegajosa en sus manos.

—Ahí está —susurró Kurama desde la profundidad, observando el caos en la mente de su anfitrión.

El Zorro había temido que Naruto se convirtiera en un autómata, en una máquina de matar sin alma como Haku. 

Pero Naruto estaba llorando. 

Estaba temblando. 

Estaba sintiendo cada gramo del horror que acababa de cometer.

—La anestesia ha desaparecido por completo, Naruto. Estás sintiendo todo. El asco. La rabia. El alivio. El amor.

—Ya no eres un niño fingiendo. Eres un hombre que acaba de matar para proteger su manada. Y te duele. Bien. Si no te doliera, serías yo.

Naruto se separó suavemente del abrazo. 

Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano ensangrentada, dejando una marca roja en su mejilla que parecía una pintura de guerra.

Se puso de pie. Recogió su espada del suelo. La hoja estaba mellada. El metal barato había sufrido con el hueso.

—Tengo que ir al puente —dijo Naruto. Su voz ya no temblaba. Era dura como la piedra.

—Pero... —empezó Inari.

Naruto se giró hacia la puerta rota. —Mis amigos están peleando. Y si no voy... ellos también morirán.

Salió corriendo de la casa, dejando un rastro de huellas rojas. 

Ya no era el "Ninja Número Uno en sorprender a la gente". 

Ahora era un asesino con las manos sucias que corría desesperadamente para no tener que enterrar a nadie más ese día.

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