Enterrar a los muertos es el último deber de los vivos.
Es un trabajo físico, sucio y silencioso.
En una colina con vista al mar y al puente terminado, el Equipo 7 cavó dos tumbas.
No había lápidas de mármol.
Solo dos montículos de tierra y una cruz de madera.
Como marcador, clavaron la Kubikiribōchō, la espada gigante del Demonio, en la cabecera de la tumba de Zabuza.
Naruto colocó una bola de arroz sobre la tierra de Haku. —Le gustaban los dulces, creo —murmuró Naruto—. Pero esto es todo lo que tengo.
Se quedó de pie, mirando el horizonte.
Ya no llevaba su espada a la espalda.
La vaina estaba vacía.
Kakashi se acercó y se paró junto a él.
El Jōnin miró al chico.
Vio la postura.
Vio la ausencia de tensión en los hombros.
Naruto había matado a dos hombres en la casa de Tazuna.
Había enfrentado a un usuario de Kekkei Genkai y había sobrevivido.
Había visto el suicidio de Zabuza.
Cualquier otro niño de doce años estaría traumatizado o eufórico.
Naruto estaba simplemente... presente.
—Naruto —dijo Kakashi.
Naruto giró la cabeza. —¿Sí, Kakashi-sensei?
Kakashi quería preguntarle muchas cosas. ¿Cómo supiste que Haku no quería matar? ¿Cómo te moviste tan rápido en la cocina? ¿Cómo es que no tienes pesadillas?
Pero Kakashi, un veterano de guerras y tragedias, sabía que hay preguntas que no se hacen. Las respuestas suelen ser mentiras o verdades que duelen demasiado.
En su lugar, Kakashi puso una mano sobre el hombro de Naruto. No fue una palmada condescendiente. Fue un agarre firme. Un apretón de igual a igual.
—Hiciste un buen trabajo —dijo Kakashi.
Naruto sostuvo la mirada de su maestro. Por un segundo, la máscara de "niño tonto" cayó por completo. Kakashi vio la profundidad abisal en los ojos azules. Una inteligencia fría y una tristeza antigua.
—Solo hice lo necesario —respondió Naruto.
Kakashi asintió y retiró la mano.
El mensaje había sido entregado y recibido: Sé que no eres lo que aparentas. Y respeto tu secreto.
Llegó el momento de partir.
Tazuna y los aldeanos estaban reunidos en el extremo del puente para despedirlos.
Inari estaba llorando, pero esta vez no escondía la cara. —¡Prometo que seré fuerte! —gritó el niño, limpiándose los mocos—. ¡Protegeré la aldea con mis propias manos!
Naruto sonrió. Una sonrisa pequeña, genuina. —Más te vale, llorón. Si tengo que volver a salvarte, te cobraré el doble.
Tazuna se rió, aunque tenía los ojos húmedos. —Saben... este puente necesita un nombre. Un nombre que represente la fuerza que nos devolvió la esperanza. Un nombre que nunca se rinda, incluso cuando todo parece imposible.
Tazuna miró el puente masivo de piedra que conectaba su isla aislada con el continente, con el futuro. Y luego miró al chico rubio que le había enseñado a su nieto a luchar, y que había cargado el cuerpo de su enemigo con respeto.
—Lo llamaré: El Gran Puente Naruto.
Sakura parpadeó. —¿Eh? ¿El nombre de Naruto? ¿En serio?
Sasuke bufó, cruzándose de brazos, pero había una leve sonrisa en la comisura de sus labios. —Un nombre ridículo para un puente ridículo. Le queda bien.
Naruto se rascó la nuca, fingiendo vergüenza. —¡Jejeje! ¡El viejo tiene buen gusto! ¡Dattebayo!
Pero por dentro, Naruto sintió un calor extraño. No era la validación de ser Hokage. Era algo más tangible. Había dejado una marca. No una cicatriz de sangre, sino una estructura que unía a la gente. Su nombre, que siempre había sido sinónimo de "demonio" o "molestia", ahora significaba "conexión".
El equipo comenzó a caminar de regreso a Konoha.
Mientras cruzaban el puente, Naruto se detuvo un momento junto a la barandilla. Miró hacia abajo, hacia el remolino de las corrientes marinas.
Sintió el peso ligero en su espalda. La vaina vacía. Los restos de su chokutō —el mango roto y el trozo de hoja mellada— los había tirado a la basura en la casa de Tazuna esa mañana.
No hubo ceremonia. No hubo despedida sentimental al arma. Era metal barato. Se había roto porque no pudo soportar su crecimiento.
Naruto se desató la vaina de la espalda. La correa de cuero estaba gastada. La dejó caer al mar.
Splash.
La vaina desapareció bajo la espuma.
Naruto se sintió más ligero.
Ya no necesitaba un objeto para sentirse seguro.
Ya no necesitaba "jugar" a ser un espadachín.
Sus manos eran las armas.
Su sangre era el filo.
Su mente era el estratega.
Caminó para alcanzar a sus compañeros, con las manos detrás de la cabeza, silbando bajo el sol que finalmente había salido.
En la oscuridad de su interior, Kurama se recostó sobre sus patas delanteras, cerrando los ojos con satisfacción. Había visto al chico entrar en este arco como un niño disfrazado, inseguro, aferrado a una espada de segunda mano. Lo veía salir como un guerrero que había aceptado la muerte, el asesinato y la pérdida.
—Has matado sin disfrutarlo —enumeró el Kyūbi mentalmente. —Has llorado por tu enemigo. Has inspirado a los débiles. Y has tirado tus muletas.
La voz del Zorro resonó, profunda y final, en la mente de Naruto.
—Ahora sí, Naruto... estás completo.
Naruto no respondió con palabras.
Simplemente respiró hondo, llenando sus pulmones de aire salado, y siguió caminando hacia el futuro.
La infancia había terminado oficialmente.
El ninja había nacido.
