El sonido del Chidori no es como un trueno.
El trueno retumba; el Chidori grita.
Es el sonido de mil pájaros en pánico, o mejor dicho, el sonido de la electricidad rasgando la atmósfera porque no cabe en ella.
Naruto, arrodillado junto a Sasuke, levantó la cabeza.
Su sangre, que acababa de calmarse tras la pelea con Haku, se congeló en sus venas.
No por miedo, sino por respeto instintivo ante la cantidad de chakra concentrado en la mano de su maestro.
A través de la niebla que se disipaba, Naruto vio la escena como un cuadro estático.
Zabuza estaba inmovilizado.
Los perros ninja (Ninken) de Kakashi lo tenían sujeto por las extremidades, clavando sus colmillos en la carne del Demonio.
Zabuza no podía moverse.
Estaba atrapado, esperando la ejecución.
Kakashi Hatake estaba de pie, con la mano derecha envuelta en un relámpago azul y blanco tan brillante que hería la vista.
Su ojo Sharingan no mostraba piedad. Mostraba cálculo.
—Se acabó, Zabuza —dijo Kakashi. Su voz era plana. No había gloria en matar a un perro rabioso, solo necesidad.
Kakashi se lanzó a la carrera.
La velocidad del Raikiri es tal que el cuerpo humano se convierte en un borrón.
Es una estocada diseñada para matar antes de que la víctima escuche el sonido.
Naruto, con sus sentidos agudizados, vio la trayectoria.
Línea recta.
Objetivo: Corazón de Zabuza.
Zabuza no cerró los ojos.
Miró a la muerte de frente, desafiante hasta el final.
Pero entonces, una anomalía entró en el radar de Naruto.
Una ráfaga de viento helado. Una presencia que Naruto conocía bien.
—No... —susurró Naruto, extendiendo una mano inútil hacia el aire.
Haku, que había desaparecido segundos antes frente a él, se materializó entre el rayo y el demonio.
No apareció para atacar.
Apareció con los brazos abiertos.
¡CRAACK!
El sonido de la carne y el hueso cediendo ante el chakra de alta densidad fue nauseabundo. Húmedo y crujiente a la vez.
El tiempo volvió a su velocidad normal. La luz azul se apagó.
Kakashi estaba quieto, con los ojos abiertos de par en par, llenos de horror.
Su mano no estaba en el pecho de Zabuza.
Estaba atravesando el pecho de Haku.
El silencio que cayó sobre el puente fue más pesado que cualquier jutsu de gravedad.
La niebla se retiró por completo, como si la naturaleza quisiera que todos vieran la tragedia con claridad HD.
Haku tosió.
Sangre roja manchó la mano de Kakashi y el chaleco de Zabuza.
Con sus últimas fuerzas, Haku agarró el brazo de Kakashi para que no pudiera retirarlo.
—Zabuza... san... —susurró Haku.
Zabuza miraba la espalda del chico.
Sus pupilas estaban contraídas.
Haku había cumplido su palabra.
Había sido útil hasta el último microsegundo.
Naruto, desde la distancia, sintió el impacto como si lo hubiera recibido él.
No gritó "¡Haku!".
No corrió llorando.
Se quedó inmóvil, con las manos apretadas sobre sus rodillas.
El Mandato de Sangre dentro de él, esa fuerza biológica que siempre buscaba amenazas, se replegó por completo.
Se escondió en lo profundo de su médula.
No había amenaza.
Solo había una pérdida inmensa y vacía.
Naruto vio cómo la vida abandonaba los ojos de Haku.
Esos ojos amables que le habían dicho que ser fuerte significaba tener a alguien a quien proteger.
Lo protegiste, pensó Naruto, sintiendo un dolor sordo en la garganta. Pero el precio fue todo lo que eras.
En el interior del sello, el paisaje mental de Naruto era usualmente una alcantarilla oscura y húmeda.
Pero en ese momento, el agua del suelo estaba tranquila, como un espejo negro.
Kurama estaba sentado, observando la pantalla gigante de la visión de Naruto.
El Zorro no se burló de la muerte del chico de hielo. No se rió de la estupidez humana.
Kurama miró hacia arriba, hacia la consciencia de Naruto que flotaba en el vacío.
Durante años, Kurama había visto a Naruto como una cárcel. Luego, como un entretenimiento. Recientemente, como un socio táctico. Pero al ver cómo Naruto procesaba la muerte de Haku —con dignidad, con dolor silencioso, sin perder el control— Kurama entendió algo fundamental.
Este humano no se rompía. Se doblaba, sangraba, sufría, pero no se rompía.
—Naruto —dijo Kurama. Su voz resonó sin eco, íntima.
Naruto no respondió, demasiado ocupado respirando para no ahogarse en la realidad.
—Mira bien. Eso es el final del camino del ninja. Morir como un objeto para que otro viva.
—Es cruel. Es estúpido.
Kurama bajó la cabeza, acercando su hocico gigante a las rejas, eliminando la distancia emocional.
—Pero ese chico eligió su final. Y tú... tú estás aquí, respetándolo con tu silencio.
Kurama cerró los ojos, exhalando un suspiro de chakra cálido que envolvió el núcleo tembloroso de Naruto.
—Ya no eres mi carcelero. Y yo ya no soy solo un observador. —Siente el dolor, amigo. Sientelo todo. Porque eso es lo único que te separa de ser una espada como él.
En el mundo real, Zabuza comenzó a reír.
Una risa rota, maníaca, mientras Haku colgaba muerto del brazo de Kakashi.
—Bien hecho, Haku —dijo Zabuza, con la voz cargada de una crueldad forzada—. Me diste una oportunidad.
Zabuza levantó su espada gigante, dispuesto a cortar a través del cuerpo de Haku para matar a Kakashi.
Kakashi saltó hacia atrás, sacando el cuerpo de Haku de la trayectoria y depositándolo suavemente en el suelo.
Naruto se puso de pie.
Sus piernas pesaban toneladas.
Caminó lentamente hacia ellos.
No tenía chakra rojo visible.
No tenía ojos de zorro.
Solo tenía sus ojos azules, oscurecidos por una tristeza infinita.
Naruto miró el cuerpo de Haku.
Parecía dormido, excepto por el agujero en su pecho. Luego miró a Zabuza.
—Él te quería —dijo Naruto. Su voz era un susurro que cortó el aire más que cualquier kunai.
No hubo gritos.
No hubo discursos sobre la amistad.
Solo la declaración de un hecho brutal.
Zabuza no respondió, pero su espada tembló por primera vez.
El puente estaba en silencio.
Naruto estaba de pie entre los vivos y los muertos, y Kurama, desde dentro, montaba guardia sobre el corazón del chico, asegurándose de que el dolor no lo matara, sino que lo hiciera humano.
