El amor es una reacción química.
Naruto había leído sobre ello en la biblioteca, escondido en la sección de medicina avanzada mientras fingía buscar cómics.
Dopamina.
Oxitocina.
Vasopresina.
El amor acelera el pulso.
Dilata las pupilas.
Aumenta la temperatura corporal.
Para cualquier ser humano, es la experiencia más deseada.
Para Naruto Uzumaki, era una amenaza ambiental.
A los once años, su control sobre su sangre era absoluto, pero precario.
Necesitaba frialdad.
Necesitaba un ritmo cardíaco bajo y constante para mantener la mutación dormida y al zorro tranquilo.
Las emociones fuertes
—ira, miedo y, sobre todo, afecto— eran calor. Y el calor hace que la sangre hierva.
Por eso, cuando sintió la mirada de Hinata Hyūga clavada en su nuca, no sintió mariposas en el estómago.
Sintió una alerta de seguridad.
Sucedió durante un descanso de invierno.
La nieve cubría el patio de la Academia, amortiguando los sonidos.
Naruto estaba sentado en su columpio habitual, alejado del grupo principal. Llevaba su bufanda azul vieja y desgastada. Estaba practicando un ejercicio de respiración: inhalar aire helado, enfriar los pulmones, bajar las pulsaciones a 45 por minuto.
Entonces, el crujido de la nieve rompió su concentración.
Crish, crish, crish.
Pasos ligeros.
Vacilantes.
Un ritmo cardíaco irregular acercándose:
tun-tun... tun-tun-tun... tun-tun.
Naruto no abrió los ojos.
No necesitaba hacerlo.
Su sangre reconocía la firma eléctrica de ese chakra.
Era la chica de los Ojos Blancos.
—La Hyūga se acerca —advirtió Kurama, sin interés real, solo informando sobre el perímetro. —Su ritmo cardíaco es un desastre. Está hiperventilando.
Naruto abrió un ojo, manteniendo su expresión aburrida y vacía. Hinata estaba de pie a dos metros de él. Tenía las mejillas rojas, y no era por el frío. Sostenía una pequeña caja envuelta en un pañuelo.
—N-Naruto-kun... —tartamudeó ella.
Naruto la observó.
Vio sus dedos temblorosos.
Vio cómo desviaba la mirada, incapaz de sostener el contacto visual, pero incapaz de irse.
—¿Qué pasa, Hinata? —preguntó Naruto, usando su voz de "máscara", un poco demasiado alta, un poco demasiado tonta.
Hinata dio un paso adelante, reuniendo todo su valor. —T-te vi entrenar ayer... —susurró—. Te caíste. P-pensé que... tal vez... te hiciste daño. Esto es... ungüento del clan Hyūga. Es muy bueno.
Ella extendió la caja.
Naruto miró el regalo.
Su mente analítica procesó la situación en milisegundos.
El Hecho: Ella lo había estado observando. Lo suficiente para notar un "accidente" que él había fingido.
La Implicación: Ella se preocupaba. No había burla en su voz. Había una calidez genuina, espesa y pegajosa.
El Peligro: Si aceptaba el regalo, creaba un vínculo. Un vínculo implicaba gratitud. La gratitud implicaba cercanía. Y la cercanía era fatal.
Si Hinata se acercaba demasiado, vería que el ungüento no era necesario.
Vería que su piel no tenía marcas.
Vería, con esos malditos ojos blancos, que la sangre de Naruto no fluía como la de un humano normal.
Pero más peligroso aún: Naruto sintió, por una fracción de segundo, un deseo instintivo de sonreír de verdad.
De decir "gracias". Sintió una chispa de calor en su pecho.
Su sangre reaccionó al instante.
Una punzada detrás de los ojos.
Un aumento peligroso en la presión arterial.
Alerta.
Desestabilización emocional detectada.
Naruto mató la emoción.
Visualizó un glaciar aplastando la chispa.
Su rostro se relajó, volviendo a la neutralidad absoluta.
No podía permitirse amigos.
No podía permitirse una novia.
No podía permitirse a alguien que lo mirara con esa mezcla de admiración y lástima.
—Ah... —Naruto se rascó la nuca, pero no tomó la caja—. Gracias, Hinata. Pero soy muy duro, ¿sabes? ¡Dattebayo! Ni siquiera me dolió. Mi piel es como... ¡como el cuero de un rinoceronte!
Rechazó el regalo sin tocarlo.
Hinata se quedó quieta.
Bajó las manos lentamente.
Cualquier otro habría pensado que Naruto era simplemente denso, un idiota que no entendía la indirecta romántica.
Pero Hinata, con su percepción aguda, vio algo más.
Vio que Naruto había mirado la caja con anhelo antes de mirar hacia otro lado.
Vio que sus manos se habían cerrado en puños dentro de sus bolsillos, como si se estuviera conteniendo para no extenderlas.
—Naruto-kun... —dijo ella, con una voz extrañamente firme—. No tienes que ser fuerte todo el tiempo.
La frase golpeó a Naruto como un kunai. Su ritmo cardíaco subió a 60.
—Cuidado —siseó Kurama. —Está viendo demasiado.
Naruto se bajó del columpio. Tenía que cortar esto. Tenía que ser el idiota, o tenía que ser cruel. Eligió una crueldad suave.
—Tengo hambre, Hinata. Me voy a comer ramen. ¡Adiós!
Pasó por su lado sin detenerse. No la miró. No porque la despreciara. Sino porque si la miraba a los ojos, sabía que ella vería la soledad infinita que él guardaba detrás de la máscara. Y si ella veía eso, intentaría salvarlo.
Y nadie podía salvar a un portador de sangre maldita. Solo podían hundirse con él.
Naruto caminó hasta que dobló la esquina.
Se apoyó contra una pared de ladrillo, respirando hondo.
Inhalar en cuatro.
Exhalar en cuatro.
Frialdad.
Distancia.
Silencio.
—Ella es buena —susurró Naruto a la nada.
—Es una debilidad —corrigió Kurama. —El afecto te hace lento. Te hace dudar. Si te importara ella, dudarías en morir. Y nosotros necesitamos estar listos para morir en cualquier momento.
Naruto asintió. —Lo sé.
Miró su mano. No había tomado el ungüento. Sus dedos estaban fríos. Su sangre estaba tranquila. Estaba a salvo.
Pero mientras caminaba solo bajo la nieve, Naruto entendió que la supervivencia tenía un precio. El precio era ver la calidez que se le ofrecía... y tener que dejarla congelar en el frío, deliberadamente, para que su propia sangre no lo matara.
Naruto Uzumaki no odiaba a Hinata Hyūga. Simplemente, había decidido que ella merecía algo mejor que un monstruo que ni siquiera podía permitirse el lujo de sentir amor.
