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Chapter 16 - Capítulo 15: Cortar sin Odiar

La ira es ruidosa. 

La ira tiembla. 

Cuando un humano se enfada, sus músculos se tensan innecesariamente, su visión de túnel se activa y su pulso se dispara.

Para un ninja normal, la ira puede dar fuerza bruta. 

Para Naruto Uzumaki, la ira era un error técnico.

Si se enfadaba, su sangre reaccionaba. 

Se volvía densa, pesada, vibrando bajo su piel, queriendo salir o endurecerse. 

Eso arruinaba su equilibrio. 

Hacía que sus movimientos fueran torpes y explosivos en lugar de fluidos.

La espada recta que llevaba a la espalda se convirtió en su maestra más estricta: 

El acero no tolera temblores.

En la profundidad del bosque, lejos de las miradas curiosas, Naruto estaba de pie frente a un tronco de bambú joven.

Desenvainó la chokutō. 

El sonido fue un susurro metálico: shhhhing.

Naruto apretó el mango con fuerza. 

Pensó en los aldeanos. 

Pensó en el vendedor que le había cobrado el doble por la leche ayer. 

Pensó en la soledad. 

La frustración subió por su garganta.

—¡Haa! —gruñó, lanzando un tajo horizontal con fuerza.

La espada golpeó el bambú. 

No lo cortó. 

Lo mordió. 

La hoja se clavó a mitad de camino, atascada en la fibra vegetal. 

El impacto vibró en el brazo de Naruto, desagradable y tosco. 

El bambú se astilló, pero no cayó.

Naruto tironeó de la espada para sacarla, frustrado.

—Patético —dictaminó Kurama desde la oscuridad.

Naruto respiró agitado, mirando la herida fea que le había hecho al árbol.

—Le di fuerte —se defendió.

—Le diste con odio. El odio es tensión. Cuando te tensas, frenas tu propio golpe antes de que termine.

La voz del Kyūbi era clínica, como la de un profesor de anatomía aburrido de un alumno lento.

—La espada no es un garrote, Naruto. No "golpeas" con ella. Deslizas una superficie de moléculas afiladas a través de una superficie de materia blanda.

—No requiere fuerza. Requiere geometría.

Naruto soltó el aire. Miró sus manos. Sus nudillos estaban blancos. Su sangre estaba zumbando, agitada por el fallo.

—Geometría —repitió.

—Relaja el agarre. Si aprietas la espada como si quisieras estrangularla, ella peleará contra ti. Sujétala como si fuera un pájaro: lo suficiente para que no vuele, pero no tanto para matarlo.

Naruto cerró los ojos.

Visualizó su sistema circulatorio. 

Ordenó a su sangre que se calmara. 

Baja el ritmo. 

Suaviza el flujo.

Sintió cómo la vibración en sus venas disminuía. 

Sus hombros cayeron. 

Su respiración se volvió silenciosa.

Cuando abrió los ojos, ya no miraba al bambú como un enemigo al que destruir. 

Lo miraba como un objeto físico. 

Un cilindro de fibras verticales.

Levantó la espada de nuevo. 

Esta vez, no pensó en el dolor de su vida. 

No pensó en demostrar nada. Vació su mente.

—Sin intención —susurró.

No quería romper el bambú. 

Solo quería que la espada pasara a través del espacio que el bambú ocupaba.

Se movió.

No hubo grito. No hubo tensión muscular visible. Fue un movimiento de cadera y muñeca, un arco fluido y perezoso.

La hoja plateada tocó la corteza verde. No hubo sonido de impacto. Solo un suave fwwt.

La parte superior del bambú se deslizó en diagonal. Tardó un segundo entero en caer al suelo. El corte era un espejo. Liso, perfecto, sin una sola astilla.

Naruto miró el corte, fascinado.

—No sentí nada —dijo.

—Exacto. Matar bien no se siente. Es una función.

Naruto envainó la espada. 

El clic de la guarda golpeando la vaina resonó en el claro.

Entendió entonces la verdadera utilidad del arma. 

La espada era un termómetro.

Si su corte era sucio, significaba que estaba perdiendo el control de sus emociones y de su sangre. 

Si su corte era limpio, significaba que su mente y su cuerpo estaban en perfecta sincronía fría.

La espada lo obligaba a estar tranquilo. Lo obligaba a no odiar.

Para ser letal, Naruto tenía que dejar de ser humano y convertirse en algo tan frío como el metal que portaba.

—Distancia —murmuró Naruto, midiendo el espacio con la mirada—. Precisión. Silencio.

—Esa es la vía del depredador —confirmó Kurama. —El león no odia a la cebra. Solo la desmonta.

Naruto se tocó el pecho. 

Su corazón latía a 40 pulsaciones por minuto. 

Estaba tranquilo. 

Estaba listo.

Y por primera vez, se dio cuenta de que la espada no era un arma para la guerra. Era el bastón que lo ayudaba a caminar por la cuerda floja de su propia locura.

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