La tormenta que Kakashi había invocado no era meteorológica; era pura intención asesina (Ki).
El aire se volvió denso y difícil de respirar.
Sasuke y Sakura temblaban, sus instintos gritándoles que corrieran.
Pero no lo hicieron.
Se quedaron plantados frente al poste donde Naruto estaba atado.
Kakashi los miró desde arriba, con su ojo visible curvado en una expresión ilegible.
—¿Tienen algo que decir antes de que termine con esto? —preguntó el Jōnin.
Naruto, atado a la madera, observó la espalda de sus compañeros.
Normalmente, él habría sido el primero en gritar, en romper la tensión con ruido.
Pero esta vez, su papel era diferente.
Si hablo, rompo la formación, analizó Naruto. Ellos me están protegiendo. Si me muevo o intento liberarme, invalido su sacrificio.
Naruto entendió que, en ese momento, su "inutilidad" era el pegamento que mantenía unido al equipo.
Sin un "miembro débil" al que salvar, Sasuke habría intentado atacar a Kakashi por su cuenta y habría muerto.
Sin alguien a quien proteger, Sakura se habría paralizado por el miedo.
Naruto Uzumaki era la carga.
Y al aceptar llevar esa carga, Sasuke y Sakura se habían convertido, por primera vez, en una unidad.
—Somos un equipo —dijo Sasuke, con la voz tensa pero firme. Apretó su kunai—. Si él cae, caemos todos.
—Sí... —añadió Sakura, dando un paso al frente, temblando como una hoja pero sin retroceder—. ¡Usted dijo que somos una célula de tres! ¡No dejaremos a Naruto sin comer!
Kakashi los miró.
El silencio se alargó durante diez segundos agonizantes.
Naruto sintió cómo su sangre reaccionaba al estrés ambiental.
Podría haber roto las cuerdas.
Podría haber escupido una aguja de sangre coagulada al ojo de Kakashi.
Pero eligió la pasividad absoluta.
Confíen en mí, pensó, proyectando esa intención hacia las espaldas de sus compañeros. Soy el peso que los hace fuertes.
La expresión de Kakashi cambió.
La tormenta de intención asesina se evaporó instantáneamente, reemplazada por una brisa suave y una sonrisa de ojo cerrado.
—Aprobados.
Los tres genin parpadearon, confundidos. —¿Qué? —preguntó Naruto, dejando caer la mandíbula (una parte actuación, una parte alivio real).
—Aprobados —repitió Kakashi—. En el mundo ninja, aquellos que rompen las reglas son escoria, es cierto. Pero aquellos que abandonan a sus amigos son peor que escoria.
Kakashi caminó hacia ellos y cortó las cuerdas de Naruto con un movimiento rápido de su kunai. Naruto cayó al suelo, frotándose las muñecas (que no le dolían, pero fingió que sí).
—El ejercicio ha terminado —dijo Kakashi, guardando su arma—. Mañana empezamos las misiones reales como el Equipo 7.
Sasuke soltó el aire que estaba conteniendo. Sakura sonrió, aliviada.
Pero Kakashi no estaba mirando a los dos que estaban de pie. Estaba mirando a Naruto, que se levantaba del suelo sacudiéndose el polvo.
Algo no cuadra, pensó Kakashi.
Había visto los archivos.
Naruto era el último de la clase.
Un alborotador.
Un idiota.
Sin embargo, durante toda la prueba de la "intención asesina", el ritmo respiratorio de Naruto no había cambiado.
Incluso cuando estaba atado e indefenso frente a un Jōnin que amenazaba con matarlos, Naruto no había emitido el "olor" del miedo: ese sudor ácido y frío que segregan las presas.
Naruto había estado... esperando.
Kakashi decidió que no podía confiar plenamente en lo que veía. Aprobados, pensó el peliplata. Pero te estaré vigilando, Uzumaki. O eres tan denso que no entiendes el peligro, o eres tan frío que no te importa.
—¡Siii! ¡Lo logramos! ¡Dattebayo! —Naruto saltó sobre Kakashi, abrazándolo (y aprovechando para verificar si tenía armas ocultas en el chaleco; tenía tres pergaminos y dos bolsas de armas).
—Quítate, Naruto —suspiró Kakashi.
Esa noche, Naruto estaba acostado en su cama, mirando el techo.
El día había sido agotador.
Fingir debilidad requiere más energía que mostrar fuerza.
Pero no estaba solo.
En la profundidad del sello, Kurama estaba despierto, con las garras cruzadas, reflexionando sobre lo que había visto en el claro.
Durante años, el Kyūbi había visto a Naruto como una cárcel.
Una estructura de carne y sellos diseñada para contenerlo.
Luego, lo había visto como un entretenimiento.
Un niño roto jugando a ser espía.
Pero hoy, Kurama había visto algo nuevo.
Había visto a Naruto suprimir su propio ego y su propia fuerza para permitir que otros brillaran.
Había visto cómo manipulaba la dinámica del grupo no para dominarlos, sino para unificarlos.
Naruto no era solo un carcelero.
Naruto era un operador.
—Naruto... —la voz del Zorro resonó, profunda y reflexiva.
—¿Qué pasa, bola de pelos? —respondió Naruto mentalmente, ya medio dormido.
Kurama miró las rejas gigantescas.
Luego miró hacia arriba, hacia donde la consciencia del chico flotaba.
—He pasado mil años odiando a mis contenedores. Mito me suprimió. Kushina me encadenó.
El Zorro hizo una pausa.
—Tú eres diferente. Tú no intentas controlarme, y tampoco me temes. Me usas. Me escuchas. Y hoy, confiaste en esos mocosos humanos no porque fueran fuertes, sino porque eran necesarios.
Naruto abrió un ojo en la oscuridad. —¿A dónde quieres llegar?
—A que quizás me equivoqué contigo, cachorro.
Kurama cerró sus ojos rojos, y por primera vez, su chakra no se sintió ácido, sino extrañamente estable.
—No eres una jaula. Eres un compañero.
Naruto sonrió. Una sonrisa pequeña, sin máscara, en la soledad de su cuarto. —Buenas noches, socio.
El Equipo 7 estaba formado. Pero el equipo más peligroso de Konoha no eran los tres genin. Eran el niño y la bestia que acababan de decidir, tácitamente, dejar de luchar entre ellos y empezar a luchar contra el mundo
