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Chapter 29 - Capítulo 28: El Demonio de la Niebla

El miedo tiene grados.

Existe el miedo al dolor, como el que se siente antes de una inyección. 

Existe el miedo a la pérdida, como el que se siente cuando un ser querido enferma. 

Y luego está el Miedo Primordial.

El que siente un conejo cuando la sombra del halcón cubre el sol. 

No es un pensamiento; es una orden biológica de las células que gritan: 

"Estás ante algo que te va a comer."

Naruto Uzumaki conocía el miedo. 

Vivía con un demonio dentro. 

Pero cuando la niebla comenzó a espesarse alrededor del bote y luego en el bosque, Naruto sintió una variante nueva.

El aire se volvió pesado. Húmedo. Metálico.

—Viene algo grande —advirtió Kurama. El Zorro no estaba alarmado, estaba... atento. Como un depredador que huele a un rival territorial.

—¡ABAJO!

El grito de Kakashi fue lo único que salvó sus cabezas. Naruto no pensó. Su sangre reaccionó a la vibración del aire —un zumbido grave y violento— y sus rodillas cedieron al instante, tirando a Tazuna al suelo con él.

WOOSH.

Algo inmenso pasó girando sobre ellos, cortando el aire con la fuerza de un huracán. 

La espada gigante se clavó en el tronco de un árbol con un thud que sacudió el suelo.

Naruto levantó la vista desde el barro. 

Sobre la empuñadura de la espada, de pie, había un hombre. 

Iba sin camisa, con pantalones de camuflaje y la mitad de la cara vendada. 

Llevaba su protector de frente de lado.

No miraba a los niños. 

Miraba a Kakashi. 

Pero su sola presencia irradiaba una onda expansiva de terror.

—Zabuza Momochi... —dijo Kakashi, levantándose lentamente—. El Demonio Oculto de la Niebla.

Sasuke estaba temblando. 

Sus manos sostenían un kunai, pero sus nudillos estaban blancos.

Estaba hiperventilando. 

La Intención Asesina (Ki) de Zabuza no era como la de los Hermanos Demonio.

Los hermanos querían matar por dinero. 

Su intención era codicia sucia. 

Zabuza mataba porque era su naturaleza. 

Su intención era fría, profesional y absoluta. Era como estar sumergido en agua helada.

Naruto, agazapado junto a Tazuna, sintió cómo su sangre se espesaba. 

Su corazón bajó el ritmo a 40 pulsaciones por minuto para conservar energía y enfoque. Su piel se erizó.

Es denso, analizó Naruto, sintiendo la presión en sus tímpanos. No está usando jutsu. Solo está proyectando su deseo de matarnos. Y es tan fuerte que se siente físico.

Naruto había entrenado para suprimir sus emociones. Había entrenado para ser un espía invisible. Pero Zabuza no se escondía. Zabuza llenaba todo el espacio disponible con su ego asesino.

—Se supone que debo proteger al viejo... —pensó Naruto. Pero por primera vez, dudó de si podía hacerlo.

Naruto llevó su mano, muy lentamente, hacia su espalda, bajo la chaqueta. 

Sus dedos rozaron el mango de su chokutō.

La espada recta que había comprado en la tienda de segunda mano. 

La espada con la que había cortado tomates. 

La espada que había afilado con tanto cuidado.

Siempre le había parecido una herramienta letal. 

Una "aguja" perfecta.

Pero entonces miró la espada de Zabuza. La Kubikiribōchō. Era una losa de hierro. Una pared afilada. Tenía muescas de batallas pasadas, manchas de sangre oxidada que nunca se limpiarían.

Comparada con eso, su chokutō se sintió ridícula. Se sintió ligera. Frágil. Un palillo de dientes.

Si choco mi espada contra la suya, calculó Naruto con frialdad matemática, la mía se romperá en el primer impacto. No tengo el peso. No tengo la masa.

No era solo física. Era simbólica. Zabuza llevaba un monumento a la muerte. Naruto llevaba un cubierto de cocina afilado.

—Te sientes insuficiente —observó Kurama, leyendo la inseguridad que brotaba en el estómago del chico.

—Es demasiado grande —respondió Naruto—. Mi espada es para asesinatos silenciosos. La suya es para masacres.

—No es el tamaño del acero, cachorro. Es la historia que carga. —Esa espada ha bebido la sangre de mil hombres. La tuya solo ha probado tomates y tu propia piel. —Por eso pesa más.

Naruto retiró la mano del mango. 

No desenvainó. 

Sabía que si sacaba su "juguete" ahora, Zabuza se reiría. 

Y peor, Zabuza lo rompería.

Se sintió desnudo. 

Se sintió un niño jugando a ser ninja frente a un demonio real.

Kakashi se llevó la mano a su protector de frente. —Parece que tendré que usar esto.

Levantó la banda. El ojo rojo, con tres aspas negras, se abrió. El Sharingan.

Zabuza rió, un sonido seco y rasposo. —El Ninja Copia. Kakashi del Sharingan. Es un honor. Y veo que traes cachorros contigo.

Los ojos de Zabuza se posaron, por una fracción de segundo, en Naruto. 

Naruto sintió como si un gancho de carnicero le atravesara el pecho. 

Zabuza no vio al "payaso". Vio a alguien que no estaba temblando como los otros dos.

—Ese pelirrojo... —murmuró Zabuza—. Tiene una mirada desagradable.

Naruto forzó su sonrisa idiota, aunque le costó un esfuerzo titánico. —¡Oye, tú, momia sin cejas! —gritó, con la voz un poco quebrada—. ¡No nos mires así! ¡Kakashi-sensei te va a dar una paliza!

Zabuza lo ignoró y saltó al agua, desapareciendo en la niebla. —Arte Ninja: Jutsu de Ocultación en la Niebla.

El mundo se volvió blanco y gris. La visión desapareció.

Naruto se quedó ciego. 

Pero su sangre... su sangre empezó a vibrar. 

El Zorro en su interior sonrió.

—Ahora sí, Naruto. La vista no sirve. Tu espada de juguete no sirve. —Solo sirve lo que llevas dentro.

Naruto cerró los ojos en medio de la niebla. Ignoró el miedo de Sasuke. Ignoró los jadeos de Sakura. Se concentró en el latido de los corazones que lo rodeaban.

Uno... dos... tres... Y uno más. Grande. Lento. Moviéndose en círculos.

Naruto no desenvainó. Apretó los puños. Era insuficiente, sí. Pero seguía vivo. Y mientras estuviera vivo, era peligroso.

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