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Chapter 25 - Capítulo 24: La Espada Cotidiana

Un arma que solo se usa para matar es un arma extraña. 

Se vuelve pesada, mística, temible. 

Para dominar una herramienta, hay que quitarle el misticismo. 

Hay que convertirla en algo tan banal como una cuchara.

Naruto Uzumaki había decidido que su espada, la chokutō sin nombre, no sería un objeto sagrado. 

Sería un utensilio doméstico.

Era de noche en el apartamento. 

Las cortinas estaban cerradas. 

Naruto estaba preparando la cena. 

No ramen instantáneo (que comía en público para mantener la imagen), sino verduras frescas y pescado que había comprado en el mercado negro para evitar las miradas de los tenderos locales.

Sobre la mesa de madera picada, había un tomate.

Naruto desenvainó la espada que llevaba a la espalda. El acero gris brilló bajo la luz de la bombilla solitaria.

En lugar de usar un cuchillo de cocina, Naruto usó la hoja de sesenta centímetros.

Era un ejercicio de control absurdo. La espada estaba diseñada para cortar huesos y armaduras ligeras. Usarla para rebanar la piel fina de un tomate sin aplastarlo requería una delicadeza inhumana.

Naruto cerró los ojos. Sintió el peso del arma. Sintió la extensión de su brazo.

Deslizar. No presionar.

Movió la muñeca. Shhht.

Una rodaja de tomate, translúcida y perfecta, cayó sobre la tabla. Shhht. Shhht. Shhht.

En diez segundos, el tomate estaba desmontado en láminas milimétricas. La hoja de la espada ni siquiera había tocado la madera de la mesa.

Naruto abrió los ojos y observó su obra. —Perfecto.

Limpió el jugo de tomate de la hoja con un paño, con la misma naturalidad con la que alguien limpia una cuchara después del postre.

No solo cocinaba con ella. 

Usaba la punta de la espada para alcanzar el interruptor de la luz desde la cama. 

La usaba para abrir cartas. 

La usaba para rascarse la espalda (con el lado romo, con cuidado extremo).

La espada estaba dejando de ser un "arma secreta" y se estaba convirtiendo en una prótesis. 

Su cuerpo se sentía incompleto sin el peso del acero en su espalda.

Naruto estaba sentado en el suelo, puliendo el filo con aceite de clavo, tarareando una canción desafinada.

—Te estás encariñando —la voz de Kurama rompió la paz doméstica.

Naruto no detuvo su mano. —Es mantenimiento, Kurama.

—No. Es dependencia.

El Kyūbi se acercó a los barrotes de su jaula, observando a través de los ojos del chico.

—Estás empezando a sentirte más seguro con el acero que con tu propia piel. Eso es peligroso.

—El acero es duro —replicó Naruto—. Mi piel es blanda.

—Tu piel se regenera. Tu sangre obedece. El acero... el acero se rompe, Naruto. Se oxida. Se pierde. Te lo pueden quitar.

Kurama proyectó una imagen mental de una espada rota en medio de una batalla.

—Si confías tu vida a esa herramienta, el día que te la quiten te sentirás desnudo. Úsala, sí. Pero no te aferres. No le pongas alma a un objeto.

Naruto miró la espada. Vio su propio reflejo distorsionado en el metal.

Kurama tenía razón. Se sentía poderoso con ella. Se sentía... un ninja de verdad. Y eso era una debilidad. Si alguien como Kakashi le confiscaba el arma, su confianza se desplomaría.

Naruto envainó la espada con un golpe seco. La dejó en el rincón de la habitación, lejos de su cama.

—Esta noche dormiré sin ella —decidió.

Se tumbó en el colchón. Se sintió vulnerable. Sintió que le faltaba un brazo. Pero apretó los dientes y cerró los ojos.

Tenía que recordar que él era el arma. La espada era solo el envoltorio.

—Bien —gruñó Kurama, satisfecho. —Duerme, cachorro. Mañana volveremos a ser idiotas.

La habitación quedó en silencio, con la espada descansando en la sombra, fría y paciente, esperando el momento en que dejaría de cortar tomates y probaría, por fin, algo vivo.

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