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Chapter 13 - Capítulo 12: Dos Voluntades, Un Silencio

La inteligencia es como un cuchillo: si lo sacas en una multitud, alguien va a intentar quitártelo. 

O peor, decidirán que eres una amenaza y te dispararán antes de que puedas usarlo.

Naruto, a los ocho años y medio, estaba sentado en su pupitre, con la mano temblando.

No por miedo. 

Por ambición.

En la pizarra, Iruka había escrito un problema táctico complejo sobre cadenas de suministro y emboscadas. 

Era una pregunta trampa diseñada para los estudiantes de último año, pero Iruka la había puesto para probar a los genios del clan Nara o Uchiha.

Naruto sabía la respuesta. 

La veía clara en su mente. 

Su cerebro, agudizado por la necesidad de analizar amenazas constantes, descomponía el problema con facilidad.

Es una finta, pensó Naruto. 

La ruta B es más corta, pero expone el flanco. 

La respuesta es la ruta C, usando el terreno elevado.

Su mano derecha empezó a levantarse. 

Quería demostrarlo. 

Quería ver la cara de sorpresa de Iruka. 

Quería, por una vez, que alguien dijera: "Bien hecho, Uzumaki".

Pero antes de que su codo se separara de la mesa, la voz grave resonó en su cráneo.

—Bájala.

Naruto se detuvo.

—Sé la respuesta —pensó hacia adentro, desafiante.

—Lo sé. Y por eso debes callarte.

La presencia de Kurama era pesada, como plomo líquido en la base de su columna.

—Escúchame bien, cachorro. Ahora mismo eres "el niño zorro". Eres una molestia. Un gamberro. La aldea te desprecia, pero te toleran porque creen que eres incompetente.

Naruto apretó los dientes. —Me odian.

—Te desprecian. Hay una diferencia. El desprecio te vuelve invisible. El desprecio hace que bajen la guardia.

Kurama hizo una pausa, dejando que la idea calara.

—Si levantas esa mano y das una respuesta de nivel Jōnin... el desprecio se convertirá en miedo. Un contenedor estúpido es un problema. Un contenedor genio es una amenaza militar.

La imagen mental fue brutalmente clara. 

Si Naruto demostraba ser brillante, Danzō Shimura (a quien Naruto había visto desde lejos y su sangre había rechazado instintivamente) o los consejeros se interesarían. 

Lo reclutarían. 

Lo convertirían en un arma.

La mediocridad era libertad.

Naruto bajó la mano. 

Segundos después, Sasuke Uchiha levantó la suya y dio la respuesta correcta. 

Iruka sonrió y elogió al Uchiha.

Naruto se recostó en su silla, puso los pies sobre la mesa y bostezó ruidosamente. —¡Qué aburrido! —gritó—. ¡¿Cuándo aprendemos jutsus explosivos?!

La clase se rió de él. 

Sasuke lo miró con desdén.

—Bien —aprobó Kurama. —Deja que el Uchiha se lleve los aplausos. Tú quédate con la seguridad.

La teoría era una cosa. La práctica física era otra.

Esa tarde, durante el entrenamiento de taijutsu, Naruto fue emparejado con Kiba Inuzuka.

Kiba era rápido, agresivo y ruidoso. 

Se lanzó hacia Naruto con un colmillo sobre el colmillo básico, un ataque frontal y telegrafiado.

Para los ojos de Naruto, acostumbrados a rastrear amenazas en callejones oscuros, Kiba se movía en cámara lenta. 

Su sangre reaccionó. 

Sus músculos se tensaron para esquivar a la izquierda y contraatacar con un golpe al hígado. 

Era el movimiento eficiente. 

Su cuerpo quería hacerlo.

—No —ordenó la voz. —Trastabilla.

Fue doloroso. 

Físicamente doloroso. 

Naruto tuvo que luchar contra sus propios reflejos. 

Tuvo que forzar a su pie a engancharse con el otro. 

Tuvo que obligar a su cuerpo, una máquina biológica de alto rendimiento, a fallar.

Kiba lo golpeó en el hombro. 

Naruto cayó al suelo, rodando de forma exagerada.

—¡Jaja! ¡Te tengo! —celebró Kiba.

Naruto se quedó en el suelo un segundo. 

El golpe no le había dolido. 

Su sangre ya estaba amortiguando el impacto, impidiendo el moretón. 

Lo que le dolía era el orgullo.

—¡Eso no vale! —gritó Naruto, levantándose y sacudiendo el puño—. ¡Había una piedra! ¡Dattebayo!

Las risas de sus compañeros llenaron el patio. 

"El torpe Uzumaki". 

"El perdedor".

Iruka negó con la cabeza y anotó algo en su libreta. 

Probablemente una mala nota.

De camino a casa, Naruto caminaba con las manos en los bolsillos. 

Su rostro estaba inexpresivo, la máscara guardada hasta el día siguiente.

—Podría haberle ganado —murmuró.

—Podrías haberlo humillado —corrigió Kurama. —Y entonces Kiba te vería como un rival. Entrenaría para ganarte. Te vigilaría.

—Ahora, Kiba cree que eres inofensivo. Nunca se protegerá contra ti. Si algún día necesitas matarlo... no te verá venir hasta que tu mano atraviese su garganta.

Naruto se detuvo bajo una farola parpadeante. 

La lógica era fría. 

Inhumana. 

Y absolutamente perfecta.

Naruto no quería matar a Kiba. 

Pero entendía el principio.

La supervivencia no se trataba de quién golpeaba más fuerte en un combate de práctica. 

Se trataba de quién controlaba la narrativa.

—Sobrevivir es más importante que destacar —dijo Naruto, consolidando el pensamiento.

—Exacto. Deja que el mundo ame a sus héroes brillantes y ruidosos. Los héroes mueren jóvenes, Naruto. Los supervivientes escriben la historia.

Naruto asintió. 

Llegó a su apartamento y abrió la puerta. 

Antes de entrar, practicó su sonrisa frente al pomo de la puerta. 

Una sonrisa amplia, estúpida, inofensiva.

La máscara ya no era algo que se ponía por accidente. 

Ahora estaba atornillada.

Dos voluntades habitaban ese cuerpo: un zorro milenario y un niño roto. 

Y ambos habían llegado al mismo acuerdo silencioso: 

Nadie vería la verdad hasta que fuera demasiado tarde para detenerlos.

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