[Eiren]
El silencio en la casa era apacible, apenas interrumpido por el crepitar del fuego.
Después de aquel largo momento con mi familia, la oscuridad me envolvió otra vez. Dormí dos días completos.
O eso me dijeron.
Para mí, no fue exactamente sueño. Era… otra cosa.
Una y otra vez, los recuerdos regresaban, golpeando mi mente como olas contra la roca. Algunos tan nítidos que podía sentir el olor a hierro de la sangre, el rugido de las llamas, el frío cortante del hielo formándose bajo mis pies.
Otras veces eran imágenes distorsionadas, borrosas, como si las hubiera pintado un niño con manos temblorosas. Voces que se mezclaban, risas que se transformaban en gritos, caras que se disolvían antes de poder reconocerlas.
Y entre todo eso… un nombre.
Una voz que lo repetía, una y otra vez.
Mi nombre.
Cuando finalmente desperté, la luz que se filtraba por la ventana era tenue, azulada. La nieve caía lenta, silenciosa.
Cada músculo de mi cuerpo ardía como si hubiera sido arrancado y vuelto a colocar a la fuerza. El remanente de maná de Kyot todavía se sentía en mis venas, como brasas bajo la piel.
Aun así, me levanté.
No podía quedarme quieto. No después de todo lo que había pasado.
—¿Estás seguro de esto, Eiren? —preguntó Roderic mientras me ayudaba a colocarme la capa.
—Sí —respondí, abrochándome el broche del cuello con un gesto firme—. No puedo quedarme aquí sin decir nada.
Liana, que estaba junto al fuego, me miró con preocupación.
—Todavía no te recuperas del todo… apenas puedes sostenerte bien.
—He estado peor. —Intenté sonreír, aunque fue más una mueca—. Además, no voy a pelear. Solo… quiero hablar.
Alenya asintió en silencio. Ella lo entendía. Sabía que había cosas que uno debía hacer, incluso si dolían.
La plaza del pueblo estaba cubierta de nieve. El aire era denso, frío, y cada respiración se convertía en vapor blanco que se elevaba lentamente.
Había niños jugando cerca del pozo, y ancianos sentados en bancos cubiertos con mantas gruesas. Pero cuando me vieron acercarme, el murmullo se apagó.
Algunos bajaron la mirada. Otros se quedaron quietos, tensos.
No los culpaba.
Con ayuda de mi familia, había pedido que todos se reunieran.
Y lo hicieron.
Frente al árbol grande del centro, donde solían colocarse los adornos en los festivales de invierno.
Cuando todos estuvieron presentes, respiré hondo y di un paso al frente.
—Gracias… —dije, mi voz algo ronca—. Gracias por venir.
Nadie respondió, pero todos escuchaban.
Miré a mi alrededor. Los rostros familiares del pueblo: el viejo Feren, que cuidaba los molinos; la señora Mirka, que siempre vendía pan en la esquina; incluso los gemelos del herrero, que me miraban con una mezcla de curiosidad y miedo.
Tragué saliva y me arrodillé en medio de la nieve.
—Sé que lo que voy a decir no cambiará nada… pero lo diré de todos modos. —Incliné la cabeza—. Lo siento.
El silencio fue inmediato, casi cortante.
—Lo siento —repetí— por lo que pasó el mes pasado. La pelea… —miré mis manos, aún temblorosas— empezó aquí, en el pueblo. No pude evitarlo, y terminé arrastrando la batalla hacia los campos.
Un murmullo recorrió a la gente. Algunos asentían, otros solo se miraban entre ellos.
—Los cultivos fueron dañados —continué—. Parte del bosque también. Sé lo que eso significa para ustedes. Para todos. Y aun así… —cerré los ojos un momento— aun así, lo dejé pasar.
Un hombre alzó la voz entre la multitud. Era Bren, el molinero.
—Y el temblor de hace unos días, ¿también fue tu culpa?
—Sí. —Levanté la vista—. Fue mi culpa.
—¡Nos asustaste a todos! —intervino una mujer desde el fondo—. ¡Pensamos que el bosque iba a colapsar!
—Lo sé. —Asentí lentamente—. Ese día… estaba inconsciente. Mi maná se desbordó solo. Sé que muchos lo vieron: la cúpula de nieve, la neblina que cubría el claro.
Un niño, pequeño, se aferró a la falda de su madre y me miró con miedo.
Eso dolió más que cualquier herida.
—Y también quiero disculparme —seguí— por todo el ruido de estos meses. Desde que… desperté mi magia.
Recordé el día en el almacén.
El rugido de la bestia.
El suelo rompiéndose bajo mis pies.
Y el cuerpo de Joren cayendo, tan cerca del filo de esas garras.
—Aquella vez —dije, mirando hacia él— solo quería ayudar. Salvé a Joren, pero desde entonces… solo he causado problemas.
Joren dio un paso al frente, negando con la cabeza.
—No digas eso, Eiren. Si no hubieras estado ahí, yo no estaría vivo.
—Tal vez. —Esbocé una débil sonrisa—. Pero eso no borra lo demás.
El viento sopló con fuerza, levantando copos de nieve entre nosotros.
Roderic me miraba desde un costado, firme pero silencioso. Liana, en cambio, parecía contener las lágrimas.
—No espero que me perdonen —dije finalmente—. Pero quiero que sepan que no me esconderé de lo que hice. Si hay algo que pueda reparar, lo haré. Si debo reconstruir los campos, lo haré. Si tengo que irme… —mi voz tembló apenas— también lo haré.
Un silencio largo siguió a mis palabras. Solo se escuchaba el crujir de la nieve bajo los pies de los presentes.
Hasta que una voz de mujer se alzó entre el grupo.
—Eiren.
Era la señora Mirka, la panadera.
Tenía los ojos llenos de arrugas, pero una mirada amable.
—Nadie resultó herido —dijo con voz clara—. Los campos pueden volver a sembrarse. El bosque sanará. Y el temblor… bueno, asustó, sí, pero también trajo nieve. Más de la que hemos tenido en años.
Un murmullo de aprobación se extendió.
—Y si no fuera por ti —añadió Joren—, esa bestia habría matado a medio pueblo aquel día.
—Es verdad —dijo otro hombre—. Yo vi el almacén después. Nadie más podría haberla detenido.
Los murmullos se convirtieron en voces, algunas más suaves, otras con timidez.
Poco a poco, la tensión se deshizo.
Me quedé en silencio, sin saber qué decir.
Hasta que la señora Mirka sonrió.
—Levántate, muchacho. No hay razón para pedir perdón por existir.
Tragué saliva y obedecí. La nieve crujió bajo mis rodillas al incorporarme.
Liana me alcanzó una mano, y la tomé.
El frío del aire se sintió menos intenso.
—Gracias… —murmuré, apenas audible.
Roderic se acercó y puso una mano firme sobre mi hombro.
—A veces, pedir perdón no es debilidad, hijo. Es el primer paso para seguir adelante.
El aire se sentía más liviano, aunque el frío seguía calando en los huesos.
Algunos de los aldeanos ya comenzaban a dispersarse, otros se quedaban solo por curiosidad, murmurando entre sí, lanzando miradas de reojo.
Yo podía sentirlo: ese tipo de atención que no es del todo miedo… pero tampoco confianza. Era la mezcla tibia entre ambas.
Un grupo de niños se asomó entre la gente, y una de las mujeres que estaba cerca —probablemente su madre— los empujó suavemente detrás de ella, aunque sin apartar la vista de mí.
—Oye, Eiren —dijo una voz desde entre la multitud—, ¿y tu cabello?
Giré un poco, viendo al hombre que había hablado. Era un joven de la herrería, con las manos ennegrecidas por el hollín y una expresión de genuina curiosidad.
—Antes era negro, ¿no? —añadió, entre risas nerviosas—. Ahora parece que te cayó harina encima.
Algunos soltaron risas contenidas, y otra mujer, más vieja, señaló con un dedo tembloroso.
—Y sus ojos… miren bien. ¡Están azules!
Otro murmullo recorrió a todos los presentes.
Los noté examinándome, algunos fascinados, otros desconfiados.
Alenya, desde el costado, me cruzó los brazos y alzó una ceja, como diciendo "a ver qué vas a inventar ahora".
Suspiré.
—Sí… supongo que eso también debo explicarlo, ¿no? —dije con una pequeña sonrisa.
—Sería bueno —respondió un hombre mayor, con el rostro lleno de arrugas—. No es algo que uno vea todos los días.
—Bueno… —me rasqué la nuca, buscando las palabras adecuadas—, al parecer, lo que pasó durante la pelea con Kyot… fue más profundo de lo que pensé.
Alguien murmuró:
—¿Más profundo?
—Sí —continué—. Cuando mi magia despertó, no fue del todo estable. Digamos que… —hice una pausa breve, improvisando— que mi magia y mi cuerpo estaban desincronizados. Pero en la pelea, al forzar mis límites, algo cambió.
Los aldeanos me escuchaban con atención.
—¿Cambió cómo? —preguntó una joven, curiosa.
—Mi magia se… mezcló conmigo. —Sonreí un poco—. Supongo que podría decirse que la "completé". Antes, mi poder estaba contenido, retenido. Pero cuando se liberó del todo, se unió a mi cuerpo. Por eso el cambio.
—¿Entonces… no es peligroso? —preguntó la señora Mirka, todavía con algo de duda.
—No. —Negué suavemente—. Es algo natural… o al menos, debería serlo. Solo me tomó más tiempo que a otros.
Un par de personas asintieron, y la tensión pareció disiparse de nuevo. Algunos incluso sonrieron, murmurando cosas como "bueno, al menos no se convirtió en un monstruo" o "pues le quedan bien esos ojos".
Alenya rodó los ojos, pero se notaba aliviada.
Roderic, desde el fondo, me observaba en silencio, con ese tipo de mirada que solo un padre puede tener: mezcla de orgullo, preocupación y algo de incredulidad.
Liana sonrió, y por primera vez en días, pude ver en su rostro una calma sincera.
Entonces, entre las figuras agrupadas, algo llamó mi atención.
Al fondo, casi al límite de la plaza, vi a Kyot.
Estaba de pie, con el abrigo abierto, los brazos vendados y una bufanda cubriéndole parte del rostro. A su lado, su grupo: una arquera de cabello rojizo, un hombre alto con una lanza a la espalda, y una maga de túnica azul oscuro.
Kyot me observaba en silencio.
Sus ojos, aún cubiertos de cansancio, tenían algo distinto. Ya no había rencor. Pero tampoco perdón.
Lo noté.
Ese tipo de mirada que solo se da entre dos personas que saben demasiado una de la otra.
No nos dijimos nada.
Su grupo intercambió miradas, y luego comenzaron a caminar hacia el otro extremo de la plaza, perdiéndose entre la gente.
Solo Kyot se quedó un momento más, como si esperara que yo dijera algo.
No lo hice.
No era el momento.
Habíamos sobrevivido ambos. Pero nuestra conversación… esa tendría su propio tiempo.
Cuando finalmente se dio media vuelta y desapareció entre la multitud, sentí una presión leve en el pecho. No de miedo, ni de arrepentimiento. Algo más… inevitable.
Miré hacia el cielo.
La nieve seguía cayendo, más fina ahora, cubriéndolo todo con una luz tenue.
Me quedé de pie ahí, mirando cómo la gente se retiraba poco a poco, mientras el viento helado rozaba mi cabello entremezclado de negro y plata.
Sabía que ese día no había terminado.
Solo era el silencio antes de la siguiente conversación que debía tener.
La más difícil de todas.
**
El aire dentro de la casa se sentía más cálido que afuera, aunque todavía llevaba el olor del humo de la leña húmeda.
Cuando crucé la puerta, el cansancio me cayó de golpe. Hablar con la gente del pueblo había sido más agotador que cualquier entrenamiento mágico. No físicamente, sino por dentro.
Pero al menos, ahora todo estaba en calma.
Subí las escaleras, y el sonido del agua goteando me hizo fruncir el ceño. Mi habitación seguía hecha un desastre.
El hielo derretido formaba pequeños charcos que reflejaban la luz del atardecer como espejos rotos.
—Bueno… —murmuré—. Al menos ya no parece una cueva de cristal.
—No todavía —respondió una voz detrás de mí.
Me giré y vi a Alenya entrando con un balde y un trapo empapado. Tenía la expresión de quien está harta, pero igual lo hace. Detrás de ella venía Miriel, arrastrando una sábana mojada que casi le llegaba hasta los pies.
—¿Qué hacen ustedes aquí? —pregunté, alzando una ceja.
—¿Qué crees? —resopló Alenya, dejando el balde con un golpe—. Mamá nos mandó a ayudarte a limpiar.
—Aunque más parece que limpiamos tu desastre —añadió Miriel, bufando mientras exprimía la tela—. ¿Sabes lo difícil que es sacar el hielo del suelo sin congelarte los dedos?
Me reí un poco.
—Puedo usar un hechizo para derretir el resto…
—¡Ni lo pienses! —gritó la voz de Liana desde el pasillo.
Me quedé congelado, irónicamente.
Ella apareció segundos después, con las manos en la cintura y una expresión que no dejaba lugar a debate.
—Ni un solo hechizo, ¿entendido? —dijo con tono firme—. Tu cuerpo aún no está listo. Te lo advertí.
—Pero solo sería un poco de calor, no es magia ofensiva—intenté decir.
—Eiren. —Su mirada bastó.
Suspiré.
—Está bien… sin magia. Lo prometo.
—Bien. —Asintió, y luego miró alrededor—. Esto se ve mejor que hace unas horas. Cuando terminen, traigan las sábanas limpias del granero. Las que no están húmedas.
—Sí, mamá —respondieron Alenya y Miriel al unísono.
Cuando se fue, las dos hermanas me miraron al mismo tiempo con una sonrisa cómplice.
—Te prohibió usar magia —dijo Miriel, divertida.
—Eso sí que es un récord —añadió Alenya, riéndose—. Apenas despertaste y ya tienes restricción mágica.
—Muy graciosa —dije mientras tomaba un trapo y empezaba a limpiar junto a ellas—. Si no fuera porque mi cuarto parece una tundra, esto sería hasta agradable.
—Oh, claro, limpiar charcos helados contigo es mi idea de diversión —dijo Alenya con ironía.
—Podría ser peor —añadió Miriel, secando el escritorio—. Podrías haber explotado la cocina también.
—Eso no fue mi culpa —respondí de inmediato—. La estufa se sobrecalentó sola.
—Con tu magia encima de ella —replicó Alenya.
Rodé los ojos.
—Ya lo entendí, fue mi culpa. ¿Contenta?
Las dos rieron bajito, y por un momento, el ambiente se volvió ligero.
El crujido del hielo derritiéndose bajo el trapo, el sonido de los baldes y el olor a madera húmeda llenaron la habitación.
Cuando al fin terminamos, me senté en la cama, ahora seca, y exhalé. El aire se volvió blanco frente a mis labios, un recordatorio de que el frío aún no se iba del todo.
Miriel se acercó y me pasó una toalla caliente.
—Ten, mamá dijo que te la pusieras en el cuello y el pecho.
La tomé con cuidado.
—Gracias, pequeña.
Ella sonrió, aunque sus ojos mostraban algo de preocupación.
—No te fuerces, ¿sí? No quiero que vuelvas a dormir un mes entero.
—Tranquila —dije con una media sonrisa—. Esta vez solo planeo dormir una noche normal.
Alenya me lanzó una mirada seria, pero más tierna que de costumbre.
—No te acostumbres a asustarnos así, ¿entendido?
—Prometido —respondí.
Ambas bajaron al poco rato, riendo entre ellas por alguna broma, y cuando la puerta se cerró, la casa volvió a quedarse en silencio.
Me quedé mirando mis manos un momento. Todavía temblaban levemente, no por debilidad, sino por la sensación extraña del maná moviéndose bajo la piel.
Era diferente.
Más tranquilo, más… vivo.
Suspiré y me recosté en la cama.
El techo tenía marcas de escarcha que todavía brillaban como constelaciones congeladas.
—"Sin magia", ¿eh? —murmuré con una sonrisa cansada.
Cerré los ojos, dejando que el calor de las toallas me cubriera el pecho.
**
La noche estaba quieta.
Había intentado dormir, pero el sueño me rehuyó una y otra vez, dejándome solo con pensamientos y el eco de recuerdos que no se iban.
Y aún me faltaba ver a alguien.
Abrí la ventana con cuidado, sin hacer ruido. La brisa helada se coló en la habitación, agitando las cortinas. Me incliné un poco y salté.
Caí sobre la nieve sin apenas ruido, aunque el golpe se sintió en mis piernas, un recordatorio amable de que todavía no estaba recuperado del todo.
Respiré hondo.
El aire nocturno era puro, limpio… y el silencio del pueblo bajo la nevada tenía algo de sagrado.
Caminé despacio por las calles, entre las casas dormidas. Las linternas aún iluminaban las esquinas, y la nieve caía despacio, danzando en espirales suaves.
Todo era tan tranquilo que costaba imaginar que, hace solo tres días, el mismo cielo se había partido en dos por culpa mía.
Cuando llegué a la plaza, lo vi.
Kyot.
Sentado en la orilla de la fuente, con los codos sobre las rodillas y las manos rozando el agua congelada. Llevaba su abrigo oscuro y las vendas aún cubrían parte de su cuello y su brazo izquierdo.
No parecía haber cambiado desde aquella pelea… salvo por la mirada. Había algo en ella, algo cansado, apagado.
Sin voltear del todo, dijo:
—Por fin vienes. Llevo media hora esperándote.
Sonreí con un toque de ironía.
—Mi familia aún estaba despierta. No podía irme sin que mi madre me persiguiera con una escoba.
Kyot soltó una leve risa, seca, y me miró.
Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, y una sombra de sorpresa cruzó su rostro.
—Te ves diferente.
—Eso parece. —Me acerqué a la fuente y apoyé una mano en el borde, observando mi reflejo distorsionado en el agua—. Supongo que mi aspecto real está regresando poco a poco.
—"Real"… —repitió él con cierta duda—. Así que esto es lo que había debajo del disfraz.
—Algo así. —Levanté la vista hacia él—. Aunque ni yo estoy completamente seguro de cómo era antes.
Durante un momento, ninguno habló. Solo el sonido del agua y la nieve cayendo rompía el silencio.
Finalmente, Kyot suspiró y dijo:
—Necesito saber qué pasó esa noche, Eiren. La noche en que todo cambió.
—¿Hace casi dos años? —pregunté, sabiendo exactamente a cuál se refería.
—Sí. —Su voz sonó más grave, más dura—. Quiero la verdad. Toda.
Lo observé unos segundos. Su expresión no era la de un inquisidor, sino la de alguien que necesitaba entender algo que lo había atormentado mucho tiempo.
—Por supuesto que te lo diré —respondí al fin—. Pero dime, Kyot… ¿qué harás con esa información? ¿Vas a correr a contárselo al líder de la orden?
Kyot se quedó en silencio unos segundos.
Luego negó lentamente con la cabeza.
—No. Ya no.
—¿Qué quieres decir?
—Ya no estoy en la orden. —Su tono fue tan seco como el viento helado—. Me fui hace meses.
Me giré completamente hacia él, sorprendido.
—¿Te fuiste? ¿Tú? Pero… ¿por qué?
Él alzó la mirada hacia el cielo cubierto.
—Porque ya no soportaba en lo que se estaba convirtiendo. —Hizo una pausa larga, como si pesara cada palabra—. Desde tu "traición", las cosas se salieron de control. El líder… se volvió loco.
Fruncí el ceño.
—¿Qué hizo?
—Lo que siempre temíamos que hiciera —dijo con voz amarga—. Mató a cientos de nuestros propios hermanos. A los que trabajaban fuera de la orden, a los que tenían contacto con extranjeros o nobles. Decía que era "por precaución", para evitar otra traición.
—Las reglas se endurecieron, los castigos se volvieron brutales… ya no éramos una orden, sino una jaula.
Apreté los puños.
—Y todo por mí.
—No —replicó Kyot con firmeza—. Por lo que él decidió creer.
—Miller… —murmuré.
Kyot asintió lentamente.
—Sí. Miller se ganó el favor del líder. Llevó las pruebas de tu traición. Dijo que te había eliminado con sus propias manos. Lo ascendieron después de eso.
Mi mandíbula se tensó.
—¿Y nadie sospechó?
—Algunos lo hicimos —respondió Kyot—. Pero era inútil. Miller se había asegurado de cubrir cada ángulo. Las pruebas eran tan "perfectas" que parecían falsas… pero no había manera de demostrarlo.
Miró el agua un instante, su reflejo se deformaba con las ondas heladas.
—Sabíamos cómo era él. Arrogante. Ambicioso. Pero el líder… —apretó los dientes—. El líder lo creyó. Porque se trataba de ti.
—¿De mí? —pregunté con una mezcla de rabia y confusión—. ¿Por qué?
—Porque eras su favorito, Eiren. Su protegido. —Su voz bajó un tono—. Y para él, que tú lo hubieras traicionado fue una herida en su orgullo.
No podía aceptarlo… y por eso necesitaba creer en las pruebas, necesitaba creer que tú eras el culpable.
El silencio cayó de nuevo entre nosotros, denso, casi insoportable.
Sentí el maná moverse levemente en mi interior, inquieto, como si compartiera mi rabia.
—Así que Miller vive —dije finalmente, en voz baja.
—Sí —respondió Kyot—. Y más fuerte que nunca. Tiene poder, influencia y el oído del líder. Nadie lo toca.
—Hasta ahora —susurré.
Kyot me miró.
—¿Qué estás pensando?
—Que tarde o temprano, él y yo volveremos a encontrarnos.
Hubo un largo silencio.
La nevada había menguado, dejando apenas un velo de cristales que flotaban bajo la luz de la luna. La fuente seguía goteando en silencio, y yo aún podía ver el vapor leve que salía de mi aliento. Kyot no se había ido del todo.
Se había detenido a unos pasos, dándome la espalda, pero aún me escuchaba. Lo sabía.
—Kyot —dije finalmente, rompiendo el silencio—. Dijiste que querías saber lo que pasó esa noche.
—Sí —respondió sin volverse—. Quiero escucharlo todo, sin omitir nada.
Me acerqué a la fuente y me apoyé en el borde helado. Miré el agua un instante, luego cerré los ojos.
—Bien. Escucha entonces…
—Era una misión en solitario. Como casi todas las que me asignaban. —Mi voz sonó baja, casi apagada—. El objetivo era un noble, acusado de traficar objetos mágicos prohibidos.
—Recuerdo esa operación —interrumpió Kyot, girándose hacia mí—. Te enviaron solo porque eras el único que podía infiltrarse en esa mansión sin activar los sellos mágicos.
Asentí.
—Sí. Me infiltré por el ala norte. Todo estaba demasiado… tranquilo. Sin guardias, sin sirvientes. Solo el silencio.
—Demasiado fácil —murmuró él.
—Exacto. —Abrí los ojos, observando cómo el vapor de mi aliento se mezclaba con la neblina—. Cuando llegué al salón principal, el "noble" no estaba. En su lugar, me esperaban ellos.
—¿Ellos?
—Decenas de miembros de la orden. —Levanté la mirada hacia él—. Todos con el emblema grabado en las capas, todos con los mismos ojos fríos.
—Te tendieron una trampa…
—Sí. Y en medio de todos, estaba Miller.
El nombre flotó entre los dos, pesado, como una sombra.
Kyot cruzó los brazos, escuchando sin interrumpir.
—No dijo mucho al principio —continué—. Solo que "por fin había caído en su red". Se acercó, con esa sonrisa arrogante que siempre llevaba, y me acusó de haber traicionado a la orden, de vender información al enemigo. Le pregunté de qué demonios estaba hablando, pero no escuchó. Solo dio la orden.
—¿Y los demás? —preguntó Kyot con voz grave.
—Lo siguieron sin dudar. —Solté una leve risa amarga—. Creí que podría razonar con ellos, explicarles que todo era una mentira, pero… ya sabes cómo es Miller. Había preparado todo. Tenía documentos, sellos falsificados, incluso mensajes alterados con mi firma. Era una emboscada completa.
Kyot bajó la mirada.
—Entonces, lo que se dice de esa noche… que mataste a varios hermanos…
—Es cierto —admití sin rodeos—. Los maté. Pero no porque quisiera, sino porque no me dejaron opción.
—No se detuvieron aunque les pedí que lo hicieran. Cada uno de ellos había jurado lealtad a Miller. Eran su gente, su red oculta dentro de la orden.
El aire entre ambos se volvió más denso.
Kyot no me miraba con reproche, sino con algo más triste: comprensión.
—La pelea duró horas —seguí—. No podía usar mis hechizos más poderosos dentro del salón, o habría destruido la mansión entera. Pero aun así, resistí.
Miller era rápido, demasiado confiado. Cada golpe suyo iba cargado con veneno, con esa maldita sonrisa suya, como si disfrutara verme caer.
—Puedo imaginarlo —murmuró Kyot.
—En algún momento, logré abrir una brecha en su defensa y escapé hacia el bosque detrás de la mansión. Pensé que podría perderlos entre los árboles, pero ahí me esperaba algo peor.
—¿Qué cosa?
—Magos. —Lo dije con un deje de cansancio—. No eran de la orden. Eran mercenarios, o eso parecían, pero sus ojos… estaban llenos de odio.
—¿Sabes quiénes eran? —preguntó Kyot, frunciendo el ceño.
—No lo supe en ese momento. Pero por lo que dijeron, algunos eran familiares o aliados de personas que… yo había eliminado en mis misiones anteriores.
—Así que Miller se alió con ellos. —Kyot lo dijo más como una confirmación que una duda.
Asentí.
—Sí. Los usó como perros de caza. Me rodearon. Fue entonces cuando lo hice. —Mis dedos se cerraron con fuerza, recordando la sensación—. Usé ese hechizo. El mismo que usé contra ti hace un mes.
Kyot respiró hondo, su mirada endurecida.
Bajé la mirada—. Pero aquella noche lo liberé completamente. Sin control. Quería terminar con todo. La explosión barrió el bosque. Pude sentir cómo la tierra tembló, cómo los árboles se partían y el aire se congelaba. Algunos de esos magos desaparecieron en un instante.
Y luego…
—¿Qué pasó?
—Luego, solo recuerdo el impacto. —Cerré los ojos un momento—. Algo me golpeó, o tal vez fue la misma onda expansiva. Salí disparado hacia el río. Era de noche, llovía, y la corriente era fuerte. Creo que intenté sostenerme, pero… no pude.
Kyot se mantuvo en silencio, observando mis manos, como si en ellas pudiera ver los rastros de aquella noche.
—¿Y después? —preguntó en voz baja.
—Después, nada. —Sonreí con amargura—. Oscuridad. Tal vez fue al día siguiente, o varios después, cuando me encontraron en este pueblo. Según lo que me contaron, estaba medio muerto, con heridas por todo el cuerpo y sin memoria de quién era. Me desperté sin saber nada. Ni mi nombre, ni la orden, ni la magia. Solo… fragmentos.
Kyot asintió despacio, procesando todo.
—Y así viviste aquí estos dos años… creyendo que eras alguien más.
—Sí. —Miré al cielo, donde la luna se asomaba entre las nubes—. Y por un momento… pensé que era mejor así. Vivir sin el peso del pasado, sin esa maldita culpa, sin guerras, sin órdenes. Pero los recuerdos siempre vuelven, ¿no?
—Siempre —susurró Kyot.
Hubo un largo silencio. Solo el sonido del viento llenaba el vacío.
Luego él dijo:
—Entonces todo fue una conspiración. Miller te traicionó, usó la orden y te eliminó para tomar tu lugar.
—Así es. —Lo miré directo a los ojos—. Pero no logró eliminarme del todo.
Una chispa cruzó entre los dos. Algo entre determinación y furia contenida.
Kyot apretó los puños, las vendas crujiendo.
—¿Qué planeas hacer ahora que recuerdas todo?
—Terminar lo que empezó —respondí sin titubear—. Pero no con venganza ciega. Miller no solo me robó mi lugar… manipuló la orden, destruyó a mis hermanos, y convirtió todo lo que juramos proteger en una sombra podrida. Eso no lo dejaré así.
Kyot me miró largo rato, luego asintió.
—Entonces no lo harás solo.
—Kyot…
—No digas nada. —Sonrió apenas—. Te debo una. Además, alguien tiene que evitar que destruyas medio continente si vuelves a usar ese hechizo.
Reí por lo bajo, cansado pero sincero.
—Trataré de contenerme esta vez.
—Más te vale. —Se giró, mirando hacia el camino que salía del pueblo—. Descansa esta noche. Mañana hablaremos mejor.
Asentí, observándolo alejarse bajo la nevada.
El eco de sus pasos se fue perdiendo hasta quedar solo el silencio.
Entonces murmuré, casi sin voz:
—Esa noche no terminó, Kyot… solo se detuvo.
El viento respondió, arrastrando mi promesa hacia el cielo nevado.
