[Roderic]
La casa estaba en silencio, pero no era un silencio tranquilo.
Era el tipo de silencio que pesa, que se cuela por las paredes y se aferra al pecho. El fuego del hogar crepitaba débilmente, más por costumbre que por calor. Desde la habitación de Eiren, el aire se sentía distinto: frío, denso, cargado con algo que no podía describir del todo.
Eiren yacía sobre la cama, inconsciente.
Había sido un milagro traerlo de regreso. Garren lo cargó en brazos casi todo el camino, con la fuerza y la determinación que siempre lo caracterizaban, aunque en sus ojos se notaba el miedo. Alenya y Miriel habían corrido adelante para preparar agua caliente y mantas, pero incluso con todo eso, la habitación se había vuelto gélida en cuanto lo colocamos sobre el colchón.
No hubo necesidad de decirlo: todos sabíamos que ese frío venía de él.
—Su temperatura no baja más —dijo Joren, apoyándose contra la pared, con el ceño fruncido—. Pero… tampoco sube.
—El maná en su cuerpo todavía se mueve —añadió Alenya en voz baja, frotándose los brazos—. Lo siento… es como una corriente.
Yo la miré. Mi hija no era maga, pero había heredado de Liana cierta sensibilidad. Si ella lo sentía, entonces debía ser fuerte.
Joren se cruzó de brazos, mirando fijamente a Eiren.
—¿Qué le pasó allá afuera, padre? —preguntó finalmente—. No fue solo un ataque de maná, ¿verdad?
No supe qué responderle.
Había visto muchas cosas en mis años. Pero lo de hoy… lo de hoy escapaba a toda lógica. La cúpula, el estallido, el frío… y luego, ese muchacho, de pie en medio del cráter, con el cabello cubierto de plata como si el tiempo lo hubiera tocado.
—No lo sé, hijo —murmuré al fin, pasando una mano por mi rostro cansado—. Pero lo que fuera… no era humano.
Miriel, que estaba sentada junto a la cama, le sujetaba la mano a Eiren. Su voz fue un susurro tembloroso.
—No parece peligroso… Solo… dormido.
Me acerqué despacio, observando su rostro. Su piel estaba más pálida que la nieve, los rasgos más marcados. Había algo distinto en él, algo que no podía definir. Como si la persona que conocíamos… y algo más antiguo, más profundo, convivieran en el mismo cuerpo.
—¿Crees que mamá estará bien allá afuera? —preguntó Alenya, rompiendo el silencio.
Joren se asomó por la ventana. Desde allí se alcanzaban a ver luces al otro lado del pueblo, y un murmullo distante de voces alteradas.
—Está calmándolos —dijo—. Ya sabes cómo es la gente… Desde la pelea de Eiren con Kyot, no confían del todo.
Asentí en silencio.
El pueblo tenía buena memoria y poca paciencia para lo que no entendía. Y Eiren, con todo su pasado brumoso y su magia impredecible, siempre había sido un punto de temor disfrazado de respeto. Liana los había convencido de aceptarlo una vez… pero ahora, después de esto, no sería tan fácil.
Me quedé mirando al chico en la cama.
Su pecho subía y bajaba con lentitud, el vapor escapando de su boca a cada exhalación. En algún momento, sus dedos se movieron apenas, como si soñara.
—¿Crees que despierte pronto? —preguntó Miriel.
—Eso espero —dije, aunque en el fondo, no estaba seguro de querer verlo despertar sin Liana aquí.
El silencio de la habitación se rompió con pasos firmes. Garren apareció en la puerta, la capa algo embarrada y la mirada cansada.
—Algunos del pueblo siguen intranquilos —dijo, con voz grave—. No están enojados por lo que sucedió… pero tienen miedo de lo que sea que signifique lo que le pasa a Eiren.
Alenya frunció el ceño, y Miriel apretó la manta que tenía sobre sus piernas. Yo solo me mantuve observando a Garren, evaluando la seriedad de sus palabras.
—¿Y Kyot? —pregunté finalmente, cruzando los brazos.
Garren suspiró.
—Se fue a su posada a descansar junto a su grupo. Sus heridas siguen frescas a pesar de las pociones curativas. La pelea contra Eiren lo dejó bastante marcado… física y… emocionalmente.
Miriel abrió los ojos, curiosa y algo alarmada.
—¿Así son todas las batallas entre magos? —preguntó, la voz pequeña y tensa.
Garren asintió, serio.
—Lastimosamente, sí. Cuando hay un enfrentamiento entre magos, todo siempre se vuelve destructivo. El daño físico es solo la mitad; las secuelas de las heridas mágicas son otra cosa. Quedan remanentes de la energía del mago que ataca, maná ajeno que a veces se pega al tuyo… deja cicatrices que no se ven, pero que se sienten.
—¿Pero no fue Kyot quien inició la pelea? —preguntó Joren, inclinándose hacia adelante.
—Sí —respondió Garren con voz grave—. Reconoció a Eiren y le guardaba rencor por considerarlo un "traidor".
Alenya arqueó las cejas, confusa.
—¿Traidor? ¿Cómo?
Garren negó con la cabeza, dejando que el peso de sus palabras se asentara.
—Hablarán de eso más tarde. Tiene que ver con el motivo por el que hallaron a Eiren aquel día, herido y apenas vivo, en el río. Cuando despierte, tal vez les contemos con más calma lo que sucedió… aunque Eiren cree que fue inculpado.
—¿Inculpado? —preguntó Joren, frunciendo el ceño—. ¿Qué quieres decir?
—Dejen esa charla para otro día —dije, interponiéndome—. Han pasado demasiadas cosas como para explicarlo ahora. Si logra recuperar algunos recuerdos durante su pelea con Kyot, tal vez entonces les contaremos.
Miriel bajó la cabeza, con un hilo de miedo en su voz.
—¿Que recupere sus recuerdos… significa que tendría que marcharse?
Garren me miró con gravedad, y yo suspiré.
—No necesariamente, pequeña. Significa que recordará quién es, lo que fue… y quizá lo que perdió. Pero no necesariamente que se vaya. Dependerá de lo que decida, de lo que quiera hacer con esa información. Por ahora, solo debemos mantenerlo seguro y dejar que despierte a su propio tiempo.
Alenya cruzó los brazos, mirando a Eiren con mezcla de temor y esperanza.
—¿Y si no quiere quedarse? —susurró.
—Entonces lucharemos para que comprenda —respondí, con firmeza—. Pero primero debe abrir los ojos, y debemos asegurarnos de que esté vivo para tomar cualquier decisión.
Garren asintió y se acercó a la cama.
—Se ve… diferente —murmuró—. Su cabello, su piel… algo cambió en él, y no solo físicamente. El maná que lo rodea ahora es distinto. Más fuerte. Más… él mismo.
Lo miré, observando el cuerpo quieto de Eiren sobre las mantas, el aire que salía de su boca en vapor. Por un momento, la habitación quedó en un silencio pesado, lleno de expectativas. Todos sabíamos que, cuando despertara, nada sería igual. Y ninguno de nosotros estaba realmente seguro de si podríamos contener lo que eso significaría.
—Solo… mantengámoslo seguro hasta que despierte —dije finalmente—. Después… todo lo demás vendrá por sí mismo.
Pasaron unos minutos más en un silencio espeso. Solo se escuchaba el leve chisporroteo del fuego en la chimenea y la respiración acompasada de Eiren. La habitación estaba llena de ese aire tibio y pesado que se siente después de una tormenta, como si incluso las paredes intentaran recuperar el aliento.
Entonces la puerta se abrió lentamente, y Liana entró. Llevaba el abrigo aún puesto, el cabello húmedo por la nieve y el cansancio reflejado en los ojos.
—Ya se fueron —dijo con un suspiro, cerrando la puerta detrás de sí—. Logré calmarlos un poco. Están preocupados, claro… pero al menos no hay pánico.
—¿Qué dijeron? —pregunté, enderezándome en la silla.
—Nada que no esperáramos —respondió con voz cansada—. Temen por lo que pueda pasar, no por él. Solo… no entienden lo que ocurrió.
Asentí en silencio. Garren se levantó, le hizo un gesto de respeto y salió discretamente de la habitación, dejándonos a los dos con el chico.
Liana se acercó a la cama, su mirada se ablandó apenas vio a Eiren.
—¿Cómo está? —preguntó en voz baja.
—Igual —respondí—. No se ha movido. Respira con calma… mira. —Señalé el leve vapor que salía de su boca cada vez que exhalaba.
Ella se inclinó un poco, observando el pequeño hilo de aire helado disiparse frente a sus labios. Una sonrisa temblorosa cruzó su rostro.
—Aún parece tan frío… pero está vivo.
—Sí —dije, con un nudo en la garganta—. Está vivo.
Liana se sentó con cuidado en el borde de la cama. Extendió una mano y apartó con suavidad un mechón de su cabello, y sus dedos se quedaron quietos, deteniéndose un instante sobre su frente.
—Se ve… diferente —susurró—. Su cabello, su piel… parece otra persona.
—Lo sé —admití, observándolo con atención—. Como si hubiese… cambiado por dentro también.
Ella bajó la mirada, con una tristeza dulce en los ojos, y deslizó la mano por su cabello, luego por su mejilla.
—Mi niño… —susurró apenas—. Qué te pasó allá dentro.
No tuve tiempo de responder. Un sonido leve, un quejido apenas audible, rompió el silencio.
—¿Lo oíste? —preguntó Liana rápidamente, enderezándose.
Eiren se movió. Fue apenas un gesto torpe, una respiración más profunda, el cuerpo buscando incorporarse. Los dedos de su mano izquierda se crisparon sobre la sábana, y luego, lentamente, abrió los ojos.
Nos quedamos congelados.
El aire pareció detenerse en la habitación. Ya no eran oscuros. No eran los ojos del joven que conocíamos.
Eran de un azul celeste pálido, casi blanco, brillando con una luz serena y antinatural. Tan intensos que reflejaban incluso el fuego de la chimenea como si fuera hielo derretido.
—Por los dioses… —susurré sin pensarlo.
Liana llevó una mano a su boca, incapaz de hablar al principio.
—Eiren… —murmuró.
Él parpadeó lentamente, como si el mundo le pesara en los párpados. Luego, su mirada se enfocó en Liana. Sus labios se movieron con dificultad, la voz quebrada, ronca, como si no la hubiese usado en siglos.
—M… mamá…
Liana exhaló un sollozo entrecortado y se inclinó hacia él, tomándole el rostro con ambas manos.
—Sí… sí, cariño. Aquí estoy. Estoy contigo.
Eiren cerró los ojos un segundo, respirando con esfuerzo, y una pequeña sonrisa se formó en sus labios.
—Pensé que… —tosió, la voz le tembló— …que no te volvería a ver.
—No digas eso —le respondió Liana enseguida, su tono lleno de ternura y de esa fuerza que solo ella podía tener—. Estás aquí, con nosotros. Ya pasó, ¿me oyes? Todo pasó.
Me acerqué un poco, poniéndome al otro lado de la cama.
—Tranquilo, chico. No te esfuerces. Has estado dormido mucho tiempo.
Eiren giró un poco la cabeza, mirándome con esos ojos imposibles. Por un instante, sentí un escalofrío recorrerme; no por miedo, sino porque parecía ver algo más allá de mí, como si su mirada atravesara las cosas.
Luego, con voz apenas audible, murmuró:
—Papá…
—Aquí estoy, hijo —dije, y esa palabra me salió sin pensarlo.
Liana lo sostuvo con cuidado cuando intentó incorporarse.
—No, no, no te levantes aún —le dijo suavemente—. Estás débil.
Eiren asintió con lentitud. Su respiración seguía pesada, pero sus ojos seguían abiertos, observando la habitación como si fuera la primera vez que la veía.
—Se siente… cálido —murmuró.
Liana sonrió entre lágrimas, pasándole un paño por la frente.
—Claro que sí. Estás en casa, Eiren. En casa.
Él la miró largo rato, en silencio. Luego, con un suspiro leve, dejó que su cuerpo se relajara.
Su mano buscó la de ella y la sostuvo con torpeza, como si temiera que se desvaneciera.
—Gracias… mamá… —dijo otra vez, con un hilo de voz.
Liana bajó la frente hasta tocar la de él, y yo solo los observé, sin poder evitar sentir que algo enorme acababa de cambiar.
El chico que había despertado frente a nosotros… no era exactamente el mismo que se había desmayado un mes atrás. Pero, en ese momento, no importaba.
***
[Eiren]
—¿Cómo diablos…? —gruñí entre dientes, apenas logrando mover los labios. El dolor era tan agudo que sentía que me atravesaba los huesos. Cada respiración ardía y al mismo tiempo dolía como si me tragara hielo.
El calor de las toallas húmedas sobre mi pecho y brazos era lo único que me mantenía consciente. Liana —mi madre— y Miriel iban y venían entre la chimenea y la cama, cambiándolas cada tanto. El vapor subía lentamente en el aire helado de la habitación.
—No te muevas tanto —dijo Liana con suavidad, presionando otra toalla sobre mi cuello—. Todavía no estás listo para moverte.
—Lo sé… —murmuré, intentando soltar una risa que se convirtió en tos—. Pero duele como si me hubiera pasado una carreta por encima.
—No estás tan lejos de eso —dijo Garren, que estaba de pie cerca de la ventana, cruzado de brazos—. Tuvimos que inyectarte los estabilizadores directamente. No había tiempo para que los bebieras… y ni siquiera estabas consciente.
—¿Inyectarlos? —alcé una ceja, aunque me dolió hacerlo—. Eso explica por qué siento que me queman las venas.
—Si no lo hacíamos, habrías entrado en shock —respondió él con un tono serio—. Tu temperatura corporal estaba cayendo demasiado rápido. Y… bueno, también te bañamos en pociones curativas. No solo tú, también Kyot.
—Kyot… —murmuré, apretando los dientes. Una punzada aguda atravesó mi cabeza, como si una aguja de hielo se hundiera en mi mente.
Todo se volvió ruido por un instante. Mis oídos zumbaron, mi visión se nubló y sentí que me hundía de nuevo. Solo escuchaba voces lejanas.
—Eiren, respira despacio —dijo mi padre, su voz grave y firme como siempre—. Tranquilo.
Obedecí. Respiré hondo, aunque el aire me dolía al entrar. Cuando mis ojos se enfocaron de nuevo, vi a mi padre sentado frente a mí, con los codos apoyados en las rodillas, mirándome con preocupación.
—Hijo —empezó, y esa palabra me pesó más que cualquier otra—. Normalmente te damos tu espacio. Nunca te forzamos a hablar de lo que no quieres. Pero esta vez… necesitamos saber qué pasó.
Me quedé en silencio. Todos me miraban. Garren junto a la ventana, mi madre en la orilla de la cama, Miriel con una manta doblada en las manos. La leña crujía detrás, rompiendo el silencio.
—Kyot habló con nosotros —continuó Roderic—. Dijo que pertenecían a la misma orden. La Orden del Cuervo Escarlata.
—Sí… —murmuré, bajando la mirada.
—También dijo que fuiste un traidor —añadió, sin titubeos—. Pero luego nos contó que tú le dijiste que era mentira. Que alguien te inculpó. Un tal… Miller.
Sentí que mis dedos se tensaban sobre la manta. El nombre me golpeó como un cuchillo oxidado.
—Miller… —dije con voz ronca—. Sí. Lo recuerdo.
—¿Entonces era cierto? —preguntó Garren con el ceño fruncido.
—Recuperé parte de mis recuerdos —contesté lentamente—. No todos. Es como si los viera a través de un cristal roto. Fragmentos, imágenes, sonidos... nada ordenado. Pero eso sí lo recuerdo con claridad.
Me incorporé un poco, gimiendo por el dolor. Liana trató de detenerme, pero le hice un gesto para que me dejara continuar.
—La noche de la misión —dije—. Me habían enviado a eliminar a un noble corrupto. Era una orden directa… o eso creí. Llegué al lugar, pero todo estaba preparado. Era una emboscada.
—¿Emboscada? —repitió Roderic.
Asentí.
—Entre los atacantes estaba él. Miller. Un mago de la orden… uno con demasiado poder y aún más resentimiento hacia mí. —Tomé aire, el pecho me dolió—. Me lo dijo todo mientras peleábamos. Que él había fabricado las pruebas, que había hecho reales las falsas. Que los hermanos de la orden que murieron esa noche…
Miriel bajó la mirada, abrazando la manta contra el pecho.
—Ellos sabían que morirían —continué con la voz quebrada—. Todo fue para darle más credibilidad a su mentira. Me hicieron ver como un asesino. Aunque en parte lo era.
—Dioses… —susurró Garren, llevándose una mano a la frente.
—Y no solo eso —seguí—. Miller se había aliado con otros magos que me odiaban. Quisieron eliminarme esa misma noche. Pero no pudieron. No lo lograron.
—¿Qué hiciste? —preguntó mi padre.
—Usé un hechizo poderoso —admití en voz baja—. Algo que jamás debí usar. Todo explotó. No recuerdo más… solo luz, fuego, hielo… y luego el río.
El silencio volvió a llenar la habitación.
—Así fue como te encontramos —dijo Alenya finalmente, en un susurro.
—Sí —asentí—. Esa misma noche. Perdí la memoria al golpearme contra las rocas. No recordaba quién era… ni siquiera cómo conjurar mi propio nombre.
Liana me miraba con los ojos brillantes, una mezcla de alivio y tristeza.
—Y cuando Kyot te vio —dijo Garren, uniendo las piezas—. Te reconoció. Su ira por la traición falsa… lo cegó.
—Sí. Lo entiendo —respondí, cansado—. No lo culpo. Si yo hubiera estado en su lugar, también habría atacado.
Miriel levantó la vista por fin.
—¿Entonces… todo fue mentira?
—Todo —respondí, mirándola—. Y muchos murieron por esa mentira.
Roderic se pasó una mano por la barba, suspirando con pesadez.
—Entonces, hijo… —dijo despacio—, lo que pasó allá atrás… no fue solo magia descontrolada. Fue el pasado, alcanzándote.
Asentí, bajando la cabeza.
—Y parece que no piensa soltarme todavía.
Liana se acercó, colocando su mano sobre la mía. Estaba tibia, humana, viva.
—Pues no estarás solo —dijo con firmeza.
Joren había permanecido en silencio casi todo el tiempo, de brazos cruzados, observándome con una mezcla de preocupación y algo más difícil de definir: duda, quizás miedo. Cuando finalmente habló, su voz sonó firme, pero no agresiva.
—Eiren… —empezó—, ¿cómo fue que terminaste uniéndote a esa orden? La del Cuervo Escarlata.
Lo miré. Su mirada era directa, sincera. No había juicio en ella, solo una necesidad genuina de entender. Bajé la vista hacia mi mano.
El frío me recorrió los dedos, como si algo invisible se enroscara en ellos. Un dolor agudo me atravesó el pecho. Y entonces lo vi.
Un destello.
La lluvia cayendo con fuerza sobre un acantilado.
El viento rugiendo.
Y una mano —pálida, firme, temblando de desesperación— sosteniéndome.
¡Neyreth!
La voz de ella… resonando entre los truenos.
Su cabello plateado pegado a su rostro, los ojos celestes, casi blancos, llenos de pánico y ternura al mismo tiempo. La presión en mis dedos, el barro resbalando bajo mis uñas. Recordé el sonido del agua rugiendo bajo mis pies, la desesperación en su voz cuando gritó mi nombre.
El nombre que no recordaba haber tenido.
Tragué saliva y cerré la mano con fuerza.
—Fue por venganza —respondí finalmente, con la voz ronca.
Todos me miraron. Liana dejó de mojar las toallas, y Garren se enderezó lentamente.
—¿Venganza? —repitió Joren, con incredulidad.
Asentí, sin levantar la mirada.
—Sí. Creo que ya les hablé de ella… —dije despacio—. De la mujer que aparecía en mis sueños.
Roderic asintió.
—La que creímos que podía ser tu madre biológica.
—Lo era —confirmé con un suspiro—. Esa mujer… era mi madre.
Miriel se llevó una mano al pecho, sorprendida.
—¿La del acantilado? La que te llamaba… Neyreth, ¿no?
—Sí —dije con una sonrisa triste—. Ese era mi nombre, al menos el que ella me dio. Y ahora… sé que lo que soñé no era un simple sueño.
Me quedé en silencio unos segundos, las imágenes volviendo una a una, golpeando como olas.
—Esa noche… —continué— fuimos atacados. Había magos protegiéndonos. No sé quiénes eran, pero luchaban para mantenernos a salvo. Yo era solo un niño… y ella, mi madre, también peleaba. Su magia… era hermosa. Azul, hielo, pero viva.
Miriel escuchaba sin parpadear. Garren fruncía el ceño, concentrado.
—Pero aparecieron más atacantes —seguí—. Magos… distintos. Buscaban algo. No lo entendí en ese momento, pero ahora lo sé. Venían por ella.
—¿Por tu madre? —preguntó Liana.
—Sí. Uno de ellos intentó usar un hechizo de sellado —dije—. Un hechizo diseñado específicamente para ella. Querían sellar su magia… su poder. Pero yo… me interpuse.
Roderic frunció el ceño.
—¿Tú recibiste el sello en su lugar?
Asentí.
—Sí. Y el impacto… me lanzó lejos. Me golpeé contra las rocas, el aire se me fue del cuerpo. Pero antes de caer al vacío… ella me sostuvo. —Mi voz se quebró un instante—. Recuerdo sus manos, sus ojos… y luego un relámpago golpeó cerca, el suelo cedió y… caí.
La habitación se quedó muda. Solo el crepitar del fuego se oía.
—Cuando desperté —proseguí—, una anciana y su hijo me habían encontrado en la orilla de un río. Me cuidaron, me vendaron, me alimentaron. Estuve con ellos dos semanas. Pero… me encontraron de nuevo.
—¿Los mismos magos? —preguntó Garren.
—Sí. —Apreté los dientes—. No sé cómo, pero lo hicieron. La anciana me dijo que debía huir. Lo hice… corrí hasta que no pude más. El sello… —me toqué el pecho inconscientemente—, ese maldito sello no estaba hecho para mí. Me desbalanceaba el maná incluso cuando ni siquiera había despertado mi magia.
—¿Y usaste magia mientras huías? —preguntó Joren.
—Sí —respondí—. Por instinto. Desesperado. Y eso casi me mata.
Me detuve un momento, tomando aire.
—Cuando desperté otra vez, estaba en una carreta. Unos comerciantes me habían encontrado. Me cuidaron, me dieron agua, comida… Me llevaron con ellos una semana entera hasta llegar a un pueblo donde un mago sanador me atendió. Me trató con magia curativa, pero no podían quedarse conmigo. Yo era un problema, un riesgo.
Liana bajó la mirada con tristeza.
—Planeamos que me separara en el siguiente pueblo. Me dieron una herramienta que cambiaba mi aspecto. Un amuleto viejo, pero útil. Con eso… logré desaparecer un tiempo. —Sonreí con amargura—. Apenas una semana.
—¿Solo una? —preguntó Alenya, sorprendida.
—Sí. Los volví a sentir cerca… incluso si no usaba magia. Tardé en entender cómo me encontraban.
—¿Y cómo era? —preguntó ella, dando un paso más cerca.
—Por el sello —respondí—. Aunque yo no podía usar mi maná, el sello mismo era un hechizo. Y los hechizos contienen maná.
Garren chasqueó la lengua.
—Eso bastaba para rastrearte.
—Exacto. —Suspiré—. Me alcanzaron en un bosque. Me atacaron… no tuve oportunidad. Me dejaron medio muerto. Y entonces… alguien apareció.
—¿Quién? —preguntó Joren.
—Un hombre. Nunca supe su nombre real. —Mi voz se hizo más grave—. Me miró, y me preguntó si quería vivir.
Roderic entrecerró los ojos.
—¿Y tú dijiste que sí?
—Sí —asentí—. No por miedo a morir. Sino por venganza. Quería vengarme de quienes destruyeron mi vida, de quienes atacaron a mi madre.
Un silencio tenso llenó la habitación. Miriel fue la primera en hablar, apenas un susurro.
—¿Y la anciana… y su hijo?
Sentí un nudo en la garganta. Bajé la mirada.
—Los mataron —dije finalmente, en voz baja—. Por haberme ayudado.
Miriel apretó los labios, reprimiendo un sollozo. Liana la abrazó, mirándome con ojos tristes pero comprensivos.
—Así que… —dijo Garren en voz baja—, esa orden fue tu refugio.
—Y mi condena —añadí.
Joren suspiró, pasándose una mano por el cabello.
—Hermano… has cargado con todo eso solo.
—No del todo —le respondí, forzando una sonrisa débil—. Desde que llegué aquí… ya no ha sido tan solo.
Mi padre asintió lentamente.
Liana me miró largo rato, con esa mezcla de ternura y preocupación que sólo una madre puede tener. Su voz fue suave, pero directa.
—Eiren… todo eso explica muchas cosas. —Suspiró—. Pero aún hay algo que no entiendo.
—¿Qué cosa? —pregunté, algo confundido.
Ella entrecerró los ojos, como si buscara las palabras correctas.
—Tu aspecto. —Dijo finalmente—. No es el mismo.
Fruncí el ceño.
—¿Mi aspecto? ¿Qué tiene?
Roderic cruzó los brazos y soltó un leve resoplido, como si hubiera esperado que lo notara por mi cuenta.
—¿Ya viste tus manos, hijo? —preguntó.
Miré mis manos de nuevo.
Mi piel… blanca. No solo pálida, sino casi luminosa bajo la luz del fuego. Las venas, antes discretas, parecían más marcadas, de un tono azulado.
—Realmente se ven diferentes… —murmuré.
—Y no solo tus manos —añadió Alenya, que se acercó con algo escondido tras la espalda.
Me extendió un pequeño espejo, uno de los que usaba para arreglarse el cabello.
—Mírate —dijo.
Tomé el espejo sin saber qué esperar.
El reflejo me devolvió una imagen que no era completamente mía.
Mi cabello, antes negro como el carbón, tenía ahora varios mechones plateados que lo cruzaban en distintos tonos, casi como si la luz se hubiera incrustado en él. Mi piel, sí, era más clara. Pero lo que me dejó sin aliento fueron mis ojos.
Azul celeste. Tan claros que casi parecían blancos.
Exactamente los mismos que había visto en mis recuerdos… los mismos ojos de mi madre biológica.
Nadie habló por unos segundos. Solo el leve chasquido de la leña llenaba el silencio.
—Parece que… me salté un detalle —dije con una sonrisa débil, dejando el espejo sobre mis rodillas.
Roderic arqueó una ceja.
—¿Qué clase de detalle, exactamente?
—¿Recuerdan cuando les hablé de la herramienta que usé para cambiar de apariencia? —pregunté.
Todos asintieron.
—Esa herramienta. Cuando la usé… —dudé un segundo— absorbí parte de su energía.
—¿La absorbiste? —repitió Garren, sorprendido.
—Sí —asentí—. Fue un tanto intencional. Pero lo hice. Incluso teniendo el sello, tomé parte del maná del artefacto. Y ese maná… se mezcló conmigo cuando use magia.
Alenya me observaba fascinada.
—¿Y por eso cambiaste de aspecto?
—Probablemente. —Me pasé una mano por el cabello, sintiendo la mezcla entre el negro y el plateado—. Supongo que eso alteró mi estructura mágica. Me "recreó", por así decirlo. Por eso, incluso cuando perdí la memoria, mi aspecto nunca volvió al original.
—Y ahora que rompiste el sello… —empezó Miriel.
—Parte de ese maná se disipó —completé—. Lo suficiente para que algo de mi verdadero yo regresara. Aunque no del todo.
Roderic asintió lentamente.
—Tu madre biológica también tenía el cabello así, ¿no?
—Sí. —Levanté la mirada—. Como el hielo al amanecer.
Liana me miró con dulzura y algo de nostalgia.
—Entonces puedo imaginar que te pareces a ella —dijo finalmente, acariciándome el rostro—. Pero sigues siendo tú, Eiren.
Sonreí, aunque la sensación era extraña, entre alivio y melancolía.
—No sé si me alegra o no —admití—, pero… supongo que no importa mucho.
Mi madre asintió, pero luego su expresión cambió, más seria.
—¿Y tu venganza? —preguntó en voz baja—. Dijiste que te uniste a esa orden por eso. ¿La cumpliste?
Bajé la vista. El silencio volvió, pesado, casi doloroso.
—Tal vez —respondí tras unos segundos.
—¿Tal vez? —repitió Joren.
—Lo último que recuerdo antes de caer al río son… imágenes sueltas. —Llevé una mano a mi sien, intentando ordenar los fragmentos—. Masacres. Entrenamientos. Sangre. Hechizos que ni siquiera reconozco. Vi rostros… algunos enemigos, otros camaradas. Y… creo que sí. Que llegué a vengarme. —Tragué saliva—. Pero no sé si eso me hizo sentir mejor.
Roderic bajó la mirada, pensativo.
Miriel me miró con cierta tristeza, pero sin decir nada.
Entonces, mi padre levantó la vista y me miró con seriedad.
—Eiren… —dijo—, ahora que tienes parte de tus recuerdos… ¿qué vas a hacer?
La pregunta me tomó por sorpresa. Me quedé en silencio unos segundos, observando el fuego moverse entre las brasas.
—No lo sé —admití finalmente—. Solo recuerdo algo: cuando me separé de los comerciantes, mi meta era llegar al norte.
—¿Al norte? —repitió Joren.
—Sí. No sé por qué… —fruncí el ceño, intentando recordar— pero sabía que tenía que llegar ahí. Sentía que… había algo esperándome.
Alenya se inclinó hacia adelante.
—¿Tu madre?
—Tal vez. —Suspiré—. No sé si sigue viva. Pero tenía que intentarlo.
—¿Y por qué el norte? —preguntó Miriel, con curiosidad infantil.
—Porque ahí… —me detuve, buscando las palabras— también tenía una familia.
Todos me miraron sorprendidos.
—¿Familia? —preguntó Roderic.
Asentí.
—Una hermana mayor. Dos hermanos menores. Y un padre. —Sonreí apenas—. Yo venía siendo el segundo hijo.
El silencio que siguió fue distinto esta vez. No había tensión, solo una calma llena de pensamientos.
Liana fue la primera en romperla.
—Entonces… —dijo, con voz suave— aún tienes algo que buscar.
Asentí, con un nudo en el pecho.
Mi madre me tomó la mano, apretándola con fuerza.
—Y cuando llegue el momento de irte, Eiren… —susurró—, hazlo sabiendo que siempre tendrás un hogar al que volver.
No pude responder de inmediato. Solo la miré, y sentí algo cálido en el pecho.
