[Liana]
El viento soplaba entre los árboles, levantando pequeños remolinos de nieve que giraban perezosamente antes de desvanecerse.
Desde la colina que daba hacia los campos, podía verlos a ambos —Eiren y Kyot—, sentados junto a los restos de madera apilada.
No alcanzaba a escuchar lo que decían, pero sus gestos, las pausas, los silencios entre ellos… hablaban por sí solos.
Había algo pesado en el aire, una mezcla de nostalgia y decisión que me erizaba la piel.
A mi lado, Roderic estaba con los brazos cruzados, tan inmóvil que parecía una estatua.
El abrigo grueso que llevaba casi no se movía con el viento, y sus ojos, firmes como siempre, no se apartaban de Eiren.
Pasó un largo rato antes de que yo rompiera el silencio.
—¿Crees… que está pensando en irse? —pregunté en voz baja, como si temiera que el viento pudiera llevar mis palabras hasta ellos.
Roderic no respondió de inmediato.
Su mandíbula se tensó apenas un poco, y solo entonces soltó un suspiro.
—No lo sé, Liana —dijo finalmente—. Pero no lo culparía si lo hace. Debe ser duro para él… todo lo que ha recordado.
Lo miré de reojo.
—¿Duro? Roderic, está destrozado por dentro. No lo dice, pero se le nota. Desde que despertó, tiene esa mirada… como si cada día cargara un peso distinto sobre los hombros.
—Su pasado —asintió él con gravedad—. Todo borroso, todo confuso. Sin saber en quién confiar, sin saber si lo que recuerda es real o una mentira. Debe ser difícil decidir qué hacer con tanto encima.
Me quedé callada unos segundos. El viento soplaba desde el norte, y una ráfaga me revolvió el cabello.
Volví la vista hacia Eiren. Estaba quieto, mirando al horizonte mientras Kyot hablaba.
—¿Tú crees que…? —dudé un instante antes de continuar—. ¿Crees que regrese a ese lugar?
—¿A la Orden? —preguntó Roderic.
Asentí despacio.
—Sí. A esa maldita Orden de la que vino. ¿Crees que… intente volver? Tal vez… para limpiar su nombre.
Roderic frunció el ceño.
No me respondió enseguida. Parecía medir sus palabras.
—No tengo idea —admitió al fin—. Pero, sinceramente, espero que no.
Me giré hacia él.
—¿Por qué dices eso?
—Porque si con Kyot, que era su amigo, la pelea terminó como terminó… —me miró de frente, con seriedad— imagina cómo sería enfrentarse a los demás. Esos hombres no perdonan, Liana. Si lo consideraron un traidor, si creyeron que mató a los suyos… No le tendrán piedad, aunque descubran que fue inocente.
Tragué saliva, bajando la mirada.
—Pero no es justo. No debería cargar con algo que no hizo.
Roderic asintió lentamente.
—Lo sé. Pero la justicia no siempre pesa lo mismo para todos. Y él… ya murió una vez para esa Orden. Si vuelve, solo logrará que lo entierren de verdad.
El aire entre nosotros se volvió frío, más que el invierno mismo.
Me abracé los brazos, intentando no dejar que la angustia se notara demasiado.
—No sé qué hacer —dije en un susurro—. Cada vez que lo miro, siento que está aquí y no al mismo tiempo. Como si parte de él siguiera allá afuera, perdido entre la nieve.
—Porque lo está —respondió Roderic, sin apartar la vista de Eiren—. Parte de él sigue buscando algo… o a alguien.
Lo miré, confundida.
—¿Te refieres a su familia?
—Sí. —Asintió—. A su familia verdadera.
Tiene un padre, tres hermanos… y, si las suposiciones son correctas, su madre biológica también sigue viva.
Mis manos se apretaron sin querer.
—Entonces tarde o temprano querrá encontrarlos.
—Tarde o temprano —repitió Roderic—. Y cuando ese momento llegue, no podremos detenerlo.
Guardamos silencio.
Solo se oía el crujido de la nieve bajo nuestros pies y el lejano murmullo de los aldeanos que recogían sus herramientas al caer la tarde.
Me quedé observando a Eiren, el cabello moviéndose apenas con el viento, su mirada fija en algo que no alcanzaba a ver.
Ese niño que llegó a nosotros perdido, herido, sin recuerdos… ya no era el mismo.
Era más fuerte, sí, pero también más lejano.
Como si en el fondo del alma supiera que este no era su lugar.
—Roderic… —murmuré—, ¿y si se va y no vuelve?
Él giró hacia mí y me miró con calma.
—Entonces habremos hecho lo correcto al dejarlo ir.
Lo miré, con un nudo en la garganta.
—¿Y si se va para morir?
Su silencio me respondió más de lo que sus palabras podrían.
Luego, tras un momento, habló con voz firme:
—Entonces, Liana… —dijo, con esa mirada que usaba cuando no había vuelta atrás—, nos tocará confiar en que criamos por dos años a un hombre que sabrá elegir su propio destino.
Volví a mirar a Eiren, allá abajo, junto a Kyot.
Y aunque el viento era helado, juraría que sentí calor en el pecho.
Un calor extraño, mezcla de orgullo y de miedo.
Porque sabía que Roderic tenía razón.
Y porque temía, más que nada, que el destino ya lo hubiera elegido por él.
****
[Eiren]
Sentía algo cálido sobre mi frente.
Una caricia suave, lenta, como el roce de una pluma.
El aire olía a flores y a invierno, una mezcla imposible, pero tranquilizadora.
Esa mano…
Esa voz…
Y entonces la escuché.
Una melodía que no recordaba haber oído en años —¿o tal vez nunca la había olvidado?—.
Una voz dulce, envolvente, tan cercana que sentí el pecho apretárseme.
"Duerme, mi sol, mi lucero en la nieve, duerme, que el frío no puede contigo.
Cierra los ojos, mi pequeño guardián, que el mundo duerme y yo velo contigo…"
La voz se quebraba al final de cada verso, como si quien cantaba contuviera el llanto.
Quise hablar, pero no pude.
Mi cuerpo no respondía.
Solo escuchaba, sintiendo cómo algo dentro de mí —una grieta vieja, olvidada— comenzaba a doler.
"Duerme, que pronto amanecerá, y los copos cubrirán tus huellas.
Duerme, mi vida, mi Neyreth... que mamá está aquí, contigo."
Ese nombre.
"Neyreth."
La palabra me atravesó como una lanza helada.
La voz volvió, entre sollozos ahogados:
"¿Dónde estás, mi Neyreth…? ¿Por qué no respondes?"
La canción se desvaneció, y en su lugar comenzó a escucharse el viento.
Abrí los ojos —o al menos eso creí— y lo que vi era un paisaje difuso.
Una ventana empañada, el reflejo de una vela temblando.
Afuera, la noche caía lenta, y copos de nieve descendían en espiral.
Algo se movía, como si la casa o la carreta en la que estaba avanzara entre la tormenta.
Dentro, la voz volvió a hablar, más débil esta vez.
No la veía, pero la sentía muy cerca, tan cerca que podía distinguir el temblor de su respiración.
—Mi Neyreth… ¿dónde estás, mi amor? Mamá está aquí… —la voz titubeó—, no me dejes otra vez… por favor…
Un golpe sordo, un ruido de viento colándose por una rendija.
Y entonces vi su mano.
Una mano delicada, temblorosa, que se apoyaba contra el cristal de la ventana.
—Neyreth… ¿me escuchas? —susurró otra vez.
La voz temblaba entre desesperación y ternura.
—Si puedes oírme… si aún estás vivo… vuelve a casa.
Un destello blanco llenó todo.
El frío me golpeó de pronto, como si el aire se hubiera vuelto hielo dentro de mis pulmones.
Intenté respirar, pero la imagen se rompió, hecha añicos, y la oscuridad me tragó.
Desperté de golpe.
El corazón me latía tan rápido que me dolía.
La habitación estaba completamente oscura, salvo por la tenue luz azulada de la luna colándose por la ventana.
El sudor me empapaba la frente y el cuello.
Me llevé una mano a la cabeza, intentando calmar el temblor.
—Otra vez… —murmuré, jadeando.
Sentí algo húmedo correr por mi mejilla.
Al principio pensé que era el sudor, pero cuando mis dedos lo tocaron, comprendí que eran lágrimas.
Estaban tibias.
Y seguían cayendo.
Apoyé la frente sobre las rodillas, tratando de ordenar mis pensamientos.
Esa voz… esa canción…
No era un sueño cualquiera.
No lo era.
—Era ella —susurré, apenas audible—. Mi madre…
Me quedé quieto, escuchando el silencio del cuarto.
Fuera, el viento golpeaba las contraventanas, arrastrando restos de nieve.
El fuego en la chimenea se había apagado hacía rato, y el aire olía a madera húmeda.
Cerré los ojos.
La melodía seguía ahí, repitiéndose dentro de mi mente como un eco que no sabía apagar.
"Duerme, mi sol, mi lucero en la nieve…"
Cada palabra dolía, pero al mismo tiempo me calmaba.
Era una contradicción, un fuego en medio del hielo.
Y entonces, sin querer, murmuré en voz baja:
—¿Dónde estás tú, madre? ¿Dónde… está mi hogar?
El eco de mi propia voz se perdió en la habitación vacía.
Y yo, con el pecho apretado y la mirada fija en la ventana, supe que esa canción no era un recuerdo cualquiera.
Era un llamado.
Uno que ya no podía seguir ignorando.
****
[????]
El traqueteo del carruaje era constante, un ritmo apagado que se mezclaba con el ulular del viento entre las montañas.
Afuera, la nieve seguía cayendo, fina, silenciosa, como si el mundo entero contuviera la respiración.
Dentro, el calor de las lámparas apenas alcanzaba para iluminar el interior, proyectando sombras temblorosas en las paredes tapizadas.
Tenía la mano apoyada sobre el cristal empañado de la ventana.
Mis dedos trazaban, sin pensar, el mismo símbolo de siempre: una espiral incompleta.
Era un gesto automático, uno que hacía cada vez que el cansancio o la tristeza amenazaban con vencerme.
El cristal estaba helado, pero no retiré la mano.
Miré hacia la noche, a los copos que se estrellaban y desaparecían en la oscuridad.
Y entonces lo escuché.
Una voz.
Lejana, casi inaudible, pero clara.
No era un sonido del exterior.
Era algo que resonó dentro de mí, en lo más profundo de mi pecho.
"¿Dónde estás tú, madre? ¿Dónde… está mi hogar?"
El aire se me escapó de golpe.
Mis dedos se deslizaron del cristal.
La mano me temblaba.
—¿Qué…? —susurré, sin atreverme a moverme del todo.
Sentí cómo mi corazón se detenía un segundo, luego otro.
Esa voz… esa voz no podía ser una ilusión.
Era grave, joven, llena de duda y cansancio…
Pero había algo en ella, una vibración, un tono, un eco que conocía mejor que mi propio nombre.
—Neyreth… —dije, apenas audible.
Mis labios se abrieron, temblorosos, y el aliento se condensó frente a mí.
—¿Eres tú?
El silencio fue absoluto.
El carruaje seguía avanzando, los caballos resoplaban al frente, pero para mí, el mundo entero se había detenido.
—Mi amor… —susurré, con un hilo de voz—. ¿Eres tú? ¿Me escuchas?
No hubo respuesta.
Ni una brisa, ni una sensación, ni un eco.
Solo el silencio.
Pero mis ojos comenzaron a humedecerse, y una lágrima cayó sobre el dorso de mi mano.
Y en ese instante lo supe.
No necesitaba más señales, ni visiones, ni esperanzas vacías.
Esa voz no era un sueño.
No podía serlo.
Apreté la mano contra mi pecho, justo donde el corazón latía con fuerza.
Cada latido parecía pronunciar su nombre.
—Sigues vivo… —murmuré, con una sonrisa quebrada—. Por todos los cielos, sigues vivo.
Apoyé de nuevo la frente contra el vidrio, observando la luna que asomaba entre las nubes.
Su luz bañaba la nieve, tornándola azul pálido, como si el mundo entero se hubiera detenido para escuchar también.
—Mi pequeño… mi Neyreth —susurré, con ternura y dolor mezclados—. Aguanta un poco más. Ya estoy yendo hacia ti…
El carruaje siguió su camino entre la ventisca, alejándose hacia el horizonte blanco.
Y dentro de él, con los ojos aún fijos en la luna, yo sonreía entre lágrimas.
Porque por primera vez en nueve años, mi corazón no dudaba.
Él me había escuchado.
Y yo lo había oído responder.
****
[Eiren]
La noche seguía viva, aunque el pueblo dormía.
El silencio era espeso, roto solo por el crujir lejano de la madera al dilatarse con el frío.
Me había quedado despierto.
Después de ese sueño —o lo que fuera— no pude cerrar los ojos otra vez.
La canción aún resonaba en mi cabeza, suave y dolida, con esa voz cálida que no me pertenecía, pero que había despertado algo que ni siquiera sabía que aún existía dentro de mí.
"Mi Neyreth…"
Ese nombre seguía persiguiéndome.
Era mío, lo sabía, aunque ya no me pertenecía del todo.
Apoyé el codo sobre la ventana, mirando hacia la luna.
Su luz plateada cubría los campos, la nieve, los tejados, todo se veía tan quieto… tan en paz.
Y yo, dentro de esa calma, me sentía completamente dividido.
Kyot tenía razón.
Las cosas no eran simples, nunca lo habían sido.
Desde que hablé con él ayer, no he dejado de pensar en todo lo que dijo: la orden, Miller, el líder…
Mi nombre.
Mi "traición".
Y la verdad detrás de todo.
Para ellos, yo ya estoy muerto.
"Frostfallen" murió la noche que Miller me atacó.
Eso debería bastar.
Podría quedarme aquí, seguir ayudando a mi familia, cuidar de mi madre —de Liana— y de todos los que me tendieron una mano cuando desperté entre el agua del río sin saber quién era.
Podría fingir que ese nombre, ese pasado, nunca existió.
Pero no puedo.
No después de lo que vi, no después de escuchar esa voz.
Me toqué el pecho, justo donde había sentido esa punzada cuando desperté.
No fue solo un sueño.
Lo sé.
Sentí su voz como si hubiera atravesado la distancia misma, como si mi cuerpo lo recordara aunque mi mente no lo hiciera.
Era… mi madre.
La verdadera.
La que creí muerta.
Cerré los ojos.
Su voz seguía repitiéndose, quebrando algo en mí.
Y por primera vez, tuve miedo de olvidar ese sonido, de perderlo entre los recuerdos borrosos que ya no sé si son míos o de alguien que fui alguna vez.
Quizá…
Quizá debería buscarla.
Me apoyé hacia atrás, respirando hondo.
La idea me oprimía el pecho, no por miedo, sino por lo que implicaba.
Buscarla significaba volver al mundo que dejé atrás.
A la sangre, a la magia, a la Orden.
Y también significaba dejar este hogar.
Dejar a Liana, a Roderic, a Miriel, a todos los que me devolvieron un lugar, un nombre, una familia.
—No puedo simplemente irme —murmuré, con la voz casi inaudible.
Pero tampoco puedo quedarme sin saber.
Kyot dijo que alguna vez ya me había marchado, que me fui de la Orden tras cumplir mi venganza… y luego regresé.
Nadie supo por qué.
Ni él.
Ni siquiera el líder.
¿Qué fue lo que vi para regresar?
¿Qué fue lo que encontré… o perdí?
Apreté el puño.
Las preguntas eran demasiadas.
Y las respuestas, todas enterradas en un pasado que apenas empiezo a recordar.
Tal vez, si vuelvo, las encuentre.
Tal vez entienda qué me llevó a convertirme en quien era antes de perderlo todo.
Pero si lo hago…
Tendré que dejarlo todo otra vez.
Miré hacia el techo, dejando escapar un suspiro.
No quería perder otra familia.
No después de tanto.
Y sin embargo, algo dentro de mí, una chispa que no puedo apagar, me dice que si no voy… nunca voy a estar en paz.
La noche seguía quieta, pero mi mente no.
El silencio era un espejo demasiado claro para dejarme descansar.
Cada pensamiento rebotaba contra otro, una maraña de dudas y recuerdos que no sabía si eran míos… o del otro "yo" que fui antes de perderlo todo.
El viento sopló, levantando un poco de nieve del borde de la ventana.
La luna seguía allí, pálida y serena, como si me mirara desde un lugar donde el tiempo no existe.
Y fue entonces cuando recordé sus palabras.
La voz de Miriel.
"hay un mundo allá afuera, gigante y lleno de cosas que nunca imaginaria, y en este pueblo escondido entre montañas no podras descubrirlo."
Ella me lo había dicho hace meses, cuando aún estaba débil y apenas podía mantener el control de mi magia.
Me acuerdo bien de cómo sonreía al decirlo, como si viera algo en mí que yo no lograba ver.
En aquel momento pensé que solo quería animarme, hacerme creer que había algo más allá del pueblo, que no todo eran campos cubiertos de nieve o las mismas calles cada día.
En ese tiempo no lo entendí del todo.
Creí que hablaba de poder.
De control, de fuerza.
De lo que podía hacer con mi magia si la dominaba por completo.
Pero ahora…
Ahora esas palabras tenían otro sentido.
Me incliné hacia adelante, apoyando el rostro en mis manos.
"Hay un mundo allá afuera…"
Sí.
Uno que no solo es grande, sino que guarda respuestas.
Y entre esas respuestas, tal vez, están las piezas que me faltan.
No se trata solo de magia.
No se trata de mi potencial ni de ser más fuerte.
Se trata de saber quién fui.
De entender por qué mi vida se quebró en dos, por qué olvidé tanto, por qué sigo sintiendo cosas por personas que ya no puedo recordar con claridad.
¿Quién era realmente ese niño que se unió a la Orden?
¿Quién lo entrenó?
¿Quién lo traicionó?
¿Y quién lloró por él cuando "murió"?
Apreté los puños.
Hay un vacío en mi pecho que ningún entrenamiento ni hechizo puede llenar.
Un espacio que tiene nombre, y ese nombre… es familia.
Liana, Roderic, Miriel, Alenya y Joren… ellos me dieron un nuevo hogar, un nuevo lugar.
Pero hay algo dentro de mí que me sigue llamando, una raíz que no he encontrado todavía.
La voz de esa mujer, la canción que me arrullaba en el sueño…
No puedo olvidarla.
No quiero.
Si está viva, si sigue esperándome, ¿cómo puedo quedarme aquí sin buscarla?
¿Sin siquiera intentarlo?
Y si hay alguien allá afuera que me odia, que me culpa o que aún recuerda mi nombre con desprecio…
Entonces también tengo que enfrentarlo.
No puedo seguir viviendo con pedazos rotos de un pasado que no entiendo.
Respiré hondo.
El aire frío no me hizo temblar.
Desde hace meses, el invierno dejó de afectarme.
El frío ya no era enemigo, era parte de mí.
Miriel tenía razón.
Hay un mundo allá afuera.
Pero no se trata solo de descubrir lo que puedo hacer… sino de descubrir quién soy.
—Quizás… ya es hora —susurré, mirando hacia la luna.
Mis palabras se deshicieron en el aire, como el vapor de mi respiración.
No sabía cuándo, ni cómo… pero lo haría.
Buscaría la verdad, a mi familia, y a mí mismo.
Porque, aunque no recuerde quién era… aún tengo que descubrir en quién me he convertido.
***
La luz entraba débil por la ventana, filtrándose entre las cortinas como un respiro cálido que apenas tocaba la madera.
La nieve había cesado, pero el cielo seguía gris, como si aún dudara entre el día y la noche.
Yo no había dormido.
Ni un minuto.
Seguía sentado al borde de la cama, mirando la carta doblada sobre el escritorio.
La letra era de Keny, firme, elegante y algo impaciente, como ella.
Esa carta… era mi salida.
Mi puente hacia lo que viene.
No podía irme así nada más, dejar a Liana, Roderic, Miriel y los demás sin una palabra.
Pero tampoco podía quedarme.
No después de lo que sentí anoche, de esa voz, de esa sensación en el pecho que me gritaba que algo me esperaba allá afuera.
Me pasé una mano por el rostro, intentando apartar el cansancio.
El agua del balde estaba fría, pero no lo suficiente para despertarme.
El frío ya no me hacía nada.
Desde que mi magia "despertó", el invierno se siente… distinto.
Cálido. Familiar.
Me vestí con calma, con ropa sencilla, reforzada en las costuras, preparada para viaje.
No pensaba salir corriendo ni huir.
Solo… partir.
Lentamente, con propósito.
Hacia el Este primero, al encuentro del conde Vion, padre de Keny.
Ella dijo que si alguna vez necesitaba una forma de seguir creciendo, él sería el indicado.
Y me dejó esa carta —con su sello personal— para que la usara "si el día llegaba".
Bueno… ese día llegó.
Además, si el conde Vion realmente me acepta bajo su patrocinio, podría usar su influencia para llegar más lejos, más allá de las fronteras del Este, y tal vez seguir hacia el Norte.
Hacia donde, según mis recuerdos fragmentados… podría estar ella.
Apreté los dientes.
No puedo ir directamente al Norte todavía.
No sin entender cómo moverme, sin recursos, sin un rumbo claro.
Y aunque sé que Liana y Roderic no me detendrían, sé también que no lo tomarían bien.
Después de todo lo que hicieron por mí, no quiero que crean que los estoy abandonando.
Me acerqué al escritorio y tomé la carta.
El papel tenía un aroma leve a hierbas y cera.
"Keny Vion", decía el sello.
Sonreí sin querer.
—Parece que tu insistencia me ganó, Keny… —murmuré.
Guardé la carta.
Miré por la ventana: los aldeanos ya estaban levantándose, moviendo los trineos, llevando las cestas de pan hacia la plaza.
El pueblo seguía su ritmo, tranquilo, como siempre.
Nadie diría que aquí ocurrió una pelea que casi lo destruye.
Suspiré.
El aire se veía limpio, pero pesado.
Era una mañana de decisiones.
Tenía que hablar con Liana y Roderic.
No diría que iba en busca de mi familia biológica.
Solo que aceptaría el trato del conde Vion, que seguiría el camino que Keny me mostró.
Eso, al menos, era verdad.
Y quizá era mejor así: dejar que crean que voy a aprender más de mi magia… mientras busco, en silencio, las piezas de mi pasado.
Tomé mis guantes y abrí la puerta.
El suelo crujió bajo mis botas.
Cada paso me pesaba, como si el viento me empujara hacia atrás, recordándome todo lo que dejaría atrás, aunque fuera temporalmente.
Pero ya no había marcha atrás.
Había tomado mi decisión.
—Al Este primero… —susurré para mí mismo, mientras bajaba las escaleras—. Y después… a algún lugar.
