[Eiren]
Bajé las escaleras en silencio, cuidando que los peldaños no crujieran demasiado bajo mis botas.
El aire de la casa olía a pan recién hecho y madera húmeda por el calor del fogón.
Desde arriba, escuché el ruido de pasos apresurados, murmullos y risas —mid hermanos ya estaban despiertos—, y por un instante, ese sonido cotidiano me golpeó el pecho con una sensación de hogar.
De algo que… no quería perder.
En la planta baja, la luz anaranjada del amanecer se colaba por las ventanas, bañando la mesa donde Liana ya había puesto las tazas.
El vapor del té subía lento, girando como una bruma suave.
Podía escuchar también el murmullo grave de Roderic desde la cocina, hablando con Miriel sobre las provisiones del día.
Todo parecía tan normal, tan tranquilo…
Y eso lo hacía más difícil.
No era el momento aún.
No ahora.
No quería arruinar la calma con algo tan pesado como una despedida.
Me acerqué al marco de la puerta que daba al comedor y me quedé un segundo observando.
Liana estaba inclinada sobre la mesa, revisando una cesta de frutas, mientras Miriel limpiaba unas hojas verdes con un trapo húmedo.
Ambas reían por algo que yo no alcancé a escuchar, y por un instante, me sentí fuera de lugar… como si ya estuviera a medio camino de irme.
Respiré hondo y di un paso atrás.
No.
Dejaría que el desayuno fluyera como siempre.
Después… cuando todo estuviera más tranquilo, cuando las risas bajaran, cuando el día comenzara de verdad… entonces lo diría.
Por ahora, solo quería mirar.
Grabar en mi mente esa escena tan simple y tan viva.
El sonido del cuchillo golpeando la tabla, el aroma de pan tostado, el humo saliendo del caldero, el sonido de la puerta del fondo abriéndose con el viento frío del amanecer.
Era todo tan normal, tan cálido, que dolía.
Me senté en silencio junto a la ventana, mirando el paisaje blanco allá afuera.
El sol comenzaba a asomar entre las montañas, tiñendo la nieve con tonos rosados y dorados.
Pasé los dedos sobre la superficie de la mesa, distraído.
La carta de Keny pesaba contra mi pecho, oculta en el abrigo.
—Solo unas horas más —me dije—. Solo hasta que llegue el momento.
Afuera, un grupo de niños pasó corriendo, lanzándose bolas de nieve y riendo con una energía que me recordó lo que era vivir sin preguntas, sin cargas.
Sin pasados olvidados.
No pude evitar sonreír.
Aunque por dentro, mi mente seguía en otro lugar.
En caminos lejanos.
En un nombre que aún no me atrevía a pronunciar en voz alta.
La voz de Liana me sacó del trance:
—Eiren, cariño, ¿vas a querer pan o gachas hoy?
—Pan está bien —respondí, forzando una sonrisa.
Ella me devolvió una mirada cálida, sin sospechar nada.
Sin saber que cada palabra que decía podría ser una de las últimas que le escuchara en mucho tiempo.
La puerta principal se abrió de golpe, dejando entrar una ráfaga de aire helado que recorrió toda la sala como una cuchilla.
—¡Por todos los dioses! —gruñó Garren, frotándose las manos con fuerza—. Este frío me va a matar algún día. Juro que no hallo la hora en que el invierno se largue, aunque después me esté derritiendo de calor.
Roderic soltó una risa baja desde la cocina.
—Entonces te quejarás igual, solo que por otro motivo —bromeó, mientras colocaba un par de platos sobre la mesa.
—Probablemente —respondió Garren con una sonrisa torcida—, pero al menos podré sentir los dedos.
Poco después, los pasos de Joren y Alenya resonaron en la escalera. Bajaban medio dormidos, con el cabello despeinado y aún peleando con el sueño.
Miriel ya se había acercado a la mesa junto a Roderic, acomodando los cubiertos.
Liana, siempre cálida, se giró hacia el recién llegado.
—Garren, ven, siéntate con nosotros. Todavía hay pan caliente y té —dijo con esa voz que hacía que cualquiera se sintiera en casa.
—¿Y negarme a eso? Jamás —respondió Garren mientras se dejaba caer en la silla frente a mí—. Pronto tendré que irme y solo me quedará disfrutar de tus comidas en mi memoria.
—¡Oh, por favor! —rió Liana, negando con la cabeza—. Siempre dices lo mismo y terminas regresando por más pan y sopa.
—Porque tu pan tiene algo que engancha —replicó Garren, tomando uno de los trozos—. Si algún día montas una taberna, yo seré tu primer cliente.
Todos rieron, el ambiente era cálido, familiar.
Roderic se sentó y, tras un sorbo de té, miró a Garren con curiosidad.
—Entonces, ¿sigues con tu plan de ir al sur y luego hacia el este?
Garren asintió mientras masticaba.
—Nop, pero estaré vagando por ahí, hasta decidir a que lugar ir. Si el clima lo permite, claro, saldré en dos o tres días. El paso montañoso debería despejarse pronto.
Miriel lo miró con una mezcla de admiración y preocupación.
—Eso suena lejos.
—Como siempre —dijo él, encogiéndose de hombros—. A estas alturas, ya me acostumbré. Además, los caminos del sur son más seguros que los del norte.
Liana sirvió más té y empezó a repartir el pan entre todos.
Yo apenas había tocado el mío, distraído, mirando cómo el vapor salía de las tazas.
Garren volteó hacia mí.
—¿Y tú, Eiren? ¿Ya te sientes mejor?
Levanté la mirada y asentí.
—Sí, bastante. No dormí mucho anoche, estuve… meditando un poco. Pero estoy bien. Mis heridas ya están cerrando, mi maná las está reparando poco a poco y eliminando los restos del que dejó Kyot.
Joren, que mordía una manzana, frunció el ceño.
—Aún me desconcierta eso. ¿Tu maná puede… curarte?
Me encogí ligeramente de hombros.
—En cierto modo. No es algo que haga conscientemente, solo… sucede. Mi cuerpo responde, como si el maná buscara estabilizar lo que está dañado.
Garren intervino, apoyando un codo sobre la mesa.
—Funciona para heridas leves, como rasguños o quemaduras superficiales. Pero cuando se trata de algo profundo, como una herida de espada o una quemadura mágica, la cosa cambia. Aunque uses magia curativa, eso ya es otro asunto.
—¿Por qué? —preguntó Miriel, inclinándose con interés—. ¿No es todo "magia", al fin y al cabo?
Garren soltó una risa seca.
—Ojalá fuera tan simple. Una herida hecha con maná lleva el "sello" del maná que la causó. Es como si el daño tuviera su propia energía. Sanar eso no es solo cerrar la piel, es expulsar esa energía sin dañar el tejido que está alrededor.
Alenya se cruzó de brazos y le lanzó una mirada divertida.
—Hablas como si supieras mucho de eso, pero si no me equivoco, no tienes ni idea de magia curativa.
Garren la miró con una sonrisa ladeada.
—Exacto, no tengo idea.
—¿Entonces por qué hablas tan seguro? —replicó ella, riendo.
—Porque he tenido que ver suficientes heridas mal curadas para aprender a no meter las manos —respondió él con calma, levantando el trozo de pan como si brindara con él—. A veces, es mejor no saber.
Roderic soltó una carcajada profunda.
—Eso suena a excusa de alguien que no quiere estudiar.
—Lo es —dijo Alenya entre risas—. El aventurero sin conocimiento, el sabio de oídas.
—Oye, no me insultes con títulos tan elegantes —bromeó Garren, fingiendo una reverencia exagerada—. Solo soy un viajero que sabe cuándo correr y cuándo quedarse quieto.
Las risas llenaron la mesa por un momento.
Yo también sonreí, aunque por dentro, sentía un peso en el pecho.
La calidez de esa escena me dolía más de lo que quería admitir.
Sabía que, en cuestión de horas, todo eso quedaría atrás.
Garren volvió a mirarme, notando quizá mi silencio.
—Sea como sea, Eiren, me alegra que estés recuperándote. No cualquiera saldría caminando de una pelea como esa.
—Sí… —respondí con una media sonrisa—. Tuve suerte.
—Suerte o instinto —replicó Garren—. Pero de una forma u otra, sigues aquí, y eso ya dice bastante.
No supe qué responder.
Solo bajé la mirada hacia mi taza y dejé que el murmullo de la conversación siguiera flotando sobre la mesa.
El desayuno transcurría entre risas, migas de pan sobre la mesa y el suave vapor del té que empañaba las ventanas.
La nieve afuera comenzaba a derretirse, formando pequeños hilos de agua que serpenteaban por el cristal.
Por un momento, todo parecía en calma.
Demasiado en calma.
Yo sabía que debía hablar, pero las palabras se me atascaban en la garganta como si fueran hielo sin derretir.
Fue Garren quien, sin saberlo, me dio el empujón.
—Entonces, cuando sane del todo, ¿qué harás, Eiren? —preguntó mientras se limpiaba la barba con una servilleta—. ¿Te quedarás ayudando a tu familia un tiempo más o…?
El silencio cayó sobre la mesa como una losa.
Miriel se detuvo a medio movimiento, con la taza en el aire.
Roderic levantó la vista de su plato.
Liana, que acababa de poner más pan, se quedó quieta, con una leve sonrisa congelada.
Incluso Joren y Alenya, que estaban jugando a pasarse trozos de pan, se quedaron inmóviles.
No podía postergarlo más.
Tragué saliva y solté el aire que llevaba conteniendo desde hacía horas.
—…Me iré.
El sonido de la palabra fue tan débil que por un momento creí que nadie la había escuchado.
Pero sí lo hicieron.
Demasiado bien.
—¿Qué dijiste? —preguntó Liana, aunque su voz tembló apenas un poco.
—Que… me iré —repetí, un poco más firme, aunque la voz me dolía—. No ahora mismo, pero pronto.
Garren entrecerró los ojos, como si hubiera esperado o temido o simplemente sabido que ese día llegaría.
—¿A dónde piensas ir? —preguntó con calma.
—Al este —respondí—. Decidí que aceptaré la propuesta que me dejó Keny hace ocho meses, llevando conmigo la carta de recomendación, sobre el patrocinio. Dijo que podría ayudarme a entrar a una academia mágica… y creo que es hora.
Miriel dejó la taza sobre la mesa con un pequeño golpe.
—¿Entonces… te vas a ir del pueblo?
Asentí.
—Sí.
Ella bajó la mirada, los labios apretados.
Joren fue el primero en romper el silencio con un bufido nervioso.
—Bueno, supongo que no podías quedarte aquí para siempre, ¿no?
Pero su intento de alivianar el ambiente no funcionó.
Liana se sentó despacio, mirándome.
No me reprendió, no me detuvo.
Solo me observó con esa mezcla de tristeza y orgullo que reconocía bien en sus ojos.
—¿Cuándo pensabas decirlo? —preguntó con suavidad.
—Hoy —respondí, bajando la cabeza—. Hoy iba a hacerlo. Quería… que todos estuvieran aquí.
Roderic se cruzó de brazos y suspiró.
—Sabíamos que este momento llegaría. —Su voz era grave, serena, pero había un brillo húmedo en sus ojos—. Pero eso no hace que duela menos, hijo.
Esa última palabra me golpeó más que cualquier espada.
Hijo.
Lo había llamado así, sin dudarlo.
Tragué saliva otra vez.
—No me voy porque quiera dejar esto —dije al fin—. Si por mí fuera, me quedaría aquí toda la vida. Pero… no puedo. Hay muchas cosas que no entiendo. No sé quién soy, ni por qué terminé con ese sello en mi magia, ni qué me hizo regresar a la orden cuando se suponía que debía ir con mi familia.
Quiero saberlo. Quiero recordar.
—Y también… —agregué tras una pausa— siento que mi madre está viva.
Esa confesión hizo que el aire pareciera espesarse.
Miriel levantó la cabeza, sorprendida.
Liana me miró con un gesto que mezclaba ternura y dolor.
—¿Tu madre biológica…?
Asentí.
—La escuché. No sé si fue un sueño, o un recuerdo, o algo más… pero escuché su voz. Y si hay una posibilidad, aunque sea mínima, de que siga viva, tengo que encontrarla.
Garren bajó la mirada, removiendo su té con lentitud.
—Entonces ya lo decidiste, ¿eh?
—Sí —dije con firmeza.
Liana respiró hondo y asintió despacio.
—Si eso es lo que sientes, entonces no seré yo quien te detenga. —Su voz era tranquila, pero las lágrimas le temblaban en las pestañas—. Pero quiero que recuerdes algo, Eiren. No importa a dónde vayas, ni lo que descubras. Siempre tendrás un hogar aquí.
—Siempre —repitió Roderic, colocando una mano sobre su hombro y luego mirándome con seriedad—. No importa lo que hayas sido antes… aquí eres parte de esta familia.
Miriel se levantó bruscamente y rodeó la mesa para abrazarme por detrás, apretando fuerte.
—Eres un idiota —murmuró, su voz quebrándose—. Pero… uno que voy a extrañar.
Sonreí débilmente, sin poder mirarla.
—Lo sé. Yo también los voy a extrañar.
Joren soltó un suspiro pesado y fingió mirar a otro lado.
—Bueno, más comida para mí —dijo con una voz que intentaba sonar ligera, pero temblaba al final.
—Y menos trabajo en los campos para nosotros —añadió Alenya con una sonrisa forzada, limpiándose los ojos con la manga.
—Mentirosa —le respondió Miriel, soltándome apenas para reír entre lágrimas—. Lloras más que mamá.
—¡No es cierto! —replicó Alenya, pero su voz se quebró.
La risa se mezcló con el llanto.
El calor del hogar se volvió más denso, más real, como si quisiera grabar esa escena en mi memoria para siempre.
Miré a cada uno, intentando memorizar sus rostros, sus gestos, el sonido de sus voces.
—No sé cuánto tiempo estaré fuera —dije al fin, levantándome—. Pero volveré. Lo prometo.
Roderic se levantó también, y con una mano firme me dio una palmada en el hombro.
—Entonces hazlo bien. No solo busques respuestas… encuentra algo que valga la pena recordar.
Liana se levantó, caminó hasta mí y me abrazó.
Fue un abrazo largo, cálido, de esos que no necesitan palabras.
Solo dijo en voz baja, cerca de mi oído:
—Te voy a extrañar tanto, hijo mío.
Y en ese momento supe que, por más lejos que fuera… una parte de mí siempre pertenecería a ese hogar.
***
El sonido del viento golpeando la ventana se mezclaba con el crujido suave de la madera bajo mis pasos.
Mi habitación, aún con el aire frío que nunca terminaba de irse, parecía distinta ahora.
No era el mismo lugar en el que desperté hace dos años sin memoria, ni el mismo en el que pasé los días intentando recordar quién era.
Era más pequeño, más callado.
O quizá era yo quien se sentía más grande, más lejos.
Sobre la cama tenía apiladas mis pocas pertenencias.
Una muda de ropa limpia, una capa gruesa, y unos cuantos objetos que, de alguna manera, se habían vuelto parte de mí.
Tomé el libro que Garren me había dado.
El cuero oscuro estaba un poco desgastado, las esquinas dobladas por el uso, y aún podía sentir el leve pulso que recorría sus páginas cuando lo sostenía entre las manos.
Aquel libro…
Nunca descubrimos quién lo escribió, ni por qué tenía tanto conocimiento puesto en acertijos y no sigue las reglas comunes.
Garren siempre decía que era mejor no saberlo.
Y tenía razón.
Recordé cuando lo hablamos por primera vez, hace meses.
—Este libro no pertenece a ningún sistema mágico que conozcamos —me dijo Garren aquella vez, mientras hojeaba las páginas llenas de símbolos y notas en una lengua antigua—. Si lo revelas, no solo pondrás en riesgo tu vida, sino también la forma en la que los magos entienden la magia misma. Hay cosas que es mejor mantener en silencio.
Y así lo haría.
Lo guardaría aquí, en el fondo de mi escritorio, donde el silencio lo mantendría sellado, lejos de manos curiosas.
No lo llevaría conmigo.
No quería que su contenido se volviera una carga.
Luego, tomé el libro de anotaciones que Keny me había dado.
Sus páginas estaban llenas de letras cuidadosas, diagramas de hechizos, dibujos de plantas, y notas suyas al margen:
"El flujo siempre sigue la intención."
"No temas a la reacción del fuego; teme al miedo de controlarlo."
Sonreí un poco.
Keny era fuego puro, y yo… era todo lo contrario.
Pero sus palabras me habían ayudado más de lo que imaginaba.
Guardé el libro con cuidado en mi bolsa de viaje.
También el libro de recetas de plantas mágicas, aquel que olía a hierbas secas y tinta.
Keny me había enseñado cómo preparar infusiones que ayudaban a recuperar el maná.
"Por si alguna vez estás solo", me había dicho.
Y ahora… sí lo estaría.
Mi mirada se desvió hacia la espada que descansaba contra la pared.
Su hoja reflejaba la luz tenue que entraba por la ventana.
Me acerqué, la tomé entre mis manos y la observé en silencio.
Era una buena espada.
Firme, balanceada, con una empuñadura que se ajustaba a mi mano como si hubiera sido hecha para mí.
Pero… ya no me pertenecía.
Desde que volví a usar dagas, sentía que la espada era un eco del pasado, algo que ya no representaba lo que soy.
O lo que estaba por ser.
La coloqué sobre el escritorio, junto al libro de Garren, y pasé los dedos sobre la hoja.
—Supongo que alguien más sabrá usarla mejor que yo —murmuré.
El cuarto se quedó en silencio, salvo por el sonido del viento colándose entre las rendijas.
Era un silencio distinto al que solía acompañarme.
Ya no era soledad.
Era… despedida.
Tomé la carta de Keny y la guardé en el bolsillo interior de mi abrigo.
El papel estaba algo arrugado por el tiempo, pero intacto.
Esa carta sería mi llave para presentarme ante el conde Vion.
Era extraño pensar que mi siguiente paso dependía de un simple trozo de papel.
Pero, en el fondo, sabía que no era el papel…
sino la confianza que Keny había puesto en mí.
Me senté un momento en el borde de la cama, respirando hondo.
Mi mirada se perdió por la ventana: la nieve, el cielo gris, los tejados cubiertos de blanco.
Cada rincón de ese pueblo guardaba algo mío.
Risas. Dolor. Aprendizaje.
Familia.
Pasé una mano por mi cabello, ahora más blanco que nunca, y dejé que el frío me acariciara la piel.
—No sé si estoy listo —susurré—. Pero ya no puedo quedarme quieto.
Me levanté, cerré la bolsa y la até con firmeza.
Antes de salir, me detuve frente a la puerta, giré una última vez hacia el interior de la habitación y murmuré, casi sin voz:
—Gracias… por ser mi refugio.
Y con eso, abrí la puerta y bajé las escaleras, el corazón latiendo con fuerza ante lo inevitable.
El crujir de los escalones fue lo único que se escuchó mientras bajaba. La casa estaba en silencio, más de lo normal.
Pensé que quizá todos aún estaban en la mesa del desayuno o que Garren y los demás habrían salido a revisar los establos.
Pero al llegar al último peldaño, noté que no había nadie.
Ni un murmullo, ni el tintinear de ollas, ni las risas de Alenya o Miriel.
Fruncí el ceño.
—¿Hola? —pregunté en voz baja, asomándome hacia la cocina.
Nada.
Solo el sonido del viento golpeando la puerta principal.
Entonces lo oí.
Ruidos afuera.
Muchos.
Como voces, pasos, el relincho de un caballo, incluso risas.
Me acerqué a la puerta, confundido.
—¿Qué demonios…?
Cuando la abrí, la luz blanca del día me cegó por un instante.
Y luego… los vi.
Medio pueblo estaba frente a la casa.
Hombres, mujeres, ancianos, niños.
Algunos sostenían cestas, otros mantas, y varios me miraban con una mezcla de tristeza, orgullo y sorpresa.
Me quedé congelado en el umbral, sin saber si cerrar la puerta o echar a correr.
—¿Qué… qué hacen todos aquí?
Una voz conocida respondió entre la multitud:
—¡Parece que unos niños con orejas más grandes que la cabeza no pudieron guardar un secreto!
Giré hacia donde provenía la voz, y ahí estaba Liana, cruzada de brazos, con una sonrisa cansada pero cálida.
—¿Niños…?
—Sí —dijo ella, suspirando mientras se acercaba—. Alguien escuchó que te irías, y antes de que pudiera detenerlos, ya corrían por todo el pueblo gritando que "¡Eiren se marcha hoy!"
Un murmullo recorrió al grupo.
Luego, varias voces comenzaron a hablar al mismo tiempo.
—¿Es cierto, muchacho?
—¿Te vas de verdad?
—¿Qué pasará con el hielo, ah?
—¡Y las carnes! ¡Las leches! ¡Los quesos!
—¡Las paletas que haces en verano!
—¡Los muñecos de hielo de los niños!
Me llevé la mano al rostro, reprimiendo una sonrisa incrédula.
—Por favor… no todos a la vez —dije.
Una anciana levantó la voz desde atrás.
—¡Al menos avisa cuándo vuelves! No puedes irte así sin más.
Otro hombre, el herrero, exclamó:
—¡Y que alguien le dé algo de comer en el camino! Este flacucho no aguanta ni una nevada.
Las risas se mezclaron con los gritos de apoyo.
Poco a poco, la multitud comenzó a acercarse.
Algunos me palmeaban el hombro, otros me daban la mano.
—Buena suerte en tu viaje, Eiren.
—Que encuentres lo que buscas, muchacho.
—Y no te pierdas en un bosque.
—¡No te enfermes, aunque sé que el frío no te hace nada!
Me reí, agachando la cabeza mientras el calor subía a mis mejillas.
Era abrumador.
Hermoso.
Doloroso.
Una mujer se abrió paso entre todos, guiando un caballo castaño por las riendas.
El animal relinchó suavemente, acercándose a mí.
—Tómalo —dijo el hombre que la acompañaba, un granjero de rostro curtido—. Es para ti. No puedes irte caminando.
Lo miré, sorprendido.
—¿Para mí? Pero… no puedo aceptar esto.
—Claro que puedes. —Le dio una palmada al caballo—. Si decides dejarlo libre en algún punto, volverá solo. Es de los nuestros.
No supe qué decir.
Solo asentí, con un nudo en la garganta.
Luego comenzaron a darme cosas.
Bolsas de pan, frutas secas, monedas, amuletos, bufandas tejidas, flores marchitas.
Y cada entrega venía acompañada de una sonrisa o una palabra.
—Por si hace más frío allá donde vas.
—Para que no olvides el sabor del Oeste.
—Para que recuerdes que siempre tendrás un hogar aquí.
Caminaron conmigo, lentamente, hasta la salida del pueblo.
Las casas de madera quedaron atrás, y el bosque nevado se abría frente a nosotros.
El cielo era pálido, y el viento soplaba como si también se despidiera.
Me detuve.
Volteé hacia ellos.
Cientos de ojos me miraban.
Sonreí con tristeza y me incliné profundamente.
—Gracias… —dije, la voz temblándome un poco—. Por haberme recibido en su pueblo, incluso cuando mi pasado era un misterio. Por haber acogido a un desconocido que pudo traerles desgracia. Por no haberme juzgado.
Algunos comenzaron a llorar, otros a reír nerviosamente.
—Gracias —continué—, a quienes me sacaron del río aquel día, cuando no tenía nombre ni rumbo. Gracias por no dejarme solo. Por hacerme sentir… vivo. Por darme amigos. Por dejarme entrenar, incluso cuando hice ruido o arruiné los campos. Prometo que el hielo ya no volverá a romper sus cultivos.
Risas suaves estallaron entre los presentes, y una voz gritó:
—¡Más te vale! ¡Esa vez casi pierdo media cosecha!
—¡Pero el pozo de agua quedó más bonito con el hielo! —contestó otro.
El ambiente se volvió más cálido, pero no menos triste.
Sobre todo para los niños.
Algunos tenían los ojos rojos, otros apretaban pequeños muñecos de hielo que yo mismo les había hecho.
Una niña, con un gorro que le quedaba enorme, se me acercó y tiró de mi abrigo.
—¿Ya no harás más muñecos? —preguntó con voz temblorosa.
Me agaché frente a ella y le sonreí.
—Haré más. Pero ahora en otro lugar.
Ella frunció el ceño.
—Entonces… ¿podemos ir a buscarlos algún día?
—Si siguen al viento, seguro los encuentran. —Extendí la mano y conjuré una pequeña figura de hielo, un zorro diminuto—. Este cuidará de ti hasta entonces.
La niña lo tomó con cuidado, como si fuera un tesoro, y corrió de vuelta con su madre.
Garren apareció a mi lado, la capa oscura cubriéndolo y la expresión tranquila que siempre tenía.
—Yo partire en unos días —dijo, colocando una mano firme en mi hombro—. Pero recuerda… el mundo es grande, Neyreth, pero los caminos siempre llevan a donde deben. Por experiencia, sé que nos volveremos a encontrar.
De su bolsa, sacó un mapa y una brújula, colocándolos en mis manos.
—Todas las ciudades y pueblos importantes están marcados —explicó—. No pierdas tu rumbo, pero no temas desviarte si el camino te lo pide.
Y entonces, llegó el momento más difícil.
Mi familia estaba al frente del grupo.
Liana, Roderic, Joren, Alenya y Miriel.
Los miré uno por uno.
Y el peso de lo que estaba por hacer me golpeó por completo.
—No sé cómo agradecerles —dije, dando un paso hacia ellos—. Por haberme recibido cuando no recordaba ni mi nombre. Por darme un techo, una cama caliente, un plato de comida… y algo que nunca tuve: una familia.
Liana sonrió, aunque sus ojos estaban empañados.
—Tú ya eras parte de esta familia, Eiren. No necesitabas pedirlo.
Me acerqué y la abracé.
Su cuerpo olía a pan recién hecho y madera quemada.
—Gracias… mamá —susurré.
Ella me sostuvo con fuerza, una mano en mi cabello.
—Prométeme que comerás bien.
—Lo haré.
—Y que dormirás bajo techo.
—Si el techo no se congela, sí.
Liana soltó una risa entre sollozos.
—Siempre igual…
Roderic, serio como siempre, me tendió la mano.
—No soy bueno con las palabras, chico… pero hiciste que esta casa volviera a tener vida.
Apreté su mano.
—Y ustedes hicieron que yo volviera a tenerla.
Joren, mi hermano mayor, me dio un golpe en el hombro.
—No creas que por irte te libras de mí. Cuando vuelvas, me debes una revancha.
Sonreí.
—Tendrás que mejorar primero.
—¡Eso ya lo veremos!
Alenya me abrazó sin decir nada, temblando.
—Eres tonto —murmuró entre lágrimas—.
—Lo sé.
—Te voy a extrañar igual.
Miriel, la más pequeña, se aferró a mi capa.
—No quiero que te vayas.
Me arrodillé frente a ella.
—No es un adiós, es un "hasta luego".
—Eso dicen todos los que no vuelven.
Tragué saliva, tratando de mantenerme firme.
—Yo sí volveré. Te lo prometo.
Ella lo pensó un segundo y me entregó una pequeña piedra blanca.
—Entonces llévala. Es de mi colección. Si se rompe, significa que tienes que regresar.
Sonreí.
—Entonces tendré cuidado de no perderla.
El silencio cayó sobre todos.
Solo el viento seguía hablando, moviendo los cabellos, las bufandas, los copos de nieve que flotaban entre nosotros.
Monté el caballo despacio.
Miré a todos una última vez.
Cientos de rostros, lágrimas, sonrisas, recuerdos.
Y con un hilo de voz, dije:
—Gracias… por todo.
Y cuando el caballo comenzó a avanzar, nadie habló.
Solo cuando me alejé lo suficiente, cuando el bosque empezó a tragarse los colores del pueblo, escuché las voces romper el silencio:
—¡Vuelve pronto, Eiren!
—¡Que los dioses te guíen, muchacho!
—¡Hasta pronto!
El viento llevó sus palabras, y por un momento, juré que el hielo en mis manos se sentía tibio.
****
[Liana]
Me quedé parada en la entrada del pueblo, con los copos de nieve cayendo suavemente sobre mi cabello y mis hombros.
El frío no importaba. No ahora.
Lo veía. Eiren, mi Eiren, montado en el caballo que le había dado aquel hombre del pueblo, avanzando lentamente hacia el bosque que bordeaba la salida.
Cada paso que daba, cada movimiento de su abrigo contra el viento, me dolía como si me arrancaran algo de adentro.
Roderic estaba a mi lado, inmóvil, los brazos cruzados, su expresión firme pero con los ojos que delataban la misma tristeza que sentía yo.
Joren, Alenya y Miriel permanecían más atrás, cada uno con su propio dolor silencioso.
Garren estaba cerca, con el rostro serio, pero no podía ocultar la nostalgia que lo atravesaba al verlo marcharse.
Intenté mantenerme fuerte.
Intenté no llorar.
Pero no pude.
—Está… está partiendo —susurré, más para mí misma que para alguien más.
Roderic suspiró profundamente.
—Sí… lo está haciendo. —Su voz era grave, como siempre—. Pero… tiene que hacerlo.
Asentí, tragándome un nudo en la garganta.
—Lo sé… —dije entre sollozos—. Lo sé que va en busca de respuestas sobre su propia vida. Sobre quién es, de dónde viene, lo que perdió y lo que nunca pudo recordar.
—Y no podemos detenerlo —dijo Roderic, acercándose a mí, posando una mano sobre mi hombro—. Aunque duela, debemos dejarlo ir.
Mi vista no se apartaba de él.
El caballo avanzaba con paso firme, la nieve levantándose a cada zancada.
—Dos años… —susurré, con la voz rota—. Dos años hemos cuidado de él… le hemos dado hogar, familia… lo hemos visto crecer… y ahora se va.
Sentí un peso sobre mi pecho que me impedía respirar con normalidad.
Mis piernas temblaban, mis manos se cerraban en puños para no caer.
—Liana… —Roderic susurró suavemente—. Él tiene que encontrar su pasado. Su verdad.
—Lo sé… lo sé —dije, apretando los párpados mientras las lágrimas rodaban por mis mejillas—. Pero duele tanto verlo partir…
Joren dio un paso adelante, tratando de ser fuerte, pero su voz tembló.
—Hermano… —murmuró, sin querer mirarme directamente—. Prometimos que lo cuidaríamos… pero ahora… verlo irse así…
Alenya se aferró a mí por un brazo.
—Madre… no podemos detenerlo… aunque quisiera que se quedara… —su voz se quebró.
Miriel, la más pequeña, se tapó la boca con ambas manos, conteniendo las lágrimas, pero no pudo evitar que sus ojos brillaran con tristeza.
Garren, con un gesto serio, colocó su mano sobre mi hombro.
—Él sabe lo que hace —dijo—. Y lo hace porque debe.
Miré de nuevo a Eiren.
El viento levantaba su cabello, el abrigo ondeaba, y sus ojos, aunque fijos hacia adelante, parecían cargados de pensamientos profundos.
Sabía que no me vio, no como ahora lo veíamos nosotros, pero… yo lo veía a él. Lo veía irse, y con cada metro que avanzaba, algo dentro de mí se rompía.
—Mi pequeño… —susurré, con la voz apenas audible—. Mi Eiren…
Un sollozo escapó de mí, y no pude evitar caer de rodillas sobre la nieve, abrazándome a mí misma.
—Ve… ve y encuentra lo que perdiste, lo que olvidaste… lo que te pertenece. Solo… vuelve a casa cuando lo tengas.
Roderic me sostuvo por la espalda, firme, mientras yo me dejaba caer en el frío y la tristeza.
—Liana… —dijo con voz profunda—. Él volverá. Debemos creer en eso.
Miré por última vez a la silueta de Eiren perdiéndose entre los árboles.
Mi corazón dolía, pero había una chispa de esperanza: está buscando su verdad. Su vida. Su historia.
Y por eso… aunque llorara y me rompiera por dentro, su partida tenía sentido.
—Ve, Neyreth… —susurré entre sollozos—. Ve y sé tú mismo… y regresa… a nosotros.
El viento se llevó mis palabras hacia el bosque, mezclándose con la nieve, mientras mi corazón seguía latiendo con dolor y esperanza al mismo tiempo.
***
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El carruaje avanzaba lentamente, los cascos de los caballos golpeando el suelo con un ritmo constante, casi hipnótico. Yo permanecía recostada contra el asiento, con la vista fija en la ventana y los paisajes que se deslizaban fuera, pero mi mente estaba en otro lugar.
Había pasado un día desde que recibí la respuesta de Neyreth aquella noche. La voz que había escuchado en mi interior, sus palabras, su energía… todo eso me confirmó lo que había intuido durante meses: seguía vivo.
Suspiré, llevando una mano a mi pecho. Dolió más de lo que imaginaba dejar la mansión, dejar a mis hijos. Niva había querido venir conmigo, Isen también. Incluso Sivelle, mi hija mayor, había pedido acompañarme. Pero todos tenían sus responsabilidades. Niva e Isen debían quedarse, aprender, crecer, y Sivelle regresaría pronto a la Academia.
—No… no puedo llevarlos —me dije en voz baja, mientras mis dedos se apretaban contra el borde del asiento—. No esta vez. Este viaje debo hacerlo sola.
Mi voz se quebró apenas en un susurro. Nadie la escuchaba, pero lo sentí. Había sido demasiado tiempo, demasiados años, y aquella noche en el acantilado, cuando lo vi caer y no pude sostenerlo, esa memoria me quemaba como un fuego que nunca se apagaba.
—Mi Neyreth… —susurré, cerrando los ojos—. Esta vez… esta vez no permitiré que se pierda. Esta vez, te traeré de regreso, cueste lo que cueste.
El carruaje giró en un sendero cubierto de nieve. Me incliné hacia adelante, observando los árboles desfilando por el costado del camino. Mariela había respondido a mi carta, y me había dado un primer punto de partida: un pequeño pueblo al oeste. Allí me esperaba.
—Al oeste, entonces —murmuré para mí misma, con voz firme—. Allí será nuestro primer paso. Allí, encontraré pistas… y no me detendré hasta traerte de regreso a casa.
El silencio del carruaje era pesado, solo interrumpido por el crujido de la madera y los cascos. Pero en mi interior, una determinación se había encendido como un fuego. No importaban las semanas, ni los meses, ni los años que pudiera tomar. Ni siquiera el dolor de dejar a mis hijos atrás podría detenerme.
—Si me odian por esto… —dije, con un nudo en la garganta—… tendrán razón. Pero esto… esto es necesario. Por ti, Neyreth. Por nosotros.
Volví a mirar hacia la ventana, observando cómo el sol de la mañana apenas iluminaba la nieve. Todo estaba en calma, pero mi mente estaba llena de planes, mapas y caminos posibles. El mundo era inmenso, pero yo ya no tendría miedo. Había esperado demasiado tiempo.
El carruaje continuó su camino hacia el oeste, llevándome hacia lo desconocido, hacia mi hijo, hacia la verdad que debía recuperar. Cada golpe de los cascos contra el suelo parecía marcar el ritmo de mi determinación: avanzar, buscar, y nunca detenerme hasta traerlo de regreso.
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Fin del Volumen I: El Despertar.
Después de años de recuerdos perdidos, secretos familiares y traiciones que marcaron su pasado, Neyreth finalmente despierta, enfrentando la verdad sobre sí mismo, su magia y el mundo que lo rodea. Entre un pueblo que lo acogió como uno más, su familia adoptiva que le dio un hogar y la sombra de su orden pasada, cada decisión lo acerca más a la persona que está destinado a ser.
Pero el viaje apenas comienza… Mientras se prepara para buscar a su familia biológica y descubrir los misterios de su propio pasado, una nueva aventura lo espera más allá del horizonte, donde los secretos, aliados y enemigos definirán su verdadero camino.
¿Está Neyreth listo para enfrentarse al mundo que le arrebató su infancia… y reclamar lo que le pertenece por derecho?
Volumen II: "El Camino del Hielo y la Sangre" se acerca…
