Todo era distinto.
Más grande de lo que Rosa recordaba.
Más frío.
Más silencioso.
Los enormes pasillos del palacio parecían tragarse el sonido de sus pasos mientras avanzaba acompañada por dos guardias.
Rosa observaba cada columna, cada pintura, cada puerta cerrada.
Había estado ahí antes.
Muchos años atrás.
Era demasiado pequeña para recordar todos los detalles, pero algunas imágenes permanecían enterradas en su memoria.
Una escalera.
Un jardín lleno de rosas blancas.
La voz de su madre diciéndole que no se alejara.
Y un hombre.
Siempre un hombre.
Rosa apretó el diario contra su pecho.
No había ido hasta ahí para recordar.
Había ido por respuestas.
Los guardias abrieron las enormes puertas del salón del trono.
—Espera aquí.
Rosa entró.
El rey estaba sentado al fondo de la habitación.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Él la reconoció inmediatamente.
Rosa lo supo por la manera en que su rostro cambió.
La sorpresa duró apenas un instante.
Después apareció algo mucho más parecido al miedo.
—¿Qué haces aquí?
Aquella voz.
Rosa sintió cómo se le erizaba la piel.
Habían pasado años desde la última vez que la había escuchado tan cerca.
—Vengo a hablar contigo.
El rey se levantó lentamente.
—Tú y yo no tenemos nada de qué hablar.
Rosa soltó una pequeña risa.
—Claro que sí.
Él descendió los escalones del trono.
—Vete.
—No.
—Rosa.
—Sabes perfectamente por qué estoy aquí.
El rey apretó la mandíbula.
—No sé de qué estás hablando.
Rosa sacó el diario.
La expresión del hombre cambió inmediatamente.
—Creo que sí lo sabes.
—¿Dónde encontraste eso?
—No importa.
—Dámelo.
Rosa retrocedió.
—No.
—Ese diario no te pertenece.
—Era de mi madre.
—Precisamente.
Rosa lo miró fijamente.
—Quiero saber la verdad.
—La verdad sobre qué.
—Sobre ella.
Silencio.
—Sobre ti.
El rey dejó de moverse.
Rosa continuó:
—Sobre mí.
Por primera vez pareció perder completamente la seguridad.
—No deberías estar haciendo estas preguntas.
—Todo el mundo me dice eso.
—Porque existen cosas que es mejor dejar enterradas.
—Para ti, quizá.
—Rosa…
—¿Por qué mi madre escribió sobre ti?
El rey guardó silencio.
—¿Qué ocurrió entre ustedes?
Nada.
—¿Por qué desapareció del reino?
—Tu madre tomó sus propias decisiones.
Rosa sintió cómo la rabia comenzaba a crecer.
—Qué fácil.
—¿Qué?
—Culparla.
—No estoy culpando a nadie.
—Llevan años haciéndolo.
Las velas cercanas parpadearon.
El rey las observó.
Después volvió a mirar a Rosa.
—Controla eso.
Rosa sonrió con amargura.
—¿Te asusta?
—No.
—Debería.
El rey dio un paso hacia ella.
—No me amenaces dentro de mi propio palacio.
—No vine a amenazarte.
—Entonces ¿qué quieres?
Rosa lo miró directamente a los ojos.
—Quiero saber quién es mi padre.
El rey quedó completamente inmóvil.
No respondió.
Rosa sintió que el corazón comenzaba a golpearle contra el pecho.
—Contéstame.
—No tengo nada que decirte.
—Mírame y dime que no sabes quién es.
El rey apartó la mirada.
Y aquello fue peor que cualquier respuesta.
Rosa apretó el diario.
—¿Eres tú?
Él volvió a mirarla.
—Rosa…
—¿Eres mi padre?
—¿De qué habla Rosa, padre?
Los dos se congelaron.
Rosa sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
El rey giró lentamente.
Alonso estaba parado junto a una de las puertas laterales.
Había entrado sin que ninguno lo escuchara.
Su mirada pasó de su padre a Rosa.
Después al diario que ella sostenía.
—¿Qué está pasando?
Nadie respondió.
Alonso avanzó.
—Rosa.
Ella no podía mirarlo.
—¿Qué querías preguntarle a mi padre?
El rey recuperó finalmente la voz.
—Alonso, esto no te concierne.
—Acabo de escucharla preguntar quién es su padre.
—No debiste escuchar.
Alonso soltó una risa incrédula.
—Eso parece ser una costumbre en este castillo.
El rey frunció el ceño.
—Cuida tu tono.
—Entonces dime qué está pasando.
—No.
—¿La conoces desde antes?
Silencio.
—¿Conocías a su madre?
El rostro del rey se endureció.
Alonso lo notó.
—Padre.
—Basta.
—No. No basta.
Rosa levantó la mirada.
Por primera vez veía a Alonso enfrentarse realmente a su padre.
No como un príncipe caprichoso.
No como el muchacho que hacía lo contrario de lo que le ordenaban por simple rebeldía.
Había algo diferente en él.
Dolor.
—Todo el mundo sabe algo menos yo —continuó Alonso—. Tú. Rosa. La gente del pueblo. Incluso una anciana perdida en el bosque parece saber más sobre mi familia que yo.
El rey se volvió hacia Rosa.
—¿Qué le has contado?
Ella soltó una carcajada.
—Nada.
—No te creo.
—Ese es tu problema.
—Rosa —intervino Alonso—. ¿Qué querías hablar con él?
Ella lo miró.
Tenía demasiadas respuestas atoradas en la garganta.
Quería contarle todo.
Quería decirle que había leído las fechas.
Que su madre había estado cerca del rey.
Que existía un embarazo.
Que había algo extraño en la historia de su nacimiento.
Pero también sabía que hacerlo ahí podía destruir algo que quizá nunca podría reparar.
—Asuntos personales.
Alonso frunció el ceño.
—¿Personales con mi padre?
—Pronto lo sabrás.
—¿Cuándo?
Rosa bajó la mirada.
—Cuando yo también lo sepa.
El rey dio media vuelta.
—Esta conversación terminó.
—Padre.
Él continuó caminando.
—¡Padre!
No se detuvo.
Abrió una de las puertas laterales y desapareció del salón.
Alonso lo observó marcharse.
Después volvió hacia Rosa.
—¿Qué demonios acaba de pasar?
Rosa negó lentamente.
—No puedo hacer esto.
—¿Hacer qué?
Ella comenzó a caminar hacia la salida.
—Rosa.
No contestó.
—¡Rosa!
Atravesó las puertas.
Esta vez Alonso no dudó.
Corrió detrás de ella.
Rosa descendía rápidamente por las escaleras del palacio cuando sintió una mano alrededor de su brazo.
—Espera.
—Alonso, suéltame.
Él obedeció, pero se colocó frente a ella.
—No puedes venir hasta mi casa, hablar con mi padre como si ambos compartieran un secreto y después simplemente marcharte.
—Sí puedo.
—Eso no funciona así.
—Para mí sí.
Intentó rodearlo.
Alonso volvió a colocarse frente a ella.
—¿Mi padre te hizo algo?
Rosa se quedó inmóvil.
—No preguntes.
—¿Le hizo algo a tu madre?
Ella cerró los ojos.
—Alonso.
—Solo dime eso.
—No puedo.
—¿Por qué?
Rosa lo miró.
—Porque tengo miedo de lo que ocurra cuando sepamos toda la verdad.
Alonso dejó de hablar.
Ella intentó alejarse nuevamente.
Él tomó su mano.
Esta vez con suavidad.
Rosa giró.
Quedaron frente a frente.
Demasiado cerca otra vez.
—Alonso…
Él apartó delicadamente un mechón de cabello que había caído sobre su rostro.
—¿Sabes qué es lo peor?
Rosa no respondió.
—Que incluso ahora no puedo dejar de pensar en ti.
Ella sintió un dolor inmediato en el pecho.
—No digas eso.
—Es verdad.
—No ayuda.
—No estoy intentando ayudar.
Rosa levantó la mirada.
Alonso sonrió apenas.
—Estoy intentando que dejes de huir de mí cinco minutos.
—Quizá deberías dejar que huya.
—No quiero.
La mano de Alonso seguía sosteniendo la suya.
Rosa podía sentir cada latido de su propio corazón.
—Eres hermosa —susurró él.
Ella soltó una pequeña risa triste.
—Ese es tu problema.
—Tengo varios.
—Definitivamente.
Por un momento los dos sonrieron.
Duró poco.
Rosa volvió a ponerse seria.
—Alonso, no quiero romper tu corazón.
—Entonces no lo hagas.
—No es tan sencillo.
—Podría serlo.
—No.
Rosa negó con la cabeza.
—No quiero que cuando todo esto termine acabemos odiándonos.
Alonso frunció el ceño.
—Eso jamás va a pasar.
—No puedes prometerlo.
—Sí puedo.
—No sabes lo que estás prometiendo.
—Sé que te amo.
Rosa dejó de respirar.
Alonso continuó:
—Y también sé que tú me amas.
Ella quiso negarlo.
Debía negarlo.
Era lo correcto.
Pero estaba cansada.
Cansada de esconderse.
Cansada de mentir.
Cansada de hacer como si cada vez que Alonso estaba cerca su corazón no perdiera completamente el juicio.
Una lágrima comenzó a formarse en sus ojos.
—Sí.
Alonso permaneció inmóvil.
Rosa tragó saliva.
—Sí, Alonso.
Su voz apenas salió.
—Yo también te amo.
Por primera vez, Alonso no supo qué decir.
Rosa soltó su mano.
—Pero eso no significa que podamos estar juntos.
—Rosa…
—No podemos.
—¿Por qué?
—Porque hay cosas que todavía no conocemos.
—Las conoceremos juntos.
—No.
—¿Por qué siempre decides por los dos?
Ella retrocedió.
—Porque alguien tiene que pensar.
—¿Y yo no pienso?
Rosa levantó una ceja.
—Entraste a un bosque encantado arrancando ramas de una puerta que claramente no quería abrirse.
Alonso guardó silencio.
—Ese no fue mi mejor momento.
A Rosa se le escapó una sonrisa entre las lágrimas.
Y aquello fue todavía peor.
Porque por un instante pudo imaginarlo.
Ellos dos.
Sin secretos.
Sin familias.
Sin maldiciones.
Solamente Alonso y Rosa.
Pero aquel mundo no existía.
—Tengo que irme.
—Rosa.
Ella retrocedió otro paso.
—No me sigas.
—No prometo nada.
—Por una vez en tu vida, hazme caso.
Rosa giró.
Comenzó a caminar rápidamente.
Después corrió.
No quería que Alonso la viera llorar.
No quería que presenciara cómo aquella confesión acababa de romper todas las defensas que todavía le quedaban.
Alonso permaneció inmóvil frente a las escaleras.
Esta vez no fue detrás de ella.
Pero no porque quisiera dejarla marcharse.
Porque había algo mucho más urgente.
Giró lentamente hacia el interior del palacio.
Su padre.
El rey cerró la puerta de su despacho.
Permaneció varios segundos apoyado contra ella.
Rosa había regresado.
Después de tantos años.
Y había llevado aquel diario.
—Maldita sea.
Caminó hasta su escritorio.
Aquello no debía ocurrir.
Había dedicado años enteros a mantener enterrada aquella historia.
Había eliminado documentos.
Silenciado rumores.
Alejado personas.
Construido una versión suficientemente convincente para que todo el reino la creyera.
La bruja había sido la culpable.
La magia había provocado la tragedia.
La familia real había sobrevivido.
Era sencillo.
Limpio.
Perfecto.
Hasta que Rosa decidió regresar.
El rey sirvió vino en una copa.
Sus manos temblaban.
No por ella.
Eso intentó convencerse.
Por Alonso.
Si Rosa hablaba, su hijo comenzaría a hacer preguntas.
Preguntas sobre el pasado.
Sobre aquella mujer.
Sobre la reina.
Sobre su nacimiento.
Sobre demasiadas cosas que jamás deberían volver a mencionarse.
Tomó un largo trago.
Debía pensar.
Rosa podía odiarlo.
Eso no importaba.
El pueblo podía continuar murmurando sobre brujas durante otros cien años.
Tampoco importaba.
Pero Alonso…
Alonso no podía conocer toda la verdad.
Porque si descubría exactamente lo que había ocurrido años atrás, el rey no perdería solamente la corona.
Perdería a su hijo.
Un golpe sonó en la puerta.
—¿Quién es?
No recibió respuesta.
La puerta se abrió.
Alonso entró.
El rey dejó lentamente la copa sobre la mesa.
—Te dije que esta conversación había terminado.
Alonso cerró la puerta detrás de él.
—Para ti quizá.
Su padre lo miró.
—¿Qué quieres?
Alonso avanzó hasta el escritorio.
Ya no había curiosidad en su rostro.
Había determinación.
—Quiero que me digas quién es Rosa.
El rey permaneció en silencio.
—Y esta vez —añadió Alonso— no voy a aceptar que me digas que me mantenga lejos.
—No sabes en qué te estás metiendo.
—Entonces explícame.
—No puedo.
Alonso soltó una risa amarga.
—Qué curioso.
El rey frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
—Rosa dice exactamente lo mismo.
Se acercó un paso más.
—La diferencia es que cuando ella dice que intenta protegerme, le creo.
El rostro del rey cambió.
Alonso lo vio.
—Pero cuando tú lo dices…
Guardó silencio unos segundos.
—Empiezo a preguntarme de qué estás intentando protegerte tú.
Y por primera vez en toda su vida, Alonso vio miedo en los ojos de su padre.
