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Chapter 8 - El hombre del retrato

La noche parecía más oscura de lo habitual.

Alonso no podía dormir.

Las palabras de Rosa seguían atormentándolo.

"Pronto lo sabrás."

¿Qué era aquello que todos parecían conocer menos él?

¿Por qué Rosa había ido directamente a hablar con el rey?

¿Por qué su padre había reaccionado de aquella manera?

Y, sobre todo...

¿Por qué sentía que toda su vida había estado construida sobre algo que nadie quería contarle?

Se levantó de la cama.

Ya no podía seguir esperando respuestas.

Si nadie quería hablar, tendría que buscarlas él mismo.

Las antiguas salas de archivo permanecían ocultas en una de las alas más viejas del castillo.

Cuando era niño le fascinaba recorrer aquellos pasillos.

Su madre solía decir que los muros guardaban más secretos que las personas.

En ese momento comprendió lo cierto que era aquella frase.

La puerta cedió con un leve crujido.

El olor a polvo y pergamino antiguo llenó el aire.

Alonso tomó una vela y comenzó a revisar los estantes.

Documentos.

Tratados.

Cartas.

Libros de genealogía.

Nada parecía tener relación con Rosa.

Nada parecía explicar el comportamiento de su padre.

Hasta que encontró una caja.

Pequeña.

Oscura.

Oculta detrás de varios registros reales.

Como si alguien hubiera querido que jamás fuera encontrada.

Alonso retiró el polvo acumulado y levantó la tapa.

Dentro había varios retratos en miniatura.

Los observó con curiosidad.

Reconoció inmediatamente a su padre.

Mucho más joven.

Sonriendo.

Aquello ya resultaba extraño.

El rey rara vez sonreía.

Pero no estaba solo.

Junto a él aparecía otro hombre.

Un joven de cabello oscuro.

La misma mirada intensa.

La misma postura orgullosa.

La misma sonrisa.

Alonso frunció el ceño.

Se parecían demasiado.

Giró el retrato.

En la parte trasera había una inscripción.

"Siempre estaré contigo, hermano."

El príncipe se quedó inmóvil.

Hermano.

Su padre tenía un hermano.

Un hermano del que jamás había escuchado hablar.

Revisó el resto de los retratos.

En todos aparecían juntos.

Cabalgando.

Cazando.

Celebrando festividades.

Riendo.

Parecían inseparables.

Pero conforme avanzaban los años, algo cambiaba.

Los retratos comenzaban a mostrar únicamente al rey.

Después otro.

Y otro.

Y otro más.

Hasta que el desconocido desaparecía por completo.

Como si jamás hubiera existido.

—¿Quién eres? —susurró Alonso.

Continuó buscando.

En el fondo de la caja encontró un pequeño medallón.

Lo abrió.

Y el corazón se le detuvo.

Dentro estaba el mismo hombre.

Pero no estaba solo.

Una mujer descansaba junto a él.

Una mujer que Alonso conocía perfectamente.

Su madre.

La reina.

Ella sonreía.

Y aquella sonrisa era distinta.

Más sincera.

Más feliz.

Más enamorada.

Alonso sintió un nudo en la garganta.

Jamás había visto a su madre mirar a su padre de aquella forma.

Giró el medallón.

La inscripción apenas era visible.

"Hasta encontrarnos nuevamente."

El príncipe tragó saliva.

Algo no estaba bien.

Nada de aquello estaba bien.

Tomó otro de los documentos escondidos dentro de la caja.

Era una hoja amarillenta.

Parte de un registro real.

La tinta estaba desgastada por el tiempo.

Aun así pudo leer algunas líneas.

"El príncipe Adrián..."

Ese era su nombre.

Adrián.

Continuó leyendo.

"...ha sido retirado de la línea sucesoria..."

Alonso sintió un escalofrío.

"...por orden directa del rey."

No había más.

La página estaba rota.

Arrancada.

Como si alguien hubiera eliminado el resto de la historia.

El príncipe levantó la vista.

Su respiración se aceleró.

¿Por qué borrar a un príncipe de los registros?

¿Por qué ocultar su existencia?

¿Por qué nadie hablaba de él?

Y entonces ocurrió algo peor.

Volvió a mirar el retrato.

Lo observó detenidamente.

Después caminó hasta un espejo cercano.

Colocó la miniatura junto a su reflejo.

Y se quedó inmóvil.

Los mismos ojos.

La misma forma de la nariz.

La misma sonrisa torcida.

El mismo gesto en las cejas.

Alonso sintió cómo un frío recorría su espalda.

No.

No podía ser.

Era imposible.

Intentó convencerse de que era una coincidencia.

Adrián era hermano de su padre.

Era normal compartir rasgos.

Era normal...

¿Verdad?

Pero cuanto más observaba aquel rostro...

Más difícil era creerlo.

—Porque no se parece a él...

La voz salió sola.

Recordó los retratos del rey.

Recordó su reflejo.

Recordó las veces que los nobles comentaban que tenía los ojos de su madre.

Pero nunca los de su padre.

Nunca.

Su corazón comenzó a golpear con fuerza.

Demasiadas preguntas.

Demasiadas coincidencias.

Y ninguna respuesta.

De repente escuchó un ruido detrás de él.

La puerta del archivo se abrió lentamente.

Alonso se giró.

Su padre estaba allí.

De pie.

Observándolo.

Y al ver el medallón entre sus manos, el rostro del rey perdió todo color.

Durante varios segundos ninguno habló.

Hasta que Alonso rompió el silencio.

—¿Quién era Adrián?

El rey cerró lentamente la puerta.

—Devuelve eso a su lugar.

—¿Quién era?

—Alonso.

—Encontré retratos.

Encontré registros.

Encontré a mi madre junto a él.

¿Por qué nunca me hablaste de él?

El rey apretó la mandíbula.

—Hay cosas que es mejor dejar en el pasado.

—¿Por qué?

—Porque algunas verdades solo traen dolor.

Alonso soltó una risa amarga.

—Eso dijo Rosa.

El rey levantó la mirada.

Por primera vez parecía incómodo.

—No vuelvas a verla.

—No estoy hablando de Rosa.

—Yo sí.

—¿Por qué te asusta tanto?

El rey dio un paso adelante.

—Alonso.

—¿Qué relación tenía con mi madre?

Silencio.

—¿La amaba?

Silencio.

—¿Ella lo amaba a él?

Silencio nuevamente.

Y aquel silencio comenzó a responder más que cualquier palabra.

Alonso apretó el medallón.

—Dime la verdad.

—No puedo.

—¿No puedes o no quieres?

—Basta.

—¡No!

La voz resonó por toda la sala.

Por primera vez en su vida Alonso no retrocedió.

Por primera vez no obedeció.

—Toda mi vida me has dicho qué hacer.

Qué estudiar.

Qué aprender.

Con quién hablar.

A quién evitar.

Y ahora descubro que existe un hombre que fue borrado de la historia como si jamás hubiera vivido.

—Alonso...

—¿Quién era Adrián?

El rey cerró los ojos unos segundos.

Cuando volvió a abrirlos parecía más cansado que nunca.

—Era mi hermano.

El silencio llenó la habitación.

—¿Y qué le pasó?

El rey bajó la mirada.

—Murió.

—¿Cómo?

No respondió.

—¿Cómo murió?

Nada.

Alonso sintió que el corazón le dolía.

Porque ya comenzaba a conocer esa respuesta.

Era la misma respuesta que Rosa recibía.

La misma respuesta que él había recibido toda la noche.

Silencio.

Mentiras.

Secretos.

Finalmente levantó el retrato y lo colocó entre ambos.

—Entonces dime una última cosa.

El rey lo observó.

Alonso tragó saliva.

Y preguntó aquello que llevaba varios minutos aterrorizándolo.

—¿Por qué me parezco tanto a él?

El rostro del rey se descompuso.

Y en ese instante...

Alonso comprendió que acababa de encontrar la pregunta que nadie quería responder.

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