WebNovels

Chapter 7 - La princesa antes de ser bruja

Mucho antes de que Rosa fuera conocida como la hija de la bruja, su madre había sido llamada de una manera completamente distinta.

La princesa del pueblo.

Era considerada una de las jóvenes más hermosas de su reino, pero no era su rostro lo que hacía que las personas la amaran.

Era su corazón.

Desde pequeña había crecido entre los habitantes de aquellas tierras. Visitaba las casas de los ancianos, llevaba alimentos a las familias que no tenían qué comer y conocía por su nombre a muchos de los niños que jugaban alrededor del castillo.

Nunca había entendido por qué una corona debía separar a una persona del resto.

Para ella gobernar significaba servir.

Su padre, el rey, había permitido durante años aquella cercanía porque mantenía contento al pueblo.

Hasta que el reino comenzó a caer.

Las cosechas fueron malas.

Los comerciantes dejaron de llegar.

Las reservas de oro disminuyeron.

Poco a poco aquel lugar que durante años había prosperado comenzó a hundirse.

Cuando la princesa cumplió dieciocho años, su padre encontró una solución.

No para ella.

Para el reino.

—Te casarás con el príncipe de Flotopía.

La joven levantó la mirada.

—¿Qué?

—Su reino posee tierras, ejército y riquezas suficientes para ayudarnos.

—Padre…

—La decisión ya está tomada.

Ella comprendió inmediatamente lo que significaba.

No era un matrimonio.

Era un acuerdo.

Su mano a cambio de salvar a su pueblo.

Y precisamente porque amaba demasiado a aquellas personas, aceptó.

Al principio creyó que quizá podría funcionar.

El joven príncipe que se convertiría en su esposo no parecía cruel.

Era atento.

Educado.

Incluso cariñoso.

Durante los primeros meses de matrimonio hubo momentos en los que la princesa llegó a pensar que aquel acuerdo podía convertirse en algo verdadero.

El problema no era únicamente su esposo.

Era el hombre que todavía gobernaba Flotopía.

Su suegro.

El viejo rey.

Desde el principio desaprobó la manera en que su nueva nuera intervenía en los asuntos del reino.

La princesa preguntaba por las cosechas.

Revisaba los precios del trigo.

Pedía conocer las condiciones en las que vivían los campesinos.

Solicitaba dinero para las familias necesitadas.

Incluso llegó a entrar en una reunión del consejo cuando descubrió que pretendían aumentar los impuestos.

El viejo rey golpeó la mesa.

—Estos no son asuntos para una mujer.

La princesa permaneció de pie.

—Son asuntos de mi pueblo.

—Este no es tu pueblo.

—Ahora también lo es.

El hombre la miró con desprecio.

—Una reina escucha.

—Una reina gobierna.

—El rey gobierna.

Ella sostuvo su mirada.

—Entonces quizá necesita aprender a hacerlo mejor.

Aquella frase terminó de condenarla.

Desde ese momento, el viejo rey decidió que aquella muchacha debía aprender cuál era su lugar.

Los meses siguientes fueron distintos.

Las reuniones comenzaron a realizarse sin ella.

Los documentos desaparecían antes de que pudiera leerlos.

Los sirvientes recibieron órdenes de no proporcionarle información sobre los asuntos del reino.

Incluso su esposo comenzó a pedirle que dejara de intervenir.

—Solo quiero evitar problemas.

—¿Ayudar a las personas es un problema?

—Mi padre piensa que estás desafiando su autoridad.

—Tu padre piensa que cualquier mujer que tenga una opinión está desafiando su autoridad.

—No hagas esto más difícil.

Ella lo miró decepcionada.

—No soy yo quien lo está haciendo difícil.

Pero todavía lo amaba.

O al menos amaba al hombre que creía que él podía llegar a ser.

Hasta aquella noche.

La noche que cambiaría absolutamente todo.

El castillo estaba especialmente silencioso.

Una tormenta cubría Flotopía y el viento golpeaba violentamente las ventanas.

La princesa había discutido nuevamente con el viejo rey durante la cena.

Él quería retirar alimentos de uno de los pueblos para almacenarlos dentro del castillo.

Ella se había negado.

Su esposo intentó mantenerse al margen.

Como siempre.

Horas después, cuando ambos se encontraron solos en sus habitaciones, ocurrió algo extraño.

Por primera vez en mucho tiempo él no parecía preocupado por las órdenes de su padre.

Parecía simplemente su esposo.

El joven del que alguna vez había conseguido enamorarse.

Hablaron.

Recordaron.

Rieron.

Y durante unas horas aquella mujer olvidó las paredes que se habían ido levantando a su alrededor.

Esa noche se entregó completamente a él.

Sin imaginar que de aquel amor nacería Rosa.

La única luz que encontraría durante los años más oscuros de su vida.

Pero antes de que amaneciera, un grito atravesó los pasillos.

La madre del príncipe había muerto.

La reina de Flotopía.

Nadie supo explicar con claridad lo ocurrido.

Había estado enferma durante algunas semanas, pero su muerte había sido demasiado repentina.

Para cuando salió el sol, los rumores ya habían comenzado.

La princesa extranjera.

La mujer que se enfrentaba al rey.

La joven que hablaba demasiado.

Aquella que algunos sirvientes aseguraban haber visto utilizando cosas que no comprendían.

Magia.

La palabra recorrió el castillo.

Después llegó al pueblo.

Y finalmente se convirtió en una acusación.

La princesa que anteriormente ayudaba a los necesitados comenzó a transformarse, poco a poco, en la responsable de cada desgracia.

Si una cosecha se perdía, era culpa suya.

Si alguien enfermaba, era culpa suya.

Si ocurría un accidente dentro del castillo, alguien encontraba la manera de relacionarlo con ella.

No importaba cuánto intentara defenderse.

La historia ya había comenzado a escribirse.

Y alguien se estaba asegurando de que ella siempre apareciera como la villana.

Poco después descubrió que estaba embarazada.

Por primera vez desde aquella noche terrible volvió a sentir esperanza.

Pensó que un hijo podía cambiar las cosas.

Pensó que quizá su esposo recordaría quién había sido antes de convertirse en un hombre aterrorizado por decepcionar a su padre.

Durante unos meses pareció funcionar.

Hasta que descubrieron que esperaba una niña.

La noticia recorrió el palacio.

Una hija.

No un heredero.

Y algo cambió nuevamente.

—¿Qué importa que sea una niña? —preguntó ella una noche.

Su esposo no respondió.

—Es nuestra hija.

—Mi padre esperaba un heredero.

La princesa sintió un vacío en el pecho.

—Yo no estoy esperando al heredero de tu padre.

Colocó una mano sobre su vientre.

—Estoy esperando a nuestra hija.

Él apartó la mirada.

Y en ese momento ella comprendió que estaba completamente sola.

Rosa nació durante una madrugada fría.

Era pequeña.

De mejillas rosadas.

Cabello oscuro.

Y unos enormes ojos azules que parecían observarlo todo.

Su madre lloró en cuanto la colocaron sobre su pecho.

—Rosa —susurró.

Había decidido aquel nombre meses atrás.

Porque incluso entre espinas podía existir algo hermoso.

Durante unos minutos no existieron los reinos.

Ni las coronas.

Ni los rumores.

Solo ellas dos.

Pero aquella tranquilidad duró poco.

Días después recibió la orden.

Debía abandonar Flotopía.

Le retiraron sus títulos.

Sus joyas.

Sus propiedades.

Incluso parte de las pertenencias que había llevado desde su antiguo reino.

—No puedes hacerme esto —dijo mientras sostenía a Rosa entre los brazos.

Su esposo permanecía frente a ella.

Ya era rey.

Su padre había dejado preparado el camino antes de morir.

—Es lo mejor.

Ella soltó una carcajada.

—Siempre tienes una manera muy particular de llamar a la cobardía.

—Mi pueblo te teme.

—Tu pueblo cree las mentiras que ustedes mismos sembraron.

—Ha habido demasiadas desgracias desde que llegaste.

Ella lo miró incrédula.

—¿Tú también lo crees?

El rey guardó silencio.

Y aquel silencio terminó de destruir lo poco que quedaba entre ellos.

La mujer acercó a Rosa contra su pecho.

—Algún día ella conocerá la verdad.

Por primera vez el rey mostró miedo.

—No.

—No podrás esconderla para siempre.

—Ella jamás volverá a este reino.

—Eso no lo decides tú.

—Ya lo hice.

La princesa lo miró durante largo rato.

Después sonrió con tristeza.

—Entonces recuerda este momento.

El rey frunció el ceño.

—Porque algún día tu propia mentira será lo que destruya tu corona.

Madre e hija fueron expulsadas.

Regresaron al territorio donde años atrás había existido el reino de la princesa.

Pero ya casi no quedaba nada.

La crisis había terminado por vaciar aquellas tierras.

Muchos habitantes se habían trasladado a Flotopía buscando alimento, protección y trabajo.

Solo permanecía el antiguo castillo.

Abandonado.

Rodeado por un enorme bosque.

Fue ahí donde la madre de Rosa decidió desaparecer.

Utilizó la magia que durante tanto tiempo había intentado ocultar.

Los árboles crecieron.

Las raíces cubrieron los caminos.

Las espinas levantaron una barrera alrededor de aquellas tierras.

Y el castillo desapareció de los mapas.

Detrás de aquel portón, Rosa creció libre.

Corrió entre árboles.

Aprendió a escuchar el bosque.

Descubrió que las flores podían obedecer sus manos y que las ramas parecían reaccionar a sus emociones.

Su madre nunca intentó impedirle utilizar la magia.

Dentro de aquellas tierras podía ser exactamente quien era.

El problema comenzaba cuando necesitaban salir.

Porque fuera del bosque, la historia era diferente.

Allí Rosa no era una niña.

Era la hija de la bruja.

Mientras tanto, algo extraño ocurrió en Flotopía.

Muy poco tiempo después de la expulsión de la antigua reina y su pequeña hija, el palacio anunció que existía un heredero.

Un niño.

Alonso.

Nadie comprendió demasiado bien de dónde había aparecido.

Las explicaciones del palacio fueron vagas.

Los miembros del consejo evitaron responder preguntas.

Y poco después una nueva reina ocupó el lugar que anteriormente había pertenecido a la madre de Rosa.

Para muchos habitantes aquello resultó extraño.

Había algo en aquella mujer que les parecía familiar.

Su manera de caminar.

La forma de sonreír.

Incluso algunos gestos.

Pero nadie se atrevió a cuestionarlo.

Flotopía tenía una reina.

Y, más importante todavía, tenía un heredero.

Eso era suficiente.

Con los años, las preguntas desaparecieron.

Alonso creció rodeado de lujos.

Recibió la mejor educación que un príncipe podía tener y, cuando llegó el momento, fue enviado lejos de Flotopía para estudiar en las escuelas más prestigiosas de los reinos aliados.

Pasó diez años fuera.

Aprendió historia.

Política.

Combate.

Estrategia.

Idiomas.

Todo aquello que necesitaba conocer un futuro rey.

Pero nadie le enseñó la verdadera historia de su propia familia.

Cuando tenía quince años recibió la noticia de que su madre había muerto.

Regresó para el funeral.

Después volvió a marcharse.

Desde entonces, hablar de ella dentro del palacio parecía estar prohibido.

Alonso aprendió a no preguntar.

Hasta que finalmente, después de diez años, regresó definitivamente a Flotopía.

Y descubrió que el reino que había dejado atrás ya no existía.

Las calles habían cambiado.

Los habitantes parecían distintos.

Su padre era más frío.

Los jardines donde había jugado de niño estaban casi abandonados.

Había puertas del castillo que permanecían cerradas.

Retratos que habían desaparecido.

Nombres que nadie pronunciaba.

Alonso pensó que simplemente era el precio de haber estado lejos durante tanto tiempo.

No sabía que, mientras él crecía preparándose para heredar una corona, otra niña crecía escondida detrás de un bosque encantado.

Una niña que había sido expulsada del mismo palacio.

Una niña que conocía una versión completamente diferente de su padre.

Una niña llamada Rosa.

Y ninguno de los dos sabía todavía que el secreto más peligroso de Flotopía no era la magia.

Era la verdadera historia de cómo Alonso se había convertido en heredero.

More Chapters