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Chapter 5 - Los pecados bajo la corona

Alonso la dejó marcharse.

Esta vez de verdad.

No corrió detrás de ella.

No intentó detenerla.

No gritó su nombre entre las calles del pueblo.

Simplemente permaneció junto a la fuente observando cómo Rosa desaparecía con aquella caja entre los brazos.

Y durante las horas siguientes se preguntó por qué demonios la había dejado ir.

Quizá porque, por primera vez, había comprendido que perseguirla no solucionaría nada.

O quizá porque las palabras escritas en aquel diario habían conseguido sembrar algo que él nunca había sentido respecto a Rosa.

Duda.

Y odiaba aquella sensación.

Rosa regresó al bosque furiosa.

No con Alonso.

O al menos eso intentaba convencerse.

Estaba furiosa con todos.

Con las personas del pueblo.

Con el rey.

Con su madre.

Con aquella anciana que había entregado el diario.

Con todas las historias que habían decidido quién era ella antes siquiera de darle la oportunidad de descubrirlo por sí misma.

Durante toda su vida había escuchado lo mismo.

Que su madre había sido peligrosa.

Que había provocado la desgracia del reino.

Que la magia había corrompido su corazón.

Que Rosa eventualmente sería igual.

La hija de la bruja.

Así la conocían las bestias.

Nunca Rosa.

Nunca la muchacha que cuidaba de los animales heridos del bosque.

Nunca la joven que se sentaba durante horas junto al lago solamente para escuchar el viento.

Nunca aquella que prefería huir antes que utilizar su magia contra alguien.

Para ellos ya había nacido condenada.

Y mientras caminaba entre los árboles con el diario apretado contra el pecho, algo comenzó a resultarle cada vez más insoportable.

El rey no recibía el mismo trato.

A él nadie lo señalaba.

Nadie murmuraba cuando atravesaba las calles.

Nadie llamaba monstruo al hombre que gobernaba desde aquel enorme castillo.

Para el pueblo, él era honorable.

Justo.

Respetable.

Su camino era limpio.

Más puro que el agua.

Rosa soltó una carcajada amarga.

Si las bestias supieran.

El camino del rey también estaba lleno de basura.

Y no era poca.

Había secretos.

Traiciones.

Mentiras.

Muertes.

Decisiones enterradas durante años debajo de una corona.

Su madre conocía algunas.

Rosa había descubierto otras.

Y estaba segura de que todavía existían muchas más.

Llegaría el día en que todo saldría a la luz.

Y cuando ocurriera, quizá aquel pueblo finalmente comprendería que habían señalado durante años a la persona equivocada.

El problema era Alonso.

Rosa se detuvo.

Solamente pensar en él conseguía apagar parte de aquella rabia.

Porque revelar la verdad sobre el rey significaba destruir también al hombre que amaba.

Alonso podía decir que quería conocerla.

Podía prometer que estaría de su lado.

Pero ¿seguiría pensando lo mismo cuando descubriera lo que Rosa sabía sobre su padre?

¿Cuando conociera la verdad sobre su madre?

¿Cuando comprendiera que la historia de la familia real estaba construida sobre secretos?

Probablemente la odiaría.

Y esa idea le dolía más de lo que quería aceptar.

Alonso tampoco encontraba paz.

Había regresado al castillo convencido de que necesitaba pensar.

Pero pensar resultó ser justamente el problema.

Cuanto más lo hacía, más preguntas aparecían.

El diario.

Rosa.

Su padre.

Su madre.

La reacción del rey cuando había mencionado aquel bosque.

Todo parecía formar parte de la misma historia.

Una historia que todos conocían excepto él.

Terminó caminando sin rumbo por los jardines del castillo.

Hasta que sus pasos lo llevaron al lugar que había evitado durante años.

El jardín de su madre.

Reconoció inmediatamente el viejo árbol donde solía esconderse cuando era niño.

Su madre siempre fingía no encontrarlo.

—¿Dónde estará mi pequeño príncipe? —decía exageradamente mientras Alonso contenía la risa detrás del tronco.

Él cerró los ojos.

Podía recordar su voz.

Sus manos.

La manera en que acomodaba su cabello después de que corría durante horas por aquellos jardines.

Durante mucho tiempo había intentado no pensar demasiado en ella.

Porque pensar significaba recordar su muerte.

Y recordar su muerte siempre terminaba llevándolo hacia su padre.

Había demasiadas cosas de aquella época que nunca había comprendido.

Conversaciones que se detenían cuando él entraba en una habitación.

Sirvientes que evitaban responder preguntas.

Documentos desaparecidos de los archivos reales.

Su padre diciendo constantemente:

Hay cosas que un niño no necesita saber.

Pero Alonso ya no era un niño.

Y ahora Rosa había aparecido.

Rosa y su bosque.

Rosa y aquel diario.

Rosa y una madre cuyo nombre parecía provocar incomodidad dentro del castillo.

Una lágrima escapó de su ojo.

Alonso la limpió inmediatamente.

Miró alrededor por instinto.

No había nadie.

—Madre… —susurró.

Se sentó sobre uno de los bancos de piedra.

—¿Qué fue lo que pasó?

El jardín no respondió.

Rosa encontró a su madre frente a la chimenea.

La mujer estaba preparando una infusión cuando escuchó el golpe de una caja sobre la mesa.

No necesitó preguntar qué había dentro.

Su rostro perdió inmediatamente el color.

Rosa permanecía frente a ella.

—¿Reconoces esto?

Su madre guardó silencio.

Rosa abrió la caja.

Sacó el diario.

—Una mujer se lo entregó a Alonso.

La taza que su madre sostenía tembló ligeramente.

—¿Quién?

—Eso quisiera saber yo.

—Rosa…

—No.

Ella colocó el diario sobre la mesa.

—Ahora vas a hablar.

Su madre cerró los ojos.

—Hay cosas que hice para protegerte.

—Todo el mundo parece utilizar esa frase antes de admitir que me mintió.

—No te mentí.

—Entonces explícame esto.

Rosa abrió el diario.

Varias páginas estaban marcadas.

Había pasado toda la tarde leyéndolas.

Fechas.

Nombres.

Lugares.

Recuerdos de su madre.

Y muchas cosas que no coincidían con la historia que había escuchado desde niña.

—Me dijiste que nos echaron del reino porque las personas tenían miedo de tu magia.

—Eso ocurrió.

—No es toda la verdad.

Su madre no respondió.

Rosa continuó.

—Aquí hablas del rey.

Silencio.

—Hablas de él como si lo conocieras mucho antes de que todo sucediera.

La mujer bajó la mirada.

—Rosa…

—¿Qué relación tenías con él?

—Eso no importa.

—¡Claro que importa!

Las llamas de la chimenea aumentaron.

Su madre las miró.

—Controla tu magia.

Rosa soltó una risa amarga.

—No cambies de tema.

Cerró el diario con fuerza.

—También escribiste sobre un embarazo.

Ahora sí.

Su madre levantó la mirada.

—¿Hasta dónde leíste?

—Hasta donde tú decidiste escribir.

La expresión de aquella mujer fue suficiente para confirmar que Rosa había encontrado algo que nunca debía encontrar.

—Dijiste que él esperaba un heredero.

Silencio.

—Que cuando supo que sería una niña, todo cambió.

—Rosa, basta.

—Después desapareciste.

Su madre negó lentamente.

—No sabes lo que estás diciendo.

—Entonces dime qué pasó.

Nada.

—Dímelo.

—No puedo.

Rosa sintió que algo se hundía en su estómago.

—¿Quién era esa niña?

Su madre palideció.

Rosa apenas consiguió pronunciar la siguiente pregunta.

—¿Era yo?

Silencio.

La habitación pareció quedarse sin aire.

—Madre.

—No hagas preguntas cuyas respuestas pueden destruirte.

Rosa retrocedió.

Aquello era prácticamente una respuesta.

—No…

—Rosa.

—No.

Comenzó a caminar de un lado a otro.

—No puede ser.

Su madre intentó acercarse.

—Escúchame.

—No me toques.

Se detuvo.

Una nueva pregunta apareció.

Una mucho peor.

—Alonso.

Su madre cerró los ojos.

Rosa sintió que el corazón comenzaba a golpearle violentamente.

—Si todo eso ocurrió antes de que yo naciera…

Buscó desesperadamente entre las páginas.

—Entonces ¿de dónde salió Alonso?

—Rosa…

—¡Contéstame!

La habitación tembló.

—El rey ya tenía un heredero poco tiempo después.

—No sabes toda la historia.

—¡POR ESO ESTOY PREGUNTANDO!

Las ventanas vibraron.

Las raíces que atravesaban las paredes comenzaron a moverse.

Su madre la observó aterrada.

No por la magia.

Por lo que Rosa estaba a punto de descubrir.

—Alonso no tiene nada que ver con esto —dijo finalmente.

Rosa se quedó inmóvil.

—¿Qué significa eso?

—Significa exactamente lo que dije.

—No. Significa lo que tú quieres que yo crea.

—Rosa…

—¿El rey es mi padre?

Su madre guardó silencio.

Otra vez.

Y esa vez Rosa no lo soportó.

Tomó el diario.

—Está bien.

—¿A dónde vas?

—A buscar a alguien que sí quiera contestarme.

Su madre se levantó rápidamente.

—No.

Rosa caminó hacia la puerta.

—Rosa, no puedes ir al castillo.

Ella se detuvo.

Giró lentamente.

—¿Por qué?

Su madre no respondió.

—¿Porque el rey puede reconocerme?

—Porque ese hombre es peligroso.

—Eso ya lo sé.

—No sabes de lo que es capaz.

Rosa sintió ganas de reír.

—Curioso.

Apretó el diario contra su pecho.

—Porque llevo toda mi vida escuchando exactamente lo mismo sobre mí.

—Hija…

Rosa abrió la puerta.

—Quiero saber quién soy.

—Tú sabes quién eres.

—No.

La miró con los ojos llenos de lágrimas.

—Sé quién tú decidiste decirme que soy.

Su madre no pudo responder.

Rosa atravesó la puerta.

—¡Rosa!

Ella no volteó.

Por primera vez en su vida no se dirigía al pueblo.

No buscaba provisiones.

No buscaba a Alonso.

Iba directamente hacia el castillo real.

Hacia el hombre que había gobernado aquellas tierras durante años.

Hacia el hombre que quizá había destruido a su madre.

Hacia el hombre que podía conocer la verdad sobre su nacimiento.

Y mientras avanzaba comprendió que existía una pregunta que le daba todavía más miedo que descubrir que el rey era su padre.

Si ella era realmente su hija…

¿quién era Alonso?

a.

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