El conocimiento es una maldición para un shinobi.
Cuanto más sabes, más variables tienes que controlar.
Hiruzen Sarutobi, el Tercer Hokage, el llamado "Dios de los Shinobi", había sobrevivido a tres guerras mundiales no por ser el más fuerte, sino por saber exactamente qué batallas no pelear.
Y sentado en la pequeña mesa del apartamento de Naruto, viendo al niño de cinco años comer, Hiruzen estaba decidiendo no pelear esta.
Era una rutina establecida.
Una vez al mes, el Hokage dejaba su túnica en la oficina, se vestía con ropa sencilla y visitaba al jinchūriki.
Le llevaba un sobre con dinero para gastos y algo de comida.
Naruto, con su máscara recién forjada, actuaba su papel a la perfección.
—¡Gracias, Jiji! —gritó el niño, con una sonrisa que mostraba demasiados dientes y ojos cerrados en medias lunas—. ¡El ramen es lo mejor! ¡Dattebayo!
Naruto se movía con una energía espasmódica, agitando los brazos, contando historias exageradas sobre nada en particular.
Hiruzen sonreía, asintiendo con benevolencia.
Pero sus ojos, oscuros y agudos bajo el borde de su sombrero, no miraban la sonrisa.
Miraban las manos del niño.
Naruto vivía solo.
Un niño de cinco años sin supervisión es un imán para los accidentes domésticos.
Debería tener cortes en los dedos por intentar abrir latas.
Quemaduras leves por el agua caliente.
Raspaduras en los codos.
Moretones en las espinillas.
Hiruzen miró la piel de Naruto.
Era impecable.
No había cicatrices.
Ni siquiera las marcas blancas de heridas antiguas.
La piel tenía un tono saludable, ligeramente bronceado, pero completamente liso.
El Hokage recordó el informe de la semana anterior.
Un incidente con unos gamberros.
Un labio partido.
Miró el labio de Naruto ahora.
Perfecto.
Sin costra.
Sin hinchazón.
—Naruto —dijo Hiruzen suavemente, interrumpiendo el monólogo del niño sobre un gato que había visto—. ¿Te has hecho daño últimamente?
El silencio cayó en la habitación por una fracción de segundo.
Naruto se congeló.
Su sonrisa no vaciló, pero sus hombros se tensaron imperceptiblemente.
La máscara de "niño tonto" corría el riesgo de resbalar.
—¿Eh? —Naruto se rascó la nuca, riendo—. ¡Claro que no! ¡Soy muy fuerte! ¡Soy un ninja de élite en entrenamiento!
Hiruzen tomó un sorbo de té.
El té estaba frío.
—Ya veo.
El Hokage sabía que era mentira.
Pero lo que le preocupaba no era la mentira del niño.
Era la verdad de su cuerpo.
Hiruzen conocía la regeneración del Kyūbi.
Era violenta, burbujeante, tóxica.
Dejaba marcas de quemaduras por chakra.
Esto no era eso.
Hiruzen extendió su percepción sensorial, muy sutilmente, hacia el niño.
Lo que sintió no fue la malevolencia del Zorro.
Sintió un sistema circulatorio que funcionaba como una fortaleza cerrada.
La sangre de Naruto fluía con una densidad y un ritmo que no eran naturales.
Había una "inteligencia" pasiva en su biología.
Es el legado de Kushina, pensó Hiruzen. Pero mutado. Alterado.
El Hokage tuvo el impulso, por un momento, de llevar a Naruto al hospital.
De llamar a los mejores especialistas en fūinjutsu, de abrir el sello, de examinar esa sangre bajo un microscopio, de intentar arreglar esa anomalía antes de que creciera.
Pero entonces, miró las paredes del apartamento.
Vio la soledad. Vio el precario equilibrio mental del niño.
Hiruzen sabía mucho sobre fūinjutsu.
Y la primera regla de los sellos complejos es: Si funciona, no lo toques.
El sistema de Naruto había encontrado una homeostasis.
Una paz armada entre su sangre, el Zorro y su mente.
Era una estructura inestable, sí, construida sobre mentiras y supresión emocional.
Pero se mantenía en pie.
Si intervengo, calculó Hiruzen con frialdad pragmática, podría romper el sello secundario. Podría despertar al Kyūbi. O peor, podría activar esa sangre de una forma que ni siquiera la medicina de Konoha puede detener.
Era una caja negra.
Y Hiruzen decidió no abrirla.
—Me alegra que seas fuerte, Naruto —dijo finalmente el Hokage, dejando la taza en la mesa.
La tensión en los hombros del niño desapareció.
Dentro de la jaula, Kurama abrió un ojo.
El Zorro había sentido el escrutinio del viejo humano.
Había sentido la duda.
Y ahora, sentía la resignación.
—El Mono ha decidido mirar hacia otro lado —murmuró Kurama.
Para el Kyūbi, Hiruzen Sarutobi no era una amenaza directa como lo había sido Minato.
Minato actuaba.
Minato sellaba.
Minato moría por sus decisiones.
Hiruzen era diferente.
Hiruzen era una constante de entorno.
El viejo sabía que algo estaba podrido en el niño.
Sabía que la máscara era falsa.
Sabía que la sangre no era normal.
Y su decisión fue dejarlos solos.
—No nos ayudará —analizó Kurama—. Pero tampoco nos estorbará. Teme que si tira de un hilo, todo el tejido se deshaga.
El Zorro respetó eso.
Era una cobardía inteligente.
Kurama clasificó al Tercer Hokage como "Variable No Hostil / Observador".
Un mueble peligroso en la habitación, pero uno que no se movería a menos que lo empujaran.
Hiruzen se levantó para irse.
Se ajustó el sombrero.
Naruto lo acompañó a la puerta, manteniendo su sonrisa brillante hasta el último segundo.
—¡Vuelve pronto, Jiji!
Hiruzen le puso una mano en la cabeza.
Sintió el calor bajo el cabello rojo.
Un calor febril, constante, de un metabolismo que trabajaba horas extras para mantener la forma humana.
—Cuídate, Naruto. No te metas en problemas.
—¡Nunca! —mintió el niño.
Hiruzen salió y la puerta se cerró.
El Hokage caminó por el pasillo oscuro del edificio de apartamentos.
Sacó su pipa, pero no la encendió.
Si no lo entiendo, no lo rompo, se repitió a sí mismo como un mantra exculpatorio.
Sabía que estaba dejando a un niño solo con una condición médica desconocida y potencialmente letal.
Sabía que era negligencia.
Pero Konoha necesitaba un jinchūriki estable, no un paciente de hospital ni un experimento fallido.
Mientras Naruto pudiera caminar, hablar y contener a la bestia, Hiruzen aceptaría el misterio.
Atrás, en el apartamento, Naruto dejó caer la sonrisa.
Suspiró, se miró la mano perfecta y se fue a su cuarto en silencio.
El viejo no había preguntado.
Por lo tanto, Naruto no tenía que responder.
El secreto seguía a salvo.
