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Chapter 7 - Capítulo 6: Miradas que pesa

El instinto humano dice que el peligro es algo físico: un colmillo, un filo, el fuego.

Pero Naruto, a los cuatro años, descubrió una forma de violencia que no dejaba marcas en la piel ni activaba la defensa automática de su sangre.

La violencia de ser visto.

O mejor dicho: la violencia de cómo se le veía.

Naruto no entendía la palabra "odio". 

Era demasiado abstracta. 

Lo que él entendía era la presión.

Cuando caminaba por las calles de Konoha, sentía un cambio físico en el aire. 

No era imaginación. 

Su sangre, hiersensible al chakra y a las intenciones externas debido a su condición Uzumaki, reaccionaba a la hostilidad colectiva.

Sentía las miradas de los aldeanos como un aumento de la gravedad. 

Un pinchazo en la nuca. 

Una constricción en el pecho.

Si entraba en una tienda, el aire se volvía denso. 

Si se quedaba quieto en un parque, el silencio a su alrededor se volvía sólido, opresivo.

Su primera reacción, su reacción natural, fue la de un depredador acorralado: quedarse quieto y observar.

El verdadero Naruto, el que vivía debajo de la piel, era un niño silencioso. 

Sus ojos azules no brillaban con inocencia; escaneaban. 

Analizaba las salidas, medía las distancias, estudiaba los rostros para entender por qué lo miraban así.

Pero pronto descubrió un error fatal en esa estrategia.

Un día, frente a un puesto de máscaras, el dueño lo descubrió mirando.

Naruto no hizo nada. 

Solo se quedó allí, con las manos a los costados, sosteniendo la mirada del comerciante con una intensidad fría y analítica, tratando de descifrar el desprecio del hombre.

El comerciante retrocedió.

No por asco. 

Por miedo.

—Esa mirada... —susurró el hombre a su esposa, sin saber que Naruto podía oírlo—. Es la mirada del demonio. Está planeando algo. Míralo. No parpadea. Es antinatural.

Naruto sintió cómo la tensión en el aire se disparaba. 

La hostilidad se convirtió en pánico. 

Una piedra voló desde algún lado.

Su sangre se agitó, lista para defenderse, lista para endurecerse.

Naruto corrió.

Y mientras se escondía en un callejón, su mente infantil, agudizada por la necesidad, procesó el dato: 

Cuando estoy callado, les doy miedo. Cuando pienso, creen que soy el monstruo. Si les doy miedo, me atacan.

El silencio era peligroso. 

La inteligencia era sospechosa.

Para sobrevivir, Naruto tenía que dejar de ser él mismo.

Kurama observó el proceso con una fascinación mórbida.

No fue un cambio gradual. 

Fue una decisión táctica, ejecutada con la frialdad de un espía veterano.

A la semana siguiente, Naruto volvió a la misma calle.

Sintió las miradas pesadas. 

Sintió la presión en su sangre. 

Su instinto le gritaba que se moviera con sigilo, que se pegara a las sombras, que no hiciera ruido.

Hizo exactamente lo contrario.

Corrió hacia el centro del camino. 

Tropezó deliberadamente con sus propios pies —un movimiento calculado al milímetro para no lastimarse de verdad— y cayó de cara al suelo con un ruido exagerado.

—¡Ay, ay, ay! —gritó, con una voz dos tonos más alta que la suya natural—. ¡Dattebayo!

Se levantó, se frotó la cabeza (donde no le dolía) y soltó una risa estridente, boba, con los ojos cerrados en medias lunas para ocultar su mirada analítica.

El cambio en la atmósfera fue instantáneo.

El miedo de los aldeanos se evaporó. 

Fue reemplazado por desdén.

—Tsk. Es solo ese mocoso estúpido. 

—Ni siquiera puede caminar bien. 

—Qué ruidoso. Solo es un idiota.

Nadie le tiró piedras. 

Nadie retrocedió con terror. 

Lo miraron con asco, sí, pero era un asco seguro. 

Un asco inofensivo.

Naruto, detrás de su sonrisa plástica y sus ojos cerrados, sintió cómo la presión en su sangre bajaba.

Funciona, pensó con una claridad helada. 

Si creen que soy tonto, no miran lo que hay dentro.

A partir de ese día, nació el "Naruto" que Konoha conocería.

El niño ruidoso. 

El payaso de la clase. 

El vándalo de pintura naranja.

Era una actuación agotadora. 

Cada vez que gritaba, cada vez que saltaba agitando los brazos, cada vez que fingía no entender una instrucción simple, Naruto estaba suprimiendo su verdadera naturaleza: observadora, desconfiada y profundamente seria.

Pero era una jaula necesaria.

La máscara de "el tonto" protegía el secreto de su sangre. 

Mientras todos se rieran de su torpeza o se enojaran por sus travesuras, nadie se fijaría en que sus heridas sanaban en segundos. 

Nadie notaría que nunca se enfermaba. 

Nadie vería la vibración extraña en sus venas cuando se enojaba.

El ruido era su camuflaje.

—Eres un mentiroso natural —dijo Kurama una noche, rompiendo su propio silencio.

Naruto estaba en su cama, con la cara hundida en la almohada. 

La sonrisa había desaparecido tan pronto como cerró la puerta de su apartamento. 

Su rostro estaba inexpresivo, sus ojos abiertos en la oscuridad, fríos y quietos.

El niño no respondió al zorro. 

No necesitaba hacerlo.

Kurama vio el ritmo cardíaco del chico. 

Lento. 

Estable. 

Durante el día, mientras hacía el payaso, su corazón latía rápido por el esfuerzo de la actuación. 

Ahora, en la soledad, Naruto descansaba.

El zorro entendió entonces que el verdadero peligro no era él.

El verdadero peligro era lo que Naruto estaba construyendo dentro de sí mismo. 

Un santuario de silencio donde guardaba su verdadera inteligencia, alimentándola con rencor y observaciones, mientras el mundo exterior solo veía a un bufón vestido de naranja.

Naruto cerró los ojos.

Su sangre fluía tranquila. 

Nadie lo miraba ahora. 

Por fin podía dejar de sonreír.

Y esa desconexión entre su rostro y su alma... esa era la cicatriz más profunda de todas.

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