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Chapter 11 - Capitulo 7

Damián pasó dos semanas ayudando en trabajos ligeros a los aldeanos mientras se recuperaba. De a poco se iba quedando sin ingresos, por lo que decidió volver a robar por las noches. Antes de eso, siempre salía por las mañanas para examinar el lugar del robo y algunas rutas de escape.

El dolor seguía allí, profundo y punzante, recordándole a cada paso que su cuerpo aún no terminaba de sanar. Aun así, avanzaba por los callejones oscuros, envuelto en una capa gastada.

No tenía fuerzas para correr, pero tampoco podía darse el lujo de fallar. Necesitaba dinero, comida... y demostrar que aún podía sobrevivir por su cuenta.

Se deslizó detrás de una casa noble, donde las ventanas adornadas mostraban una riqueza suficiente como para no extrañar un par de objetos.

Respiró hondo, aguantando el ardor en las costillas.

-Todavía estás herido... -susurró Rhazel-. En este estado solo eres más débil de lo normal.

-No pienso discutir ahora -murmuró Damián, ajustando su capucha.

Forzó la cerradura con cuidado. Una vez dentro tomó lo mínimo: dos cadenas plateadas, un anillo de oro desgastado y otro con una piedra rojiza. Nada excesivo.

Salió sin dejar rastro. En el bosque, el silencio era demasiado pesado. Damián avanzaba con dificultad, sintiendo que sus heridas tiraban con cada movimiento.

Solo pensaba en regresar a la aldea cuando un crujido fuerte retumbó. Un gruñido respondió desde la oscuridad.

Un enorme oso pardo emergió entre los árboles, erguido, mirándolo fijamente. No rugió. Solo lo examinaba.

-Entraste en su territorio... -murmuró Rhazel-. Cada vez me das más pena.

Damián tragó saliva.

-No quiero morir otra vez... solo déjame pasar, por favor...

El oso se alzó en dos patas. Damián apenas levantó su cuchillo cuando el golpe llegó.

El impacto lo mandó al suelo como muñeco. Una de sus heridas se abrió de inmediato.

El miedo encendió algo. Un instinto oscuro lo hizo rodar justo antes de que una enorme garra cayera donde estaba su cabeza.

El mundo se sentía rápido y lento a la vez.

-Ese es tu poder -dijo Rhazel-. Tu cuerpo actúa por impulso. Úsalo o muere de nuevo.

El oso atacó otra vez. Esta vez la garra le rasgó el abdomen. Damián gritó, un grito ahogado por el terror, tembloroso.

Logró clavar el cuchillo en el hombro del animal, que bramó furioso.

Damián retrocedió tambaleante. Estaba cansado y mareado. El oso se lanzó con velocidad.

Damián intentó cubrirse, pero no bastó. El golpe lo estrelló contra un tronco. Sintió varias de sus heridas anteriores abrirse denuevo.

El grito que soltó fue de dolor... y miedo puro.

-¡NO-! -intentó decir algo más, pero la voz se quebró.

Vio al oso acercarse a él rápidamente, este empezó a darle golpes con sus garras.

Damián intentaba defenderse pero era inútil, gritaba no solo por el dolor... sino también por el miedo y desesperación que sentía en ese momento.

El oso se acercó para darle un ataque final. Lo mordió en el cuello.

Damián sintió cómo su piel era desgarrada... cómo los huesos crujían... y su propio grito moría bajo el rugido del animal.

Todo se volvió negro.

Cuando abrió los ojos, estaba de pie... frente a su propio cuerpo inmóvil.

Su forma astral temblaba. Aún recordaba cada sensación: el desgarro, el peso del oso, el miedo absoluto.

Sin poder evitarlo, las lágrimas empezaron a caer... aunque su forma astral no debería tener lágrimas.

El oso olfateó su cuerpo y luego se alejó, tranquilo.

Sus piernas fallaron y cayó de rodillas. Sus hombros temblaban. Su respiración era errática aunque ya no tenía pulmones.

-No... -susurró, incapaz de mirar más-. No... no...¿Qué acaba de pasar?

Una lágrima resbaló por su mejilla astral. Otra más. Y otra.

No tenía sentido que pudiera llorar... pero lo hacía.

-¿Eso fue todo? -la voz de Rhazel cortó el silencio como un cuchillo.

Ella apareció flotando a unos metros, su forma semi-astral rodeada de un negro tenue, casi como humo vivo. Sus ojos brillaban con un rojo apagado.

-Qué triste... y qué predecible -dijo con tono suave, casi como si se burlara de un niño-. Apenas tu segunda muerte y ya estás llorando como si el mundo se fuera a terminar.

Damián apretó los dientes. Sus manos temblaban.

-Cállate... -susurró, con la voz quebrada.

Rhazel ignoró la súplica. Dio un paso hacia él, mirándolo desde arriba.

-Te desgarró, Damián. Sentiste cada fibra de tu carne romperse, ¿verdad? -se inclinó un poco-. Ese miedo... esa sensación de que estabas totalmente solo... A eso tendrás que acostumbrarte.

Él negó con la cabeza, agitado.

-No... no... yo no... -su voz se quebró aún más-. No quiero... volver a sentir eso.

-Oh, pero lo harás -sonrió Rhazel, una sonrisa lenta, casi cruel-. Morirás más veces. Gritarás más fuerte. Y cada vez será peor.

Damián levantó la mirada, con lágrimas corriendo sin explicación por su rostro astral.

-¿Por qué... haces esto? -le preguntó, la voz entrecortada por el llanto-. ¿Por qué... eres así...?

Rhazel alzó una ceja.

-Porque alguien tiene que decirte la verdad. Eres débil... patético e incluso tienes miedo de todo Y eres algo decepcionante.

Damián bajó la mirada y apretó los puños. El temblor ya no era solo miedo; era una mezcla peligrosa de miedo e ira mientras aun tenía lagrimas en sus ojos.

-Cállate... -repitió, un poco más fuerte.

Rhazel se cruzó de brazos, disfrutando el momento.

-¿Por qué? ¿Te molesta que lo diga porque sabés que es cierto? Mirate, llorando frente a tu propio cadáver. Eso es todo lo que eres, Damián: un chico asustado que no sabe pedir ayuda.

Damián apretó los puños.

-¡¡CALLATEEEE!!

El grito fuertemente.

Una onda cortante salió disparada de sus manos, un ataque invisible, como una presión brutal que fue dirigido a ella.

Rhazel ni siquiera se movió. El ataque pasó a través de ella como si fuese humo... pero algunos árboles detrás de ella cayeron.

-Vaya...eso si no lo vi venir-Dijo Rhazel con algo de sorpresa.

Damián, respirando con furia, lanzó otro ataque sin entender cómo lo hacía.

-¿NO TE DAS CUENTA DE LO QUE ME ACABA DE PASAR? ¡¡¡ESTUBE SIENDO DESPEDAZADO POR UN OSO Y ME TRATAS DE EXAGERADO!!!

El segundo ataque cortante invisible atravesó más árboles y destrozó dos rocas enormes.

Rhazel sonrió.

-Eso es, Damián... sigue asi... Demuestrame de lo que eres capaz.

-¡¡QUE TE CALLEEEES!!-

Damián lanzó un tercer corte, el más fuerte de todos.

El aire tembló, la energía crujió, y varios árboles del exterior fueron arrancados de raíz.

Él quedó jadeando, con lágrimas y rabia mezcladas.

Rhazel lo miró de arriba abajo, disfrutando del caos que él mismo estaba provocando sin control.

-Perfecto -susurró-. Te estás comportando como esperaba que lo hisieras.

Damián cayó de rodillas otra vez, agotado, aún llorando.

Tras un rato aun con las lagrimas y recordando lo recién sucedido.

Regresó a su cuerpo.

Despertó con dolor insoportable, pero vivo.

Rhazel solo curo lo necesario.

Tomó la bolsa con los objetos recién robados y decidió ya volver a la aldea.

Caminó con algo de dificultad pero no lograba quitarse las imágenes del oso acabando con el. aunque tenia claro que lo ataco por sentirse amenazado tras el haber entrado en su territorio.

En la aldea, entró a su habitación tambaleando.

El espejo reflejó su rostro pálido, sucio, con ojos vacíos.

-Mírate -susurró Rhazel desde dentro-. Un niño débil con un poder que no entiende.

Damián apretó los puños.

-Dejame tranquilo... Porfavor-.

Rhazel no respondió... pero su presencia ardió, casi complacida.

Damián sostuvo su reflejo un momento más. Y supo que tendría que aprender a morir de formas similares como la de esa noche,se iva convenciendo de que Rhazel envez de darle un poder le dio una maldición.

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