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Chapter 10 - Capitulo 6.5

Damián llevaba ya una semana recuperándose en la habitación de la posada. El cuerpo todavía le dolía con cada movimiento; las vendas en su pecho, brazos y cuello seguían húmedas con el ungüento que los aldeanos le habían preparado.

Aun así, lo que más le pesaba no era el dolor físico, sino el recuerdo: la mordida en su cuello, la oscuridad repentina, y su propio cuerpo muerto tirado en la tierra húmeda del bosque. Esa imagen lo perseguía cada vez que cerraba los ojos.

Esa mañana bajó las escaleras con pasos lentos. Los aldeanos, al verlo, dejaron de hablar un momento.

-Mira, Damián ya camina mejor -comentó una mujer con una sonrisa cálida.

-Es increíble que vencieras a cinco lobos tú solo -añadió un hombre, impresionado.

-Eres como un héroe -dijo un niño, con los ojos brillantes.

Damián forzó una leve sonrisa mientras se acomodaba la camisa para tapar mejor las vendas.

-Solo tuve suerte -respondió, tratando de mantenerse sereno.

Algunos aldeanos asentían admirados, pero otros intercambiaban miradas. Uno murmuró por lo bajo:

-Cinco lobos… cualquiera habría muerto.

Esas palabras le perforaron el pecho. Él sí había muerto. Aunque nadie lo sabía.

Mientras caminaba rumbo a la salida, sintió la voz en su cabeza, fría y molesta:

-Siguen admirándote por algo que no fuiste capaz de hacer por ti mismo. Ridículo.

Damián respiró hondo, apretando los dientes. Respondió mentalmente, con cansancio:

-No necesito tus comentarios.

-Los necesitas más que nunca -replicó Rhazel, con un tono casi burlón-. Si no fuera por mí, seguirías pudriéndote en el bosque.

Damián no contestó. No quería que los aldeanos lo vieran reaccionar de golpe otra vez.

Ese día intentó ayudar en algunos trabajos menores de la aldea. Cargar madera. Acomodar herramientas. Nada pesado, porque cada vez que hacía un esfuerzo, una punzada le recorría el cuerpo.

-¿De verdad mataste a los cinco lobos? -preguntó un niño pequeño, acercándose tímidamente.

Damián se agachó un poco para no parecer tan intimidante. El movimiento le dolió, pero lo soportó.

-Estaba asustado -respondió él-. Pero debia proteger a Lenn.

-¡Aun así es increíble! -exclamó otro niño-. ¡Mi papá dice que nadie sobrevive a un ataque así!

Damián miró al suelo, incómodo.

-No fue… tan impresionante como suena.

En su mente, Rhazel soltó una risa suave, como si disfrutara de verlo incómodo.

-Podrías decirles la verdad: que moriste como un idiota por confiarte al creer que habias acabado con todos. Seguro se decepcionarian.

Damián apretó la mandíbula.

-Cállate.

-Qué sensible eres Damián.

Al caer la tarde, dejó el trabajo y regresó a su habitación. Cerró la puerta despacio, apoyó la espalda en la madera y exhaló con cansancio. El silencio por fin lo envolvió. O eso pensaba.

Caminó hasta una pequeña mesa donde, entre sus pertenencias robadas, había un espejo. Un objeto fino, con el borde metálico ligeramente opaco. Lo había obtenido en uno de sus atracos pasados. Nunca le dio importancia… hasta ahora.

Lo tomó con ambas manos. La superficie reflejó su rostro cansado, ojeroso.

Se quitó la camisa. El aire frío tocó sus heridas. Las mordidas seguían marcadas. Los rasguños todavía rojizos. Y en el cuello, justo donde el lobo lo había matado, había una línea gruesa, casi como una firma de su muerte.

Damián tragó con fuerza. Su respiración comenzó a temblar. La imagen del bosque regresó con brutal claridad. El lobo abalanzándose. El dolor caliente en la garganta. La oscuridad tragándolo todo.

Luego, de pie como un espectro, viendo su propio cuerpo inmóvil…

-…Yo estuve muerto -susurró.

Sus dedos tocaron la marca en su cuello. Le temblaban.

Por primera vez desde que volvió a respirar, aceptaba en voz alta lo que tenía grabado en la mente.

Fue entonces cuando Rhazel habló, suave como un veneno:

-Y morirás otra vez. No lo olvides.

Damián cerró los ojos. No sabía si eso era una advertencia, una burla, o ambas.

-¿Por qué…? -preguntó con un hilo de voz-. ¿Por qué me elegiste?

Rhazel permaneció en silencio unos segundos, como si lo observara a través de alguna oscuridad interna.

-No te confundas -dijo al fin-. No eres especial. Solo útil. Por ahora.

Damián apretó el espejo contra su pecho. La habitación parecía más fría. Más pequeña.

-Entonces… ¿qué se supone que haga?

Rhazel no respondió de inmediato. Solo añadió, con un tono que mezclaba impaciencia y desprecio:

-Lo que siempre haces. Intenta sobrevivir. Si es que puedes.

Damián se miró una última vez en el espejo. No reconocía al joven que veía allí. No sabía si algún día volvería a hacerlo.

Y la noche cayó sobre la aldea sin darle respuestas, solo dejándole un nuevo temor: ya no sabía si la cicatriz en su cuello marcaba su vida o su condena.

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