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Chapter 32 - Capitulo 31

Réen.

Apoyé los antebrazos en el barandal de la terraza, dejando que el frío me golpeara la cara sin resistencia. El aire era seco, limpio… y silencioso en comparación con el ruido cálido que venía desde el interior del restaurante. Voces, risas suaves, platos… todo eso quedaba amortiguado detrás del vidrio.

Afuera… era más fácil respirar.

Estaba lleno.

De verdad lleno.

No era una sensación a la que estuviera acostumbrado… no así. No después de tanto tiempo. Mi estómago estaba pesado, pero no incómodo. Era… diferente. Como si el cuerpo no supiera muy bien qué hacer con tanto de golpe.

Aun así…

Tomé otra frambuesa del pequeño recipiente que había traído conmigo.

La llevé a la boca.

Ácida al principio.

Luego dulce.

Ya no hacía esa mueca que hice con la primera. Ahora… tenía sentido.

Exhalé por la nariz.

—…No están mal —murmuré para mí mismo.

—¿Te llenaste?

La voz de Guillermo llegó desde mi lado sin sorpresa.

No volteé de inmediato.

—Sí.

Él se apoyó en el barandal a mi lado, imitando mi postura, mirando hacia el mismo punto perdido en la montaña.

—Esta vez fueron casi cuatro días —dijo, como si nada.

Tomé otra frambuesa.

—Mm.

—La última vez fueron… ¿qué? ¿Una semana y media?

Lo miré de reojo.

—Algo así.

Soltó una pequeña risa por la nariz.

—Y sobrevivías tomando pura agua.

No respondí.

Porque era cierto.

—Todavía no entiendo cómo demonios hiciste eso —añadió—. Ni siquiera estoy seguro de que un humano pueda vivir así.

Me encogí apenas de hombros.

—Depende.

—¿De qué?

—De cuánto quieras sentir hambre.

Hubo un pequeño silencio.

No incómodo.

Solo… denso.

Guillermo no respondió de inmediato. Se quedó mirando al frente, procesando, como siempre hacía.

—…Sí —murmuró al final—. Suena a ti.

Tomé otra frambuesa, girándola entre mis dedos antes de comerla.

El viento sopló un poco más fuerte, moviendo ligeramente mi cabello.

—¿Y el hombro? —preguntó después.

Hice un pequeño movimiento con el brazo, probándolo.

—Bien.

Mentira a medias.

—Creo que se va a hinchar —añadí—. Lo tuve fuera… unos quince minutos.

Guillermo soltó una risa corta.

—Y luego "alguien" decidió acomodártelo sin avisar.

Lo miré de lado.

—Frente a todos, por cierto.

—Bueno —respondió, encogiéndose de hombros—. Era eso o perder más tiempo.

Negué levemente con la cabeza.

—Podíamos esperar.

—¿Para qué? —replicó—. ¿Para que se inflamara más? ¿O para llevarte al hospital por algo que se arregla en dos segundos?

—Un hombro dislocado no me iba a matar.

—Ya lo sé —dijo con calma—. Pero ya sabes… por si acaso.

Resoplé suavemente.

—Siempre con el "por si acaso".

—Alguien tiene que hacerlo.

El silencio volvió a caer entre nosotros.

Pero no era pesado.

Era… estable.

Tomé otra frambuesa, pero esta vez no la comí de inmediato. Me quedé mirándola un segundo antes de llevarla a la boca.

—Oye… —dijo Guillermo después de un momento.

No respondió de inmediato a sí mismo. Como si midiera las palabras.

—Eso de hoy… —añadió—. Comer… quedarte… no salir corriendo…

Masticé en silencio.

—…no está mal.

Tragué.

—No es permanente.

—No tiene que serlo.

Lo miré de reojo otra vez.

—Con que pase… ya es algo.

Desvié la mirada hacia la montaña.

El viento volvió a soplar.

—No te acostumbres —murmuré.

Guillermo soltó una pequeña risa.

—Tranquilo… contigo aprendí hace mucho que nada es "normal".

Una pequeña pausa.

—Pero esto… —añadió—. Es un buen día.

El viento volvió a pasar entre nosotros, más frío esta vez, pero no me moví. Seguí apoyado en el barandal, con el recipiente de frambuesas en la mano, jugando con una antes de llevármela a la boca. Sentía la mirada de Guillermo de reojo, sin que él tuviera que girar completamente la cabeza.

—Oye… —dijo después de unos segundos, con ese tono más directo—. ¿Qué fue lo que te hizo regresar esta vez?

No respondí de inmediato. Masticaba despacio, sintiendo el contraste del sabor mientras pensaba si valía la pena responder o no.

—Nada especial —dije al final, encogiéndome apenas de hombros—. Solo… estoy en mi zona.

Guillermo frunció ligeramente el ceño, aunque no parecía confundido, más bien analítico.

—¿La montaña?

Asentí levemente.

—El frío. El silencio. La nieve… —hice una pequeña pausa—. Es más fácil.

—¿Más fácil para qué?

Lo miré apenas de lado.

—Para no pensar demasiado.

Guillermo soltó un pequeño "hm" por la nariz, como si eso confirmara algo que ya suponía.

—¿Y lo de la comida?

Bajé la mirada un momento hacia el recipiente.

—También.

—¿"También" cómo?

Tomé otra frambuesa, girándola entre mis dedos antes de responder.

—Recordé unas cosas.

—¿Qué cosas?

Exhalé por la nariz.

—Promesas.

Guillermo no respondió de inmediato esta vez. Se quedó en silencio, esperando que continuara, como siempre hacía cuando notaba que había más detrás.

—Eso que dijiste adentro… —añadió después—. Lo de la niña.

Ahí sí levanté un poco más la mirada, aunque no lo miré directamente.

—¿Sí?

—¿Era verdad?

Lo pensé un segundo.

—Sí… y no.

Eso hizo que girara un poco la cabeza hacia mí.

—Explícate.

Solté un pequeño suspiro.

—No era una niña.

Hubo un pequeño silencio.

—Era una mujer —continué—. No mucho mayor… pero tampoco una niña.

Guillermo se quedó atento, sin interrumpir.

—¿De antes de que te encontráramos? —preguntó.

Asentí.

—Sí.

—¿Del lugar…?

—Del mismo lugar.

Guillermo tensó apenas la mandíbula, pero mantuvo la calma.

—Entonces… estamos hablando de antes de tu fuga.

—Sí.

El viento volvió a soplar, moviendo un poco la nieve acumulada en los bordes de la terraza.

—¿Cómo se llamaba? —preguntó después.

No respondí de inmediato. Me quedé mirando la montaña, como si el nombre estuviera ahí, aunque no lo estuviera.

—Amarillis.

Lo dije sin cambiar el tono.

Sin peso extra.

Pero tampoco ligero.

Guillermo repitió el nombre en voz baja, probándolo.

—Amarillis…

Asentí levemente.

—Podrías decir que era… —hice una pequeña pausa—. una especie de hermana mayor.

—¿"Podrías"?

—Sí.

—¿Había más?

Solté una pequeña risa sin humor.

—Muchos.

Guillermo no necesitó que explicara más.

—¿Y ella…?

—Estuvo ahí desde antes que yo —continué—. Mucho antes.

Tomé otra frambuesa, pero esta vez tardé más en comerla.

—Sabía más cosas. Más del lugar… más de cómo funcionaban las cosas.

—¿Te enseñaba?

Negué ligeramente.

—No exactamente. —Hice una pausa—. Solo… hablaba.

Guillermo frunció el ceño levemente.

—¿Hablar…?

—Sí. —Lo miré de reojo—. Cuando no había nada más que hacer… hablábamos.

Hubo un pequeño silencio.

—Días antes de que todo pasara… —continué—. tuvimos una conversación.

—¿La que mencionaste?

Asentí.

—Esa misma.

Me recargué un poco más en el barandal.

—Fue cuando empezó a decir cosas… normales.

Guillermo alzó una ceja.

—¿Normales?

—Sí. Cosas que no tenían nada que ver con ese lugar.

Miré el recipiente.

—Comida. Sabores. Postres. —Hice un pequeño gesto con la mano—. Todo lo que probé hoy.

Guillermo bajó la mirada un segundo hacia las frambuesas.

—¿Ella te habló del umami?

Asentí.

—Sí.

—¿Y tú no sabías qué era?

—No.

—Claro.

Hubo un pequeño silencio.

—También mencionó las frambuesas —añadí—. Helado. Pastel. Cosas así.

—¿Y tú?

—No me importaba.

Guillermo soltó una pequeña risa por la nariz.

—Me lo imagino.

—Se enojó.

—También me lo imagino.

Tomé otra frambuesa.

—Decía que cuando saliera de ahí… iba a comer todo eso.

—¿Y tú?

—Le dije que hiciera lo que quisiera.

Guillermo negó levemente con la cabeza.

—Muy tú.

—Sí.

El silencio volvió a instalarse unos segundos.

—¿Y ella…? —preguntó después—. ¿Por qué no salió?

Esa vez tardé más en responder.

—No podía.

—¿O no quería?

Me encogí apenas de hombros.

—No lo sé.

Guillermo me miró de reojo.

—Eso no suena a que no lo sepas.

Exhalé despacio.

—Podía ser cualquiera de las dos.

—¿O las dos?

—Tal vez.

Me quedé mirando al frente.

—O simplemente… dejó de quererlo.

Guillermo no dijo nada.

Y eso decía más que cualquier respuesta.

—No todos quieren salir —añadí—. Aunque tengan la oportunidad.

—¿Ella la tenía?

Esa pregunta se quedó en el aire un segundo más de lo normal.

—No lo sé.

Pero esta vez…

No era del todo verdad.

—Solo sé que… se quedó.

El viento volvió a soplar.

Tomé la última frambuesa del recipiente.

—Y yo no.

La llevé a la boca sin añadir nada más.

Me quedé mirando el paisaje un momento más, sin decir nada. El recipiente ya estaba vacío en mi mano, pero no lo solté, solo lo giraba entre los dedos, como si todavía quedara algo ahí.

—Antes de que todo se fuera al infierno… —dije al fin, con la voz más baja—. Antes del bombardeo… antes del río…

Guillermo no habló. Solo escuchó.

—Ella fue la única a la que no vi.

Eso hizo que girara ligeramente la cabeza hacia mí.

—¿No la viste…?

Negué despacio.

—A nadie le costó encontrarme —continué—. Apenas empezó el caos, todos sabían lo que significaba. Deserción.

Hice una pequeña pausa.

—Traición.

El viento pasó entre nosotros otra vez, más fuerte, pero no me moví.

—Y ahí no hay segundas oportunidades para eso.

Guillermo asintió apenas, serio.

—Todos iban detrás de mí —añadí—. Todos los que podían moverse.

Mis dedos se tensaron levemente alrededor del recipiente vacío.

—Los escuchaba… —murmuré—. Sabía quiénes eran sin verlos. Cómo se movían. Cómo respiraban. Cómo atacaban.

Tragué saliva.

—Pero a ella no.

El silencio se alargó.

—No sé si fue suerte… —continué—. O si simplemente no me crucé con ella.

Guillermo no apartaba la mirada.

—¿O si ella lo decidió? —preguntó finalmente.

Solté una pequeña exhalación por la nariz.

—Puede ser.

Miré hacia el frente otra vez.

—No fue la única que no vi… pero fue la única que importaba en ese momento.

Esa frase quedó flotando un segundo más de lo normal.

—¿Crees que te dejó ir? —insistió Guillermo, sin presionar, pero directo.

Me encogí apenas de hombros.

—No lo sé.

Pero no sonó como duda.

Sonó… como algo que no quería confirmar.

El viento volvió a soplar, levantando un poco de nieve en la distancia.

Guillermo guardó silencio unos segundos más antes de volver a hablar.

—¿Pasó algo más… antes de que desertaras?

Ahí sí…

Hice una pausa más larga.

Mis dedos dejaron de moverse.

Mi mirada se quedó fija en un punto que no estaba realmente viendo.

—Sí.

La respuesta salió simple.

Directa.

Pero el aire cambió.

Guillermo lo notó.

—¿Quieres hablar de eso?

Negué levemente.

—No.

Sin dudar.

—No es algo que deba decir.

Mi voz no era dura.

Pero sí cerrada.

Definitiva.

Guillermo no insistió de inmediato, pero tampoco lo dejó ir del todo.

—¿Tiene que ver con ella?

Tardé un segundo.

—Puede.

Silencio.

—¿Y con el hecho de que no fuera tras de ti?

Exhalé despacio.

—Puede que sí.

Mis manos se relajaron un poco, aunque no del todo.

—O puede que no tenga nada que ver.

—Pero tú crees que sí.

No respondí de inmediato.

Porque esa vez…

No había forma de esquivarlo sin mentir completamente.

—…Es una posibilidad —dije al final.

Guillermo asintió despacio, aceptando eso por lo que era.

—Dime algo, ¿La querías?

Apoyé los antebrazos sobre el barandal, mirando la nieve acumulada más abajo, donde la gente pasaba sin notar nada más allá de su propio día. Cuando Guillermo hizo esa pregunta, no respondí de inmediato. No porque no supiera la respuesta… sino porque no era una respuesta simple.

Giré apenas la cabeza hacia él, entrecerrando los ojos un poco.

—¿Que si la quería…?

Guillermo no apartó la vista de mí. No insistió. Solo esperó.

Exhalé por la nariz, lento, dejando que el aire frío me llenara los pulmones antes de hablar.

—Si te refieres a si la amaba… —hice una pausa breve—. entonces no.

El silencio no fue incómodo. Fue… denso. Como si esa respuesta necesitara asentarse antes de continuar.

—No en la forma en la que ustedes entienden eso —añadí, girándome un poco más hacia él—. Allá… —fruncí ligeramente el ceño—. ese tipo de cosas no existen como aquí.

Guillermo inclinó apenas la cabeza, escuchando con atención.

—¿Entonces qué era para ti?

Solté una pequeña risa sin humor.

—Eso es lo complicado.

Bajé la mirada hacia mis manos, apoyadas sobre la madera del barandal. Mis dedos se movieron apenas, como si estuviera recordando algo que no estaba ahí.

—Allá no creces con… cariño. No hay familia. No hay conceptos claros de afecto como los que ustedes tienen. —hice un gesto leve con la mano—. No hay citas, no hay relaciones, no hay "me gustas" o "te amo".

Negué con la cabeza.

—Pero eso no significa que no sientas nada.

Levanté la vista otra vez, esta vez más serio.

—Porque sí sientes.

Guillermo no dijo nada. Solo escuchaba.

—Apego… —continué—. Eso sí existe. Y más de lo que crees.

Mis dedos se tensaron un poco sobre la madera.

—Cuando estás en un lugar así… cuando todos los días pueden ser el último… cuando ves a la gente caer, desaparecer, morir… —tragué saliva, pero seguí hablando—. tu mente se aferra a lo poco que no cambia.

Miré al horizonte.

—Y a veces… ese "algo" es una persona.

El viento pasó entre nosotros, moviendo ligeramente mi cabello.

—No porque la ames como en las películas… —murmuré—. sino porque es… constante. Porque está ahí. Porque respira a tu lado otro día más.

Hice una pausa, más larga esta vez.

—Porque te recuerda que sigues vivo.

Guillermo finalmente habló, en un tono más bajo.

—¿Y ella era eso para ti?

No respondí de inmediato.

Pensé en Amarillis. En su voz. En la forma en que hablaba de cosas tan simples como si fueran… imposibles.

—Sí… —dije al final, con calma—. Era eso.

Apoyé más peso sobre el barandal, dejando que mis hombros se relajaran un poco.

—Era de las pocas que… no estaban completamente rotas. O al menos… no lo parecía.

Solté una exhalación leve.

—Hablaba de cosas absurdas allá. Comida. Sabores. Colores. Como si realmente creyera que iba a salir algún día.

Una pequeña pausa.

—Y eso… era raro.

Guillermo dejó escapar una respiración por la nariz, casi imperceptible.

—¿Te aferrabas a eso?

Asentí apenas.

—Supongo.

Luego giré la cabeza hacia él otra vez.

—Allá, incluso los más… —busqué la palabra—. peligrosos… tienen algo. Algo a lo que se aferran. Una persona. Un recuerdo. Una idea.

Me encogí de hombros levemente.

—Si no… te vuelves completamente vacío.

El silencio volvió, pero esta vez no pesaba tanto.

—Así que no —añadí finalmente—. no la amaba.

Miré otra vez hacia la nieve, hacia la gente que reía, que caminaba sin pensar demasiado.

—Pero tampoco era… nada.

Mis dedos golpearon suavemente la madera una vez.

—Era… importante.

Guillermo asintió despacio, procesando cada palabra.

—Eso responde bastante bien.

No sonreí.

—Espero que sí.

—Oye, ¿Y no te gustaría… sentar cabeza?

Lo miré de reojo cuando hizo la pregunta. No fue una pregunta ligera, aunque la dijera con ese tono medio casual que usaba cuando quería tantear terreno.

—¿Sentar… qué?

Guillermo soltó una risa breve, negando con la cabeza mientras apoyaba también los brazos en el barandal.

—Sentar cabeza, Réen… —repitió—. Ya sabes… conocer a alguien, quedarte con esa persona… hacer una vida. Lo que la gente llama… —hizo una pausa leve—. amor.

Lo miré unos segundos en silencio.

Y luego…

Me reí.

No fue una carcajada fuerte, pero sí lo suficiente para dejar claro lo ridícula que me sonaba la idea.

—¿Amor… convencional?

Negué con la cabeza, todavía con esa sonrisa que no era precisamente alegre.

—No.

Apoyé la espalda contra el barandal esta vez, cruzándome de brazos mientras miraba hacia el techo de la terraza un segundo antes de volver la vista al frente.

—Solo hay que mirarme para saber la respuesta.

Guillermo no dijo nada de inmediato, pero tampoco apartó la mirada.

—¿Quién querría esto? —añadí, haciendo un gesto vago hacia mí mismo—. ¿Quién en su sano juicio diría "sí, quiero estar con ese tipo"?

Solté una pequeña exhalación por la nariz.

—Alguien que no duerme bien… que a veces no come… que se pierde en su cabeza… que tiene recuerdos que ni siquiera puede explicar sin sonar… —busqué la palabra—. enfermo.

El viento sopló más fuerte, pero no me moví.

—Alguien con un pasado que no solo es feo… sino peligroso.

Giré la cabeza hacia él.

—Porque no es solo lo que viví. Es que… —hice una pausa—. en algún punto… eso puede alcanzarme.

Guillermo frunció ligeramente el ceño.

—No necesariamente.

—Sí necesariamente.

Mi respuesta fue inmediata. Firme.

—No sabes eso.

Lo sostuve con la mirada unos segundos más antes de apartarla.

—La gente de allá no deja cabos sueltos. Y yo… —sonreí apenas, sin humor—. soy un cabo suelto bastante grande.

El silencio se instaló entre nosotros otra vez.

Entonces Guillermo habló, más tranquilo.

—Tu familia podría querer eso para ti.

Solté una risa baja, negando con la cabeza.

—Mi familia…

Apoyé de nuevo los codos en el barandal, inclinándome hacia adelante.

—Mi familia quiere muchas cosas ahora mismo. —miré la nieve abajo—. Quieren que coma. Que duerma. Que me quede. Que confíe. Que sonría.

Hice una pequeña pausa.

—Que sea su hijo.

Tragué saliva, casi imperceptible.

—Eso ya es demasiado.

El viento volvió a pasar, moviendo ligeramente mi chaqueta.

—¿Y crees que no podrían aceptar más? —preguntó Guillermo.

No respondí enseguida.

Me quedé mirando a la gente allá abajo… una pareja riéndose, un niño tirando nieve, alguien tomando fotos.

Cosas simples.

Normales.

Lejanas.

—No… —dije al final, en voz baja.

Guillermo guardó silencio, pero su atención no cambió.

—Llega un punto… —continué—. en el que se cansan.

Mis dedos se tensaron ligeramente contra la madera.

—Puedes querer mucho a alguien… pero eso no significa que puedas cargar con todo lo que esa persona es.

Giré la cabeza apenas hacia él.

—Y yo… no soy algo ligero.

Una pequeña pausa.

—No soy una historia triste bonita. No soy alguien que "solo necesita amor y todo se arregla".

Negué con la cabeza.

—Eso no funciona así.

El aire frío llenó mis pulmones otra vez antes de soltarlo lentamente.

—Llega el día en que pesa demasiado.

Bajé la mirada.

—Y cuando eso pase… —añadí, más bajo—. va a ser peor para ellos.

Guillermo no respondió de inmediato. Se quedó en silencio unos segundos, mirando al frente, como si estuviera acomodando las palabras antes de soltarlas.

Luego habló, con un tono más bajo, más medido.

—¿Y si no es así?

Fruncí ligeramente el ceño, sin mirarlo.

—¿A qué te refieres?

—A que estás asumiendo cómo van a reaccionar… —dijo, girando apenas la cabeza hacia mí—. sin darles la oportunidad de hacerlo.

Solté una pequeña exhalación por la nariz.

—No es una suposición. Es lógica.

—No —replicó con calma—. Es miedo.

Eso me hizo mirarlo.

No con enojo.

Pero sí… más fijo.

—¿Miedo?

Guillermo asintió levemente.

—Sí. Miedo a que, si saben todo… ya no te vean igual.

No respondí.

Porque no estaba equivocado.

Pero tampoco estaba en lo correcto… del todo.

—¿Y si un día decides decirles la verdad? —continuó—. No una parte. No lo "suave". La verdad.

Negué con la cabeza casi al instante.

—No va a pasar.

—Respóndeme como si pasara.

Guardé silencio.

No quería seguir esa línea.

Pero él tampoco iba a soltarla.

Chasqueé la lengua suavemente, mirando hacia otro lado.

—Bien… —murmuré—. Supongamos.

El viento volvió a soplar, arrastrando un poco de nieve desde el borde del techo.

—Supongamos que un día me siento, los miro a todos… —hice un gesto vago con la mano—. y les digo lo que realmente pasó.

Mi voz bajó un poco.

—Les cuento dónde estuve… con quién… lo que hice… lo que me hicieron… lo que tuve que hacer para seguir respirando.

Mis dedos se tensaron ligeramente otra vez.

—¿Y luego qué?

Giré la cabeza hacia él.

—¿Crees que eso los va a hacer más fuertes?

Guillermo no dudó.

—Sí.

Solté una risa corta, incrédula.

—No.

—Sí.

—No, Guillermo —negué con la cabeza—. Eso no funciona así.

Me incorporé un poco, dejando de apoyarme tanto en el barandal.

—Saber no siempre ayuda.

Lo miré directamente.

—A veces… empeora todo.

El silencio cayó entre nosotros, pero él no retrocedió.

—¿Y si no? —insistió—. ¿Y si saber les da contexto? ¿Si entienden por qué eres como eres… por qué haces lo que haces?

Apreté la mandíbula un segundo.

—Ya lo entienden lo suficiente.

—No.

Esa vez su respuesta fue más firme.

—No lo entienden, Réen. Ven fragmentos. Ven reacciones. Ven consecuencias.

Se giró completamente hacia mí.

—Pero no ven el origen.

Lo sostuve con la mirada, sin decir nada.

—Y eso… —añadió—. también pesa.

Fruncí el ceño.

—¿Pesa?

—Sí —asintió—. Porque están tratando de ayudarte… sin saber contra qué están luchando realmente.

Esa frase…

Se quedó un segundo más de lo que debería en mi cabeza.

Pero negué de nuevo.

—No necesitas saber todo para ayudar a alguien.

—No —admitió—. Pero ayuda.

El viento volvió a pasar, más suave esta vez.

—Y otra cosa… —continuó, bajando un poco la voz—. ese "saber"… también puede darles fuerza.

Solté aire lentamente.

—¿Fuerza para qué?

—Para soportarlo.

Eso me hizo fruncir más el ceño.

—¿Soportarlo?

—A ti —dijo sin rodeos—. A lo que cargas.

El silencio volvió.

—Si saben lo que realmente llevas encima… —añadió—. pueden entender por qué a veces te rompes. Por qué necesitas salir. Por qué haces lo que haces.

Sus ojos no se apartaban de los míos.

—Y cuando entiendes algo… —continuó—. deja de ser solo miedo.

Tragué saliva, apenas perceptible.

—¿Y qué es entonces?

—Responsabilidad compartida.

Esa respuesta…

No me gustó.

Se notó en mi expresión.

—No quiero eso.

—Lo sé.

—No quiero que carguen con eso.

—Ya lo hacen.

Parpadeé, apenas.

—No como deberían —añadió—. pero lo hacen.

Miré hacia otro lado, apretando un poco la mandíbula.

—Si les dices la verdad… —continuó—. no solo les das peso.

Hizo una pausa.

—También les das la oportunidad de decidir quedarse… sabiendo todo.

Eso me hizo mirarlo otra vez.

—¿Y si no se quedan?

La pregunta salió más rápido de lo que esperaba.

Más… honesta.

Guillermo no respondió de inmediato esta vez.

Pero cuando lo hizo, su voz fue firme.

—Entonces al menos sabrás que no fue porque no lo intentaron.

El silencio que siguió fue distinto.

Más quieto.

Más… incómodo.

Porque esa posibilidad…

No la había considerado así.

—Y si se quedan… —añadió finalmente—. no será por lo que creen que eres.

Me sostuvo la mirada.

—Será por lo que realmente eres.

No respondí.

Porque no sabía qué decir a eso.

No tenía una respuesta lista.

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