WebNovels

Chapter 31 - Capitulo 30

Miranda.

Dios…

Después de tantos días…

Réen estaba comiendo.

No era mucho. No era con ganas. No era como cualquier otro chico de su edad que devora un plato después de pasar horas en la nieve… pero estaba comiendo.

Y eso… eso ya era todo.

Estábamos sentados en el restaurante de la montaña, el calor envolviéndonos poco a poco mientras afuera la nieve seguía cayendo como si nada hubiera pasado. El contraste era casi irreal. La vida seguía… como siempre… pero para mí, ese momento estaba detenido.

Manuel estaba a mi lado, en silencio, con su mano cerca de la mía sobre la mesa, como si supiera que en cualquier momento iba a necesitar sostenerme.

Y lo necesitaba.

Porque cada vez que mis ojos se desviaban hacia Réen… tenía que obligarme a apartarlos.

No quería presionarlo.

No quería que sintiera que lo estábamos vigilando.

Pero era imposible no mirarlo.

Ahí estaba… sentado… comiendo.

Vivo.

Con nosotros.

Mis padres estaban en otra mesa con los padres de Manuel, hablando en voz baja, aunque de vez en cuando también miraban hacia acá. Alan estaba con Guillermo un poco más atrás, conversando, pero igual… atentos.

Y Eleonor… se había llevado a su hija y a los demás chicos a otra zona para revisarla bien después de la caída. Agradecí eso. No porque no quisiera verlos… sino porque esto… esto era un momento nuestro.

Un momento que no quería compartir.

El sonido de la cuchara contra el plato era suave. Rítmico.

Cada movimiento suyo era… medido. Como si incluso comer fuera algo que tuviera que recordar cómo hacer.

Sentí un nudo en la garganta.

Pero no dije nada.

Nadie dijo nada.

Hasta que…

Réen dejó la cuchara a un lado.

El sonido fue pequeño… pero suficiente para que todos, de forma casi inconsciente, levantáramos la mirada.

—¿Qué diablos es el umami?

Parpadeé.

—¿Qué?

Manuel soltó una pequeña risa por lo bajo.

—¿Umami?

Réen asintió, con esa expresión neutra que tenía casi siempre.

—Sí. ¿Qué es?

Nos miramos entre nosotros.

Un segundo.

Dos.

Y entonces…

Sonreí.

No pude evitarlo.

—Es… —empecé, buscando las palabras— uno de los sabores básicos.

Frunció ligeramente el ceño.

—¿Como dulce, salado…?

—Exacto —asintió Manuel—. Pero el umami es… diferente.

—Es más profundo —añadí—. Es como… —hice una pausa, tratando de explicarlo de forma simple— el sabor de cosas como la carne, el caldo, los hongos… algo más… intenso.

Réen inclinó apenas la cabeza.

—¿Intenso cómo?

Manuel intervino.

—Como cuando algo sabe… "bien" sin ser dulce o salado exactamente. Como que llena más.

—¿Como grasa? —preguntó Réen.

—No exactamente —respondí—. Es más… redondo. Completo.

Nos miró.

En silencio.

Procesando.

Intentando entender.

Pero su expresión…

Seguía igual.

Confundido.

Manuel soltó una pequeña risa.

—Creo que lo estamos complicando más.

—Sí… —admití.

Réen apoyó el codo en la mesa, mirando el plato como si el concepto estuviera ahí, escondido entre la comida.

—Entonces… —murmuró— ¿cómo sé cuándo algo es umami?

Me quedé pensando un segundo.

Y luego sonreí un poco más.

—Cuando lo pruebes… lo vas a saber.

Él levantó la mirada hacia mí.

Silencio.

—No es algo que se explique fácil —añadí suavemente—. Es algo que se siente.

Nos sostuvo la mirada un momento más.

Luego bajó la vista otra vez.

Tomó la cuchara.

Y siguió comiendo.

Lo vi detenerse otra vez.

Pero esta vez no fue como antes.

No fue por duda… ni por incomodidad.

Fue diferente.

Réen levantó las manos despacio, entrelazando los dedos frente a su rostro, apoyándolos apenas contra sus labios. Su mirada… se volvió más seria. Más lejana.

Como si ya no estuviera del todo ahí con nosotros.

Sentí cómo mi pecho se apretaba un poco.

—Quiero probar… —dijo al fin, con la voz baja pero clara— pastel de chocolate… fresas con crema… frambuesas…

Parpadeé, sorprendida.

Manuel también.

—¿Qué?

—Y… —hizo una pequeña pausa— otras cosas dulces.

Nos miramos entre nosotros, confundidos.

—¿Quieres… postre? —preguntó Manuel, casi con cuidado, como si la palabra pudiera romper algo.

Réen asintió apenas.

—Sí.

No pude evitar sonreír un poco.

—Claro que puedes pedirlo, hijo, pero… —dudé un segundo— ¿por qué ahora?

La pregunta quedó flotando en el aire.

Y por un instante…

Pensé que no iba a responder.

Pero lo hizo.

Sus manos bajaron lentamente hasta la mesa.

Y su mirada también.

—Fue un pedido —dijo.

Silencio.

—¿Un pedido? —repetí suavemente.

Asintió.

—De alguien.

Algo en su tono…

Me hizo no interrumpir.

No preguntar de inmediato.

Solo esperar.

—Quería que probara esas cosas —añadió, aún mirando hacia abajo.

Mi garganta se cerró un poco.

No necesitaba más contexto para entender que…

Ese "alguien"…

Importaba.

Mucho.

Manuel habló con más suavidad ahora.

—¿Alguien de… Noruega?

Réen no respondió directamente.

Pero tampoco negó.

Solo se quedó en silencio unos segundos más.

Y luego, casi en un murmullo:

—Hace mucho que no come eso…

Esa frase…

Me rompió algo por dentro.

Porque no sonaba como un antojo.

Sonaba como una promesa.

Tragué saliva, intentando mantener la voz estable.

—Entonces… vamos a pedirlo.

Levanté la mano para llamar al mesero, sin dejar de mirarlo.

—Todo lo que quieras.

Él no levantó la vista.

Pero asintió.

Y volvió a tomar la cuchara.

***

Reen.

El pastel de chocolate… no era lo que esperaba.

Lo miré unos segundos antes de probarlo. Oscuro. Denso. Con ese olor… fuerte, pero no desagradable. Tomé el tenedor con calma, corté un pedazo pequeño y me lo llevé a la boca, más por compromiso que por otra cosa.

Y entonces…

Me detuve.

No por decisión.

Mi cuerpo simplemente… se quedó ahí.

—¿Y? —escuché la voz de Alan desde algún punto de la mesa, con esa curiosidad apenas disimulada.

No respondí de inmediato. Masticaba despacio, concentrado en entender lo que estaba pasando en mi boca.

—Es… raro —dije al final, frunciendo apenas el ceño.

—¿Raro bueno o raro malo? —preguntó mi madre con cuidado, como si cualquier palabra mía fuera importante.

Tragué.

Volví a tomar otro pequeño trozo.

—Es… amargo… —murmuré— pero… dulce al mismo tiempo.

Levanté la vista un segundo.

—No entiendo cómo funciona eso.

Escuché una pequeña risa contenida.

—Así es el chocolate —dijo Manuel—. Depende del tipo, pero ese es más intenso.

Asentí lentamente, volviendo a mirar el plato.

—No está mal… —añadí—. Solo… no es lo que esperaba.

Y aún así… seguí comiendo.

Luego vinieron las frambuesas.

Las observé un momento, dudando un poco más esta vez. Eran pequeñas, de un rojo más oscuro. Tomé una con los dedos, sintiendo la textura antes de llevármela a la boca.

Y apenas la mordí—

—…—

Mi expresión cambió sola.

—¿Muy ácida? —preguntó Gabriela desde el otro lado.

Asentí de inmediato.

—Sí… —dije, haciendo una pequeña mueca—. Mucho.

Pero después…

Pasó lo mismo.

Ese cambio.

—Pero… —añadí, bajando la voz— después… es dulce.

Tomé otra.

Y luego otra.

—Es… más agresivo que el chocolate —comenté, pensativo—. Primero golpea… y luego cambia.

—Esa es una forma interesante de decirlo —dijo Alan, medio sonriendo.

Me encogí de hombros.

—Es lo que hace.

Las fresas con crema fueron… diferentes.

Desde el momento en que las probé, lo noté.

Menos brusco.

Más… suave.

—Esto es distinto —dije, más seguro—. No ataca.

Mi madre sonrió un poco.

—No todo tiene que atacar, hijo.

La miré un segundo.

Luego bajé la vista otra vez.

—Ya lo sé.

Pero aun así… tomé otra cucharada.

—Esto… —añadí— es más fácil.

—¿Te gusta? —preguntó Cristina con una pequeña sonrisa esperanzada.

Hice una pausa.

Pensé.

—Sí.

Y esa simple palabra hizo que el ambiente cambiara ligeramente otra vez.

No de forma exagerada.

Pero lo sentí.

Después de eso…

Perdí la noción del tiempo.

Probé más.

Un poco de todo.

Sin prisa.

Sin presión.

Solo… probando.

Explorando.

Entendiendo.

Pasó al menos una hora.

Tal vez más.

La mesa se fue llenando y vaciando de platos. Nadie decía mucho, pero tampoco era incómodo. Era… tranquilo. Extrañamente tranquilo.

—No hay nieve para darte —dijo Alan en algún punto, apoyándose en la silla—. Pero tenemos esto.

Empujó un pequeño recipiente hacia mí.

Semillas de pistache.

Las miré.

—¿Esto qué es?

—Pistache —respondió—. Ábrelo.

Tomé uno entre los dedos, observándolo.

—¿Se come así?

—No —rió—. Quítale la cáscara.

Lo intenté.

Torpe al principio.

Luego logré abrir uno.

Lo probé.

Masticando despacio.

—…esto es más cercano al umami —dijo mi padre, observándome.

Fruncí ligeramente el ceño.

—¿Esto es umami?

—Tiene algo de eso, sí.

Asentí, pensativo.

—Es… más salado… pero no solo salado.

—Exacto.

Tomé otro.

—No está mal.

Seguí comiendo.

Probando.

Analizando.

Como si cada cosa fuera nueva.

Porque lo era.

En algún momento, Alan soltó:

—Hermano… llevas como una hora comiendo.

Lo miré.

—¿Y?

—Nada —se encogió de hombros—. Solo… no te detengas.

Rodé ligeramente los ojos.

—No pensaba hacerlo.

Y por un momento…

Solo uno…

Sentí algo distinto.

No era silencio.

No era vacío.

No era frío.

Era… otra cosa.

Algo que no supe nombrar.

Pero que no quise que se fuera.

Así que seguí comiendo.

Sin pensar demasiado.

Solo… cumpliendo.

—…tenías razón —murmuré al final, casi sin darme cuenta.

—¿Sobre qué? —preguntó mi madre.

No la miré.

—Vale la pena probarlo.

Incliné un poco mi cuerpo hacia la mesa, apoyando los antebrazos mientras entrelazaba los dedos. Mi mirada cayó, inevitablemente, en la cicatriz que cruzaba el dorso de mi mano hasta perderse en la palma. La luz del lugar la marcaba más de lo normal, como si quisiera recordarme que seguía ahí… que todo seguía ahí.

Sentía las miradas.

La de mi madre, más que ninguna.

—¿Quién era esa persona…? —había preguntado ella con cuidado, como si cualquier palabra más fuerte pudiera romper algo.

No respondí de inmediato.

Tomé aire.

Y luego lo solté despacio.

—Fue… hace tiempo —empecé, con la voz más baja de lo normal—. Antes de que… saliera de ese lugar.

El silencio en la mesa se volvió absoluto. Nadie se movió. Nadie interrumpió.

—Faltaban días —continué—. Días para que todo se fuera al infierno… aunque en ese momento yo no lo sabía del todo. Solo… sentía que algo iba a pasar.

Mis dedos se tensaron ligeramente entre sí.

—Había una niña ahí… —seguí, sin levantar la mirada—. Creo que era un poco mayor que yo. No mucho. Tal vez uno o dos años.

Noté cómo mi madre contenía la respiración.

—Hablábamos… —murmuré—. No mucho, porque no podíamos… pero lo suficiente. Era… una forma de no volvernos locos.

Solté una pequeña exhalación por la nariz.

—Ella hablaba más que yo —añadí—. Siempre tenía algo que decir… cosas que no tenían nada que ver con ese lugar.

Por primera vez, una pequeña sombra de algo… casi una sonrisa, cruzó mi rostro.

—Hablaba de comida.

Eso pareció desconcertarlos un poco.

—¿Comida? —repitió Alan, con suavidad.

Asentí.

—Sí… comida. Dulces. Frutas. Postres. —Tragué saliva—. Decía que su madre le hacía cosas… pastel de chocolate… fresas con crema… cosas así.

Mis ojos seguían fijos en mi mano.

—Las describía como si fueran… algo increíble. Como si fueran lo mejor del mundo.

Hice una pausa.

—Y supongo que lo eran… para ella.

El silencio se volvió más pesado.

—Decía que cuando saliera de ahí… —continué, más despacio—. Iba a comer todo eso otra vez.

Mi voz bajó un poco más.

—Y que me iba a obligar a probarlo también… porque decía que yo tenía cara de nunca haber probado nada bueno.

Alan soltó una pequeña exhalación nasal, casi una risa contenida.

Pero nadie más reaccionó.

—Yo le dije que no me importaba —añadí—. Que la comida era comida.

Levanté apenas la mirada, sin ver realmente a nadie.

—Se enojó.

Un silencio breve.

—Dijo que no… que no era lo mismo. Que había cosas que no solo se comían… se disfrutaban.

Mis dedos se aflojaron un poco.

—Nunca entendí a qué se refería.

La pausa esta vez fue más larga.

Más pesada.

—Cuando… —mi voz se trabó apenas, pero continué—. Cuando ya no podía levantarse… cuando… ya no estaba bien…

Mi madre bajó la mirada de inmediato.

—Yo estaba ahí —dije—. Sosteniéndole la mano.

El aire se volvió denso.

—No hablaba mucho ya… pero aún así… —tragué saliva—. Hizo el esfuerzo.

Mis dedos se apretaron otra vez.

—Me dijo… que cuando saliera… tenía que probar todo eso.

Levanté la mirada apenas, sin enfocar a nadie en particular.

—Que lo hiciera por los dos.

Silencio.

Nadie se movía.

Nadie respiraba con normalidad.

—Le dije que sí —añadí, con voz más seca—. Aunque no sabía si iba a salir.

Bajé la mirada otra vez.

—Y bueno… —murmuré—. Supongo que estoy cumpliendo eso.

Un silencio largo cayó sobre la mesa.

Pesado.

Doloroso.

Mi madre fue la primera en reaccionar, pero no habló. Solo llevó una mano a su boca, claramente intentando no romperse ahí mismo.

Manuel puso una mano sobre la suya.

Alan miraba la mesa, con la mandíbula apretada.

Guillermo no dijo nada… pero sabía que estaba analizando cada palabra.

Yo simplemente me recargué un poco hacia atrás, soltando el aire lentamente.

—Así que… —añadí, con un tono más neutro, casi forzado—. Si pido cosas raras… ya saben por qué.

Nadie respondió de inmediato.

Porque no había una respuesta correcta para eso.

Tomé otra cucharada del postre frente a mí, llevándola a la boca sin prisa.

Masticando.

Sintiendo.

—…Está raro —murmuré después de unos segundos, mirando el pastel—. Pero… no está mal.

****

Guillermo.

Me quedé en silencio, observándolo desde mi lugar mientras seguía comiendo. No intervení, no dije nada, como había aprendido a hacer con él desde el primer día. Escuchar era más útil que hablar. Siempre lo había sido.

Sabía… o mejor dicho, intuía… que la historia que acababa de contar no era completamente cierta. No encajaba del todo con lo que yo había visto, con lo poco que sabía, con los fragmentos que había dejado escapar en otros momentos. Pero tampoco era mentira.

Eso era lo complicado con Réen.

Nunca mentía del todo.

Solo… acomodaba la verdad en formas que pudieran ser soportadas.

Y aún así, escuchar algo así… aunque fuera una versión suavizada… seguía siendo suficiente para entender que lo que llevaba dentro era mucho más pesado de lo que cualquiera en esa mesa podía imaginar.

Deslicé la mirada hacia Miranda.

Estaba destrozada por dentro, aunque intentaba mantenerse entera. Manuel seguía con la mano sobre la suya, firme, dándole ese apoyo silencioso que parecía sostenerla. Alan no decía nada, pero su postura tensa lo delataba. Todos estaban procesando lo mismo.

Y en medio de todo eso…

Réen seguía comiendo.

Eso, por sí solo, ya era un avance.

Uno enorme.

Recordé la última vez que dejó de comer en la base… y lo difícil que fue sacarlo de ese estado. Días enteros sin probar nada, ignorando todo, encerrado en su propia cabeza hasta que, de la nada, decidía volver.

Nunca supe qué pasaba exactamente en esos momentos.

Nunca me lo dijo.

Y sabía que no lo haría.

Pero ahí estaba otra vez.

Volviendo.

Por su cuenta.

Después de unos minutos más, en los que el sonido de los cubiertos y las respiraciones fue lo único que llenó el espacio, Miranda finalmente habló. Su voz era suave, cuidadosa, como si estuviera caminando sobre hielo delgado.

—Réen… —dijo despacio—. ¿Estás seguro… de que no quieres intentar ir a ese lugar? A… Casa Amanecer.

Él no levantó la mirada de inmediato. Terminó lo que tenía en la boca, tragó con calma, y dejó la cuchara a un lado por un segundo antes de responder.

—No.

Seco.

Directo.

Pero no agresivo.

—La verdad… no —añadió después, un poco más bajo, volviendo a tomar la cuchara—. No es lo mío.

Miranda dudó un instante.

—Dicen que es un lugar seguro… que ayudan a personas que han pasado por cosas difíciles…

—Lo sé —interrumpió él, sin dureza, pero cortando la idea—. Y no digo que no funcione.

Levantó ligeramente la mirada, esta vez mirando la mesa, no a nadie en específico.

—Pero no es para mí.

Hubo un pequeño silencio.

—¿Por qué? —preguntó Alan, con más curiosidad que presión.

Réen exhaló por la nariz, apoyando el codo en la mesa y pasando los dedos por su frente antes de responder.

—Porque ya es suficiente —dijo finalmente.

Levantó la mirada, ahora sí, mirando de uno en uno.

—Suficiente con que ustedes sepan algo.

Esa palabra… algo… no pasó desapercibida.

—No necesito que más gente escuche… ni sepa… ni opine.

Miranda tragó saliva.

—Pero es un grupo anónimo, hijo… no tendrías que—

—No existe lo anónimo —la interrumpió, esta vez un poco más firme.

El ambiente se tensó apenas.

—Siempre hay alguien que habla de más —continuó—. Siempre hay alguien que cree que "no pasa nada" por contar algo fuera de lugar.

Bajó la mirada otra vez.

—Y luego se convierte en otra cosa.

Alan frunció ligeramente el ceño.

—¿A qué te refieres?

Réen soltó una pequeña risa sin humor.

—A lo obvio.

Dejó la cuchara otra vez, entrelazando los dedos frente a él.

—Si se llega a saber que estoy vivo… después de tantos años…

Levantó la mirada, esta vez más fría, más consciente.

—No va a ser solo "una buena noticia".

El silencio volvió.

—Va a ser ruido —añadió—. Mucho ruido.

Miró a Guillermo apenas un segundo… y luego volvió al resto.

—Gente preguntando. Investigando. Queriendo saber todo.

Su voz no subía.

Pero cada palabra pesaba más.

—¿Dónde estuviste? ¿Qué te pasó? ¿Cómo sobreviviste? ¿Con quién estabas? ¿Qué hiciste para seguir vivo?

Cada pregunta cayó como un golpe seco en la mesa.

—Y no solo curiosidad —continuó—. También morbo.

Miranda cerró los ojos un instante.

—Historias… versiones… cosas que no son ciertas… o que sí lo son, pero no deberían salir.

Se reclinó un poco en la silla.

—Y yo no quiero eso.

El silencio era absoluto ahora.

—No para ustedes —añadió, más bajo—. Y definitivamente no para mí.

Manuel habló por primera vez en un rato, con calma.

—Nadie te va a obligar, Réen.

Él asintió levemente.

—Lo sé.

Miró otra vez su plato.

—Por eso lo digo ahora.

Tomó la cuchara de nuevo.

—Antes de que alguien crea que es buena idea.

Miranda lo miró, con los ojos aún húmedos, pero esta vez… sin insistir.

Porque entendía.

O al menos… entendía lo suficiente.

El sonido de la cuchara contra el plato volvió a llenar el espacio.

Seguí en silencio, apoyado ligeramente hacia atrás en la silla, observando cómo la tensión en la mesa empezaba apenas a asentarse… no desaparecer, nunca desaparecía del todo, pero sí bajar lo suficiente como para respirar sin sentir que algo iba a romperse en cualquier segundo.

Fue entonces cuando escuchamos pasos.

No los pasos tensos de hace rato.

Estos eran más ligeros… irregulares… acompañados de pequeñas voces.

Todos volteamos casi al mismo tiempo.

Ahí venían.

Violet, bien abrigada, con la pequeña Beily en brazos, envuelta hasta parecer una bolita de tela suave, apenas asomando el rostro. Detrás de ella, Gabriela y Cristina, igual de cubiertas, con las mejillas rojas por el frío, moviéndose con ese cansancio típico de haber pasado horas afuera.

Traían… otro aire.

Uno completamente distinto al que había estado en esa mesa hace unos minutos.

Violet fue la primera en hablar, apenas cruzando la entrada del restaurante, su voz con ese tono cálido y natural que no tenía idea de lo que acababa de pasar ahí.

—Vaya… —dijo, acomodando un poco a la niña en sus brazos—. Mira nada más…

Sus ojos se fueron directo a Réen.

Y sonrió.

De verdad.

—Por fin estás comiendo.

No había tensión en su voz.

No había cuidado excesivo.

Solo… alegría.

Genuina.

Réen levantó apenas la mirada hacia ella, todavía con la cuchara en la mano. No respondió de inmediato, pero tampoco se cerró como otras veces. Solo la miró un segundo más de lo normal… y luego volvió a su plato.

Eso, viniendo de él… ya era bastante.

Gabriela y Cristina no tardaron en acercarse también, quitándose los guantes a medias, aún medio temblando por el frío.

—¡Hace muchísimo frío afuera! —se quejó Gabriela, frotándose las manos—. Mamá, no exagerábamos.

—Se nos congelaron los dedos —añadió Cristina, acercándose más a la mesa.

Pero entonces…

Lo vieron.

Los platos.

El pastel… casi desaparecido.

Las frutas… reducidas a restos.

La crema… apenas lo que quedaba en los bordes.

Y el cambio en sus expresiones fue inmediato.

—…¿todo eso…? —murmuró Gabriela, señalando la mesa.

Cristina abrió un poco más los ojos.

—¿Te comiste… todo eso?

Réen hizo una pausa, masticando con calma antes de responder, sin levantar mucho la mirada.

—Sí.

Simple.

Directo.

Como si no fuera nada.

Pero para todos los demás…

Era enorme.

—¿En serio? —dijo Gabriela, acercándose un poco más, con una mezcla de sorpresa y… algo más suave—. Eso es… bastante.

Violet dejó escapar una pequeña risa, acomodándose en una silla cercana con Beily en brazos.

—Bueno, alguien tenía hambre.

Miranda no dijo nada de inmediato.

Pero su expresión…

Era completamente distinta a la de antes.

Había algo iluminado en su rostro.

Algo que no estaba ahí hacía días.

—Sí… —murmuró ella, casi para sí misma—. Supongo que sí.

Beily soltó un pequeño sonido, moviéndose en los brazos de su madre, y eso hizo que la atención se desviara un momento.

—Creo que alguien también quiere comer —dijo Violet con una sonrisa, mirando a la pequeña.

—¿Podemos pedir algo caliente? —preguntó Cristina, ya sentándose—. Me estoy congelando.

—Sí, claro —respondió Manuel de inmediato, levantando la mano para llamar a alguien del personal—. Pidan lo que quieran.

El ambiente… cambió.

No de golpe.

Pero sí lo suficiente.

Las voces volvieron.

El movimiento volvió.

More Chapters