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Chapter 34 - Capitulo 33

Miranda.

Estaba sola.

La cabaña estaba en silencio, ese tipo de silencio que solo existe en la noche, cuando todos ya están dentro, cuando el frío se queda afuera golpeando las ventanas y el murmullo de la gente se convierte en nada. Tenía el celular en la mano, la pantalla iluminando apenas el espacio frente a mí.

El video estaba pausado.

Mi hijo… sentado en ese tronco.

Respiré hondo antes de tocar la pantalla.

Play.

La imagen se movía ligeramente, grabada desde lejos, entre árboles. Lo reconocí de inmediato. Su postura. La forma en la que se inclinaba apenas hacia adelante, como si el peso no fuera físico, sino algo más profundo.

Y luego…

Su voz.

No entendí ni una sola palabra.

Pero no necesitaba hacerlo.

—"Vetra nozhnyye, tikhiy krov'… Gde-to doma, no ne zov... Brat za brat, i svet dalyok… My ne zhivy, my tol'ko dolg…"

Sentí cómo algo en mi pecho se apretaba.

No era solo el idioma.

Era el tono.

Plano.

Vacío… pero no del todo.

Como si estuviera lleno de algo que no debería estar ahí.

—"Snezhnyy put', bez imyon… Bez ognya i bez domov… Kto upal — ostalsya spat'… Kto idyot — ne smeyat'…"

Cerré los ojos un segundo, pero no detuve el video.

Quería hacerlo.

Quería no escuchar.

Pero no podía.

Porque era él.

Mi hijo.

—"Ne smotri nazad, ne zovi… Tam net boga, net lyubvi…"

—"Yesli vyzhiv — ne zhivoy… Yesli dyshit — znachit boy… My ne deti, ne lyudi… My—ostanki ot sud'by…"

El video terminó.

Pero yo no bajé el celular.

Me quedé mirando la pantalla negra unos segundos más, como si esperara que volviera a empezar solo.

Mi respiración era lenta… pero pesada.

No sabía qué sentir.

No sabía si llorar.

No sabía si romper el teléfono.

No sabía si correr a buscarlo.

Nada.

Porque todo eso…

No encajaba.

No con el niño que yo recordaba.

No con el bebé que cargué.

No con el niño que corría por la casa riéndose.

Mi mano tembló ligeramente.

Volví a reproducirlo.

Otra vez.

Y otra.

Como si en algún punto… algo fuera a cambiar.

Pero no.

Siempre era lo mismo.

La misma voz.

El mismo tono.

Las mismas palabras que no entendía… pero que dolían.

Me llevé la mano libre a la boca, apoyando los dedos contra mis labios, tratando de mantenerme en silencio… aunque no hubiera nadie para escucharme.

—¿Qué te hicieron…? —susurré apenas.

La pregunta se perdió en el aire.

Porque no había respuesta.

Solo ese eco.

Esa canción.

Esa… cosa que mi hijo llevaba dentro.

Tragué saliva con dificultad.

—¿Qué parte de ti sigue allá…?

Miré la pantalla otra vez.

No apagué el celular.

No pude.

Pasé mi dedo por la pantalla, casi sin darme cuenta, como si pudiera… tocarlo. Como si eso de alguna forma acortara la distancia entre ese momento… y el niño que alguna vez fue.

—Tú no cantabas así… —murmuré en voz baja.

Y el silencio de la habitación se sintió aún más grande.

Cerré los ojos un instante, y sin querer, los recuerdos llegaron. No los busqué… simplemente aparecieron.

Su risa.

Pequeño, corriendo por la sala.

Su voz mal pronunciando palabras, riéndose cuando se equivocaba.

Canciones infantiles… desentonadas, sin ritmo, pero llenas de vida.

Abrí los ojos de golpe.

Nada de eso estaba en ese video.

Nada.

Solo esa voz… fría… constante… ajena.

Tragué saliva con dificultad, sintiendo cómo el pecho me dolía de una forma que no era física.

—¿Cuántas veces…? —susurré—. ¿Cuántas veces cantaste eso…?

No era una canción improvisada.

Eso lo sabía.

Era demasiado… precisa.

Demasiado repetida.

Como algo memorizado.

Como algo… impuesto.

Bajé el celular lentamente, apoyándolo sobre mis piernas, pero sin soltarlo del todo.

Mi mirada se perdió en el vacío de la habitación.

—¿Era lo único que tenías…?

La pregunta salió sin pensarla.

Y dolió.

Porque si eso era cierto…

Si esa canción era lo que lo acompañó durante años…

Entonces… ¿qué tan solo tuvo que estar?

Me incliné un poco hacia adelante, apoyando los codos en mis piernas, llevándome ambas manos al rostro. Sentí el calor de mis propias manos contra mi piel fría.

—Yo debí estar ahí… —murmuré, con la voz quebrándose apenas—. Yo debí…

Pero la frase no terminó.

Porque no tenía sentido terminarla.

No estuve.

Y eso no iba a cambiar.

El silencio volvió a envolver todo, pero esta vez… no era solo silencio.

Era peso.

Culpa.

Impotencia.

Respiré hondo, tratando de estabilizarme, pero el aire parecía no llenar lo suficiente.

—Estás aquí… —dije finalmente, bajando las manos lentamente—. Estás aquí ahora.

Miré otra vez el celular.

—Pero no estás completo…

Esa fue la parte que más dolió admitir.

Porque lo veía.

Lo sentía.

En su forma de hablar.

En su forma de mirar.

En cómo se alejaba incluso estando presente.

En cómo comía como si fuera la primera vez… y al mismo tiempo como si no importara.

Cerré los ojos otra vez.

—No sé cómo traerte de vuelta…

Mi voz fue apenas un susurro.

—No sé por dónde empezar…

Y esa era la verdad más cruda de todas.

No era solo ayudarlo.

No era solo "estar ahí".

Era intentar alcanzar a alguien que… había aprendido a vivir en un lugar donde nadie más podía entrar.

Abrí los ojos lentamente, tomando el celular otra vez, pero esta vez no para ver el video.

Solo… para sostenerlo.

Como si eso me anclara.

—Pero lo voy a intentar… —dije, más firme, aunque la voz aún temblaba un poco—. No me importa cuánto tiempo tome.

Miré hacia la puerta de la habitación, como si pudiera verlo al otro lado, aunque sabía que estaba en otra cabaña, con los demás.

—No me importa cuánto duela…

Respiré hondo.

—Eres mi hijo.

El silencio no respondió.

***

Réen.

El fuego chispeaba frente a nosotros, lanzando pequeñas chispas naranjas que morían casi al instante contra la nieve húmeda y la tierra ennegrecida. La estructura alrededor estaba medio destruida, como casi todo en ese lugar: paredes perforadas, vigas rotas, marcas de impacto por todas partes. Morteros, balas, explosiones… todo había pasado por ahí. Todo dejaba marca.

Yo estaba recargado contra una pared medio caída, mirando el fuego sin realmente verlo.

Sentí su mano deslizarse por mi brazo.

No era calidez.

No era suavidad.

Era… contacto.

Eso bastaba.

—Deberías recordar algo —dije sin mirarla, con un tono seco, casi burlón—. Eres por lo menos diez años mayor que yo.

Hubo un pequeño silencio.

Y luego su risa.

Corta.

Baja.

—Lo sé.

Giré apenas la cabeza.

Ella estaba ahí, sentada a mi lado, con la espalda apoyada contra la misma pared, los ojos reflejando el fuego. Su expresión era la misma de siempre: tranquila, fría… como si nada realmente la alterara.

—¿Y? —añadió después—. ¿Eso te está deteniendo?

No respondí.

No hacía falta.

Sentí cómo se movía un poco más cerca, sin prisa, sin intención de ocultarlo. Luego su cabeza se apoyó en mi hombro, su cabello negro cayendo sobre mi pecho y parte de mi brazo. No hice nada para apartarla.

Tampoco para acercarla.

Solo… dejé que estuviera ahí.

Ambos estábamos cubiertos con lo que quedaba de una manta y parte de la ropa que no estaba completamente inutilizable. El frío seguía ahí, siempre estaba, pero en ese momento era más tolerable.

O simplemente ya no importaba.

—Sigues pensando demasiado —dijo después de un rato.

—Siempre lo hago.

—Eso te va a matar antes que cualquier bala.

—Lo dudo.

Ella soltó un leve resoplido.

—Confianza no te falta.

—Tampoco a ti.

—La mía está justificada.

—La mía también.

Hubo otro silencio. El fuego crepitó más fuerte por un momento, iluminando mejor su rostro. Tenía algunas marcas nuevas. Nada grave. Nada que no fuera común.

—Hoy mataste a tres —dijo de pronto, como si estuviera comentando el clima.

—Cuatro.

—El último apenas contaba.

—Contaba lo suficiente.

—Tardaste.

—Estaba cansado.

—Siempre estás cansado.

—Siempre estamos cansados.

Eso la hizo callar un segundo.

—Punto para ti.

Mi mirada volvió al fuego.

—¿Cuántos tú?

—Dos.

—¿Solo dos?

—No todos tenemos que compensar inseguridades.

Solté una exhalación leve, casi una risa.

—Claro.

El silencio volvió, pero no era incómodo. Nunca lo era entre nosotros. No había necesidad de llenar espacios con palabras innecesarias.

Después de unos segundos, habló otra vez.

—¿Sigues con eso?

No preguntó directamente.

No necesitaba hacerlo.

—Sí.

No mentí.

No tenía sentido mentirle a ella.

—Entonces ya lo decidiste.

—Sí.

—¿Cuándo?

—No lo sé.

—Pero será pronto.

—Sí.

Su cabeza no se movió de mi hombro.

No se tensó.

No cambió su respiración.

Nada.

—Te van a cazar.

—Lo sé.

—Todos.

—Lo sé.

—Incluyéndome.

—Lo sé.

Silencio.

El fuego volvió a chispear.

—¿Te voy a encontrar? —preguntó después de unos segundos.

—Probablemente.

—¿Y?

—Depende.

—¿De qué?

—De si eres más rápida que yo.

Eso le sacó una pequeña risa.

—No lo eres.

—Ya veremos.

—No —corrigió—. Ya vimos.

Giré un poco la cabeza.

—Eso fue hace meses.

—Suficiente.

—He mejorado.

—Yo también.

—Entonces será interesante.

—Para mí, sí.

Negué apenas.

—Siempre tan confiada.

—Siempre tan terco.

El silencio volvió a instalarse, más largo esta vez.

Sentía el peso de su cabeza en mi hombro.

El roce de su cabello.

El frío alrededor.

El sonido del fuego.

Todo… era normal.

Dentro de lo que ese lugar consideraba normal.

—Si lo logras… —dijo de pronto, con la voz un poco más baja, pero igual de firme—. No vuelvas.

—No planeo hacerlo.

—Bien.

Otra pausa.

—Y no mires atrás.

—No lo haré.

—Mentira.

No respondí.

—Siempre miras atrás —añadió.

—No esta vez.

Ella no dijo nada por unos segundos.

—Eso dicen todos.

—No todos lo logran.

—Exacto.

El fuego seguía crepitando cuando hablé otra vez, sin apartar la vista de las llamas, como si lo que dijera no fuera realmente importante.

—¿Sabes algo?

Ella no respondió de inmediato, pero sentí un leve movimiento, señal de que estaba escuchando.

—Cuando llegué aquí… —continué, con un tono plano— pensé que iba a morir.

Un pequeño silencio.

—Qué sorpresa —murmuró ella con ironía—. Todos pensamos lo mismo.

Negué apenas.

—No… —corregí—. Yo lo sabía.

Eso la hizo soltar una pequeña exhalación por la nariz.

—Dramático.

—Realista.

—Lo mismo en tu caso.

Ignoré el comentario.

—Cuando nos capturaron… —seguí—. Vi sus caras.

Hice una pequeña pausa, recordando.

—La tuya… la de los otros nueve… —añadí—. No parecían personas.

Ella no se movió.

—Desagrado… —enumeré—. Sed de sangre… fastidio… como si todo les molestara.

Giré apenas la cabeza, mirándola de reojo.

—Pensé que eran peores que los que nos trajeron.

—Lo somos —respondió sin dudar.

—Eso creí.

Volví a mirar al frente.

—Pero luego…

Solté una exhalación leve.

—El Verdugo dijo que se encargaran de mis heridas.

El recuerdo era claro.

Demasiado claro.

—Me llevaron… —continué—. pensé que en vez de tratarme y no para matarme en otro lado.

—Hubiera sido más limpio.

—Sí.

Otra pausa.

—Pero me llevaron a ese baño destrozado.

Ella no dijo nada.

—Agua limpia… —seguí—. lo poco que había… vendas… lo usaron todo.

Fruncí ligeramente el ceño.

—Ni siquiera tenía sentido.

—Tenía sentido —respondió ella con calma—. eras útil.

Negué un poco.

—No en ese estado.

—Aun así.

—No.

La miré un segundo.

—No era solo por eso.

Ella sostuvo mi mirada unos segundos, pero no dijo nada.

—Esa fue la primera vez que vi otra cara —añadí—. La que no muestran cuando están afuera.

—No hay "otra cara" —dijo ella—. Es la misma.

—No.

—Sí.

—No lo es.

El fuego crepitó más fuerte por un momento.

—Afuera… —continué—. son demonios.

—Correcto.

—Aquí… —miré alrededor—. son otra cosa.

—Aquí no hay nadie mirando.

—Exacto.

Silencio.

—Eso es todo —añadió ella—. Nadie necesita actuar.

—Entonces sí hay diferencia.

—No —repitió—. Solo menos máscaras.

Me quedé callado un segundo.

—Eso sigue siendo diferente.

—Si lo necesitas para entenderlo, sí.

Solté una pequeña exhalación.

—Pensar que… —añadí después—. los más peligrosos del lugar… son los únicos que no me dejaron morir ese día.

—No te dejamos morir porque no era tu momento.

—Suena casi noble.

—No lo es.

—Lo sé.

Otro silencio.

Sentía su peso contra mi hombro, constante.

—Y ahora mírate —dije después, con un ligero tono burlón—. La más brusca… la más fría… la más peligrosa…

Ella no reaccionó.

—Y aquí estás —añadí—. recargada en mí.

—No te confundas.

—No lo hago.

—Esto no es lo que crees.

—Nunca dije que lo fuera.

Giré un poco la cabeza.

—Pero es curioso.

—¿Qué cosa?

—Que afuera podrías matarme sin dudar.

—Podría hacerlo ahora mismo.

—Pero no lo haces.

—Porque no me han dado la orden.

—Claro.

Ella levantó apenas la cabeza, lo suficiente para mirarme.

—Y porque no eres una amenaza.

—Aún.

—Aún.

Volvió a recargarse, sin más.

—Sigues hablando demasiado —murmuró.

—Y tú sigues escuchando.

—No siempre.

—Pero ahora sí.

—Porque no estás diciendo nada útil.

—Entonces deja de escuchar.

—No.

—Entonces sí es útil.

—No.

—Entonces qué es.

—Ruido.

Solté una pequeña risa.

—Ruido que no ignoras.

—Ruido tolerable.

—Eso ya es mucho.

—No te emociones.

El silencio volvió otra vez.

Pero no era vacío.

Nunca lo era ahí.

—Aun así… —añadí después de unos segundos—. nunca pensé que terminarían siendo tan… blandos.

Ella no se movió por un instante.

Y luego…

—Vuelve a decir eso —dijo, con un tono ligeramente más bajo.

Sonreí apenas.

—Blandos.

Sentí cómo su mano se tensaba ligeramente sobre la manta.

—Te puedo romper el cuello ahora mismo.

—Podrías intentarlo.

—No sería un intento.

—Entonces hazlo.

Silencio.

No lo hizo.

—Exacto —murmuré.

Ella soltó un leve resoplido.

—Eres molesto.

—Y tú no eres tan fría como crees.

—Error.

—Entonces demuéstralo.

—No necesito hacerlo.

—Entonces seguiré pensando lo mismo.

—Piensa lo que quieras.

—Lo hago.

Volví a mirar el fuego.

—Pero no cambia lo que vi ese día.

Ella no respondió.

Pero tampoco se apartó.

Cerré los ojos.

El crepitar del fuego seguía ahí, constante, seco, acompañado por el sonido lejano del viento colándose entre estructuras rotas. Podía sentir el peso en mi hombro, el olor a humo, la textura áspera de la manta… todo estaba ahí, como si no se hubiera ido nunca.

Por un segundo… todo encajaba.

Todo tenía sentido dentro de ese caos.

Y luego…

Abrí los ojos.

El sonido cambió.

Cubiertos.

Platos.

Voces.

El calor ya no era irregular ni sucio… era estable.

Estaba sentado en la mesa del restaurante.

Parpadeé una vez, como si necesitara ajustar la vista, aunque no era la vista lo que estaba desfasado.

La comida estaba llegando. Platos siendo colocados frente a todos, vapor subiendo lentamente, el olor… diferente. Limpio. Demasiado limpio.

No dije nada.

Las voces empezaron a filtrarse poco a poco, como si alguien estuviera subiendo el volumen desde muy lejos.

—…entonces salimos como a las seis —decía mi padre—. Si no hay tráfico, deberíamos llegar…

—…en la noche —continuó alguien, creo que mi abuelo—. No tan tarde, pero sí ya oscuro.

—¿Y las cosas? —preguntó mi abuela—. ¿Ya empacaron todo?

—Sí, mamá —respondió mi madre—. Solo falta lo de las niñas y algunas cosas de la cabaña.

—Yo puedo ayudar con eso —dijo Alan.

—Claro que puedes —respondió Violet con una risa suave—. No te me vas a escapar.

—Nunca dije que lo haría.

—Pero lo pensaste.

—Tal vez.

Pequeñas risas.

Cristina y Gabriela hablaban entre ellas, algo sobre la nieve, sobre cómo querían quedarse más tiempo, sobre lo que habían hecho el día anterior. Sus voces eran más ligeras, más rápidas.

—¡Y luego me caí! —decía una.

—¡Sí, pero yo te empujé! —respondía la otra entre risas.

—¡No es cierto!

—¡Sí es!

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Bueno, sí.

Más risas.

Guillermo también hablaba, más tranquilo, con uno de mis abuelos, comentando algo sobre el camino, sobre el clima, sobre las condiciones de la carretera. Su tono era el mismo de siempre: firme, pero relajado.

—…no debería haber problemas —decía—. Solo hay que ir con cuidado en las curvas.

—Claro, claro —respondió mi abuelo—. Ya sabes cómo son estas rutas.

—Sí.

—Pero con calma se llega bien.

—Exacto.

Todo era… normal.

Demasiado normal.

Bajé la mirada hacia el plato frente a mí. La comida estaba ahí, servida, caliente. No tenía que pensar en raciones, en si alcanzaba, en si alguien más la tomaría, en si era lo único que habría en días.

Solo… estaba ahí.

Tomé el cubierto, sin prisa.

—¿Dormiste bien? —escuché la voz de mi madre.

Levanté la mirada apenas.

—Sí.

Mentira.

—¿Seguro? —insistió un poco.

—Sí.

No preguntó más.

Volví al plato.

Las conversaciones seguían, fluyendo sin necesidad de mí. Planes, horarios, comentarios pequeños. Nada urgente. Nada importante.

Nada que requiriera estar alerta.

Nada que requiriera sobrevivir.

Llevé la comida a la boca.

El sabor… estaba ahí.

Claro.

Definido.

No como antes.

Masticar… tragar… repetir.

Simple.

—…y luego podemos parar en el camino —decía Alan—. Hay un lugar donde venden café bastante bueno.

—Eso suena bien —respondió Violet—. Vamos a necesitarlo.

—Yo no —dijo mi padre—. Yo manejo mejor sin café.

—Eso es mentira —respondió mi madre de inmediato.

—No lo es.

—Sí lo es.

—No.

—Sí.

Seguí comiendo en silencio mientras las voces alrededor iban llenando el espacio sin esfuerzo, como si nadie tuviera que pensar demasiado en lo que decía. Fue entonces cuando Gabriela, con la cuchara en la mano y esa forma directa que tenía de decir las cosas, habló desde su lugar, mirando a los adultos con curiosidad.

—Oigan… qué mal que la abuela Elizabeth y el abuelo Mario no pudieron venir —dijo, con un pequeño gesto de decepción—. Se hubieran divertido.

Algunos levantaron la mirada, otros sonrieron apenas ante el comentario.

El abuelo Francisco fue el primero en responder, acomodándose un poco en su asiento mientras soltaba una leve exhalación.

—Créeme que a Elizabeth le hubiera gustado venir —dijo con calma—, pero estos ambientes… no se le dan muy bien.

Gabriela inclinó la cabeza.

—¿Aunque viva en Denver?

—Aunque viva en Denver —repitió él—. No es lo mismo la ciudad que estar aquí arriba, con este frío, esta nieve, las pendientes… —hizo un pequeño gesto con la mano—. Sus rodillas no cooperan mucho últimamente.

—¿Le duelen? —preguntó Cristina, interesada.

—Bastante —respondió—. Y no es algo nuevo. Solo que aquí… se siente más.

La abuela Sara intervino entonces, con una pequeña sonrisa tranquila.

—Y bueno… en el caso de Mario —dijo—, fue más decisión de él no venir.

—¿Por qué? —preguntó Gabriela.

—Porque quiso que este viaje fuera entre ustedes —respondió—. Entre la familia directa.

Hizo una pequeña pausa antes de añadir:

—Y también porque… ya está viejo.

Eso sacó algunas sonrisas leves.

—No le gusta moverse mucho —continuó—. Prefiere su sillón, su café… y que le contemos todo cuando regresemos.

—Eso suena como algo que yo haría —murmuró Alan, provocando una pequeña risa de Violet.

—Tú todavía no estás en edad para eso —le respondió ella de inmediato.

—Estoy en entrenamiento.

—Claro.

La conversación siguió fluyendo con naturalidad, hasta que la abuela Agnes habló, su voz más suave pero igual de clara, atrayendo la atención de varios.

—A todos nos llega esa edad —dijo con una pequeña sonrisa—. Más tarde o más temprano.

Se acomodó un poco en su silla antes de continuar.

—Para mí… estar aquí ya es un pequeño desafío.

Mi madre la miró con atención.

—Mamá…

—No, no, estoy bien —aclaró Agnes con tranquilidad—. Solo digo la verdad.

Miró hacia la ventana, donde la nieve seguía cubriendo todo.

—Tanta nieve… —añadió—. dificulta moverse. Las piernas ya no responden igual que antes.

Asintió levemente, como si confirmara sus propias palabras.

—Antes no lo pensaba —continuó—. Caminaba, subía, bajaba… sin problema. Ahora… cada paso hay que pensarlo un poco más.

—Pero aún así viniste —dijo Manuel, con una leve sonrisa.

—Claro que vine —respondió ella—. No me iba a quedar fuera de esto.

—Esa es mi mamá —murmuró Miranda con una pequeña sonrisa que no ocultaba el cariño.

—Además —añadió Agnes—, entiendo perfectamente a Elizabeth… y a Mario.

Miró a Gabriela y Cristina.

—No es que no quieran venir —dijo—. Es que a veces el cuerpo ya no acompaña como uno quisiera.

Las niñas asintieron, procesando la idea.

—¿Entonces… cuando uno crece… ya no puede hacer estas cosas? —preguntó Cristina.

Hubo un pequeño silencio, hasta que Francisco respondió.

—Puede… —dijo—. Solo que cada vez cuesta más.

—Y uno aprende a escoger mejor sus batallas —añadió Sara.

—Exacto.

—¿Y ustedes van a seguir viniendo? —insistió Gabriela.

Agnes sonrió apenas.

—Mientras podamos… sí.

—Y cuando no… —añadió Francisco—, nos quedaremos en casa esperando historias.

—Y fotos —dijo Sara.

—Muchas fotos.

—Y comida —añadió Alan.

—Siempre pensando en comida —murmuró Violet.

—Es importante.

Pequeñas risas otra vez.

Seguí comiendo en silencio, escuchando todo eso pasar a mi alrededor como si fuera una conversación que ya existía antes de que yo llegara… y que seguiría ahí después.

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