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“La Falla Del Génesis; Reencarnando Entre El Tiempo Y El Espacio”

Drago_15
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Synopsis
Reencarnando entre el tiempo y el espacio El fin no fue el olvido, sino un nuevo despliegue. El Capitán Eduardo, líder de la unidad de élite "Sombras", entrega su vida en una misión suicida para salvar a civiles y a su propio equipo. Tras recibir tres impactos mortales mientras protegía el escape de su unidad, Eduardo no encuentra el descanso eterno, sino un abismo infinito donde el tiempo se detiene a las 03:33. En ese vacío, es testigo de una guerra cósmica entre luces primordiales y una singularidad oscura que amenaza con devorar la existencia misma. Ante el juicio de una entidad indescriptible que trasciende la luz y la sombra, su alma es reclamada y enviada a través de una falla en el tejido de la realidad. Al despertar, el frío acero de su fusil ha sido reemplazado por el calor de una cuna, y sus manos curtidas por la guerra son ahora las de un recién nacido. Eduardo ha reencarnado en un mundo que parece extraído de una leyenda: un lugar de mitos complejos, mujeres de belleza sobrenatural y una energía extraña nunca antes vista en su mundo. Atrapado en un cuerpo frágil pero conservando su mente de estratega militar, el antiguo capitán deberá navegar una sociedad desconocida donde la magia y las jerarquías rigen la vida. ¿Podrá un soldado de élite adaptarse a un mundo de fantasía? ¿Es su reencarnación un error en el sistema o el último recurso del Génesis para detener la oscuridad que vio en el abismo? La guerra ha cambiado de plano, pero el Capitán Eduardo nunca deja una misión sin terminar.
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Chapter 1 - "DESPUES DE LA MUERTE"

Cuando me encontré en la penumbra de ese gran abismo infinito, observé por unos cuantos segundos a mi alrededor. Era una nada absoluta, pero extrañamente no se sentía aterradora. No había rastro de las heridas que me habían destrozado el pecho, ni el peso del equipo táctico, ni el sabor metálico de la sangre. Todo se sentía en calma y en paz, como si el universo entero hubiera contenido el aliento junto conmigo.

Seguí buscando en esa inmensidad, caminando sobre una superficie que no podía ver pero que sostenía mis pasos. Fue entonces cuando, en un rincón de esa oscuridad eterna, pude ver una pequeña luz. Era apenas un punto, una chispa minúscula que contrastaba con el vacío.

Al acercarme, noté cómo esta se hacía cada vez más y más grande. No era una luz cegadora como la del búnker; era una claridad cálida, vibrante, que parecía llamarme por mi nombre sin usar palabras. Con cada paso que daba hacia ella, el silencio del abismo empezaba a llenarse con un susurro constante, como el viento pasando entre los pinos o el fluir de un río lejano.

De repente, llegó un momento en que no pude moverme. Fue como si el espacio mismo se hubiera solidificado a mi alrededor, convirtiéndome en una estatua en medio de la nada. La luz que tenía en frente, aquella que me había servido de guía, comenzó a hacer una serie de movimientos extraños, danzando en el vacío con una agilidad antinatural.

Pronto, el espectáculo se volvió abrumador. Más luces aparecieron a su alrededor; eran más pequeñas, pero brillaban con la misma intensidad que la grande. Me pregunté a mí mismo qué era esto. En fracciones de segundos, miles y millones de luces fueron surgiendo, extendiéndose por todo el abismo como si alguien hubiera lanzado un puñado de diamantes sobre un terciopelo negro.

Al observar con mi ojo de capitán, acostumbrado a analizar patrones y formaciones, noté algo crucial. Las luces no eran iguales; tenían aproximadamente tres tamaños diferentes, como si estuvieran distinguiendo entre clases o rangos:

La Primordial: Aquella luz inmensa que vi al principio, la más grande de todas, que parecía el centro de gravedad de ese universo.

Las Menores: Divididas en tres tamaños distintos, distribuidas por millones, formando una vasta red que llenaba el vacío.

Pero entonces, mis ojos captaron algo único. Había una luz más que, aunque era más pequeña que la primera, era notablemente más grande que todas las demás.

Busqué y busqué con la mirada, girando en mi inmovilidad, intentando encontrar si había otra de su mismo tamaño para confirmar un patrón, pero no encontré ninguna. Era una anomalía. Una sola luz de rango intermedio, solitaria y poderosa, destacando entre la multitud de luces pequeñas y la majestuosidad de la luz mayor.

Sentí una conexión extraña con esa luz singular. No sé si era mi instinto o el eco de algo más; quien diría que el tiempo me daría la respuesta a esto mismo. Pero mientras la observaba, la fascinación se convirtió en un horror táctico.

De esa luz tan singular, una chispa comenzó a surgir. Pero no era luz; era algo parecido a la oscuridad absoluta, un vacío que no reflejaba, sino que devoraba. Poco a poco, vi cómo esa luz singular fue consumida desde adentro, retorciéndose en una agonía silenciosa hasta convertirse en una entidad hecha de sombras puras, una luz negra que vibraba con una frecuencia violenta.

Esta singularidad oscura no se quedó quieta. Comenzó a agitarse y a desplazarse con una velocidad depredadora hacia las otras luces. Pude ver con claridad el proceso de infección: a cada luz que se acercaba, nacía esa misma oscuridad en su núcleo, como un virus que corrompía la esencia misma del brillo.

El abismo se convirtió en un campo de batalla silencioso. Aproximadamente una tercera parte de las luces de este infinito se tornaron oscuras en un parpadeo. Y entonces, la masacre comenzó. Las luces sombrías, lideradas por la singularidad que las originó, atacaron con una ferocidad implacable a las que aún no habían sido consumidas.

Era una guerra de proporciones bíblicas ocurriendo frente a mis ojos de soldado. No había sonido, no había gritos de guerra, solo el choque de energías que hacían temblar mi propia alma. Las luces puras intentaban agruparse, pero la oscuridad era errática, rápida y despiadada.

Me di cuenta de que no era un simple espectador. Estar atrapado e inmóvil en medio de esta purga me ponía en una situación vulnerable. Si esa oscuridad alcanzaba mi posición, yo sería el siguiente en ser consumido por esa luz negra. El "Capitán" en mí intentaba buscar una cobertura, un arma, una salida, pero en este abismo, solo podía observar cómo el equilibrio del universo se hacía pedazos.

Vi cómo cada vez más y más de estas oscuridades surgían, devorando el brillo original en una expansión que parecía no tener fin. Pero justo cuando la singularidad oscura parecía haber ganado la partida, una de las luces más pequeñas, casi insignificante en la formación, comenzó a arder con una ferocidad impecable.

Su brillo, que antes era de un blanco neutro, sufrió una transmutación violenta hasta volverse de un azul eléctrico, profundo y desafiante. Aquella pequeña chispa azul le hizo frente a la singularidad oscura. Fue una lucha de voluntad; aunque la luz oscura era inmensamente más fuerte y antigua, la luz azul no se rindió. Con un estallido de energía, logró repeler el avance de las sombras, alejando a las luces oscuras hacia un rincón remoto y frío del abismo, creando una frontera invisible entre ambos bandos.

Gracias a este acto de resistencia, el orden cambió para siempre. Las luces dejaron de clasificarse simplemente por su tamaño y comenzaron a evolucionar, adquiriendo identidad a través del color:

Algunas se tornaron de un violeta místico, vibrando con sabiduría.

Otras se volvieron doradas, resplandecientes como soles minúsculos.

Muchas otras conservaron su brillo blanco original, puras y constantes.

El abismo, que antes era monótono, se convirtió en un caleidoscopio de poderes en equilibrio. Entonces, la Luz Primordial, la más grande de todas, volvió a danzar en el centro de este nuevo cosmos. Pero esta vez, su movimiento era diferente, más delicado. En vez de hacer surgir miles de luces como antes, de su núcleo brotó una sola chispa.

Era una luz aún más pequeña que todas las demás, casi imperceptible, y mucho más tenue. No tenía la potencia de la luz azul, ni la ambición de la singularidad oscura. Era frágil, como la llama de una vela en medio de un huracán, pero de alguna manera, sentí que toda la atención de la Luz Primordial estaba volcada en esa pequeña mota de claridad.

Esa luz mínima descendió hasta detenerse en un lugar completamente solo, un espacio de calma absoluta en la inmensidad. La Luz Primordial, como un padre observando su obra más delicada, se acercó de nuevo. Al danzar a su alrededor, de la pequeña luz surgió otra chispa, un poco más brillante pero igual de frágil. Eran dos puntos diminutos en un océano de poderes colosales. Y aunque parecieran insignificantes ante los gigantes azules, dorados o violetas, sentí cómo el abismo entero contenía el aliento: toda la atención de la creación estaba fija en ellas.

La Luz Primordial les otorgó la libertad de navegar por los rincones del abismo, y ellas, en su curiosidad, se desplazaron hasta la zona fronteriza, ese límite peligroso donde las luces de colores chocaban con las luces oscuras.

Fue allí donde la Singularidad Oscura, movida por una sed de venganza y corrupción, se abalanzó sobre ellas para mancharlas. Contuve el aliento. Vi cómo, efectivamente, las dos pequeñas luces eran engullidas por la negrura absoluta. Parecía el fin. Pero entonces ocurrió el milagro.

Desde el centro de la oscuridad, un destello volvió a brotar. No habían sido destruidas; habían regresado a su brillo original. La Singularidad las devoró una, diez, cien, mil veces, intentando quebrarlas, pero siempre, tras cada caída en la sombra, las luces retomaban su brillo con una tenacidad que ninguna otra luz poseía.

Fue en ese momento cuando comprendí por qué tenían la atención de todos. No era por su poder, sino por su naturaleza inquebrantable. Y lo más fascinante estaba por venir: a diferencia de las luces de colores, que simplemente existían, estas dos luces comenzaron a dividirse, a crear y a dar vida. Vi cómo, de su propia esencia, surgían más luces a su imagen y semejanza, multiplicándose y llenando aquel rincón del abismo con una red de pequeñas llamas que no dejaban de crecer.

Eran como nosotros, los soldados que caen y se levantan, los hombres que mueren protegiendo a otros. Esas luces eran la semilla de la raza humana: frágiles ante la oscuridad, pero imposibles de extinguir y capaces de crear vida incluso en el abismo más profundo.

De repente, el patrón de la Singularidad Oscura cambió. En lugar de intentar consumir a una de aquellas pequeñas y resilientes luces por la fuerza, comenzó a girar a su alrededor, una danza lenta y seductora que no buscaba mancharla, sino confundirla.

Vi con horror cómo esa pequeña luz, influenciada por la presencia de la sombra, se desvió de su camino original. Se acercó a otra de su misma especie y, en un acto de violencia que rompió la armonía del abismo, chocó contra ella. El impacto fue devastador: la chispa de la luz agredida se desvaneció, apagándose por completo hasta esfumarse en la nada.

Fue el primer asesinato en el plano espiritual.

Inmediatamente, la Singularidad se abalanzó sobre la luz agresora, que ahora estaba debilitada por su propia culpa. Esta vez, al mancharla de oscuridad, no hubo regreso. No hubo milagro. El brillo se extinguió para siempre, reemplazado por un vacío negro y frío que se integró a las huestes de la sombra.

La Luz Primordial, al presenciar esta traición y la pérdida de su creación más amada, reaccionó con un estallido de energía que hizo vibrar los cimientos de la existencia. Era el inicio de una segunda guerra, una mucho más feroz que la primera, donde la luz ya no buscaba solo defenderse, sino erradicar la mancha.

Pero antes de que ambos bandos chocaran, justo en el punto donde los tres planos se encontraban, el tejido del abismo se desgarró. Surgió una grieta inmensa, una herida en la realidad de la que emergió una entidad que desafiaba toda lógica táctica o humana.

No tenía luz, pero tampoco proyectaba sombra. Su color era algo que mi entendimiento de soldado no podía procesar; era una tonalidad que no existía en el espectro visible, algo que se sentía antiguo, pesado y absoluto. Su sola presencia detuvo el avance de la Luz Primordial y congeló la ambición de la Singularidad Oscura.

La entidad extendió una especie de brazo o filamento hacia el lugar donde las pequeñas luces habían caído. El silencio que siguió fue más denso que el del búnker a las 03:33. Me di cuenta de que este ser no era parte del conflicto; era el límite del conflicto. Era el equilibrio encarnado, el Juez de un juego cuyas reglas acababan de cambiar para siempre.

Sentí que su "mirada" —si es que aquello tenía ojos— se posaba sobre mí. Yo era el único testigo consciente de este juicio cósmico.

Escuché una especie de chasquido, un sonido seco que pareció quebrar el cristal del universo. Provino de esa entidad indescriptible, y al instante, todo el espacio a mi alrededor comenzó a distorsionarse con una violencia centrífuga. Las luces de colores y las sombras devoradoras se fundieron en un remolino infinito, perdiendo sus formas y jerarquías, hasta que el abismo dejó de ser negro y se volvió de un blanco absoluto, cegador y puro.

En ese instante, recuperé la movilidad. Mis extremidades, que antes se sentían de piedra, volvieron a responderme. Pero cuando intenté avanzar un solo paso en ese desierto de blancura, sentí un escalofrío que me recorrió hasta el último nervio. No impartía miedo, era algo más pesado: era juicio.

Me volteé lentamente. La entidad estaba allí, justo ante mí. No tenía ojos, pero sabía —con una certeza aterradora— que me estaba mirando. No observaba mi uniforme desgarrado ni mis heridas de guerra; estaba escaneando mi alma, reconociendo en mí cada decisión, cada disparo y cada sacrificio. Era como si estuviera buscando una firma genética en mi espíritu.

De repente, habló. Su voz no eran vibraciones en el aire, sino conceptos grabados directamente en mi conciencia. Dijo algo que no pude comprender, una especie de lenguaje que transcurre más allá del entendimiento humano, una lengua de leyes antiguas y verdades olvidadas.

Sentí cómo el abismo intentaba volver a su punto de origen. El remolino de luces y sombras comenzó a formarse nuevamente a nuestras espaldas, rugiendo como una tormenta cósmica. Antes de que el caos nos alcanzara, la entidad extendió lo que parecía una mano y tocó mi frente.

Una luz cegadora, mil veces más intensa que el sol, se adueñó de mis ojos. Ni siquiera mis párpados servían para tapar aquel brillo; era una luz que nacía desde adentro. Sentí cómo mi propia alma estaba siendo reescrita, cada fibra de mi ser siendo devorada y reconstruida por esa energía neutra. Mi cuerpo físico, aquel que se quedó desangrándose en el Helicóptero, parecía una cáscara lejana que ahora estaba siendo forjada de nuevo.

Poco a poco, el resplandor comenzó a estirarse. Lo que parecía ser una especie de túnel comenzó a formarse en medio de la nada, un conducto entre dimensiones, y sentí una fuerza gravitatoria irresistible. Estaba siendo succionado por el túnel, dejando atrás el juicio de la entidad y la guerra de las luces.

Finalmente, cuando pude abrir mis ojos, la luz ya no era esa fuerza cegadora que me desgarraba el alma. Aunque mi vista era borrosa y el mundo parecía nadar en una neblina espesa, poco a poco los contornos se definieron. Ya no había vacío ni entidades sin rostro; el mundo se veía natural, tangible.

Lo primero que registré con certeza fue un techo. No era el concreto frío del búnker ni el metal del helicóptero; era un techo de madera rústica, con vigas gruesas y oscuras que olían a resina y a humo de leña.

Mis sentidos, entrenados para el combate, comenzaron a activarse uno a uno como sistemas reiniciándose tras un choque crítico. Pude sentir por fin el aire, denso y cargado de una humedad que no reconocía; escuché el sonido de un fuego chisporroteando cerca y el canto de aves que no sonaban como las de la selva. Sentí el tacto de una tela áspera sobre mi piel y el peso de mi propio cuerpo, que ahora se sentía extrañamente pesado, como si fuera una armadura nueva que aún no terminaba de ajustar.

Frente a mí, aparecieron dos mujeres. Sus rostros estaban marcados por un cansancio profundo, con ojeras que hablaban de noches enteras sin dormir. Vestían ropas sencillas, de materiales que no eran sintéticos ni militares. Hablaban entre ellas, pero sus palabras eran un río de sonidos que no comprendía.

Una de ellas, al notar que mis ojos estaban abiertos, soltó un grito ahogado y se llevó las manos a la boca. La otra se acercó rápidamente, colocando una mano fresca sobre mi frente.

«¿Qué pasó?», intenté preguntar, pero de mi garganta solo salió un gemido seco y rasposo. ¿De verdad sigo vivo?».

—Cálmate, Capitán —me ordené a mí mismo en un susurro interno, forzando a mi corazón a bajar las revoluciones—. Respira. Analiza.

Cerré los ojos un segundo para bloquear el estímulo visual y concentrarme en mi estado físico. Si aquella visión del abismo y las luces había sido una alucinación inducida por un estado de coma, mi cuerpo debía estar inundado de analgésicos y sedantes. Eso explicaría la pesadez en mis músculos y la distorsión de mis sentidos. Dependiendo de cuántos días llevaba inconsciente, la atrofia muscular sería mi primer enemigo; mi sistema tendría dificultades para recuperar sus capacidades al 100%.

«Anestesia, trauma severo, posible shock hipovolémico», enumeré mentalmente.

Por otro lado, si Elizabeth y el equipo lograron sacarme de aquel infierno bajo el fuego, era probable que me hubieran trasladado a una unidad médica avanzada. Quizás estaba en algún hospital de campaña en territorio extranjero, o en una aldea aliada oculta. Eso explicaría por qué no entendía ni una palabra del idioma que hablaban aquellas mujeres.

Intenté mover los dedos de la mano derecha. Respondieron, aunque con una lentitud exasperante. Luego, intenté flexionar los pies. Un pinchazo de dolor agudo recorrió mi pierna —donde el primer disparo me había alcanzado— confirmando que, al menos, la conexión nerviosa seguía intacta.

Abrí los ojos de nuevo y enfoqué mi atención en las dos mujeres. No llevaban batas blancas, ni estetoscopios, ni había ruidos de monitores cardíacos o el olor a antiséptico característico de un hospital moderno. El lugar olía a hierbas secas, a cera quemada y a tierra.

Continué analizando mi entorno mientras ellas hablaban y reían entre sí, ajenas a la tormenta táctica que ocurría en mi cabeza. «¿Qué estarán diciendo?», me pregunté, intentando leer sus gestos para encontrar una intención hostil.

Pero al caer en cuenta, al enfocar la vista con verdadera nitidez por primera vez, noté algo completamente extraño que me dejó sin aliento. ¡Dios santo! La apariencia de estas mujeres era... era de un cuento de hadas.

La que parecía mayor, aunque su aspecto era maduro y sereno, no tendría más de 20 años. Su cabello era de un blanco puro, como la nieve recién caída sobre los picos más altos, pero no por vejez, sino por naturaleza. Y sus ojos... sus ojos eran de un color fucsia vibrante, profundos, como si estuviera viendo el mismo universo contenido en dos esferas de cristal. No eran los ojos de alguien enfermo o drogado; brillaban con una lucidez que me resultaba inquietante.

La otra, la más joven, tendría al menos unos 15 años. Su cabello era rubio, pero no un rubio común; resplandecía como el oro bajo la luz del atardecer que entraba por la ventana. Sus ojos eran de un celeste tan claro como las aguas más cristalinas de la Tierra, de esas que al mirarlas reflejan el mismo cielo durante el día sin una sola nube.

No había rastro de fatiga por desnutrición, ni cicatrices de viruela, ni la piel curtida de los aldeanos que conocía de mis misiones en el tercer mundo. Eran perfectas. Demasiado perfectas.

Sentí un vacío en el estómago. Ninguna etnia conocida en los cinco continentes tenía esas combinaciones de rasgos. Mi teoría del hospital en el extranjero se desmoronó. Ni siquiera en los laboratorios más avanzados de genética se vería algo así.

«No, no, no... sigo con los efectos de los sedantes», me repetí como un mantra, tratando de aferrarme a la racionalidad que me había mantenido vivo en Afganistán y el Congo. Cerré los ojos con fuerza y respiré profundamente una vez más. «Analiza, Capitán. El cerebro crea imágenes para llenar vacíos de memoria. Elizabeth debe estar afuera. Diego debe estar limpiando su arma. Solo abre los ojos y pide un informe de situación».

Me calmé. Necesitaba ese reporte. Necesitaba saber que mi equipo estaba a salvo. Con una determinación de hierro, abrí los ojos de nuevo y extendí mi mano derecha hacia la mujer del cabello blanco, con la intención de sujetar su brazo y exigir respuestas.

Pero lo que vi frente a mi cara me heló la sangre más que cualquier emboscada nocturna, más que cualquier cañón apuntando a mi pecho.

Al estirar mi extremidad, no vi la mano curtida de un operador de fuerzas especiales, llena de callos por el gatillo y cicatrices de metralla. Lo que apareció frente a mis ojos fue una mano pequeña, rolliza, de piel sonrosada y dedos diminutos que apenas podían cerrarse. La mano de un bebé.

Intenté tocarme la cara, pero mis movimientos eran torpes, descoordinados, como si estuviera operando un dron con los controles invertidos. Mis dedos tropezaron con una mejilla suave y una frente sin una sola arruga de preocupación.

¡¿PERO QUÉ MIERDA?! —grité en mi mente, un alarido de puro horror que llenó cada rincón de mi alma, pero que hacia el exterior solo se tradujo en un llanto agudo y desesperado.

La mujer de ojos fucsia sonrió con una ternura que me resultó insultante. Me tomó en sus brazos con una delicadeza extrema, acunándome contra su pecho mientras me hablaba en ese lenguaje musical. La chica rubia se asomó sobre mí, riendo suavemente y acariciando mi pequeña mano con un dedo que parecía gigantesco comparado con los míos.

El pánico táctico me golpeó. Mi mente de 35 años, entrenada para matar y liderar, estaba atrapada en un envase de apenas unos días de nacido. Mi equipo, mi esposa, mi país... todo se había desvanecido. No era un hospital, no eran sedantes. Aquella luz blanca en el túnel no me había salvado; me había reiniciado.

Miré hacia la ventana. El sol se estaba ocultando, y por un segundo, el reflejo en un cristal cercano me devolvió mi nueva imagen: un bebé de ojos oscuros que aún conservaban, muy en el fondo, la mirada fría y analítica de un capitán de élite.

Ya no había duda alguna. El análisis táctico, las teorías de sedantes y la esperanza de despertar en un hospital militar se desmoronaron como un muro de arena ante una marea imparable. El abismo, la entidad sin rostro y el túnel de luz no fueron un delirio de agonía. Había muerto en la selva, protegiendo a los suyos, y ahora... había renacido en lo que parece ser otro mundo.