El silencio de la habitación 304 del "The Coast Hotel" era absoluto, solo interrumpido por el siseo rítmico de la lluvia contra el cristal. Hitomi no encendió las luces. No era necesario; su visión, incluso bajo la oscuridad era capaz de distinguir cada mota de polvo en la penumbra. Con movimientos mecánicos y precisos, comenzó a vaciar el pequeño armario.
Dobló sus pocas prendas de "Janet" y las metió en la mochila desgastada junto a los dispositivos de almacenamiento que contenían su fortuna robada. Se detuvo un momento, sosteniendo el uniforme de la cafetería. Mañana Emily llegaría al local, esperaría a que su compañera silenciosa preparara la primera jarra de café, y se encontraría con un vacío. Una punzada de algo parecido a la tristeza, un sentimiento que Hitomi apenas lograba identificar, le recorrió el pecho.
—Lo siento, Emily —susurró a la oscuridad—. Pero la normalidad es un lujo que no puedo pagar.
Antes de marcharse, Hitomi necesitaba confirmar su brújula. Sabía que Naoki estaba en el mismo edificio, pero necesitaba saber exactamente dónde. Cerró los ojos y se concentró. No invocó la Lanza de la Aurora, sino que permitió que sus sentidos de Sexta Generación se expandieran sutilmente, como hilos de plata invisibles recorriendo los pasillos del hotel.
No fue difícil encontrarlo. El olor era inconfundible: un aroma salvaje, una mezcla de bosque húmedo, almizcle animal y un rastro de tabaco japonés. Siguiendo ese rastro sensorial, salió de su cuarto y caminó por el pasillo de la segunda planta. El hotel olía a moqueta vieja y desinfectante barato, pero frente a la habitación 212, el olor a Naoki era tan denso que casi podía verlo en el aire. Había pelos castaños, gruesos y ásperos, atrapados en las fibras de la alfombra frente a su puerta.
Hitomi se pegó a la pared, inclinando la cabeza para escuchar a través de la madera. Podía oír el latido del corazón de Naoki: lento, pesado, como el tambor de una guerra lejana.
Dentro de la habitación, Naoki estaba sentado en el borde de la cama, terminando una lata de cerveza local. De repente, sus fosas nasales se dilataron. El aire traía un aroma conocido, una fragancia de flores blancas y una pureza eléctrica que no pertenecía a ese motel de mala muerte.
—Ese olor... —gruñó Naoki para sí mismo.
Con una velocidad que desafiaba su apariencia corpulenta, Naoki se puso de pie y abrió la puerta de un tirón.
Janet, que estaba pegada a la puerta tratando de captar cualquier detalle de su ruta, dio un respingo y retrocedió, con los ojos muy abiertos por la sorpresa. El susto fue genuino; no esperaba que el hombre lobo fuera tan rápido en detectarla.
—¿Janet? —Naoki arqueó una ceja, mirándola de arriba abajo. Su rostro estaba relajado, pero sus ojos brillaban con una curiosidad salvaje—. ¿Qué haces merodeando por mi puerta a estas horas? ¿Acaso no pudiste resistirte a los encantos de un perro viejo como yo?
—Yo... yo vivo en este hotel —respondió Hitomi rápidamente, tratando de recuperar su compostura—. Escuché ruidos y pensé que algo iba mal. No sabía que esta era tu habitación.
Naoki soltó una risita ronca y se apoyó en el marco de la puerta, terminando su cerveza de un trago.
—Mientes tan mal que casi es tierno, niña —dijo Naoki—. Pero tienes suerte. Me estoy preparando para salir ahora mismo. Tengo que llegar a Ottawa para hablar con el Primer Ministro, Sterling. Son unas 44 horas de viaje en auto si no me detengo, o unos 44 días si fuera un humano normal caminando. Un continente entero por cruzar para hablar con un político que probablemente me haga esperar en la sala de estar.
Hitomi se quedó helada ante la cifra. 44 horas en auto significaba cruzar casi todo el país. Su plan de seguirlo se volvía logísticamente imposible si no conseguía un vehículo de inmediato.
Naoki salió al pasillo, pero no llevaba maletas, solo una mochila pequeña y ropa vieja, casi de trapo. Se detuvo en medio del corredor desierto y miró a Hitomi con una sonrisa colmilluda.
—Dime, Janet... ¿alguna vez has visto un milagro de la naturaleza? —preguntó Naoki—. Casi nadie tiene la oportunidad de ver esto y vivir para contarlo sin ser devorado. Mírame bien.
Hitomi observó, fascinada y horrorizada a la vez. El cuerpo de Naoki comenzó a crujir. Fue un sonido seco, como ramas de roble rompiéndose bajo el peso de la nieve. Sus músculos se hincharon, desgarrando las costuras de su camiseta vieja. Un pelaje castaño y espeso brotó de su piel a una velocidad asombrosa, cubriendo sus hombros y brazos.
Su estatura, que ya era imponente, aumentó hasta que su cabeza casi rozó el techo del pasillo. Su rostro se alargó en un hocico poderoso, lleno de dientes afilados como cuchillas.
La transformación no era grotesca como la de los Deeps; era majestuosa, una manifestación de poder físico puro y ancestral. El hombre se había convertido en una bestia de leyenda, un lobo de pie que emanaba un calor abrasador.
—Ve a mi cama, Janet —gruñó la bestia, su voz ahora un estruendo profundo que vibraba en el pecho de Hitomi—. Trae mi maleta pequeña. He dejado ahí lo que no puedo llevar encima.
Hitomi obedeció, entrando en la habitación. La maleta estaba allí, junto a una nota en japonés para la Asociación. Al regresar al pasillo, se encontró cara a cara con el licántropo. Naoki, en su forma de lobo, olfateó el aire intensamente, ignorando por un momento a la chica.
—Ten cuidado, niña —dijo Naoki, bajando su gran cabeza hasta que su nariz estuvo a centímetros del rostro de Hitomi—. He estado oliendo a Deeps en el aire. Están a unas cuantas millas de aquí, pero se acercan. Tienen un rastro, Janet. Podrían confundirte con una Valmorth de esas que buscan, y créeme, esos perros no preguntan antes de morder.
La ironía de las palabras de Naoki golpeó a Hitomi como un latigazo. El lobo intentaba protegerla de los perros de su propia madre, sin saber que ella era la presa que justificaba toda la cacería.
—Naoki-san —dijo Hitomi, usando el honorífico japonés para ganar tiempo—. Antes de irte... cuando trabajaba con Emily, escuché a unos clientes hablar de Ryuusei. Dijeron que su grupo no está en el este, sino en la zona de las Northern Rocky Mountains. Dicen que allí es donde está su santuario.
Naoki detuvo su movimiento, sus orejas puntiagudas moviéndose hacia adelante. —Northern Rocky Mountains... —repitió el lobo, procesando la información—. Es un territorio salvaje. Perfecto para alguien que quiere esconderse del mundo. Pero ya basta, Janet. Deja de preguntar por Ryuusei. Ese chico es un imán para los problemas, y tú eres demasiado frágil para quedar atrapada en su tormenta.
—¿Dónde queda eso exactamente? —insistió Hitomi, ignorando la advertencia.
Naoki suspiró, un sonido que salió como un bufido de vapor. —Hacia el noreste. Si fueras caminando a paso humano, tardarías unos 15 días en llegar al límite de la cordillera. Pero no vayas, niña. Quédate en Vancouver, tíñete bien ese pelo y sobrevive.
Sin decir una palabra más, el enorme lobo se dio la vuelta y saltó por la ventana del final del pasillo, rompiendo el cristal en mil pedazos. Hitomi corrió hacia el marco roto y lo vio aterrizar en el callejón con la gracia de un gato, para luego perderse a una velocidad increíble entre los bosques que rodeaban la ciudad.
Hitomi apretó los puños. Su plan había fallado. Pensó que Naoki alquilaría un coche, lo que le permitiría seguirlo discretamente o incluso colarse en el maletero. Pero el hombre lobo había decidido correr, cruzando terrenos donde ningún vehículo podría seguirlo.
Sola de nuevo, Hitomi bajó las escaleras del hotel y salió a la calle trasera. La lluvia había arreciado, convirtiendo el callejón en un laberinto de sombras y charcos oscuros. Caminó unos metros, sintiéndose más pequeña que nunca bajo la inmensidad del cielo canadiense. 15 días a pie hacia las montañas. Era una locura, incluso para ella.
De repente, un gemido débil y agudo cortó el sonido de la lluvia.
Hitomi se detuvo y miró hacia una pila de palés de madera mojados. Allí, temblando violentamente y acurrucado contra el frío, había un gatito pequeño, de un color gris ceniza que apenas se distinguía del asfalto. Estaba peligrosamente delgado, con las costillas marcadas y los ojos pegados por la suciedad.
La Valmorth se quedó inmóvil. En su mundo, la debilidad se eliminaba. Un animal así no habría durado un segundo en los terrenos de su madre. Pero ella ya no estaba en ese mundo.
Se agachó, dejando su mochila a un lado. —Tú también estás solo, ¿verdad? —susurró.
Con una delicadeza que habría sorprendido a cualquiera de sus hermanos, Hitomi tomó al pequeño animal entre sus manos. Estaba helado. Lo metió dentro de su chaqueta, sintiendo el pequeño y frenético latido del corazón del gato contra su propia piel.
Regresó a la habitación del hotel, sabiendo que el recepcionista probablemente ya habría escuchado el cristal roto de arriba, pero no le importó. Buscó en su mochila y encontró un cartón de leche que había comprado para su café. La calentó ligeramente en el microondas de la habitación y la sirvió en un platillo pequeño.
El gatito, al oler la leche, comenzó a beber con una desesperación que conmovió a Hitomi. Ella lo observó, acariciando su pelaje húmedo con un solo dedo.
—No tengo un auto, y mi guía se ha ido corriendo como un demonio —dijo Hitomi al gato—. Pero tengo 15 días de camino por delante. Y supongo que ninguno de los dos quiere morir hoy.
Hitomi se miró en el espejo. El tinte negro estaba empezando a ceder, revelando finos hilos de plata en las raíces, tal como Naoki había advertido. Mañana, al amanecer, comenzaría su marcha hacia las Northern Rocky Mountains. Ya no seguiría al lobo; ahora ella misma se convertiría en la rastreadora.
Con el gato ahora dormido y caliente en su regazo, Hitomi Valmorth cerró los ojos por última vez en Vancouver. El aroma de los Deeps, según Naoki, estaba cerca. La cacería estaba a punto de volverse real, y ella, con un pequeño huérfano a su lado, estaba lista para caminar hacia el santuario del dragón, costara lo que costara.
