El amanecer en Vancouver se filtraba a través de la neblina como un recordatorio de que el tiempo de las máscaras se estaba agotando. Hitomi se miró al espejo por última vez antes de salir de su habitación. Las raíces de su cabello, de un blanco níveo y eléctrico, empezaban a ganar terreno sobre el tinte negro. Se caló una gorra de béisbol oscura, ocultando el estandarte de su linaje, y sintió un pequeño bulto moverse dentro de su chaqueta: Shiro. El gatito, ahora alimentado y con el pelaje algo más limpio, soltó un ronroneo vibrante que le hizo cosquillas en el pecho.
A pesar de que el peligro acechaba en cada esquina según las advertencias de Naoki, Hitomi decidió que no podía irse como una ladrona en la noche. Tenía una deuda pendiente con la normalidad.
Caminó hacia "The Rusty Bean" bajo la lluvia fina. Al entrar, el aroma a café molido y pan tostado la envolvió con una calidez que sabía a hogar, un concepto que ella nunca había terminado de entender. Emily ya estaba allí, peleándose con la vitrina de los postres mientras tarareaba una canción de la radio.
—¡Janet! Llegas justo a tiempo, hoy el horno decidió que no quería trabajar —dijo Emily con su energía habitual.
Hitomi se puso el delantal y comenzó su rutina mecánica. Trabajó con una dedicación inusual, limpiando cada rincón y preparando los pedidos con una precisión que rozaba la perfección. Mientras el vapor de la máquina de café subía, Hitomi miró a Emily, quien estaba concentrada tratando de acomodar una bandeja de muffins.
—Emily —llamó Hitomi suavemente—. Ayer mencionaste que tu hijo tiene un don. Tú... ¿tú tienes poderes?
Emily se detuvo y soltó una risita algo apenada. Se concentró intensamente en una servilleta que estaba sobre la barra. Tras unos segundos de esfuerzo visible, la servilleta se elevó apenas dos centímetros y flotó tambaleante antes de caer. Emily suspiró, frotándose las sienes.
—Solo eso, Janet. Puedo mover cosas pequeñas si me concentro mucho, pero me agota. Me da un dolor de cabeza que parece que me van a estallar los ojos. Es una tontería de Primera Generación, nada que sirva para cambiar el mundo. Solo sirve para recoger el control remoto cuando tengo flojera.
Hitomi observó la servilleta. Para Emily, ese esfuerzo era su límite. Para Hitomi, que podía invocar lanzas capaces de perforar blindajes, esa fragilidad era fascinante. Era humana.
—Hoy es mi último día, Emily —dijo Hitomi de repente. La frase quedó suspendida en el aire, pesada.
Emily dejó de limpiar y la miró con los ojos muy abiertos. —¿Qué? ¿Tan pronto? Pero si apenas estabas aprendiendo a no quemar la leche.
—Tengo que irme de viaje. Asuntos familiares... y oportunidades que no puedo dejar pasar —mintió Hitomi, bajando la vista—. Solo quería agradecerte. Fuiste muy paciente conmigo.
Emily rodeó la barra. No hubo reproches, ni preguntas intrusivas. Simplemente, la mujer de cuarenta años envolvió a la joven Valmorth en un abrazo cálido y apretado. Hitomi se quedó rígida por un microsegundo; en la Hacienda Vindmølle, el contacto físico era una herramienta de dominación o una formalidad fría. Pero el abrazo de Emily olía a vainilla y a bondad genuina.
Inesperadamente, Hitomi sintió que sus ojos ardían. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla, deslizándose bajo la gorra. Por primera vez en su vida, Hitomi sabía lo que era tener una "amiga". No una aliada, no una sirvienta, sino alguien a quien le importaba su bienestar sin esperar nada a cambio.
—Cuídate mucho, Janet —susurró Emily, separándose y limpiándole la lágrima con el pulgar—. Eres una chica especial. El mundo es muy grande, no dejes que te asuste.
Hitomi salió de la cafetería sin mirar atrás. Con Shiro bien resguardado en su regazo, se dirigió a la estación de tren de Pacific Central. Siguiendo el consejo de Naoki, decidió que el tren le permitiría avanzar hacia el este con mayor rapidez que caminar, al menos hasta alejarse de la zona urbana donde los Deeps eran más activos.
Se sentó en un rincón de un vagón casi vacío. Para distraer su mente de la paranoia, sacó un pequeño cuaderno y un lápiz. Sus manos, educadas en las artes más refinadas de Europa, comenzaron a trazar líneas con una habilidad asombrosa. Dibujó el rostro de Emily, luego el perfil de Naoki, y finalmente, empezó a esbozar lo que ella imaginaba que sería la Base Genbu.
—Dibujas muy bien, jovencita. Tienes un don para capturar la esencia de las cosas.
Hitomi levantó la vista. Frente a ella se había sentado un señor de unos 70 años, con el rostro surcado por arrugas que contaban historias de una vida larga y laboriosa. Tenía una maleta vieja a sus pies y una mirada amable.
—Gracias —respondió Hitomi, cerrando un poco el cuaderno.
—Voy a ver a mis hijos —dijo el hombre, como si necesitara compartir su alegría—. No los veo desde hace tres años. Han hecho sus propias vidas en el este. Uno es arquitecto, la otra es enfermera. Me pregunto si aún me reconocerán como su viejo padre.
Hitomi guardó silencio, pero una pregunta que llevaba años enterrada en su pecho afloró de pronto. —Señor... ¿usted cree que fue un buen padre para ellos?
El anciano se sorprendió. Parpadeó, mirando hacia la ventana donde el paisaje de Vancouver empezaba a ser reemplazado por bosques de pinos.
—Vaya pregunta... —suspiró el hombre—. No existen padres perfectos, niña. Cometí errores, grité cuando debí callar y callé cuando debí aconsejar. Tuvimos discusiones que duraron meses. Pero al final, el amor es lo que queda. No todos los problemas son para siempre si hay voluntad de perdonar.
El hombre se reclinó en su asiento y le devolvió la mirada a Hitomi. —¿Y tú? ¿Te has sentido amada por tus padres?
Hitomi sintió que el mundo se detenía. Pensó en su padre, Torben Valmorth, y los pocos recuerdos que conservaba de él eran como fotografías borrosas: un olor a tabaco caro, una mano grande sobre su hombro y una voz que le prometía que ella era "el futuro". Luego pensó en Laila. La frialdad de su madre era como un glaciar; no era odio, era algo peor: era una expectativa constante de perfección que no dejaba espacio para el afecto.
—Mi padre murió cuando yo era muy pequeña —respondió Hitomi con la voz vacía—. Y mi madre... ella tiene una forma diferente de amar. Una forma que se siente más como una prisión que como un refugio. A veces me pregunto si alguna vez en verdad me amó como persona, y no como a una pieza de su ajedrez.
El anciano asintió con tristeza. —A veces los padres aman de formas retorcidas porque ellos mismos están rotos. Espero que encuentres tu propia paz, señorita.
—¿Es usted feliz? —preguntó ella finalmente.
—La felicidad no es un estado constante, hija —dijo el señor con una sonrisa sabia—. Habrá días tristes, días de arrepentimiento. Tuve un buen trabajo y me aparté de mis amigos por la ambición, y aún sigo pensando en ellos. Ojalá hubiera una forma de saber que estás viviendo "los buenos tiempos" mientras los disfrutas, para apreciarlos un poco más antes de que se conviertan en recuerdos.
Esas palabras se clavaron en la mente de Hitomi. Los buenos tiempos. Ella nunca se había permitido disfrutarlos, siempre esperando el siguiente golpe, la siguiente lección.
El tren se detuvo en una estación intermedia cerca de Hope. El anciano se levantó, le agradeció la charla con un gesto de caballero y se bajó del vagón. Hitomi se quedó sola por un instante, acariciando la cabeza de Shiro.
Pero entonces, el aire en el vagón cambió. Se volvió pesado, cargado de una estática que hacía que los vellos de sus brazos se erizaran.
Las puertas del vagón se abrieron con un estruendo metálico. Entró un hombre extremadamente alto, vestido con una gabardina de cuero oscuro que ocultaba su complexión, pero no su aura de depredador. Lo que horrorizó a los pocos pasajeros presentes fue lo que llevaba en sus manos: cuatro cadenas gruesas conectadas a los cuellos de cuatro criaturas encorvadas.
Eran Deeps.
Estas versiones de los humanos salvajes eran más pequeñas que Naoki, pero mucho más inquietantes. Tenían el pelaje ralo, las mandíbulas desencajadas y babeaban sobre el suelo del tren, emitiendo gruñidos bajos que sonaban como motores averiados. Sus ojos amarillos escaneaban el vagón con una intensidad mecánica.
—Damas y caballeros, pido su colaboración —dijo el hombre alto con una voz monótona y gélida—. Estamos realizando una inspección de seguridad autorizada. Buscamos a una joven desaparecida, de alta peligrosidad para sí misma y para los demás.
Hitomi bajó la gorra hasta que el ala casi le tapaba la nariz. Su corazón latía con fuerza, pero no por miedo, sino por la adrenalina de la Sexta Generación que empezaba a fluir. Sabía que si los Deeps se acercaban lo suficiente, olerían su sangre real a través del tinte y la ropa. El hombre alto empezó a caminar por el pasillo central, dejando que los Deeps olfatearan las maletas y las piernas de los pasajeros.
—Tengo que salir —susurró Hitomi.
Se levantó con calma, manteniendo a Shiro apretado contra ella. El tren aún estaba detenido, con las puertas abiertas para el cambio de pasajeros. Hitomi caminó hacia la salida opuesta, tratando de parecer una adolescente más que quería evitar problemas.
El hombre alto estaba de espaldas a ella, pero uno de los Deeps giró la cabeza bruscamente hacia su dirección, soltando un ladrido seco.
Hitomi aceleró el paso. Estaba a solo dos metros de la puerta cuando el hombre alto se giró. Sus ojos eran grises, sin rastro de humanidad. No dijo nada, no gritó. Simplemente, mientras Hitomi pasaba a su lado para bajar al andén, el hombre extendió la mano con un movimiento casi invisible.
En su mano sostenía un pequeño alfiler de plata, apenas más grueso que un vello humano.
Hitomi sintió un pinchazo imperceptible en su antebrazo izquierdo, justo por encima de la muñeca. Fue como la picadura de un mosquito, tan sutil que, en su prisa por bajar del tren y alejarse de los gruñidos de las bestias, no le dio importancia.
Saltó al andén justo cuando las puertas del tren empezaban a cerrarse. Sin mirar atrás, se internó en la espesura del bosque que bordeaba la estación, corriendo con una velocidad sobrehumana hasta que el sonido de las vías desapareció.
A varios kilómetros de distancia de la estación, Hitomi se detuvo en un claro del bosque para recuperar el aliento. Se sentó sobre un tronco caído y sacó a Shiro de su chaqueta.
—Estamos a salvo, pequeño —dijo, pero al levantar su brazo izquierdo para acomodar su mochila, notó algo.
En su antebrazo, justo donde el tinte de su piel falsa se mezclaba con su tono natural, había una pequeña gota de sangre roja y brillante. El pinchazo del alfiler.
Hitomi frunció el ceño. No era una herida de combate. Era una extracción.
—Maldición... —susurró.
En ese momento, dentro del tren, el hombre alto sostenía el alfiler con una mirada de triunfo. En la punta de la pequeña aguja, la gota de sangre de Hitomi comenzó a brillar con una luz plateada y anacrónica antes de ser absorbida por un pequeño dispositivo de análisis portátil.
—Objetivo identificado —dijo el hombre en su comunicador, mientras los Deeps a sus pies empezaban a aullar al unísono, ahora con una dirección clara—. La sangre de la flor blanca ha sido localizada.
Hitomi no lo sabía aún, pero ya no era solo una fugitiva buscando un santuario. Ahora era una baliza viviente. La sangre de los Valmorth, pura y poderosa, estaba emitiendo una señal que los perros de Laila seguirían hasta el fin del mundo.
Miró hacia el norte, donde las cumbres de las Northern Rocky Mountains se alzaban como colosos de piedra. Ya no podía ir por las rutas principales. Tenía que adentrarse en lo más profundo de la naturaleza salvaje, donde la tecnología de su madre tuviera dificultades para seguirla.
—Vamos, Shiro —dijo Hitomi, con una mirada de acero—. Tenemos 15 días de camino, y parece que vamos a tener compañía.
