WebNovels

Chapter 188 - El Olfato del Cazador

La mesa de madera de "The Rusty Bean" parecía un campo de batalla de migajas y tensión contenida. Hitomi se sentó frente a Naoki, manteniendo la espalda tan recta que parecía una estatua tallada en mármol. El hombre lobo, ajeno o quizás divertido por la rigidez de su acompañante, tomó un tenedor y atacó su trozo de tarta de chocolate con una voracidad que rozaba lo salvaje.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Hitomi, con una voz que era un susurro gélido—. ¿Cómo sabes que huyo de mi familia?

La Lanza de la Aurora, en el plano astral de su mente, vibró con un pulso plateado. Hitomi ya estaba calculando cuánto tardaría en atravesar el pecho de Naoki si este resultaba ser un enviado de Laila. Sus dedos se cerraron sobre el borde de la mesa, listos para canalizar el poder de la Sexta Generación.

Naoki, con la boca medio llena de pastel, se detuvo y soltó una carcajada ronca que terminó en un gruñido juguetón.

—¡Tranquila, Janet! —dijo Naoki en japonés, limpiándose una mancha de chocolate de la mejilla con el dorso de la mano—. Lo dije en broma. Todas las chicas guapas que hablan siete idiomas y terminan sirviendo café en una ciudad lluviosa suelen estar huyendo de algo. Por lo general, de un padre autoritario o de un exnovio psicópata. ¿No me digas que de verdad estás escapando de alguien?

Hitomi sintió que el aire regresaba a sus pulmones, aunque no bajó la guardia por completo. El alivio fue como una ola fría. No sabe nada, se dijo a sí misma. Es solo un hombre lobo con una lengua demasiado larga.

—Mientes muy mal —continuó Naoki, observándola con sus ojos ambarinos—. Pero no te preocupes, no soy un detective.

—No huyo de nadie —mintió Hitomi, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Me mudé para pagar mis propios estudios. Mi familia... es tradicional. No querían que viera el mundo, así que tomé mis ahorros y vine aquí. Solo quiero ser independiente.

Naoki asintió, aunque no parecía convencido del todo. —Independencia. Es una palabra cara, Janet. Mucha gente muere intentando comprar un poco de ella.

Tras un breve silencio, Hitomi decidió cambiar el enfoque hacia su verdadero objetivo. Si Naoki era de la Asociación de Héroes de Japón, él tenía el mapa que ella necesitaba.

—Ese chico que buscas... Ryuusei —dijo ella, intentando que su curiosidad pareciera casual—. He escuchado su nombre en las noticias. La gente dice que Canadá es mucho más seguro desde que él está aquí. ¿Por qué la Asociación quiere arrestarlo si está ayudando?

Naoki suspiró y se rascó la cabeza, desordenando aún más su melena castaña. —Esa es la política, niña. Ryuusei Kisaragi es lo que llamamos una "Singularidad". El chico no está registrado en ningún país, no tiene licencia de héroe y opera bajo sus propias reglas. Para los de arriba, eso es un insulto. Súmale a eso que Japón y Rusia se están peleando por ver quién lo atrapa primero después de lo que hizo en la frontera... es un desastre geopolítico. Mis superiores quieren que se registre en la Asociación, que se ponga una correa y se convierta en un activo del gobierno.

Hitomi apretó los labios. Una correa. Era la misma terminología que usaba su madre. El mundo quería encadenar lo que no podía controlar.

—¿Por qué me cuentas todo esto? —preguntó Hitomi—. Soy una desconocida. Una persona normal. Esta información debería ser clasificada, ¿no?

Naoki se encogió de hombros y tomó un sorbo de su café cargado. —Desde que llegué a Vancouver, no he podido hablar con nadie. Mi inglés es basura y la gente me mira como si fuera a morderles el cuello. Además, nada de lo que te he dicho es secreto de estado; cualquiera con acceso a los foros de metahumanos sabe que el mundo está buscando a Kisaragi. No eres un peligro para nadie, Janet. Solo eres una camarera amable que sabe japonés.

Hitomi asintió, sintiendo una punzada de ironía. Si supieras lo que estas manos pueden hacer...

—Una pregunta más —dijo Hitomi, inclinándose un poco hacia adelante—. Dijiste que eres un hombre lobo. Antes mencionaste a los "Deeps". ¿Son lo mismo? He visto fotos en las noticias... parecen hombres lobos.

Naoki golpeó la mesa con el puño, haciendo que las tazas saltaran. Sus ojos brillaron con una furia súbita y animal.

—¡No vuelvas a compararme con esas bestias! —gruñó Naoki, y por un segundo, sus colmillos se asomaron bajo el labio superior—. Los Deeps son... basura biológica. Son tontos, primitivos. Ellos no se transforman, Janet. Ellos ya nacen así, con esa cara de perro y ese instinto de esclavo. Son experimentos, carne de cañón creada para obedecer.

Naoki se calmó un poco, aunque sus fosas nasales seguían dilatadas. —Un hombre lobo, un verdadero licántropo de linaje, tiene orgullo. Somos más altos, más fuertes y, sobre todo, tenemos libre albedrío. Los Deeps tienen un amo. Siempre tienen a alguien tirando de su cadena. Yo no sirvo a nadie que no respete.

Hitomi tomó nota mental. La distinción era importante. Si los Deeps eran esclavos, significaba que su madre tenía un control absoluto sobre ellos, lo que los hacía más predecibles, pero también más implacables.

—Entiendo —dijo Hitomi—. Siento la comparación. Entonces... ¿dónde planeas buscar a ese Ryuusei? Si es tan peligroso, debe estar bien escondido.

—He estado siguiendo rastros de energía —respondió Naoki, volviendo a su tono relajado—. Según los informes de inteligencia, su base está en las profundidades de las Montañas Rocosas, en Alberta. Se hace llamar la Base Genbu. Pero no es tan fácil como llegar y tocar la puerta. Primero tengo que reunirme con el Ministro de Seguridad de Canadá, un tipo llamado Sterling. Él es quien tiene la jurisdicción para permitirme entrar en el territorio de Ryuusei. Mañana salgo hacia el este.

Naoki terminó su tarta y se puso de pie, estirando su cuerpo robusto con un crujido de huesos. Se puso su chaqueta desgastada y miró a Hitomi con una intensidad renovada. La luz de la cafetería, una bombilla fluorescente que parpadeaba sobre ellos, iluminó el rostro de Hitomi desde un ángulo que ella no pudo controlar.

—Ha sido una charla agradable, Janet —dijo Naoki, caminando hacia la puerta. Pero justo antes de salir, se detuvo y giró la cabeza—. Por cierto, deberías tener cuidado con ese tinte. Se te está despintando en las raíces. Puedo ver un rastro de plata... un color muy inusual.

Hitomi sintió que el corazón se le detenía.

—Y tus ojos —continuó Naoki, dando un paso hacia ella—. Bajo esta luz, no parecen negros. Son demasiado rojos para ser de una "persona normal". Casi parecen rubíes bañados en sangre. No es así... ¿Señorita Valmorth?

El mundo pareció congelarse. Emily, al fondo de la barra, no escuchaba la conversación, pero Hitomi sintió que el techo de la cafetería se le caía encima. La Lanza de la Aurora emergió parcialmente en su antebrazo, oculta por la manga, lista para materializarse.

Naoki la observó durante tres segundos eternos. Luego, soltó otra risotada, esta vez más cínica.

—Vaya, qué cara has puesto —dijo Naoki, negando con la cabeza—. Relájate. Seguramente no eres la Hitomi Valmorth. Escuché rumores mientras viajaba de que una niña se le escapó de las manos a Laila Valmorth, pero seamos realistas: una Valmorth de sangre pura preferiría cortarse las venas antes que trabajar en una cafetería mugrienta sirviendo café a tipos como yo. Debes ser una pariente lejana, una rama olvidada del árbol genealógico que heredó los ojos y el cabello, pero no la arrogancia.

Naoki le guiñó un ojo, ajeno al hecho de que estuvo a milímetros de ser decapitado por una lanza de luz ancestral.

—Gracias por la tarta, pequeña Valmorth lejana. Si alguna vez te cansas de Vancouver, busca a Naoki en Japón. Me gustan las chicas que saben guardar secretos.

Naoki salió de la cafetería, dejando que el aire gélido de la noche entrara por un instante antes de que la puerta se cerrara.

Hitomi se quedó inmóvil, con las manos temblando ligeramente sobre el mostrador. La revelación de Naoki la había dejado vulnerable. Si un hombre lobo de nivel medio podía notar sus rasgos, ¿cuánto tiempo tardarían los sabuesos de su madre en hacer lo mismo?

—¿Janet? ¿Estás bien, cielo? —preguntó Emily, acercándose con preocupación—. Te has quedado pálida como un papel. ¿Ese hombre te ha dicho algo malo?

—No, Emily... solo estoy cansada —mintió Hitomi, desatándose el delantal con movimientos frenéticos—. De hecho, me siento un poco mal. ¿Te importa si me voy un poco antes hoy?

—Claro, vete a descansar. Mañana será otro día.

Hitomi no esperó a que terminara de hablar. Salió de la cafetería y se sumergió en la niebla de Vancouver. Ya no se sentía segura. El nombre "Valmorth" había salido de la boca de un extraño en el rincón más alejado del mundo de su casa. Su plan original de esconderse en la ciudad había muerto en ese mismo instante. Tenía que irse. Tenía que llegar a Alberta antes que Naoki, o al menos, usar a Naoki como escudo.

Vio la silueta de Naoki a lo lejos, caminando con paso pesado. El hombre se detuvo en una esquina para encender un cigarrillo, la brasa roja brillando en la oscuridad como el ojo de una bestia. Hitomi se movió como una sombra, usando las técnicas de infiltración que Alistar le había enseñado cuando era niña. Mantuvo la distancia, ocultándose tras los contenedores de basura y los coches aparcados.

Su plan era seguirlo hasta donde se hospedaba, esperar al amanecer y seguirlo hasta Alberta. Pero el destino tenía un sentido del humor retorcido.

Naoki caminó tres manzanas y se detuvo frente a un edificio de ladrillo viejo, con un cartel de neón parpadeante que decía: "The Coast Hotel".

Hitomi se detuvo en seco bajo la lluvia, ocultándose en el hueco de un portal. Observó cómo Naoki entraba en el vestíbulo, saludaba al recepcionista con un gesto brusco y subía por las escaleras.

—No puede ser... —susurró Hitomi.

Era el mismo hotel donde ella se estaba quedando. El "héroe" enviado por Japón para capturar a Ryuusei estaba durmiendo a solo unos pisos de distancia de la fugitiva más buscada de Europa.

Hitomi esperó diez minutos antes de entrar. Caminó por el vestíbulo con la cabeza baja, evitando la mirada del recepcionista, y subió a su habitación. Al cerrar la puerta con triple cerrojo, se apoyó contra la madera, tratando de calmar su respiración.

Sacó su mochila y empezó a meter sus pocas pertenencias. El tinte negro, la ropa de "Janet", los ahorros. La Lanza de la Aurora vibraba con una intensidad inusual, un zumbido constante que parecía señalar hacia el este, hacia las montañas.

—Vancouver se acabó —dijo para sí misma, mirando su reflejo en el espejo empañado—. Mañana empieza la verdadera huida.

Hitomi sabía que seguir a Naoki era su mejor opción para encontrar la Base Genbu, pero también era caminar por el filo de una navaja. Si él descubría que ella no era una "Valmorth lejana", sino la pieza central de la guerra de su madre, Naoki podría decidir que entregarla a la Asociación era un premio mucho mejor que capturar a Ryuusei.

Pero Hitomi Valmorth ya no tenía miedo de los lobos. Ella había crecido en una casa llena de ellos, y ahora, por primera vez, tenía una lanza propia para defenderse.

Cerca de la medianoche, Hitomi se asomó por la ventana. En el piso inferior, vio el resplandor de un cigarrillo en un balcón. Naoki estaba allí, mirando hacia la niebla, olfateando el aire frío de Canadá. Hitomi cerró las cortinas. La cacería hacia Alberta comenzaría con el primer rayo de sol, y ella no pensaba perder el rastro del lobo.

More Chapters