WebNovels

Chapter 187 - La Belleza Velada

Siete días habían pasado desde que el cabello de Hitomi Valmorth se tiñera de negro y su vida se redujera a las cuatro paredes de "The Rusty Bean". Al principio, la transición fue desastrosa. Para alguien que nació en una cuna de seda, donde el café se servía en porcelana fina y la comida aparecía mágicamente por obra de chefs de estrellas Michelin, la máquina de espresso era una bestia indomable de vapor y ruido.

Durante los primeros tres días, Janet —como ahora todos la conocían— arruinó más granos de los que sirvió. El vapor de la leche le quemaba los dedos, la molienda era demasiado fina o demasiado gruesa, y sus intentos de hacer postres básicos terminaban en masas informes que parecían cemento dulce. Una tarde, intentó preparar un jugo de naranja natural y terminó rompiendo el exprimidor manual, aplicando sin querer una fracción de su fuerza.

Emily, su compañera de cuarenta años, observaba todo con una mezcla de horror y ternura.

—Cariño, bendito sea tu rostro, porque tus manos... —Emily suspiró, quitándole el exprimidor roto—. Janet, eres una chica preciosa, pero a este paso vas a ser una esposa terrible. Ni siquiera sabes preparar un jugo sin destruir la cocina. ¿Es que en tu pueblo te lo hacían todo los pajaritos como en un cuento de hadas?

Hitomi bajó la mirada, fingiendo vergüenza mientras limpiaba el mostrador. "No eran pajaritos, Emily, eran sirvientes con miedo a ser ejecutados", pensó con una amargura que guardó para sí misma. Pero agradecía la paciencia de Emily. La mujer mayor no veía en ella a una poderosa Valmorth, sino a una joven desvalida que claramente había escapado de una vida demasiado protegida.

A pesar de su torpeza culinaria y su nuevo look austero, el mayor problema de Hitomi no era la máquina de café, sino su propia genética. El linaje Valmorth no solo otorgaba poder, sino una simetría facial y una elegancia que el tinte negro no podía borrar.

Pronto, "The Rusty Bean" se convirtió en el epicentro de los adolescentes de la zona. Jóvenes de secundaria y universitarios llegaban en hordas, pidiendo el café más barato del menú solo para tener una excusa para mirarla.

—Oye, Janet... ¿a qué hora sales? —preguntó un chico con el cuello de la chaqueta levantado, tratando de parecer rudo—. Tengo un coche nuevo. Podríamos ir a ver las luces del puerto.

Hitomi ni siquiera levantó la vista del paño con el que limpiaba la barra. —No tengo interés en barcos, ni en coches, ni en ti. Son cinco dólares con cincuenta. Siguiente.

Emily, que estaba cerca lavando tazas, intervino rápidamente cuando vio que el chico iba a insistir.

—Ya la has oído, galán. Circula. Janet es mucha mujer para un niño que todavía tiene que pedirle permiso a su madre para usar el auto —dijo Emily con un tono maternal pero firme, empujando al chico hacia la salida con un gesto de la mano—. ¡Vete a estudiar, que no queremos espantar a los clientes de verdad!

Hitomi se sintió extrañamente protegida. En la mansión, los hombres que se acercaban a ella lo hacían por política, por miedo o por lujuria de poder. Aquí, Emily actuaba como un escudo contra la mediocridad.

Hubo incluso un momento inusual a mitad de semana cuando una chica de su edad, con piercings y mirada decidida, se acercó a la barra cuando no había nadie más.

—Mira, Janet, veo que rechazas a todos los tíos que entran por esa puerta —dijo la chica, dejando su número escrito en una servilleta—. Pensé que quizás... bueno, que quizás eras de nuestro bando. Si quieres salir con alguien que no sea un idiota, llámame.

Hitomi miró la servilleta y luego a la chica. No sintió asco, pero tampoco interés. Sintió... nada.

—Gracias, pero no es eso —respondió Hitomi con una amabilidad gélida—. Simplemente no siento atracción por los chicos. Y para ser honesta, tampoco por las chicas. Mi mente está en otro lugar, muy lejos de aquí.

La chica asintió, derrotada pero respetuosa, y se marchó. Emily, que lo había escuchado todo, le dio una palmadita en el hombro.

—A veces me pregunto si tienes sangre de hielo en las venas, Janet. Pero bueno, mejor así. Enamorarse es un lío de facturas y llantos.

La noche del séptimo día, la cafetería estaba sumida en una penumbra acogedora. La niebla de Vancouver golpeaba los cristales y el olor a café quemado se mezclaba con el aroma a asfalto mojado. Fue entonces cuando la campana de la puerta sonó con un tintineo pesado.

Entró un hombre. No era un adolescente buscando un número, ni un cliente habitual. Era un adulto, de unos 39 años, de complexión robusta y aspecto descuidado. Tenía una melena castaña desordenada y una barba de varios días que le daba un aire salvaje. Lo que más llamó la atención de Hitomi fue su comportamiento: se rascaba la cabeza con una insistencia casi animal y olfateaba el aire de forma sutil.

Hitomi se tensó de inmediato. Sus instintos de Sexta Generación gritaron: "Peligro". Por un segundo, pensó que era un Deep, uno de esos humanos salvajes que su madre usaba como sabuesos. Pero había algo diferente. Los Deeps olían a muerte y putrefacción; este hombre olía a bosque y a poder contenido.

—Cuidado con ese —susurró Emily, acercándose a Hitomi mientras el hombre se sentaba en una esquina—. Vino hace unos días. Escuché por ahí que es de Japón. Dicen que es un "Hombre Lobo" vinculado a la Asociación de Héroes.

Hitomi arqueó una ceja. —¿Héroes? ¿Aquí?

—Están por todas partes ahora, Janet. Según las noticias, están investigando a un tal Ryuusei Kisaragi. Dicen que es japonés, pero está operando aquí en Canadá de forma ilegal. Las cosas se han puesto tensas en las montañas.

Hitomi sintió un vuelco en el corazón al escuchar el nombre de Ryuusei. Disimuló su agitación y tomó su libreta de pedidos. Caminó hacia la mesa del extraño con la gracia silenciosa que era incapaz de ocultar.

El hombre estaba mirando un mapa de la provincia de Alberta, rascándose la nuca con fuerza. Sus facciones eran toscas pero extrañamente honestas.

—¿Qué le pongo? —preguntó Hitomi en inglés.

El hombre levantó la vista. Sus ojos tenían un destello ámbar fugaz. Pareció confundido por la pregunta. Abrió la boca, pero solo soltó unos sonidos guturales antes de negar con la cabeza, frustrado. No hablaba ni una palabra de inglés.

Hitomi lo observó. Para una Valmorth, la educación era una armadura. Su madre se había asegurado de que hablara siete idiomas con fluidez, considerándolo necesario para la diplomacia... o para el espionaje. Si este hombre venía de Japón y buscaba a Ryuusei, ella necesitaba hablar con él.

—Yōkoso —dijo Hitomi, cambiando su tono al japonés más puro y aristocrático—. Go-chūmon wa nandesuka? (Bienvenido. ¿Cuál es su pedido?)

El hombre dio un respingo en su silla, tan sorprendido que casi tira el mapa. Sus ojos se abrieron de par en par al ver a aquella chica de apariencia humilde hablándole en su idioma natal con una pronunciación perfecta.

—¿Hablas japonés? —respondió él, aliviado, con una voz ronca—. ¡Cielos, pensé que moriría de hambre en este país de mudos!

—Sé varios idiomas —respondió ella con cautela—. ¿Qué hace un hombre de la Asociación de Héroes tan lejos de casa?

El hombre se relajó visiblemente, aunque no dejó de rascarse el brazo. —Me llamo Naoki. Me enviaron para rastrear a una "Singularidad" que escapó de las islas. Un tal Ryuusei. Dicen que es peligroso, pero yo solo veo a un chico tratando de sobrevivir. Aunque mis jefes no piensan lo mismo.

Naoki estudió el rostro de Hitomi por un momento. Su instinto animal parecía detectar algo bajo el cabello negro, algo que le resultaba familiar y, a la vez, intimidante.

—Eres demasiado bella para estar sirviendo café en este rincón del mundo, niña —dijo Naoki con una sonrisa colmilluda—. Y tu japonés es demasiado bueno. Me recuerdas a la gente que suele darme órdenes en Tokio, pero con menos arrogancia.

Hitomi mantuvo su máscara de Janet. —Solo soy una camarera que quiere practicar el idioma.

—No me lo trago —rió Naoki—. Escucha, Señorita Janet. He estado comiendo comida enlatada y pan seco desde que llegué. Sería una descortesía absoluta para un caballero no invitar a cenar a la única persona que ha sido capaz de entenderme en esta ciudad.

Naoki señaló la silla vacía frente a él.

—Siéntate conmigo un momento. Te pagaré el café y lo que quieras comer. Solo quiero hablar con alguien que no me mire como si fuera un perro callejero. Además... presiento que tú sabes más de este Ryuusei de lo que dejas ver.

Hitomi miró hacia la barra. Emily le hizo un gesto con el pulgar hacia arriba, pensando que Janet finalmente estaba siendo amable con un cliente. Hitomi volvió la vista a Naoki. Sabía que acercarse a la Asociación de Héroes era un riesgo, pero Naoki era su puente directo hacia Ryuusei.

—Solo diez minutos —dijo Hitomi, sentándose con la espalda recta—. Pero yo elijo qué comer.

Naoki soltó una carcajada que hizo vibrar las ventanas. —Hecho. Cuéntame, Janet... ¿qué hace una chica como tú huyendo de una familia como la tuya?

Hitomi se congeló. El lobo tenía buen olfato. El juego de Janet se estaba volviendo peligroso, y el camino hacia Alberta acababa de complicarse.

More Chapters