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Chapter 186 - Ecos de la Aurora

El motor del avión privado aún zumbaba en los oídos de Hitomi Valmorth cuando las puertas de la terminal de Vancouver se abrieron, dejando entrar una ráfaga de aire salino y gélido. No era el frío aristocrático de Dinamarca, seco y previsible; este era un frío húmedo, cargado con el olor del Pacífico y la promesa de un anonimato que ella anhelaba con cada fibra de su ser.

Se quedó de pie en la acera, apretando las correas de su mochila. Por primera vez en sus diecisiete años, no había una limusina esperándola. No había guardaespaldas formando un perímetro, ni sirvientes inclinando la cabeza. Estaba sola, con una cantidad obscena de dinero en cuentas cifradas y un peso en el pecho que ninguna fortuna podía aliviar.

Caminó durante cuarenta minutos hasta que sus pies, acostumbrados a zapatos de diseñador y suelos de mármol, empezaron a protestar. Se detuvo frente a un hotel de cadena, un edificio de ladrillo y cristal que se anunciaba como "cómodo y asequible". Para cualquier otra persona era un lugar normal; para una Valmorth, era una celda de mediocridad. Al entrar, el recepcionista no se levantó de un salto. Apenas levantó la vista de su monitor, murmurando un precio por noche que a Hitomi le pareció una propina insignificante.

Al llegar a su habitación, lo primero que hizo fue mirarse al espejo del baño. La luz fluorescente, barata y parpadeante, acentuaba la palidez de su piel y, sobre todo, la luminiscencia casi sobrenatural de su cabello. Blanco como el hueso, puro como la nieve ártica. Era el sello de su linaje, el estandarte de la Sexta Generación. En la Hacienda Vindmølle, ese cabello era una corona; en Vancouver, era un faro que gritaba su ubicación a cualquier satélite o espía de su madre.

—Es demasiado —susurró, pasando sus dedos por las hebras de plata—. Demasiado Valmorth.

A la mañana siguiente, Hitomi salió a las calles con una capucha cubriendo su cabeza. Caminó hasta encontrar una peluquería de barrio, un local llamado "Estilo & Vida" que tenía las ventanas empañadas por el vapor. Al entrar, se detuvo en seco. Había personas sentadas en sillas de plástico, leyendo revistas viejas.

—¿Tienes cita? —preguntó una chica joven detrás de un mostrador lleno de botes de laca.

—No —respondió Hitomi, confundida—. Yo solo... quiero un servicio.

—Entonces tienes que anotarte en la lista y esperar tu turno, linda. Hay tres personas delante de ti.

Hitomi parpadeó. ¿Esperar? La idea era ajena. En su mundo, el tiempo de los demás se ajustaba al suyo. Pero aquí, bajo el cielo gris de Canadá, ella no era nadie. Se sentó en una silla de plástico crujiente y experimentó, por primera vez, el tedio de la espera. Observó el reloj de pared. Cinco minutos. Diez. Quince. Cada segundo era una lección de humildad. No era solo esperar por un corte de pelo; era esperar a que su antigua vida terminara de morir.

Finalmente, la peluquera la llamó. Era una mujer de unos treinta años, con dedos ágiles y una sonrisa cansada. Cuando Hitomi se quitó la capucha, el silencio cayó sobre el salón. Los otros clientes dejaron de hablar. El cabello de Hitomi parecía emitir su propia luz bajo las bombillas amarillentas.

—Cielos... —murmuró la peluquera, tocando un mechón con reverencia—. Nunca he visto algo así. Es... es perfecto. Ni siquiera el mejor tinte del mundo podría lograr este brillo. ¿Es natural?

—Sí —cortó Hitomi, sintiéndose expuesta—. Quiero que lo cortes. A la mitad. Un estilo sencillo.

La mujer abrió mucho los ojos. —¡Cariño, no! Esto es un pecado. Mira, si lo cortamos, podrías venderlo. Hay peluquerías de lujo que pagarían miles de dólares por una extensión de este color y calidad. Podrías ganar mucho dinero.

—No quiero dinero —dijo Hitomi, y su voz recuperó por un instante ese tono gélido —. Córtalo a la mitad. Y píntalo de negro. El negro más profundo que tengas.

La peluquera suspiró, claramente dolida por tener que destruir una obra de arte de la naturaleza, pero preparó las tijeras.

—¿Eres nueva en la ciudad? —preguntó la mujer mientras el primer mechón de plata caía al suelo como una pluma muerta—. No tienes acento de aquí.

Hitomi guardó silencio un momento, mirando cómo su identidad se acumulaba en el piso. —Me mudo desde lejos. Me llamo Janet.

—Un placer, Janet. Yo soy Sarah. Bueno, bienvenida a Vancouver. Aquí a nadie le importa mucho de dónde vienes, siempre que sepas aguantar la lluvia.

Cuando Sarah terminó, Hitomi apenas se reconoció. El cabello negro, azabache y opaco, enmarcaba su rostro de una forma que resaltaba la intensidad de sus ojos, pero apagaba esa "aura" de divinidad que siempre la había rodeado. Ya no era la Flor Blanca. Ahora era una chica más en una ciudad llena de gente rota.

Al regresar al hotel, la soledad la golpeó con la fuerza de un huracán silencioso. Se sentó en la cama deshecha y sacó su teléfono satelital, un dispositivo encriptado que solo unas pocas personas conocían.

Revisó sus mensajes. Nada.

—Alistar... —susurró el nombre de su fiel sirviente, el hombre que la había ayudado a escapar, el único que la trataba como a un ser humano y no como a un activo biológico—. ¿Por qué no respondes?

Hitomi no podía saber que, en ese preciso instante, Alistar estaba encadenado en los niveles inferiores de la mansión en Dinamarca, con el cuerpo marcado por los interrogatorios de Yusuri y la mirada fría de Laila juzgando su traición. Para ella, el silencio de Alistar era un vacío aterrador. Se sentía a la deriva.

Empezó a pensar en sus hermanos. Constantine, con su arrogancia eléctrica; Hiroshi, siempre calculador; y John... el hermano que más la asustaba porque era el que más se parecía a ella en su deseo de algo diferente, aunque su camino fuera la oscuridad. Ya no tenía que preocuparse por casarse con uno de ellos. Ya no había cenas familiares donde el aire se sentía como si pudiera cortarse con un cuchillo. Pero el precio de esa libertad era este vacío absoluto.

—Madre me está buscando —se dijo a sí misma, abrazando sus rodillas—. No enviará a la policía. Enviará a los perros. O peor, enviará a mis hermanos para "traerme a casa".

Tenía que moverse. No podía quedarse en un hotel para siempre. Necesitaba información. Necesitaba saber dónde estaba el único hombre que parecía ser capaz de desafiar la lógica del mundo que ella conocía: Ryuusei Kisaragi.

Había escuchado rumores sobre una base en algún lugar de las montañas, un lugar llamado Genbu. Pero Canadá era un territorio vasto, una selva de pinos y nieve donde era fácil perderse, pero difícil esconderse de los Valmorth.

Al tercer día, mientras caminaba por una calle secundaria cerca de Gastown, un cartel pegado en el cristal de una pequeña cafetería llamó su atención: "SE BUSCA AYUDANTE. EXPERIENCIA NO REQUERIDA. GANAS DE TRABAJAR".

Hitomi miró sus manos. Unas manos que habían sido entrenadas para empuñar lanzas ancestrales y tocar instrumentos de precio incalculable. ¿Podrían estas manos servir café a desconocidos? Entró en el local, un sitio llamado "The Rusty Bean". El dueño, un hombre mayor con una mancha de harina en el delantal, la miró durante tres segundos y, antes de que ella pudiera decir una palabra, asintió.

—Estás contratada, Janet —dijo el hombre—. Tienes una cara que atraerá a los clientes. Empiezas mañana a las seis. Aprende a usar la máquina de espresso o te despediré en una semana.

Así comenzó la segunda fase de su camuflaje. Hitomi, la Sexta Generación, pasó a ser la chica que preparaba lattes y limpiaba mesas.

Al día siguiente, conoció a su compañera de turno: Emily.

Emily era una mujer de unos cuarenta años, con el cabello recogido en una coleta desordenada y una energía que a Hitomi le resultaba agotadora. Emily no caminaba, revoloteaba. Y lo más importante: Emily no hablaba, emitía un flujo constante de información.

—¡Janet! Qué bueno tener sangre joven por aquí —dijo Emily mientras acomodaba los pasteles en la vitrina—. Arthur, el dueño, es un gruñón, pero tiene buen corazón. Yo llevo aquí cinco años. Es un trabajo honesto, ¿sabes? Paga las facturas.

Hitomi asintió levemente, concentrada en no quemar la leche.

—Tengo tres hijos, ¿sabes? —continuó Emily sin necesidad de una respuesta—. Dos están en la universidad en Toronto. Me cuestan un ojo de la cara y la mitad del otro. El mayor... ay, mi mayor es mi orgullo. Se llama Mark. Es un héroe. Bueno, de clase baja, ya sabes, de esos que patrullan los barrios para evitar que roben celulares. El sueldo es una miseria, pero el chico quiere ayudar. Dice que tiene un "don físico", puede endurecer su piel como si fuera cuero viejo. No es mucho contra un villano de verdad, pero le da para comer.

Hitomi escuchaba en silencio. Para ella, la palabra "héroe" siempre había estado ligada a términos como "Primera Generación" o "activos estratégicos". Escuchar a una madre hablar de su hijo héroe como alguien que apenas llega a fin de mes era una perspectiva que nunca había considerado. En el mundo Valmorth, el poder era estatus, era corona, era dominio. Aquí, el poder era solo una herramienta para sobrevivir un día más.

—¿Y tú, Janet? —preguntó Emily, apoyándose en el mostrador—. No hablas mucho. ¿Tienes novio? ¿Familia? Pareces una chica que ha visto mucho mundo para ser tan joven. Esos ojos tuyos... parecen los de alguien que ha estado en una guerra.

Hitomi se tensó. Sintió el peso de la Lanza de la Aurora vibrando en un rincón de su mente, como si el arma respondiera a la mención de la guerra.

—No tengo a nadie —respondió Hitomi, su voz apenas un hilo—. Mi familia... no estamos en contacto. Solo busco un lugar tranquilo.

Emily la miró con una pizca de tristeza materna. —Vaya. Bueno, aquí estás segura. Vancouver es un buen sitio para empezar de nuevo. Y si alguna vez necesitas hablar, aquí tienes a Emily. Soy mejor que un psicólogo y mucho más barata.

Hitomi no respondió. No tenía nada que aportar. ¿Qué iba a decirle? ¿Que su madre era una matriarca que controlaba naciones desde las sombras? ¿Que sus hermanos eran peligrosos metahumanos con complejos de Dios? ¿Que ella misma era capaz de invocar ocho lanzas de luz que podrían reducir esa cafetería a cenizas en un parpadeo?

Se limitó a limpiar la barra con una precisión casi quirúrgica. Mientras Emily seguía hablando sobre los precios del alquiler y las hazañas de su hijo Mark, Hitomi miraba por la ventana hacia las montañas que se alzaban a lo lejos.

En algún lugar de esa inmensidad estaba Ryuusei Kisaragi. En algún lugar de ese bosque profundo, el destino la estaba esperando. Pero por ahora, Janet solo tenía que aprender a preparar el café perfecto y rezar para que los perros de su madre no hubieran llegado ya al aeropuerto.

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