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Chapter 185 - El Gorrión entre los Lobos

El interior del auto blindado era un santuario de cuero y silencio, interrumpido únicamente por el murmullo del motor eléctrico mientras atravesaba las calles lluviosas de Copenhague. Laila Valmorth se mantenía inmóvil, mirando su reflejo en la ventanilla, mientras Yusuri ajustaba los detalles de la misión en su tableta táctica.

—Ama Laila —rompió el silencio Yusuri, con una curiosidad que rara vez se permitía mostrar—. Estaba pensando en lo que dijo ante los ministros. ¿Es realmente su teoría que, en algún punto, todos los que poseemos dones querremos gobernar el mundo de forma absoluta?

Laila apartó la vista del cristal y esbozó una sonrisa lánguida, cargada de una sabiduría amarga.

—No es solo una teoría, Yusuri; es una progresión biológica inevitable. Últimamente, a nivel global, el descontento de los metahumanos está hirviendo bajo la superficie. Se quejan de la Ley del Indefenso. Imagínalo: un individuo capaz de doblar el acero con la mirada o de correr a la velocidad del sonido es asaltado por un ladrón común con una navaja oxidada. Si el metahumano usa su poder para defenderse y deja una cicatriz al ladrón, la ley lo aplasta a él, no al delincuente. Es una humillación constante para la evolución.

Laila se acomodó en su asiento, cruzando las piernas con elegancia.

—Piénsalo con este ejemplo: imagina una jauría de perros grandes y fuertes. Tienen un amo humano, un hombre débil y malo que los domina a través del miedo y las leyes. Este amo trata a los perros pequeños y falderos con un amor infinito, dándoles los mejores cortes de carne, mientras que a los perros grandes, los que cazan y protegen la casa, les pega y los mantiene encadenados. Habrá un punto, Yusuri, donde los perros grandes se mirarán entre sí y comprenderán su fuerza. Ese día, se juntarán y matarán al dueño... y también a los perros pequeños, porque han sido los protegidos del opresor. Eso es lo que Ryuusei Kisaragi representa: el primer perro que ha dejado de lamer la bota del amo.

Yusuri asintió, procesando la cruda analogía. El mundo de Laila era uno de depredadores y presas, sin espacio para la moralidad humana.

—Entiendo —dijo Yusuri—. Por eso llamó a los Deeps. Pero... ¿qué son exactamente ellos? Los informes del gobierno son confusos.

Laila soltó una pequeña risa, una vibración suave en su garganta.

—Es difícil definirlos como personas, Yusuri. Son un experimento de la vieja guardia que el gobierno danés mantiene en secreto. Tienen colmillos largos como lobos, el cuerpo cubierto de un vello grueso y áspero, y rostros que parecen perros salvajes congelados en un gruñido eterno. Pero no se equivoquen, no son hombres lobo de leyendas; son humanos cuya genética ha sido degradada hacia lo atávico. Los Deeps no tienen voluntad propia; siempre tienen un dueño que los mantiene encadenados, liberándolos solo cuando la cacería lo requiere.

—En pocas palabras, humanos salvajes —concluyó Yusuri.

—Exactamente —respondió Laila, mirándolo con un brillo divertido en los ojos—. Vaya, Yusuri, hoy has estado muy preguntón. Me gusta que te intereses por la política de la carne.

Ambos compartieron una risa breve y gélida antes de que el auto se detuviera frente a la mansión de la familia Valmorth. La noche apenas comenzaba.

Ya en la seguridad de la mansión, Yusuri no perdió tiempo. Convocó a su equipo personal: cuatro mestizos de una corpulencia antinatural, hombres que habían sido entrenados para ser muros de carne y músculo.

—El objetivo es Elton Krusky —ordenó Yusuri mientras sus hombres se ajustaban máscaras de tela negra que solo dejaban ver sus ojos—. No debe quedar rastro de su linaje. La ama Laila ha pedido sus cabezas, y se las daremos antes de que el sol salga.

El grupo se movió con la precisión de un mecanismo de relojería. Llegaron a la mansión de Krusky, una estructura de cristal y acero que gritaba riqueza, pero que carecía de la protección mística de los Valmorth. Las luces de las habitaciones estaban apagadas, sumiendo la propiedad en un silencio sepulcral que solo era roto por el viento.

Aprovecharon una sombra en el perímetro para entrar. El grupo de mestizos se separó con señas manuales; dos de ellos se dirigieron al ala de los dormitorios de los niños, mientras Yusuri encabezaba el asalto al cuarto principal.

Yusuri deslizó la puerta del dormitorio de Elton. El hombre dormía plácidamente, roncando levemente, ajeno al hecho de que su sentencia de muerte ya había sido firmada. Yusuri desenvainó su espada corta, cuya hoja de carbono no reflejaba la luz. Estaba a punto de lanzar el tajo final sobre el cuello del millonario cuando un destello metálico cruzó la habitación.

¡Clang!

Yusuri bloqueó un ataque instintivo. Desde las sombras del rincón apareció un hombre joven, vestido con un traje táctico ligero y una capa que recordaba al plumaje de un ave.

—Gorrión —masculló Yusuri con desprecio—. Un héroe de Primera Generación haciendo de guardaespaldas por unas cuantas coronas. Qué decadente.

—¡Krusky, despierte! —gritó Gorrión, empuñando sus dos dagas dentadas—. ¡Corra con sus hijos! Yo ganaré tiempo.

Elton Krusky se levantó de un salto, con el corazón martilleando contra sus costillas al ver a los asesinos en su habitación. El terror lo paralizó por un segundo hasta que el choque de los metales lo sacó del trance.

—¡Mis hijos! —gritó Elton, saliendo disparado por la puerta lateral hacia los dormitorios de los pequeños.

Gorrión se lanzó al ataque. Era un héroe de categoría baja, pero su velocidad era notable para alguien de Primera Generación. Sus dagas se movían en un patrón errático, buscando los puntos débiles en la armadura de Yusuri.

—Eres rápido, pajarito —dijo Yusuri, esquivando un tajo que pasó a milímetros de su garganta—, pero te falta el peso de la sangre.

Yusuri no usó su espada de inmediato. Quería saborear la desesperación del héroe. Se movía con una economía de movimiento aterradora, bloqueando cada estocada con el dorso de su guantelete metálico. Gorrión intentó una maniobra acrobática, saltando sobre los muebles para atacar desde arriba, pero Yusuri previó el movimiento.

Con un golpe de palma abierta, Yusuri impactó en el pecho de Gorrión, lanzándolo contra una cómoda de mármol que se hizo añicos. El héroe escupió sangre, pero se puso de pie, sus manos temblando bajo el peso de sus dagas.

—No... no pasarás —jadeó Gorrión, lanzando sus dagas como proyectiles mientras desenfundaba otras dos ocultas en sus botas.

Yusuri desvió las dagas en el aire con un solo movimiento de su espada. La diferencia de poder era abismal. Para Yusuri, esto no era una batalla; era una ejecución que se estaba alargando demasiado.

—Ya me aburriste —sentenció Yusuri.

De sus antebrazos, Yusuri desplegó unas cadenas de acero templado, finas como hilos pero fuertes como amarras de barco. Con un movimiento de látigo, las cadenas envolvieron las muñecas de Gorrión. El héroe gritó de frustración e intentó soltarse, pero Yusuri tiró de él, acercándolo hacia su puño.

El golpe final fue un impacto seco en el rostro que rompió la máscara de Gorrión. Antes de que el héroe pudiera caer, Yusuri pasó las cadenas alrededor de su cuello y apretó. El forcejeo de Gorrión fue violento al principio, sus manos arañando el acero que le robaba la vida, pero poco a poco sus fuerzas se desvanecieron. Sus ojos se pusieron en blanco y sus brazos cayeron inertes.

Gorrión, el héroe que intentó ser un escudo, murió en el suelo frío de la mansión, una víctima más de la voluntad de los Valmorth.

Minutos después, en el gran salón de la entrada, el segundo grupo de mestizos arrastró a los supervivientes. Elton Krusky no había logrado escapar. Estaba de rodillas, rodeado por sus hijos: dos niñas pequeñas de apenas 6 y 7 años, cuyos rostros estaban empapados en lágrimas de puro terror, y su hijo mayor, George, de 19 años, que intentaba inútilmente proteger a sus hermanas con sus propios brazos.

Yusuri entró en el salón, limpiando la sangre de su espada con un pañuelo de seda.

—Por favor... —suplicó Elton, su voz rota—. Tomen todo el dinero. Mis empresas, mis propiedades... pero dejen a mis hijos. Ellos no tienen la culpa de mi imprudencia.

Yusuri se detuvo frente a ellos, mirando a George. El joven tenía una mirada ardiente, una mezcla de odio y valentía que llamó la atención del ejecutor.

—Dejen vivir al mayor —ordenó Yusuri con una indiferencia que helaba la sangre—. Pero corten la cabeza del padre y de las niñas. La ama Laila fue muy clara: no debe haber rastro de esta imprudencia en el futuro, y las ramas pequeñas son las que más rápido crecen.

—¡No! ¡Por favor! —gritó George, lanzándose hacia adelante—. ¡Mátame a mí! ¡Ellas son solo niñas! ¡Tienen toda la vida por delante!

Los mestizos lo sujetaron contra el suelo, obligándolo a mantener los ojos abiertos. George luchó con todas sus fuerzas, gritando hasta que su garganta sangró, pero fue inútil. Con una eficiencia brutal y sin una pizca de remordimiento, los verdugos cumplieron la orden.

George vio, en una fracción de segundo que pareció durar una eternidad, cómo las cabezas de su padre y de sus dos hermanitas rodaban por la alfombra blanca, tiñéndola de un carmesí que nunca se borraría.

El silencio que siguió fue más aterrador que los gritos. George se quedó inmóvil, mirando los ojos vacíos de sus hermanas. Un odio negro, denso y absoluto comenzó a cristalizarse en su pecho.

—¡Te mataré! —rugió George, mirando a Yusuri—. ¡Algún día encontraré la forma y te arrancaré el corazón! 

Todos los hombres de negro soltaron una carcajada burlona. El sonido resonó en la mansión vacía como un eco infernal. Yusuri se acercó a George y le puso la punta de su espada bajo la barbilla.

—Ese día llegará, muchacho —dijo Yusuri con una sonrisa cínica—, el día en que veas dragones volar por los cielos y los mares se conviertan en fuego. Hasta entonces, vive con este recuerdo. Que sea tu única razón para respirar.

Yusuri vio en los ojos del muchacho algo que no esperaba: una verdad absoluta. George no estaba lanzando una amenaza vacía; estaba declarando un hecho. Sin embargo, para un Valmorth, las amenazas de los débiles eran solo entretenimiento. Yusuri hizo una seña a sus hombres y todos desaparecieron en la oscuridad de la noche, dejando atrás una carnicería.

George se quedó solo en el centro del salón, rodeado por los restos de su familia. El llanto que emergió de sus pulmones no era humano; era el lamento de un animal herido de muerte. Pasaron los minutos, o quizás horas, y la sangre comenzó a secarse en el suelo.

De pronto, la temperatura de la habitación descendió aún más. Tres figuras vestidas con túnicas de un rojo tan intenso que parecía brillar aparecieron frente a él. No habían entrado por la puerta; simplemente estaban allí, como si hubieran surgido de las manchas de sangre.

—Hemos visto tu dolor, George Krusky —dijo uno de los hombres, su voz resonando en la mente del joven—. Tu odio es puro. Tu desesperación ha sido escuchada y aceptada por la Secta del Ocaso.

George levantó la vista, sus ojos nublados por las lágrimas y la rabia.

—¿Quiénes son ustedes? —susurró.

El hombre de rojo se acercó y dejó caer una invitación sobre el cuerpo de su hermana mayor. Era un sobre de pergamino negro con un sello de cera roja en forma de un ojo llorando sangre.

—Somos el lugar donde los olvidados encuentran la fuerza para devorar a los dioses —respondió la figura—. Si quieres tu venganza, si quieres ver a los Valmorth arder, búscanos. El camino ya ha sido trazado con la sangre de los tuyos.

En un parpadeo, los hombres de rojo desaparecieron, dejando a George solo con la invitación y la promesa de un poder que podría, algún día, oscurecer el sol de los Valmorth.

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