El aire en el tercer nivel del Nido se había vuelto tan denso que parecía que los pulmones de los hermanos Valmorth estaban filtrando mercurio. El Búho los observaba tras su máscara de porcelana, una efigie de sabiduría cruel que parecía deleitarse con el terror silencioso que emanaba de los tres jóvenes. El silencio era absoluto, roto únicamente por el zumbido de los servidores que procesaban los secretos del mundo.
—No se agiten, jóvenes príncipes —dijo el Búho, su voz recuperando ese tono juguetón que resultaba más aterrador que un grito—. No voy a matarlos. Mi red de información es un negocio, y no hay nada menos rentable que una guerra abierta contra Laila Valmorth. Si les quitara la vida, ella convertiría este nido en una pira funeraria antes de que el sol tocara el horizonte. Aprecio demasiado mi existencia como para dejarla arder por un arrebato de sadismo.
Hizo girar el cuchillo entre sus dedos gruesos. La hoja, bañada en una luminiscencia azulada, proyectaba sombras erráticas sobre las paredes de hormigón.
—Este acero —continuó, señalando el filo con una reverencia casi religiosa— está impregnado con la esencia de los fragmentos que han caído en África. Es un veneno para los dioses, una impureza estelar. Pero tranquilos, la dosis aquí es mínima, apenas un barniz. No es suficiente para matarlos, pero sí para recordarles que su carne no es sagrada.
Antes de que Constantine pudiera invocar las chispas de su poder o Hiroshi pudiera reaccionar, los guardias de negro actuaron con una sincronía perfecta. Con una fuerza que desafiaba la biología humana, inmovilizaron los brazos de los hermanos contra la mesa de obsidiana.
—Me gustan los dedos —murmuró el Búho, acercándose con el cuchillo—. Son el símbolo de la voluntad, lo que nos permite agarrar el destino. Un dedo por cada uno: el precio por la vida de su hermana y el conocimiento de la amenaza que viene del cielo.
El movimiento fue un destello azul. El dolor no fue inmediato; fue una onda de choque gélida que luego estalló en un incendio químico. Con tres cortes precisos, el Búho separó un dedo de la mano de cada hermano.
Los gritos de Constantine, Hiroshi y John desgarraron la quietud del santuario. Al mirar sus manos, el horror superó al dolor físico. De los muñones no brotaba la sangre roja y vibrante de la realeza Valmorth, sino un fluido espeso, de un verde bilioso y fluorescente que goteaba sobre la mesa como ácido. La piel alrededor de la herida comenzó a pudrirse visualmente, tornándose de un color esmeralda oscuro mientras el virus de las estrellas intentaba colonizar su sistema nervioso.
De inmediato, otro hombre de negro vertió alcohol industrial directamente sobre las heridas abiertas. El vapor subió en una nube acre y el ardor los hizo retorcerse en sus asientos, pero el avance del color verde se detuvo.
—El trabajo ya está pagado —sentenció el Búho, guardando el cuchillo en su túnica—. No se hundan en el drama. Sus dones de regeneración son lo suficientemente fuertes como para combatir esta pequeña dosis. En dos o tres días, sus dedos habrán crecido de nuevo, aunque les aseguro que el recuerdo del frío azul no se borrará tan rápido. Consideren esto una lección: incluso los dioses pueden sangrar de colores que no conocen.
Los hermanos, pálidos y sujetándose las manos envueltas en gasas empapadas, se levantaron con la mirada perdida. Mientras salían tambaleantes, John echó una última mirada atrás. Vio cómo, desde la espalda de la inmensa figura obesa, brotaban unas alas negras y masivas, plumajes de sombra que se extendieron hasta tocar el techo. Con un aleteo que no movió ni un papel, el Búho se elevó y desapareció en la oscuridad del nivel superior, dejando tras de sí solo el eco de una risa que sonaba como el crujir de huesos viejos.
Al día siguiente, la mansión se sentía como una fortaleza en estado de sitio. Laila ya había sido informada del "tributo" pagado por sus hijos. Lejos de estallar en furia, la noticia la había sumergido en una calma gélida. Ahora sabía dónde estaba su hija. Canadá. Y sabía quién era el obstáculo: Ryuusei Kisaragi.
—Carmen —llamó Laila mientras observaba el amanecer desde su balcón—. Prepara mi vestimenta oficial. La de seda negra con los broches de obsidiana. Iré a la capital. Mis hijos han hecho su parte; que descansen y dejen que sus cuerpos sanen esa inmundicia verde.
Laila convocó una reunión de emergencia con el gabinete de ministros de Dinamarca. La citación fue un mandato que nadie se atrevió a ignorar. Los hombres más poderosos del país llegaron al Parlamento aún ajustándose las corbatas, con los rostros marcados por el sueño interrumpido, preguntándose qué catástrofe había ocurrido para que una Valmorth los sacara de sus camas.
En el gran salón oval, Laila los esperaba bajo la luz de las lámparas de araña. Su sola presencia parecía absorber el calor de la habitación.
—¿A qué debemos este honor a estas horas, señora Valmorth? —preguntó el Ministro de Economía, tratando de ocultar un bostezo—. El país está estable, los mercados nos favorecen...
—La estabilidad es una manta que yo les pongo para que no sientan el frío del abismo —respondió Laila, caminando con paso lento alrededor de la mesa—. Existe un factor de caos que ustedes están ignorando por pura negligencia. Un tal Ryuusei Kisaragi.
Los ministros intercambiaron miradas de escepticismo.
—¿El chico de los informes rusos? —dijo el Ministro de Defensa—. Escuchamos que detuvo a una unidad japonesa y que incluso el arma "Aurion" tuvo que reconsiderar su avance. Pero es solo un niño, un fenómeno de feria que tuvo suerte en la nieve. No representa una amenaza real mientras el equilibrio entre las potencias se mantenga.
Laila se detuvo frente al ministro y se inclinó, su rostro a milímetros del suyo. —Su mediocridad es insultante. Ryuusei no es solo un combatiente; es una anomalía que rompe la lógica de nuestras leyes. Si seguimos ignorándolo, el sistema que hemos construido durante un siglo se vendrá abajo. Los Valmorth sostenemos la economía de Dinamarca, sí, pero el dinero no compra la obediencia cuando los poderosos deciden que ya no necesitan a los débiles.
Laila se enderezó, barriendo la sala con su mirada carmesí.
—Hablemos de leyes. Ustedes saben que nuestra paz social se basa en la Ley del Indefenso. Si una persona con poderes daña a una persona normal, la ley siempre, siempre, fallará a favor del débil. Es la única forma de que los humanos corrientes no nos teman y no se rebelen. Pero Ryuusei está demostrando que un individuo puede desafiar a estados enteros. Si los otros poseedores de dones ven que él puede ser libre y soberano, habrá revoluciones que no podremos contener con discursos ni con bancos. Además... —Laila hizo una pausa, y su voz bajó a un tono mortal— mi hija está con él.
El miedo, real y tangible, recorrió la mesa. Una Valmorth en manos de un rebelde era el fin de la seguridad para todos los presentes.
—Entendemos la gravedad —dijo el Primer Ministro, aclarando su garganta—. Activaremos a los Deeps de inmediato. Los operativos de inteligencia profunda viajarán a Canadá bajo cobertura diplomática. Investigaremos cada milímetro de la vida de Kisaragi y traeremos a la señorita Hitomi de vuelta.
Laila asintió, satisfecha. Se dio la vuelta y salió del salón, dejando tras de sí un silencio cargado de pavor.
Mientras esperaba su auto en la escalinata del Parlamento, un hombre se separó de las sombras. Era Elton Krusky, un multimillonario del sector tecnológico, un hombre sin dones pero con un ego alimentado por miles de millones de coronas. Para él, los Valmorth eran simplemente una competencia antigua que necesitaba sangre nueva.
—Señora Valmorth —dijo Elton, bloqueando sutilmente su paso con una sonrisa de suficiencia—. Siempre tan impresionante, incluso cuando parece estar a punto de iniciar una guerra.
Laila lo miró como quien mira a un insecto particularmente ruidoso. —¿Qué quiere, Krusky? No estoy de humor para sus propuestas de inversión.
—Oh, no es solo inversión. ¿Leyó la carta que le envié? —Elton se acercó más, ignorando el protocolo de distancia—. Ahora que es viuda, una mujer de su calibre necesita un hombre que maneje el mundo moderno. Propuse una alianza matrimonial. Si no es conmigo, quizás alguna de sus parientes... alguna que sea lo suficientemente bella para llevar mi nombre. El apellido Valmorth mezclado con el mío sería la unión perfecta entre la tradición y el futuro.
Laila soltó una risita seca, una vibración sin alegría. —Tiene usted una audacia fascinante, Elton. O quizás es simplemente una falta de instinto de supervivencia.
En un arrebato de estupidez monumental, Elton extendió la mano y la agarró de la cadera, atrayéndola un poco hacia él mientras le susurraba un cumplido grosero al oído. Laila no se movió, pero sus ojos brillaron con una intensidad que habría hecho huir a un lobo. En ese instante, su limusina blindada se detuvo frente a ellos.
—Lo tomaré en cuenta —dijo Laila con una voz que era puro hielo.
Subió al auto, donde Yusuri la esperaba en las sombras del asiento trasero. En cuanto la puerta se cerró, Laila comenzó a quitarse el vestido con gestos de asco profundo, como si estuviera cubierto de lodo.
—Yusuri, quema este vestido —ordenó Laila, su voz temblando de una rabia contenida—. Consígueme uno nuevo. Un gusano se atrevió a ponerme la mano encima.
Yusuri, que había presenciado la interacción a través de los cristales tintados, asintió con una calma letal. —¿Desea que eliminemos al señor Krusky, ama Laila? Su falta de respeto ha sido... notable.
Laila lo miró fijamente. —Mátalo. Y no solo a él. Quiero su cabeza, y quiero las cabezas de sus hijos. No dejaré que un linaje tan mediocre crea que puede tocar a una Valmorth y seguir existiendo. Que desaparezcan esta misma noche.
—Será un honor, ama Laila —respondió Yusuri con una sonrisa imperceptible mientras preparaba sus herramientas—. Elton Krusky no llegará a ver la luna de mañana. Nadie perturba la paz de la matriarca y conserva la vida.
El auto se alejó rápidamente por las calles de Copenhague, mientras la orden de muerte ya volaba hacia los verdugos de la familia.
