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Chapter 183 - El Trato Indecente

El descenso hacia el tercer nivel del nido no se sentía como bajar escaleras, sino como enterrarse vivo. A medida que los tres hermanos Valmorth dejaban atrás el estruendo de la fiesta decadente, el aire se volvía más denso, frío y cargado de un zumbido eléctrico constante. Las paredes de hormigón estaban recubiertas de paneles de plomo y cobre, diseñados para anular cualquier señal de radio o telepatía. Aquí, en el santuario del Búho, la privacidad era absoluta y el mundo exterior no era más que un recuerdo lejano.

Al final del pasillo, una puerta de acero reforzado se deslizó sin hacer ruido. Los hermanos entraron en una habitación circular, iluminada únicamente por docenas de monitores que parpadeaban con códigos, mapas satelitales y flujos de datos en tiempo real. En el centro, tras un escritorio de obsidiana, se encontraba una figura imponente por su volumen.

Era una persona extremadamente obesa, cuya silueta desbordaba una silla ergonómica de diseño industrial. Vestía una túnica de seda gris que ocultaba su cuerpo, pero lo más perturbador era su rostro: una máscara de búho tallada en porcelana blanca, con grandes ojos de cristal ámbar que parecían seguir cada movimiento con una fijeza inhumana.

—Bienvenidos, hijos del Hierro —dijo el hombre, y su voz era una mezcla extraña de alegría infantil y sabiduría antigua. Hizo un gesto lento con una mano rechoncha—. Siéntense. Los estaba esperando.

Los tres hermanos se miraron entre sí. Constantine, siempre el más cínico, arqueó una ceja mientras se acomodaba en una de las sillas de metal frío.

—¿Cómo sabes que vendríamos? —soltó John, su voz aún ronca por el golpe recibido en el callejón—. Ni siquiera nos habías visto entrar al edificio.

El Búho soltó una carcajada que sacudió su enorme vientre. El sonido, amplificado por la máscara, recordó al graznido de un ave rapaz nocturna.

—Oh, joven John... siempre tan impulsivo. ¿Realmente crees que mis ojos son solo estos de cristal? —El informante señaló los monitores—. Sé que vendrían desde que salieron de su mansión. Sé que Constantine te rompió un par de costillas en un callejón hace veinte minutos. Sé que su madre, Laila, está ahora mismo amenazando al Primer Ministro con un colapso económico si no cooperan.

Los tres hermanos se tensaron. La sensación de estar siendo observados por algo más grande que un hombre se instaló en sus nucas.

—No perdamos el tiempo —dijo el Búho, recuperando un tono serio—. Ustedes han venido aquí por una sola razón: su hermana Hitomi Valmorth. Huyó un viernes por la tarde, exactamente a las 5:30 PM, aprovechando el cambio de guardia y el silencio de los pasillos.

El silencio en la habitación fue total. Constantine apretó los apoyabrazos de su silla hasta que el metal crujió. Hiroshi sentía que el vello de sus brazos se erizaba. El nivel de detalle era aterrador.

—¿Cómo es posible que sepas la hora exacta? —preguntó Hiroshi en un susurro—. Ni siquiera nuestra madre estaba segura del minuto.

—Porque yo no soy "el" Búho —respondió el enmascarado, inclinándose hacia adelante—. Yo soy un Búho. Somos muchos, en todas partes. En las sombras de los aeropuertos, en los servidores de los gobiernos, en los pasillos de su propia casa. Formamos un solo organismo de información. Nada se mueve en este planeta sin que el nido lo sienta vibrar.

El Búho tecleó algo en su consola y un mapa holográfico de América del Norte se proyectó en el centro de la sala.

—Su hermana ya no está en territorio europeo —sentenció—. Ha cruzado el Atlántico. Ya llegó a Canadá.

—¿Exactamente en dónde? —exigió Constantine, poniéndose de pie—. Danos las coordenadas.

—Paciencia, primogénito —dijo el Búho con calma—. Esa información específica aún está viajando por nuestras redes. Canadá es un territorio vasto y ella se mueve con cautela. Pero sabemos a quién busca. No huye por huir; tiene un objetivo. Su hermana está buscando a Ryuusei Kisaragi.

Al escuchar ese nombre, el ambiente en la habitación cambió drásticamente. El nombre de Ryuusei era una herida abierta en el orgullo de la familia.

—Kisaragi... —masculló Constantine, mirando de reojo a su hermano menor.

El Búho giró su máscara hacia John, y aunque no tenía expresión, John sintió que el informante se estaba burlando de él.

—Un chico fascinante, ¿no es así, John? —dijo el Búho—. Tiene un equipo de gente con dones que desafían incluso nuestra lógica. Y, por supuesto, el joven John sabe muy bien lo que es perder contra él. Un encuentro... desafortunado en Rusia, ¿verdad?

John bajó la mirada, apretando los dientes hasta que le dolió la mandíbula. El recuerdo de su derrota ante Ryuusei era una mancha que no podía limpiar. En ese momento, se sintió pequeño ante la inmensidad de la red de información del Búho.

El informante guardó silencio unos segundos, dejando que la humillación de John se asentara. Luego, su voz volvió a sonar con ese tono alegre y perturbador.

—Como son los ilustres hermanos Valmorth, les daré un bonus. Una cortesía de la casa, por los viejos tiempos en que Michael financiaba nuestras primeras alas.

El Búho cambió la imagen del holograma. Ahora mostraba una región desértica en el corazón de África. En las imágenes, se veían cráteres recientes, pero no parecían causados por explosivos.

—Se dice que en África están cayendo fragmentos del cielo —explicó el Búho—. No son meteoritos comunes. Son cristales extremadamente brillosos que emiten una radiación que no habíamos registrado antes. Tienen una propiedad aterradora: tienen el poder de infligir heridas que no se cierran. Incluso en aquellos que poseen una regeneración de grado divino.

Hiroshi frunció el ceño. —¿Un arma anti-regeneración? Eso es imposible. Nuestra biología está diseñada para reconstruirse a nivel molecular en segundos.

—Ya no —sentenció el Búho—. Estos fragmentos actúan como un virus biológico. Si se usan en grandes cantidades o se refinan en proyectiles, pueden anular por completo el factor de curación. Parece estar diseñado específicamente para las Generaciones Quinta y Sexta. Es el fin de su invulnerabilidad, mis queridos dioses.

Constantine sintió un frío genuino en su sangre. Si esa información era cierta, la supremacía física de los Valmorth estaba en jaque. Los "fragmentos del cielo" eran la respuesta de la naturaleza a su arrogancia biológica.

—Ya hemos oído suficiente —dijo Constantine, levantándose—. Vámonos. Tenemos un avión que preparar para Canadá.

Los tres hermanos se dieron la vuelta para retirarse, pero antes de que pudieran dar un paso, el sonido metálico de unos cerrojos cerrándose resonó en toda la habitación. Las luces de los monitores se volvieron rojas.

—¿A dónde creen que van? —preguntó el Búho. Su voz ya no era alegre. Era fría, pesada y letal—. No han pagado.

John se giró, confundido. —¿Pagar? Mi madre tiene una cuenta abierta con ustedes. Solo envía la factura a la Hacienda. ¿Cuánto quieres? ¿Diez millones? ¿Cien? Pon el precio.

El Búho se levantó de su silla. Su enorme masa era impresionante, pero se movía con una agilidad que desafiaba su tamaño. De entre los pliegues de su túnica, sacó un cuchillo largo y curvo cuya hoja brillaba con una luz azul pulsante, similar a la radiación de los fragmentos de los que acababa de hablar.

—Yo no quiero su dinero, cachorros —siseó el Búho—. El dinero es papel para quienes lo ven todo. Yo quiero algo que tenga valor real. Quiero un pago en carne.

La puerta de atrás se abrió y cuatro hombres de hombros anchos, vestidos con armaduras tácticas y máscaras de búhos menores, entraron en la habitación. No eran humanos comunes; su sola presencia indicaba que habían sido mejorados biológicamente. Rodearon a los hermanos, obligándolos a sentarse de nuevo.

—¿Qué locura es esta? —gritó Constantine, sus manos empezando a emitir chispas de energía—. ¡Somos Valmorth!

—Aquí son solo clientes —respondió el Búho, acercándose a la mesa con el cuchillo azul—. El precio por la ubicación de Hitomi y el secreto de los fragmentos de África es el siguiente: tres dedos. Un dedo de cada uno de ustedes. Un sacrificio de su sangre "pura" para mi colección personal.

John sintió que el pánico intentaba trepar por su garganta. Miró el cuchillo azul; sabía instintivamente que esa hoja estaba impregnada con el virus de África. Si los cortaba con eso, sus dedos no volverían a crecer jamás. Estarían mutilados para siempre.

Los hombres de negro pusieron sus manos sobre los hombros de los hermanos, presionando con una fuerza sobrehumana.

—No pueden escapar de aquí —dijo el Búho, extendiendo su mano hacia la mano derecha de Constantine—. Sus poderes están siendo anulados por el recubrimiento de esta sala. Ahora... ¿quién de ustedes será el primero en demostrar que la sangre Valmorth realmente tiene valor?

El Búho levantó el cuchillo azul, y la luz reflejada en su máscara de porcelana hizo que pareciera un demonio antiguo reclamando una deuda que nunca debió ser contraída.

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