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Chapter 182 - La Sombra de Laila

La oscuridad en la habitación de la matriarca no era solo la ausencia de luz; era un peso físico, una mortaja de terciopelo que parecía devorar el aire. Laila Valmorth estaba sentada frente al gran ventanal que daba a los jardines helados, pero su mirada no estaba en el paisaje. En su mano sostenía un retrato de plata de Torben.

—Torben... —susurró Laila, y su voz, siempre cargada de una autoridad de acero, se quebró como un cristal fino—. No sé qué hacer desde que te fuiste. El imperio que construiste se siente como un castillo de naipes bajo una tormenta.

Se levantó y caminó por la estancia, sus pasos amortiguados por las alfombras persas. El silencio de la habitación era su único confidente.

—Nuestros hijos están bien, al menos los que heredarán tu fuerza. Pero John... John sigue siendo el mismo problema de siempre. Esa rebeldía, esa mirada que me recuerda tanto a Valerius. No puedo controlarlo como a los demás. Y ahora, Hitomi... —Laila apretó el retrato contra su pecho, cerrando los ojos con fuerza—. Nuestra pequeña se ha escapado. Ha huido del nido, Torben. Por favor, dondequiera que estés, ayúdame. Guíala de vuelta o dame la fuerza para traerla a rastras. Te extraño más que nunca... el peso de esta corona me está matando.

Una lágrima solitaria, pesada y cargada de una humanidad que ella misma se prohibía mostrar en público, rodó por su mejilla y se perdió en el encaje de su camisón. Por un breve instante, Laila no era la Reina de Sangre Pura; era una viuda desesperada.

Se detuvo frente al ventanal, donde el reflejo de su propio rostro lucía pálido y cansado.

—Y ahora, Hitomi... —Laila cerró los ojos y dos lágrimas pesadas, cargadas de una humanidad que ella misma se prohibía, rodaron por sus mejillas—. Nuestra pequeña ha escapado. Ha huido del nido, Torben. Te extraño más que nunca; el peso de esta corona de espinas me está hundiendo. Por favor, dondequiera que esté tu alma, ayúdame a traerla de vuelta. No permitas que la profecía se cumpla en mi guardia.

Al día siguiente, el sol de invierno iluminaba el gran comedor con una claridad clínica y despiadada. Laila presidía la mesa, con su máscara de perfección restaurada. Sus hijos desayunaban en silencio, mientras los sirvientes de sangre gris se movían como sombras, evitando hacer el menor ruido con la porcelana.

—Escúchenme bien —sentenció Laila, dejando su taza de té con una firmeza que hizo vibrar los cubiertos—. He tomado una decisión. No habrá matanzas de mestizos por venganza tras la huida de Hitomi. Ejecutarlos ahora no nos devolvería nada y solo desperdiciaría herramientas útiles. La Ley de los Mestizos sigue en pie por mandato de su padre, y yo la mantendré. Quien levante una mano contra un sirviente sin mi orden expresa, responderá ante mí con su propia vida.

Constantine asintió con una frialdad mecánica. Hiroshi se limitó a inclinar la cabeza. John, por su parte, mantenía la vista fija en su plato, con la mandíbula apretada.

—Tenemos un asunto más urgente —prosiguió Laila—. Deben encontrar a "El Búho". Saben de quién hablo. Es el único informante con ojos en cada satélite y cada puerto del Atlántico. Su base está oculta en la calle Bogenæsvej.

—¿En la zona diplomática? —preguntó Hiroshi, extrañado.

—Es una fachada —cortó Laila—. Una casa que parece el hogar de un abuelo cualquiera. Toquen la puerta, den la señal clave y entren. Él les dirá exactamente dónde está su hermana. Mientras ustedes se encargan de eso, yo iré a reunirme con el Primer Ministro. Necesito que el gobierno declare el espacio aéreo como zona de exclusión si es necesario. No podemos permitir que el nombre Valmorth sea arrastrado por la prensa extranjera. Váyanse. Ahora.

Los tres hermanos subieron al auto blindado, un vehículo negro mate que parecía un tanque de lujo. Un mestizo conducía en silencio, con el corazón latiéndole con fuerza; podía oler la violencia en el aire estancado del interior. A mitad de camino hacia el centro de la ciudad, Constantine puso una mano enguantada en el hombro del conductor.

—Detente en ese callejón. El que está entre los edificios de ladrillo rojo —ordenó Constantine.

El auto se detuvo en una zona sombría, donde el sol no llegaba. Constantine bajó primero, seguido por Hiroshi. John, sabiendo lo que venía, exhaló un suspiro de cansancio y se unió a ellos.

—John —dijo Constantine, dándose la vuelta. Su presencia era imponente, un muro de músculo y arrogancia—. Hiroshi me contó lo que hiciste la noche antes de que Hitomi se fuera. Que la atacaste en tu cuarto, que intentaste someterla por la fuerza para demostrar tu poder.

—Fue una lección de entrenamiento —mintió John, tratando de sostenerle la mirada.

No hubo más palabras. Constantine lanzó un derechazo que impactó en la mandíbula de John con la fuerza de un pistón hidráulico. El golpe lo lanzó contra la pared de ladrillos con un estruendo seco. Antes de que pudiera recuperar el aliento, Hiroshi le propinó una patada brutal en el abdomen que lo dejó de rodillas, tosiendo sangre.

—Ella se fue porque no soportaba estar en la misma casa que un animal como tú —siseó Hiroshi—. Si no fuera por tu estupidez, ella estaría aquí, bajo nuestra protección.

Constantine agarró a John por el cuello de la camisa y lo levantó hasta que sus pies apenas rozaban el suelo.

—Escúchame bien, traidor —gruñó Constantine—. Vamos a ir a buscar a ese informante. Vamos a traer a Hitomi de vuelta. Pero si no la encontramos antes de Nochebuena... te voy a ejecutar personalmente. Y no será una muerte limpia. Te arrancaré la piel tira por tira frente a nuestra madre para que aprenda lo que pasa cuando se tiene piedad con alguien como tú. ¿Entendido?

John escupió una mezcla de saliva y sangre a las botas de su hermano. —Ya me disculpé —dijo con una sonrisa sangrienta que no llegaba a sus ojos—. ¿Podemos volver al auto ya o vas a seguir perdiendo el tiempo?

Regresaron al vehículo en un silencio absoluto. Constantine y Hiroshi creían haber reafirmado su dominio, pero en el asiento trasero, John sentía que su poder vibraba en sus venas.

"Golpeen todo lo que quieran", pensó John mientras se limpiaba la sangre con la manga. "Disfruten de su corona de cristal. Algún día, yo seré el jefe de los Valmorth. Y cuando ese día llegue, todos ustedes, los "pura sangre" que se creen dioses, se arrodillarán ante mí. Y los mestizos... los que ustedes llaman basura... ellos serán los que caminen sobre sus tumbas".

Llegaron a la calle Bogenæsvej. Era un vecindario de una elegancia insultante, con jardines de rosas invernales y estatuas de mármol. Se detuvieron frente a una casa de fachada blanca y ventanas de madera noble. Nada indicaba que allí residía el hombre que conocía los pecados de medio mundo.

Tocaron la puerta tres veces. Una anciana de aspecto frágil y delantal de encaje les abrió. Sus ojos eran opacos, pero cuando Constantine pronunció la palabra clave, algo cambió en su postura.

—Buscamos el refugio del ave que no duerme —dijo Constantine.

La anciana se hizo a un lado con una reverencia mecánica y señaló una puerta oculta tras un tapiz en el pasillo. Los hermanos bajaron por una escalera de caracol de hierro que parecía descender hacia un infierno privado. A medida que bajaban, el aire se volvía más denso y el sonido de una música electrónica agresiva hacía vibrar los peldaños.

Al llegar al fondo, se encontraron en un club subterráneo de una escala inimaginable. Era una fiesta de la alta sociedad donde el exceso no tenía límites. Hijos de dictadores, modelos internacionales y herederos de corporaciones bailaban bajo luces de neón violeta. El olor a perfumes caros se mezclaba con el de sustancias prohibidas.

Los hermanos se instalaron en un reservado de cuero negro elevado, observando la masa humana con un desprecio compartido. John, ignorando el dolor punzante de sus costillas, no tardó en atraer la atención de dos jóvenes aristócratas que se acercaron, fascinadas por su aire de peligro y sus ojos inyectados en sangre.

—John, por el amor de Michael, compórtate —le recriminó Hiroshi—. Vinimos por información, no a buscar distracciones.

—La información fluye mejor cuando la gente se siente cómoda —respondió John, rodeando con el brazo a una de las chicas mientras le susurraba algo al oído que la hizo reír.

De pronto, la multitud pareció abrirse como el Mar Rojo. Una mujer de una belleza sobrenatural caminaba hacia ellos. Vestía un traje de seda negra que parecía absorber la luz y sus ojos, de un gris metálico, no mostraban miedo alguno ante los Valmorth.

—Los hermanos Valmorth —dijo ella, con una voz que era como terciopelo rozando acero—. El Búho me avisó que vendrían. Sangre Pura buscando respuestas en la oscuridad... es un espectáculo poco común.

Hiroshi se inclinó hacia adelante, bajando la voz. —Venimos a buscar al Búho. Sabemos que tiene información sobre nuestra hermana.

La chica sonrió, revelando unos dientes perfectamente blancos. —El Búho los recibirá, pero no aquí arriba. Este piso es para los que quieren olvidar el mundo. El piso de abajo es para los que quieren controlarlo. Síganme.

Se dio la vuelta, y los tres hermanos se levantaron, preparándose para entrar en el verdadero corazón del nido, donde los secretos se vendían al precio de la sangre.

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