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Chapter 181 - El Murmullo de las Sombras

El vapor de las ollas de cobre se elevaba como una niebla densa en la cocina de la Hacienda Vindmølle. Normalmente, este era un lugar de actividad frenética y disciplina absoluta, donde el sonido de los cuchillos picando vegetales y el chisporroteo de la carne para los amos marcaba el ritmo del día. Pero hoy, el ambiente era diferente. La humedad del ambiente no provenía solo del agua hirviendo, sino del sudor frío que empapaba la frente de más de cincuenta mujeres.

Todas eran Sirvientes de Sangre Gris.

La noticia había llegado como un latigazo a través de las redes de susurros que conectaban las propiedades de los Valmorth. No era un rumor; era una herida abierta en el corazón de su casta. Luigi, el amable y observador Luigi, estaba muerto. Su cabeza había sido separada de su cuerpo por el verdugo Yusuri. Y Alistar, el pilar, el hombre que durante décadas había sido el puente entre la furia de los amos y la supervivencia de los criados, había sido capturado, torturado y reducido a la esclavitud más absoluta en la sede principal.

—Si ellos han caído... ¿qué nos queda a nosotros? —susurró una joven sirvienta, dejando caer un plato que se hizo añicos contra el suelo de piedra. Nadie la regañó. El miedo era más fuerte que la disciplina.

—La ama Laila va a romper la Ley del Mestizo —dijo otra, con la voz temblorosa—. Torben los mantenía con vida por piedad, pero Laila... ella solo ve herramientas rotas. Sin Alistar para mediar, somos ganado esperando el matadero.

En un rincón, un grupo de sirvientas más jóvenes discutía con amargura.

—¡Es culpa de la señorita Hitomi! —exclamó una, apretando un paño de cocina—. ¡Esa niña tonta! ¡Escapar de la mansión! ¿Acaso no sabía lo que pasaría? Su "libertad" se está pagando con la sangre de los nuestros. Es una egoísta. Ahora Laila descargará su furia sobre cada mestizo que encuentre.

—Una niña tonta que nos ha condenado a todas —asintió otra, limpiándose una lágrima de rabia—. Por su capricho de ser "libre", Alistar está sufriendo un infierno.

—¡Silencio! —La voz no fue un grito, sino un mandato cargado de una autoridad que detuvo el tiempo.

Desde la despensa trasera emergió Marta, la sirvienta de mayor edad en la Hacienda. Su rostro era un mapa de arrugas y cicatrices invisibles, y sus ojos, de un gris pálido, parecían haber visto el nacimiento y la caída de reyes. Marta había servido a la madre de Laila antes de que Laila misma supiera caminar.

—Cierren las puertas —ordenó Marta—. Traben los cerrojos. Que ni un solo niño, sangre pura o mestizo, escuche lo que voy a decir. Esto no es para oídos que aún tienen esperanza.

Las sirvientas obedecieron mecánicamente. El sonido de las pesadas barras de hierro cayendo sobre las puertas de roble resonó como el cierre de una tumba. Marta caminó hacia el centro de la cocina, donde una gran mesa de madera de pino servía de altar para su historia.

—No llamen tonta a la señorita Hitomi —dijo Marta, mirando fijamente a las jóvenes—. Ella no es una niña huyendo; ella es el primer engranaje de una máquina que no pueden ver. La profecía que los Valmorth intentaron enterrar con sangre se está cumpliendo frente a nuestros ojos.

Las sirvientas se acercaron, formando un círculo de sombras bajo la luz de las lámparas de aceite.

—Hace muchos años —empezó Marta, su voz bajando a un tono casi hipnótico—, cuando Laila recién había tomado la corona de manos de un agonizante Torben, una anciana Valmorth llegó a la mansión. Era una pariente lejana, una mujer que Michael mismo había desterrado porque su mente estaba "contaminada" por visiones del futuro. Se decía que sus ojos no veían el presente, sino las raíces del árbol genealógico pudriéndose.

Marta hizo una pausa, asegurándose de que el silencio fuera total.

—Laila la recibió con desprecio, pero la anciana no buscaba oro ni perdón. Ella solo quería entregar una advertencia. Dijo que los Valmorth habían construido su imperio sobre un cristal demasiado delgado. Habló de flores... porque para ella, nuestra estirpe no es más que un jardín marchito.

Marta cerró los ojos, recitando las palabras que habían permanecido ocultas en su memoria por décadas:

—"Algún día", dijo la anciana, "una Flor Blanca nacerá con una fragancia que no pertenece a este jardín. Ella abandonará el nido de flores, no por miedo, sino por instinto, buscando a su igual en tierras lejanas. Pero ese vuelo tendrá un costo de pétalos rojos."

Las sirvientas escuchaban con la respiración contenida.

—"El vuelo de la Flor Blanca solo comenzará", continuó Marta, "cuando las dos Flores Rojo y Blanco, aquellas que llevan la realeza en su savia pero la impureza del barro en sus raíces, sean cortadas por la mano de la Gran Flor Blanca. La sangre de los hijos de Valerius será el abono para el fin de los tiempos."

Un escalofrío recorrió la cocina. La descripción de Alistar y Luigi era exacta: hijos del príncipe Valerius y de la enfermera humana, el rojo de la corona y el blanco de la pureza humana mezclados en un destino trágico.

—La anciana advirtió que si esto sucedía, la caída de los Valmorth sería inevitable. No vendría desde fuera, sino que el veneno subiría por las raíces. Dijo que los Valmorth lejanos, los primos que hoy se esconden en las sombras del poder mundial, despertarían como lobos hambrientos. Pelearían entre ellos por la corona de Laila, despedazando la familia hasta que no quede nada más que polvo de oro y huesos blancos.

Marta abrió los ojos, que ahora brillaban con una luz febril.

—Cuando Laila escuchó esto, no sintió miedo. Sintió un asco infinito. Mandó a matar a la anciana esa misma noche, creyendo que con su muerte las palabras se evaporarían. Pero miren a su alrededor... Luigi ha muerto. Alistar ha sido cegado. La Flor Blanca ha abandonado el nido. Todo está yendo según el diseño de ese destino maldito.

El miedo que antes paralizaba a las sirvientas empezó a transformarse. Ya no era el terror de la víctima, sino la anticipación del testigo. Si la profecía era real, sus vidas de servidumbre estaban a punto de terminar, de una forma u otra.

—Entonces... Alistar no es un esclavo —susurró la joven que antes lloraba—. Es el heraldo.

—Alistar lo sabía —dijo Marta con una sonrisa triste—. Por eso cantaba. Él sabía que su dolor era el precio de nuestra libertad. Él aceptó la oscuridad para que nosotros pudiéramos ver el incendio que viene.

Marta empezó a tararear una melodía. Era baja, gutural, cargada de siglos de opresión. Una a una, las sirvientas de la Hacienda Vindmølle se unieron. Las voces de las cocineras, las lavanderas, las amas de llaves y las costureras se entrelazaron en un solo coro que hizo vibrar las ollas de cobre y las paredes de piedra.

Sentadas en el suelo de la cocina, rodeadas de la opulencia que nunca poseerían, las mestizas cantaron el himno que Alistar había sembrado en sus corazones:

"Bajo el trono de cristal, la sangre empieza a hervir," (Las voces subieron de tono, unificadas por el rencor acumulado). "El sol de oro se oculta, para ya no salir." (Recordaron a Torben, el último rastro de piedad que se había apagado). "Ocho lanzas en el cielo, una sombra en el mar," (Pensaron en Hitomi y en ese aliado desconocido que la esperaba). "Los muros de los Valmorth, pronto verás caer."El sonido era sobrecogedor. No era una canción de alegría, era un ritual. Afuera, los guardias de sangre pura pasaban cerca de las puertas cerradas, pero el encantamiento de las voces parecía distorsionar el aire, impidiendo que los amos comprendieran el significado de lo que escuchaban. Para los amos, era solo el ruido de la servidumbre trabajando; para las mestizas, era la declaración de guerra.

"El ciego ve el camino, el muerto empieza a andar," (Cantaron por Alistar en su cobertizo y por Luigi en su tumba sin nombre). "La hija de la luna, a la madre ha de matar." (El verso final, el más prohibido, el que sellaba el destino de Laila). "Duerme ya, mi señora, en tu cuna de maldad, / que el fin de tu linaje, es nuestra libertad."

Cuando la última nota se desvaneció, el silencio que quedó en la cocina no era de miedo. Era un silencio de espera. Marta se levantó y se acercó a la ventana, mirando hacia el horizonte, hacia el oeste, donde el sol se ponía y donde, en algún lugar más allá del océano, una Flor Blanca estaba a punto de encontrarse con su destino.

—La cuenta regresiva ha comenzado —susurró Marta—. Que Michael Valmorth nos perdone, porque sus hijos no lo harán.

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