El sol de la tarde se filtraba a través de los vitrales de la Gran Hacienda "Vindmølle", una de las propiedades más antiguas de los Valmorth en la costa de Dinamarca. El aire olía a incienso caro y a papel viejo. Dentro del salón de historia, el silencio era absoluto, roto solo por el suave roce de las túnicas de seda.
Al frente, dos instructoras mestizas, seleccionadas por su belleza impecable y su voz de seda, manejaban los proyectores holográficos. Eran mujeres hermosas, pero sus ojos carecían de la chispa carmesí de los verdaderos señores. Eran solo recipientes de información.
—Escuchen con el alma —dijo una de las instructoras, su mano rozando el aire para activar una imagen tridimensional—. Porque lo que son hoy es el resultado de una guerra que comenzó antes de que la humanidad supiera que estaba siendo cazada.
El holograma mostró un campo de batalla devastado en Bélgica. El año era 1914. Entre el lodo y los cadáveres de soldados humanos, dos figuras infantiles caminaban tomadas de la mano.
—El mundo conocía el hierro solo como balas —continuó la maestra—, cuando Michael Valmorth abrió los ojos. No hubo madre que llorara su llegada; surgió del abismo con el cabello blanco como el hueso y ojos que eran pozos de sangre fresca. A su lado, Misuri, su hermana.
Los niños en el aula reaccionaron de inmediato. Viktor, un niño Sangre Pura de apenas diez años, sentado en su cómoda carpeta de roble, sonrió con una arrogancia que ya parecía grabada en su ADN.
—Eran dioses entre insectos —susurró Viktor, mirando con desprecio a los niños mestizos que, sentados en el suelo frío, evitaban su mirada—. Michael no pedía permiso para existir, él transmutaba la realidad.
La instructora asintió. —Michael podía cerrar el puño y convertir el lodo en oro o acero. Misuri poseía una fuerza que quebraba las leyes de la física. Ellos comprendieron que mezclarse con el "barro humano" era una sentencia de muerte para su divinidad. Por eso establecieron la Ley del Vínculo Primigenio. Se desposaron entre ellos para que la sangre no se perdiera.
La imagen holográfica cambió a una mesa de obsidiana en Ginebra, 1926. Allí, Michael y Misuri redactaron el Código que rige cada latido de la familia.
—Misuri, en su sabiduría superior, dictó el Canon de los Cuatro —explicó la segunda instructora—. Nuestra biología no es para la reproducción masiva. Cada mujer Valmorth solo daría cuatro frutos. Ni uno más, ni uno menos. Así, cada hijo es una potencia concentrada.
En el suelo, una niña mestiza llamada Elena apretó sus manos con fuerza. Ella sabía que, según ese canon, ella ni siquiera debería existir. Era un "sobrante", un error permitido solo para servir.
—La historia que enseñan en las escuelas humanas es una mentira —dijo la maestra con una sonrisa gélida—. El Crac del 29 no fue un error del mercado. Los Valmorth retiraron su oro de los bancos centrales para arruinar a las familias que se negaban a rendirles tributo. Compramos el 40% de la industria pesada mientras el mundo moría de hambre. Durante la Segunda Guerra Mundial, no luchamos por ideologías. Vendimos secretos a ambos bandos. Se dice que el Proyecto Manhattan solo tuvo éxito porque un Valmorth de Tercera Generación estabilizó los materiales nucleares con un pensamiento.
Viktor y los otros sangre pura rieron. La idea de que el mundo entero era su tablero de ajedrez personal los llenaba de un orgullo tóxico. Para ellos, los humanos eran solo piezas de madera.
El tono del aula se volvió más denso. Las luces se atenuaron y el holograma mostró una fortaleza de hielo en los Alpes Suizos.
—A mediados del siglo XX, la familia se fracturó —explicó la instructora—. Aleron Valmorth, el padre de Torben, representaba la ortodoxia: sangre pura o muerte. Frente a él, sus hermanos proponían la "Apertura de la Estirpe", deseando mezclarse con humanos superiores para detener la Degradación de la Longevidad.
—¡Traidores! —gritó otro niño sangre pura desde su carpeta.
—Exacto —respondió la maestra—. La discusión terminó en la Masacre de los Alpes. Aleron, junto a un joven y despiadado Torben, emboscó a la facción progresista. No hubo juicios. Torben, con solo 18 años, demostró por qué la Quinta Generación era temida: aniquiló a sus tíos convirtiendo sus propias joyas y botones de metal en agujas que atravesaron sus corazones. Aquella noche, la nieve se tiñó de un rojo tan oscuro que parecía negro. Aleron fue coronado líder, y Torben fue ungido como su heredero de hierro.
Los niños mestizos en el suelo guardaron un silencio absoluto. La historia de Torben era la historia del hombre que les había perdonado la vida, pero también del que había asesinado a su propia familia para mantener una idea.
La última imagen fue la más dolorosa para los que estaban sentados en el piso. Mostraba una villa italiana bajo fuego.
—Valerius Valmorth, el hermano de Torben, fue la antítesis de la familia. Cometió el pecado máximo: se enamoró de una humana, una enfermera. De esa unión nacieron mestizos de ojos rojo y blanco.
La instructora miró fijamente a los niños del suelo. —Torben no tuvo piedad con su hermano. Ordenó la ejecución de Valerius y lo obligó a ver cómo su hogar ardía. "La sangre no se negocia", sentenció. Sin embargo, al ver a sus sobrinos, Alistar y Luigi, Torben sintió compasión.
Alistar y Luigi. Los nombres resonaron en el aula. Todos los niños los conocían; eran los mayordomos que servían el té, los que limpiaban el entrenamiento de John.
—Torben creó la Ley del Mestizo —continuó la instructora—. "La sangre de Michael es demasiado valiosa para derramarse, pero demasiado impura para gobernar". Así nacieron los Sirvientes de Sangre Gris. Ustedes —dijo señalando a los niños en el suelo— son la sombra de los puros. Son sus manos, sus oídos y sus escudos. Viven para servir a la estirpe que nunca podrán heredar.
Al terminar la clase, la tensión en el salón era palpable. Viktor se levantó de su carpeta y caminó hacia Elena, la niña mestiza. Le dio un pequeño empujón con la bota.
—¿Escuchaste eso, sombra? —dijo Viktor con una sonrisa cruel—. Mi familia compró el mundo mientras la tuya estaba ocupada contaminando nuestra sangre. Agradece que Torben fue débil ese día en Italia, o ahora serías solo ceniza en un viñedo.
Elena no respondió. Mantuvo la cabeza baja, pero sus ojos, escondidos tras su cabello, brillaron con una intensidad que no era sumisión. Ella recordaba la canción que Alistar tarareaba en los pasillos. Recordaba que incluso los dioses de hierro, como Michael, terminaron muriendo.
—La lección ha terminado —sentenció la instructora—. Sangre Pura, pueden ir al jardín a practicar sus dones. Mestizos, limpien el salón y preparen el comedor. Recuerden: la piedad es el veneno de los Valmorth.
Mientras los niños de blanco salían riendo, los niños de gris se quedaron en la penumbra del salón. Uno de ellos, el más pequeño, susurró al oído de Elena:
—¿Es cierto que Alistar ha sido cegado?
—Sí —respondió Elena, apretando una escoba con tanta fuerza que la madera crujió—. Pero Alistar dijo que cuando el ciego cante, los muros de Vindmølle empezarán a temblar.
