Desde un rincón oscuro, Aiko cruzó los brazos, la sangre de Daichi (aún en el suelo) brillando bajo los faroles.
—Bueno, al menos ahora tienes algo que hacer con tu vida —murmuró, su tono carente de juicio, sino de una aceptación fría de la funcionalidad.
Ryuusei permaneció inmóvil, observando sus manos manchadas. No sintió satisfacción. No sintió culpa. Solo el vacío que se había convertido en su nuevo motor, una tranquilidad más aterradora que cualquier furia.
Haru cayó de rodillas, con la mirada perdida en el rastro oscuro que marcaba la derrota de su amigo.
—¿Por qué…? —consiguió articular, la pregunta ahogada por la desesperación.
Ryuusei lo miró por un instante, y la nada en sus ojos fue la respuesta más cruel. No había una razón personal; solo una necesidad mecánica de poner fin a un error del universo.
Se giró y se alejó unos pasos, dejando a Kenta y Haru con una sola pregunta retumbando en sus mentes: ¿Había manera de detenerlo? ¿O acaso… Ryuusei ya estaba más allá de la salvación?
El aire se tornó pesado, denso, cargado con la amenaza inminente de la muerte. Kenta y Haru, luchadores experimentados, sabían que no había escapatoria. La postura de Ryuusei, su presencia enmascarada... todo en él gritaba peligro mortal. No era el guerrero; era el juicio.
Sin previo aviso, Ryuusei desapareció en un parpadeo. Sus dagas de teletransportación brillaron con un resplandor etéreo, dejando un rastro de distorsión en el aire. Kenta apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de sentir un corte fino y preciso en la mejilla. No era profundo, pero el filo había quemado la piel, un aviso escalofriante de la velocidad a la que jugaban.
—¡Maldición! —gruñó Kenta, la rabia encendiendo sus reflejos. Desenfundó sus Guadañas, el metal oscuro reflejando las luces urbanas.
Haru retrocedió, tensando la cuerda de su Arco. Sus ojos, entrenados para el rastreo, buscaban frenéticamente cualquier movimiento, cualquier indicio de dónde aparecería su excompañero.
Entonces, la tormenta se desató.
Ryuusei emergió detrás de Kenta y lanzó una embestida con sus dagas, buscando perforar su costado, apuntando a los puntos débiles que solo un viejo amigo conocería. Kenta giró con una precisión letal, interceptando el ataque con una de sus guadañas. Las chispas volaron cuando las armas chocaron, el sonido vibrante rompiendo el silencio, pero Ryuusei no se detuvo. Desapareció de nuevo, reapareciendo en el aire sobre Haru, buscando la aniquilación rápida.
—¡No tan rápido! —gritó Haru, disparando una flecha envuelta en energía carmesí vibrante. Era una flecha cargada de intención destructiva.
La flecha silbó en el aire y Ryuusei apenas tuvo tiempo de bloquearla cruzando sus dagas. El impacto lo hizo retroceder, aterrizando con una voltereta ágil. Se irguió, limpiando el polvo de su abrigo. Una sonrisa fría y burlona se dibujó bajo la máscara.
—No están tan indefensos como pensé —murmuró, su voz apenas audible, pero cargada de burla.
Kenta rugió de furia y se lanzó contra él. Sus guadañas cortaban el aire con una velocidad feroz, generando ráfagas de viento que buscaban desequilibrar a Ryuusei. Ryuusei esquivaba con movimientos elegantes, casi un baile, deslizando sus dagas contra las hojas de su enemigo, desviando los ataques con una precisión escalofriante. Era el Heraldo Bastardo en acción: control total sobre su tiempo y espacio.
Pero Kenta no era el único problema en el campo.
Haru ya había cargado otra flecha. Esta vez, la energía púrpura alrededor de la punta era más densa y oscura. Sabía que no podía fallar.
—¡Impacto del Vacío! —bramó, disparando una flecha con una fuerza devastadora, el aire crujiendo a su paso.
Ryuusei se teletransportó en el último segundo, reapareciendo a un lado justo cuando la flecha impactaba el suelo, dejando un cráter humeante y grietas radiales.
Entonces, un rugido estremeció el lugar. No era el rugido de la batalla; era el rugido de la locura.
De entre las sombras emergió Aiko, su figura ya no era la de la científica tranquila. Su Espada del Heraldo Negro estaba envuelta en un aura oscura y pulsante, y sus ojos brillaban con una intensidad feroz, totalmente blancos.
Se encontraba en su forma Berserk.
—¿Les molesta si me uno a la fiesta? —preguntó con una sonrisa salvaje, más una mueca caníbal que una expresión de alegría.
Kenta y Haru apenas tuvieron tiempo de reaccionar. Aiko se lanzó sobre ellos con una velocidad aterradora, su espada descendiendo con un poder monstruoso, buscando partir a Kenta por la mitad. Solo el instinto puro y la experiencia de Kenta lograron salvarlo. Se deslizó hacia un lado, pero la hoja aún alcanzó la parte superior de su hombro. La sangre brotó de inmediato, empapando su abrigo.
—¡Kenta! —gritó Haru, girándose para ayudarlo, su atención dividida entre la furia de Aiko y el sigilo mortal de Ryuusei.
Fue su error fatal.
Ryuusei apareció a su espalda, sus dagas buscando su cuello con una sincronía perfecta. Haru apenas logró agacharse a tiempo, sintiendo el filo rozarle el cabello. Rodó por el suelo, apuntando otra flecha, pero Aiko lo interceptó con un corte descendente. Haru logró desviar el golpe con su arco, la madera crujiendo.
El campo de batalla era un caos de velocidad y muerte. Las guadañas de Kenta giraban en círculos desesperados, tratando de abrir espacio entre él y la implacable Aiko. Haru disparaba flechas sin descanso, buscando mantener la distancia. Pero Ryuusei y Aiko eran implacables: depredadores jugando con su presa, como si cada movimiento ya estuviera planeado con antelación, una coreografía macabra.
Entonces, cuando el terror estaba a punto de consumir a los supervivientes, una explosión de luz.
No era la luz fría del neón, sino una energía cálida, dorada.
Daichi irrumpió en la escena, su Lanza del Juicio en mano. Su energía irradiaba una intensidad brillante, iluminando la oscura calle y disipando las sombras del Caos.
Pero había algo más extraordinario que su presencia.
Su cuerpo, cubierto de heridas mortales y con la garganta abierta hacía apenas unos minutos, estaba completamente regenerado. Su piel volvía a estar intacta, y sus ojos, que antes habían reflejado el terror, brillaban ahora con un fulgor dorado.
Kenta se quedó sin aliento, su guadaña cayendo ligeramente.
—No puede ser… ¿Cómo sigues vivo?
Daichi sonrió con una calma feroz, muy diferente a la arrogancia que solía mostrar. Era la calma de un hombre que había visto el abismo y regresado.
—No voy a caer tan fácil —respondió, sosteniendo su lanza con firmeza.
El aire vibró con energía acumulada. El suelo se agrietó bajo sus pies mientras la luz dorada lo envolvía. Ryuusei, que había estado a punto de terminar el trabajo con Kenta, se detuvo. Entreabrió los ojos, su sonrisa bajo la máscara desapareciendo por primera vez.
—Interesante… —murmuró, su tono de voz indicando genuina curiosidad.
Aiko, aún en su forma Berserk, soltó una carcajada ronca, la locura de su forma desatada mezclada con excitación.
—¡Esto se está poniendo bueno! ¡Un resucitado!
Daichi no esperó más. En un parpadeo, desapareció y reapareció frente a Ryuusei, su lanza descendiendo como un relámpago, buscando perforar la máscara. Ryuusei apenas tuvo tiempo de cruzar sus dagas para bloquear, pero el impacto fue monstruoso, dotado de una fuerza renovada y divina. Lo hizo retroceder varios metros, dejando surcos profundos en el suelo.
—Tienes más fuerza de la que recordaba —murmuró Ryuusei, girando su muñeca para aliviar el impacto y probar si sus huesos habían cedido.
Daichi no respondió con palabras. Solo atacó de nuevo, usando la Lanza del Juicio como un rayo guiado por una fe o una rabia que trascendía la simple autodefensa.
Esta vez, no estaba peleando para ganar tiempo. Estaba peleando para terminar la amenaza.
Kenta y Haru aprovecharon la distracción y se lanzaron sobre Aiko. Sus ataques combinados eran rápidos, certeros, buscando puntos de presión y cortes profundos. Pero Aiko no era fácil de derrotar; la oscuridad en su cuerpo la hacía resistente. Con un rugido gutural, desató un torbellino de energía oscura con su espada, obligándolos a retroceder.
Pero Haru, viendo la oportunidad, ya tenía una flecha cargada con toda su energía restante.
—¡Impacto del Vacío!
La flecha surcó el aire y golpeó de lleno el pecho de Aiko. La explosión la hizo retroceder y la oscuridad en su cuerpo pareció absorber parte del daño, pero no todo. Su forma Berserk parpadeó por un instante. Aun así, sonrió, aunque un hilo de sangre corría por la comisura de sus labios.
—Lindo intento. Pero estoy más cabreada que antes.
Aiko cargó contra ellos de nuevo, buscando explotar el terror en sus ojos.
Mientras tanto, Ryuusei y Daichi seguían intercambiando golpes a una velocidad sobrehumana. Cada choque de sus armas hacía vibrar el aire, cada destello de luz dorada y sombra oscura pintaba un espectáculo mortal para los pocos que pudieran haberlo presenciado.
Pero Ryuusei, a pesar de la potencia del ataque de Daichi, no mostraba signos de agotamiento o frustración. Su estilo seguía siendo frío y metódico.
Y Daichi lo notó. Su aliento se hacía pesado.
—¿Cuánto más vas a seguir así? —gruñó Daichi, su voz tensa por el esfuerzo.
Ryuusei giró una de sus dagas y se encogió de hombros, un gesto de absoluta indiferencia.
—Hasta que uno de nosotros ya no pueda levantarse. Y, a diferencia de ti, yo no necesito un milagro para seguir de pie.
Daichi apretó los dientes. Si quería acabar con esto, tenía que usar su carta más fuerte.
Sin dudarlo, elevó su lanza y la envolvió en su máximo poder regenerado. El suelo tembló bajo la fuerza de la energía. La luz dorada crepitó con violencia a su alrededor, una manifestación pura de la Fuerza Rudimentaria llevada al límite.
—¡Lanza del Juicio Final!
La lanza explotó en un destello cegador y descendió con furia absoluta, un ataque diseñado para borrar a Ryuusei de la existencia.
Ryuusei, en lugar de temer, sonrió.
Y luego desapareció.
Daichi apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de sentir el frío acero de una daga en su costado, no en el punto vital que sanaría al instante, sino en un punto que cortaba su flujo de energía.
Ryuusei había aparecido a su espalda, su ataque cronometrado perfectamente con el clímax de la técnica de Daichi.
—Demasiado lento —susurró Ryuusei, retirando la daga.
Daichi escupió sangre, más por la interrupción violenta de su poder que por el daño físico. Su regeneración era rápida, pero el golpe había sido diseñado para colapsar su sistema.
Kenta y Haru vieron con horror cómo Daichi caía de rodillas, su luz dorada parpadeando y muriendo.
Y Ryuusei, aún sin una sola herida, se giró para mirarlos.
—¿Quién sigue? —preguntó, con la máscara reflejando el juicio final.
El verdadero infierno apenas comenzaba.
El verdadero infierno apenas comenzaba.
La tensión en el aire se volvió insoportable. La tenue luz dorada de la Lanza del Juicio de Daichi apenas iluminaba los rostros ensangrentados de sus amigos. Kenta jadeaba por el dolor de su hombro cortado, Haru apenas podía sostener su arco, y Ryuusei… simplemente sonreía bajo su máscara de cerámica, la encarnación del juicio final.
—Si van a pelear en serio… —murmuró Ryuusei, alzando lentamente sus dagas—. Entonces, yo también lo haré.
Sin previo aviso, una aura oscura y caótica que olía a vacío y metal quemado envolvió su cuerpo. Sus ojos, ocultos tras la máscara, no solo se tornaron en pozos sin fondo, sino que la misma sombra parecía filtrarse a través de la cerámica. El aire vibró con una energía maldita y ancestral, el suelo se resquebrajó y las farolas de la calle parpadearon violentamente antes de apagarse con un estallido de chispas, sumiendo el combate en una oscuridad más profunda.
—¡Se está preparando para algo grande! —gritó Kenta, poniéndose en guardia, ignorando el dolor punzante en su hombro.
Pero ya era tarde. Ryuusei había desatado el motor de la aniquilación.
El efecto de su primera habilidad fue inmediato y aterrador:
—(Toque de la Entropía) — Su propia existencia se convirtió en un punto de colapso. Las piedras bajo sus pies no se rompieron; se desintegraron en un parpadeo, reducidas a polvo sin forma. El suelo, antes sólido, ahora se hundía bajo su presencia, y los objetos cercanos (un buzón, una bicicleta abandonada) se oxidaron y colapsaron en ceniza al entrar en contacto con el aura. La energía de la vida misma, del orden físico, se descomponía a su alrededor.
Haru sintió un escalofrío de terror puro recorrerle la espalda, un miedo que iba más allá del instinto de supervivencia.
—Eso no es normal… —jadeó Haru.
Ryuusei no necesitaba verlos.
—(Visión del Abismo) — Los ojos detrás de su máscara destellaron con un resplandor antinatural. Ahora podía percibir el flujo de la energía vital de sus enemigos, anticipando cada tensión muscular, cada cambio en el latido del corazón, cada movimiento antes de que siquiera lo pensaran.
Daichi intentó moverse, cambiar de táctica… pero sus ataques eran inútiles. Cada tajo de su lanza golpeaba el aire vacío. Ryuusei ya no era un guerrero; era un espectro capaz de moverse entre los instantes.
Sin previo aviso, alzó sus dagas. Un fuego oscuro y devorador emergió de ellas, ardiendo con una intensidad que no irradiaba calor, sino una sensación de frío absoluto y peligro tangible.
—(Llamas del Ocaso) — Con un solo movimiento, lanzó un arco de llamas negras que se desplazó con la forma de una guadaña gigante cortando el viento. Kenta reaccionó instintivamente, alzando sus propias guadañas para bloquear el ataque.
Pero la potencia de las llamas era abrumadora. El impacto lo lanzó por los aires como un muñeco de trapo, haciéndolo estrellarse contra una pared con un estruendo seco. La pared se agrietó y se hundió, y el aire escapó de sus pulmones en un quejido ahogado.
—¡Kenta! —gritó Haru, pero no había tiempo para preocuparse.
Ryuusei no se detuvo.
—(Distorsión del Destino) — El tiempo alrededor de su cuerpo comenzó a distorsionarse violentamente. Cada uno de sus movimientos dejaba un eco tras de sí, imágenes residuales que confundían la vista y hacían imposible seguirlo. Para Daichi, era como ver múltiples versiones de Ryuusei atacando al mismo tiempo desde diferentes ángulos, la realidad misma desdibujándose.
Intentó lanzar un contraataque con su lanza, apuntando directo al torso del enemigo… pero solo atravesó sombras. El metal de su lanza, que había enfrentado innumerables batallas, se sintió inútil.
—No puede ser… —murmuró Daichi, apretando los dientes con frustración.
Pero Ryuusei tampoco estaba ileso. La sobrecarga de poder, la constante manipulación del tiempo y el espacio, comenzaba a pasarle factura.
Su regeneración un don absoluto, pero con un precio impensable. La carne se regeneraba al instante de cualquier corte, sí, pero el dolor permanecía, acumulándose en su sistema nervioso con cada segundo de combate. Ryuusei tembló levemente bajo la máscara, pero ni siquiera eso detuvo su avance metódico.
De repente, una calma antinatural se extendió por el campo de batalla. El sonido del viento desapareció. La presión del combate se disipó en un instante.
Pero Daichi lo supo. No era un respiro. Era la antesala de algo peor que el daño físico.
Ningún ataque parecía surtir efecto.
Las flechas de Haru se desintegraban antes de llegar a su objetivo. Los golpes de Daichi apenas dejaban un rasguño en la piel de Ryuusei, y cuando lograban tocarlo, era como si la energía misma se negara a dañarlo.
—(Aura de Resistencia) — Su defensa era impenetrable, una capa de energía caótica que repelía todo impacto dirigido a su cuerpo.
Pero lo peor vino después. Una nueva oleada de dolor recorrió a Daichi, aguda y ardiente, concentrada en su muñeca.
—(Eco de la Vida) — Cada vez que Ryuusei recibía un golpe, su energía no se disipaba… sino que se propagaba. El dolor agudo que sintió Daichi era el mismo dolor de la Regeneración Dolorosa de Ryuusei. Las heridas que él soportaba, ahora también las sentían sus enemigos. Cada corte, cada quemadura, cada fractura sanada… el costo se reflejaba en sus cuerpos.
Kenta se sujetó el pecho, sintiendo un ardor que no debería estar ahí, como si su hueso se hubiera roto.
—¿Qué… es esto…? —jadeó, la confusión mezclada con el terror físico.
ero entonces, algo cambió. La Entropía era un arma de doble filo.
Ryuusei jadeó fuertemente. Sus piernas temblaron. Su piel ennegrecida, visible bajo el cuello de su abrigo, comenzó a mostrar grietas, como si la misma fuerza de la aniquilación estuviera volviéndose contra él.
Los efectos secundarios de sus propias habilidades estaban empezando a destruirlo desde dentro.
—¡Está perdiendo el control! —rugió Daichi, levantándose a duras penas.
Ryuusei intentó teletransportarse, pero sus propios músculos se resistían. Sus dagas temblaron en sus manos, la Distorsión del Destino se volvía inestable, amenazando con colapsar la realidad a su alrededor. Estaba sobrecargado.
Y fue entonces cuando sus enemigos vieron la oportunidad, un destello fugaz antes de la oscuridad total.
—¡AHORA! —rugió Kenta, usando sus últimas fuerzas, su rabia venciendo el dolor y la parálisis de la voluntad, para lanzarse hacia adelante.
Haru, con el cuerpo adolorido, se obligó a alzar su arco. Concentró todo lo que le quedaba en una última flecha, no para matar, sino para interrumpir. Su proyectil voló directo al corazón de Ryuusei.
Y Daichi, sabiendo que su vida terminaba ahí, pero que tenía que intentarlo, envolvió la Lanza del Juicio en una luz dorada y desesperada, preparándose para el golpe final.
Ryuusei, con los labios cubiertos de sangre negra que se regeneraba al instante, solo sonrió bajo la máscara, aceptando el destino que él mismo había forjado.
—Vengan… a por mí…Perras
Y la batalla alcanzó su clímax, un choque de poderes que amenazaba con borrar la existencia de toda la cuadra.
El dolor abrasaba cada fibra del ser de Ryuusei. Usar todas sus habilidades al mismo tiempo (el Toque de la Entropía, la Distorsión del Destino) había llevado su cuerpo al borde del colapso. Su visión se tornó borrosa, su respiración errática, un estertor ahogado por el esfuerzo. La Entropía, la misma fuerza que él invocaba para destruir, devoraba su carne más rápido de lo que su regeneración podía restaurarla. Se estaba autodestruyendo por la furia de su poder.
Y ellos lo notaron. Vieron el temblor, la grieta en la armadura del Heraldo.
Kenta fue el primero en moverse, impulsado por una rabia que trascendía el miedo. Un rugido de furia, mezclado con el dolor reflejado del Eco de la Vida, escapó de su garganta mientras cruzaba el campo de batalla a una velocidad abrumadora. Sus Guadañas Gemelas del Eclipse silbaron con cada tajo, buscando el corazón de su excompañero.
Ryuusei intentó levantar una de sus dagas para bloquear, pero su brazo tembloroso carecía de la fuerza suficiente para convocar la Distorsión. La precognición de la Visión del Abismo le mostraba el ataque, pero su cuerpo era demasiado lento.
El filo de la guadaña atravesó su defensa inestable.
Un corte profundo le desgarró el muslo.
—¡AAAAH! —El grito de Ryuusei se ahogó en su propia sangre. La herida se regeneró al instante, pero el dolor insoportable lo hizo desplomarse, arrodillado sobre el suelo.
No había tiempo para reaccionar, ni para que su cuerpo se ajustara al trauma.
Daichi se lanzó sin vacilar. La Lanza del Juicio brilló como un relámpago al caer sobre su presa. Ryuusei se inclinó apenas, su Instinto reaccionando en el último microsegundo, esquivando el golpe fatal. Pero la lanza no perdonó: desgarró su costado con violencia.
Un chorro de sangre oscura y viscosa manchó el suelo. El dolor, duplicado por el Eco de la Vida en Daichi, hizo tambalear al portador de la Lanza.
Pero el daño en Ryuusei se había acumulado demasiado rápido. El dolor lo hizo tambalearse por el shock. Y en ese instante de vulnerabilidad…
Haru disparó.
—¡Muere de una vez! —bramó Haru, su voz rasposa por el esfuerzo y el dolor que sentía en sus propios músculos.
La flecha carmesí atravesó el hombro de Ryuusei con precisión, perforando músculo y hueso. Su brazo derecho, el que portaba el martillo del Caos, cayó inerte a su costado.
La ofensiva no se detuvo. Kenta giró con un tajo brutal, usando la inercia de su cuerpo.
La guadaña silbó en el aire, buscando inmovilizarlo, buscando desarmarlo.
Y el antebrazo izquierdo de Ryuusei fue cercenado.
El grito de agonía resonó por toda la calle. El sonido fue puro, desesperado, roto. Su brazo cayó con un golpe sordo, sumergido en un charco de sangre. Haru no dudó. Otra flecha surcó el aire, cargada con la voluntad de detenerlo.
Esta vez, apuntó a su rodilla.
El impacto hizo que Ryuusei se desplomara con violencia. Un borbotón de sangre escapó de sus labios mientras se doblaba sobre sí mismo.
—¡Se acabó, Ryuusei! —gruñó Daichi, alzando su lanza para darle el golpe final, el golpe que pondría fin a todo esto.
Justo cuando la punta dorada de la Lanza del Juicio se dirigía al pecho de Ryuusei, una ola de dolor recorrió a sus atacantes. El Eco de la Vida alcanzó su punto máximo.
Kenta gritó y se llevó las manos a la cara. Sintió el dolor punzante y agudo del muslo cortado, del hombro perforado por la flecha, y, de forma más devastadora, la agonía insoportable de un miembro cercenado.
Daichi cayó de rodillas, el dolor lo cegó, y la Lanza del Juicio se desvió por centímetros. Sintió cómo si su propio costado fuese desgarrado y su pierna explotara por el impacto de la flecha. El precio de herir a Ryuusei era que ellos debían sentir su sufrimiento.
Haru se desplomó contra la pared. El dolor del brazo cercenado fue tan intenso que vomitó bilis, incapaz de disparar.
Habían ganado, pero la victoria los había aplastado bajo el peso de la agonía de su enemigo.
Entonces, el giro. Un destello negro y violento.
Antes de que la lanza de Daichi, desviada por el dolor reflejado, pudiera hundirse en el pecho de Ryuusei, una fuerza irrefrenable se interpuso.
Aiko.
En un parpadeo, su Espada del Heraldo Negro interceptó la embestida, desviándola con un estruendo metálico que sacudió el aire y provocó una nueva lluvia de chispas.
—¡No lo toquen más! —rugió con furia.
El suelo tembló bajo su presencia. La energía oscura que la envolvía creció exponencialmente. Se agachó junto a Ryuusei, su mirada encendida en una mezcla de ira y una desesperación animal. Su compañero estaba al borde de la muerte. La regeneración luchaba en una guerra perdida contra la Entropía. Ella no podía permitir que cayera.
—No lo entienden… —susurró Aiko, con una sonrisa torcida que no prometía nada bueno—. No han visto nada aún.
El aura oscura se convirtió en un vórtice. La energía que salía de ella: Rudimentarios Físicos (con mejoras significativas) se desató, superando su ya aterradora forma Berserk. Su piel se cubrió de escamas negras iridiscentes que parecían absorber la luz, y sus ojos se volvieron pozos de oscuridad pura de los que emanaba un vapor venenoso.
—¡Ya estoy harta! —gritó con una voz gutural, casi inhumana.
Daichi, Kenta y Haru, aun lidiando con el dolor reflejado, se quedaron sin aliento. La amenaza que enfrentaban ahora era mucho más tangible y biológicamente aterradora que el caos abstracto de Ryuusei.
—¡Maldición! —masculló Kenta, tratando de ignorar el dolor fantasma del brazo perdido.
Aiko se irguió por completo, cubriendo a Ryuusei, quien tosía sangre mientras su cuerpo luchaba por reconstruirse.
—Él es mi única familia —declaró Aiko, y la oscuridad en su voz era absoluta—. Y si tienen que sentir mi dolor, lo sentirán diez veces más fuerte.
Con un grito feroz, desató su verdadero poder, liberando una oleada de toxinas oscuras mezcladas con el aura del Heraldo Negro. El aire se hizo irrespirable, y la batalla, que antes era de singularidades y juicios, se transformó en una lucha brutal y desesperada por la supervivencia física.
La batalla aún no había terminado. De hecho, acababa de pasar a la fase más tóxica y violenta. Los excompañeros de Ryuusei acababan de cambiar un dios roto por un demonio protector.
