WebNovels

Chapter 3 - La Senda del Dolor

El polvo de granito flotaba en el aire de la pequeña estancia como una neblina densa y gris, adhiriéndose a la piel sudorosa y colándose en los pulmones con cada respiración agitada. El ruido al otro lado de los escombros no era el de un ejército organizado; era un rugido caótico, primario y desesperado, compuesto por cientos de voces humanas que habían perdido cualquier rasgo de cordura. La masa chocaba contra el muro derribado con la ceguera de un enjambre, empujando bloques de piedra con las manos desnudas en un intento frenético por irrumpir en la ruina.

En el centro del arco estrecho, Lumin se erguía como el único obstáculo entre aquella turba y la muerte.

El hombre de cabello plateado sostenía la alabarda con ambas manos, pero no había ligereza en sus movimientos. Sin el respaldo de una fuerza sobrehumana, cada embate del arma pesada le costaba un esfuerzo físico real y demoledor. Sus bíceps se tensionaban hasta el límite, las venas de su cuello se marcaban bajo la piel manchada de ceniza y el sudor le corría a mares por la cicatriz que le cruzaba el rostro. Cuando la hoja de hierro cortaba el aire para frenar a los primeros que intentaban trepar por la brecha, el impacto contra el hueso y el metal resonaba en la cámara con un crujido seco. Lumin no gritaba; solo exhalaba un jadeo pesado y rítmico, aferrándose al mango de madera con los nudillos blancos por la presión.

A su izquierda, Sakura se movía dentro de un margen de maniobra de apenas un metro. Las dos dagas de hoja ancha brillaban en la penumbra con un fulgor opaco, salpicadas de sangre rancia. Su estilo no tenía la elegancia fluida de una danza; era una rutina brutal de supervivencia en espacios reducidos. Se agachaba por debajo de los garrotes improvisados que la multitud colaba por la abertura, enterrando el acero en las muñecas y los cuellos de los atacantes. Sin embargo, su pecho se elevaba y caía con violencia. Un raspón profundo en su antebrazo sangraba libremente, y cada vez que desviaba un golpe pesado, una mueca de dolor contenida deformaba sus labios.

Detrás de ambos, Daichi permanecía en una postura baja, con la katana desenvainada hacia un costado. Su mirada oscura no pestañeaba. No malgastaba energía en movimientos innecesarios; esperaba el momento exacto en que algún agresor lograba rebasar la línea de defensa de Lumin para asestar una estocada limpia en la garganta y empujar el cadáver de vuelta contra la brecha, utilizando los muertos como un parapeto adicional.

En el rincón más profundo y oscuro de la estancia, alejado del frente de combate, Ryuusei permanecía arrodillado sobre las baldosas frías, manteniendo a Aiko firmemente acurrucada contra su costado.

El estruendo del metal, los alaridos de los heridos y el crujido constante de la piedra a punto de ceder le hacían retumbar los oídos. Su corazón latía con una prisa enferma, pero mientras observaba la espalda de los tres combatientes, un pensamiento silencioso comenzó a abrirse paso entre la niebla del pánico.

Puro.

Esa había sido la palabra que Daichi y Sakura habían utilizado para referirse a él momentos antes. Una etiqueta pronunciada con una frialdad despectiva que Ryuusei conocía de sobra. En el mundo de arriba, antes de que el cielo se colapsara, la sociedad estaba estrictamente fragmentada. Ser un Puro significaba no poseer ninguna alteración genética, ocupar el eslabón más bajo de la jerarquía frente a aquellos que nacían con capacidades que iban desde la 1ra hasta la 6ta generación.

Al mirar la forma en que Lumin apoyaba la espalda contra el muro para sostener el empuje de dos hombres, o la manera en que Sakura reprimía un gemido cuando un garrote le rozaba el hombro, la deducción encajó en la mente de Ryuusei con una claridad amarga.

Ellos tres no eran simples luchadores callejeros. Arriba, en la superficie, debieron poseer habilidades sobrehumanas. Pertenecían a alguna de las generaciones privilegiadas, acostumbrados a depender de la fuerza física amplificada, la velocidad antinatural o la resistencia modificada. Pero en el Limbo, la Muerte había anulado todas las categorías. Las reglas de este plano habían borrado cualquier distinción de nacimiento, reduciéndolos a todos al límite biológico de un cuerpo humano común.

Por eso peleaban con esa ferocidad amargada y desesperada. Para Ryuusei, ser frágil, sentir el cansancio en los músculos y depender únicamente de la prudencia era la norma de toda su vida. Jamás había tenido nada más. Pero para ellos, verse despojados de sus capacidades y sentir por primera vez el agotamiento real de la carne era un golpe destructivo. No solo luchaban contra la multitud de afuera; luchaban contra el horror de descubrirse vulnerables.

—¡Lumin! —gritó Sakura, retrocediendo medio paso mientras bloqueaba una daga oxidada con la hoja de su propia arma—. ¡El pilar de la izquierda se está fisurando! ¡No van a tardar ni tres minutos en derribar el arco entero!

Lumin no respondió de inmediato. Asestó un golpe con el regatón de hierro de la alabarda contra el rostro de un hombre que intentaba reptar sobre los escombros, haciéndolo caer hacia atrás.

—¡Lo sé, maldita sea! —bramó el hombre de cabello plateado, con la voz rasposa por el polvo—. ¡Pero si nos retiramos de la puerta, nos acorralan contra la pared del fondo y nos descuartizan en diez segundos!

Un crujido siniestro resonó sobre sus cabezas. Una grieta diagonal se abrió a lo largo de la viga principal del techo, dejando caer una lluvia de cascote y polvo seco. La presión de la turba en el exterior era insostenible; decenas de cuerpos se amontonaban contra la abertura, empujando con el peso combinado de la desesperación.

Aiko apretó el rostro contra la chaqueta de Ryuusei, soltando un gemido aterrorizado. Ryuusei la sujetó con más fuerza, pegando la espalda contra la muralla de granito del fondo para proteger a la pequeña de los fragmentos de piedra que caían del techo.

Fue en ese instante cuando sintió el cambio.

No fue una deducción compleja ni una revelación divina. Fue una sensación física directa y constante. Contra la nuca, justo por encima del cuello de su ropa, Ryuusei percibió una corriente de aire helado. No era la atmósfera viciada, caliente y salpicada de ceniza que llenaba la cámara, sino un flujo de viento constante, frío y con un olor a tierra húmeda y hojas en descomposición.

Ryuusei se giró despacio hacia la pared de piedra a su espalda.

El muro trasero del templo no estaba hecho de bloques pulidos como la fachada. Estaba construido directamente sobre la roca madre del terreno, cubierto por una capa gruesa de enredaderas secas y musgo petrificado. El muchacho estiró el brazo y, con la cautela de quien teme romper algo frágil, apartó la vegetación muerta con el costado de la mano.

Detrás de la maleza, la piedra no estaba sellada. Un temblor antiguo o el propio colapso de la estructura había separado los bloques de granito, creando una hendidura vertical. Era una grieta estrecha, de no más de cuarenta centímetros de ancho en su parte más holgada, pero que se profundizaba hacia la oscuridad exterior. Al acercar el rostro, el viento helado le golpeó las mejillas con más fuerza, trayendo consigo el susurro distante de ramas agitándose en la noche.

La abertura no conducía a la arena de combate ni al corredor principal por donde la multitud se mataba. Daba hacia la parte posterior de la ruina, hacia una zona de vegetación densa y sombras profundas.

Ryuusei miró hacia el frente de la cámara. Lumin estaba llegando al límite de sus fuerzas; sus hombros temblaban violentamente mientras intentaba mantener la posición contra tres atacantes que presionaban al mismo tiempo. Sakura tenía la espalda pegada a la del gigante de cabello plateado, respondiendo a las estocadas con movimientos cada vez más lentos. Daichi se preparaba para dar un paso al frente y cubrir el hueco que inevitablemente se abriría en cuestión de segundos.

Sin dudarlo, sin buscar palabras elaboradas ni intentar asumir un rol que no le correspondía, Ryuusei alzó la voz por encima del estruendo de la batalla.

—¡Por atrás! —gritó, señalando la pared con firmeza—. ¡Hay una grieta en la piedra! ¡Hay salida hacia afuera!

Daichi fue el primero en reaccionar. Sin perder la guardia sobre la entrada, giró levemente la cabeza y fijó sus ojos negros en el punto que Ryuusei señalaba. Vio las enredaderas secas moviéndose con el flujo del aire exterior y la brecha abierta en el granito.

—Es demasiado estrecha —murmuró Sakura sin dejar de lanzar estocadas hacia el frente—. Un hombre grande no pasa por ahí.

—Se puede pasar si nos colamos de lado —intervino Ryuusei rápidamente, manteniendo a Aiko firme a su lado—. La niña y yo pasamos sin problema. Si retiramos las piedras sueltas de la base, hay espacio suficiente.

Lumin dejó escapar un rugido de esfuerzo mientras descargaba el asta de la alabarda en un barrido horizontal que hizo retroceder a la primera línea de la turba, ganando un margen de dos segundos de aliento.

—¡Hagan espacio entonces! —ordenó el hombre de la alabarda con autoridad quebrada—. ¡No voy a quedarme a esperar que este techo me aplaste la cabeza! ¡Abran esa maldita pared ahora!

Daichi no perdió un solo segundo en cuestionar la orden. Con la fría eficacia que caracterizaba cada uno de sus movimientos, se replegó hacia el fondo de la estancia, envainando la katana con un chasquido metálico casi imperceptible. Se arrodilló junto a la hendidura y, usando la empuñadura de su arma y el marco rígido de sus botas, comenzó a palanquear los bloques de granito más pequeños que encajaban en la base de la pared.

El mortero seco que unía la piedra, gastado por siglos de abandono, cedió con un crujido sordo. Daichi retiró con las manos desnudas tres fragmentos masivos, arrojándolos a un lado sin emitir un solo jadeo. La abertura, que antes era una simple brecha estrecha, se amplió instantáneamente en la parte inferior, abriendo una cavidad lo suficientemente holgada como para que un cuerpo inclinado pudiera deslizarse hacia la penumbra del exterior.

—¡Falta poco! —exclamó Sakura, cuya voz ya mostraba el desgaste físico de la contienda.

La chica tuvo que dar dos pasos hacia atrás cuando un garrote improvisado rozó la parte superior de su cabeza. La fatiga comenzaba a acumularse en las articulaciones de la combatiente; sin el colchón biológico ni la resistencia antinatural que otorgaban las generaciones superiores en el mundo real, cada bloqueo contra el acero o la madera le transmitía un choque directo a la estructura ósea del hombro. El brazo le temblaba ligeramente al sostener la segunda daga, pero la ferocidad de su mirada permanecía intacta.

En la entrada principal, la situación había alcanzado un punto de ruptura irretornable.

Lumin, apoyado con las dos piernas abiertas para fijar su centro de gravedad sobre el suelo irregular, sostuvo el empuje de una masa humana que ya no respondía a la razón. El pilar izquierdo del arco de entrada, una columna de granito agrietada por el tiempo, comenzó a ceder bajo el peso combinado de los cuerpos que intentaban abrirse paso. Líneas finas, similares a telarañas de tiza blanca, corrieron rápidamente a lo largo de la piedra, soltando una lluvia constante de esquirlas y polvo fino.

—¡Ryuusei, pasa a la niña primero! —ordenó Daichi desde la base de la pared, manteniendo la grieta despejada con los hombros.

Ryuusei no esperó una segunda indicación. Apretó con delicadeza pero con firmeza el brazo de Aiko, guiándola hacia la abertura. La pequeña, con los labios temblorosos y la cara manchada de ceniza, miró fijamente el túnel de piedra oscura que se abría ante ella.

—Entra, Aiko. Pasa rápido y no te detengas hasta estar al otro lado —le dijo Ryuusei en voz baja, con un tono neutro que buscaba transmitirle una seguridad que él mismo no sentía.

La niña asintió con la cabeza, apretando los dientes para contener el llanto. Se inclinó sobre las manos y las rodillas, arrastrándose con agilidad a través del pasaje de granito. El espacio era estrecho, y las aristas filosas de la piedra raspaban la tela de su ropa, pero en menos de cinco segundos el cuerpo diminuto de Aiko desapareció por completo hacia la oscuridad del fondo, seguido por el sonido de sus pasos cayendo sobre la tierra húmeda del exterior.

—¡Aiko ya pasó! —avisó Ryuusei, girándose para verificar el estado de la estancia.

—¡Vas tú, rápido! —le gritó Sakura sin volverse, utilizando el borde de su daga para desviar una estocada antes de enterrar la hoja en la rodilla de su atacante.

Ryuusei se arrojó de cabeza hacia la fisura. La frialdad de la roca le rozó la piel de la mejilla al instante. El espacio resultaba asfixiante; la piedra no era lisa, sino una cavidad irregular construida por el colapso del muro madre. Tuvo que arrastrarse sobre el pecho, utilizando los codos y los pies para impulsarse mientras el aire helado del exterior le golpeaba la cara de lleno. Durante dos segundos que se sintieron eternos, la presión de la roca contra sus hombros amenazó con atascarlo en el centro, pero un empujón desesperado con las piernas lo proyectó hacia afuera.

Rodó sobre un colchón de musgo húmedo y hojas en descomposición, inhalando bocanadas profundas de un aire limpio, gélido y salpicado por el olor a humedad. Levantó la mirada rápidamente y vio a Aiko agazapada tras el tronco grueso de un árbol caído, temblando pero ilesa.

Al otro lado de la pared, el estruendo del templo alcanzaba su clímax.

—¡Sakura, adentro! —retumbó la voz de Lumin desde el interior de la ruina.

La combatiente de las dagas no dudó. Se giró sobre sus talones, abandonando la línea de defensa, y se lanzó de espaldas hacia la hendidura. Pasó con la velocidad de una sombra, arrastrándose con movimientos breves y precisos. Daichi fue el siguiente; el muchacho de diecisiete años introdujo su cuerpo en la cavidad con una calma casi metódica, manteniendo la katana alineada contra su costado para evitar que la funda se enganchara en las aristas de la roca. En cuestión de segundos, la cabeza de Daichi emergió por el pasaje, saliendo al exterior y poniéndose de pie de un solo impulso.

Solo quedaba Lumin.

El hombre de la alabarda estaba completamente solo en la estancia. La turba, al ver que la línea de contención se había disuelto, soltó un alarido de triunfo que resonó contra las paredes de granito. Decenas de hombres y mujeres, armados con trozos de hierro, garrotes y cuchillos oxidados, se abalanzaron en oleada por el arco de entrada.

Lumin no intentó huir inmediatamente. Sabía que su volumen corporal le exigiría varios segundos para cruzar la pared, unos segundos en los que una estocada por la espalda terminaría con su vida.

En lugar de retirarse, apretó los dientes, soltó un rugido que le desgarró la garganta y giró sobre sí mismo. Utilizó la longitud del asta de la alabarda como una palanca, impulsando el pesado regatón de hierro del extremo inferior directamente contra la base fracturada del pilar de la izquierda.

El impacto fue devastador. El regatón golpeó el punto exacto donde la tensión del material había alcanzado su límite. La piedra cedió con un sonido similar al disparo de un cañón. La columna se fragmentó en tres bloques masivos que perdieron su eje de sustentación, provocando el colapso inmediato del arco superior del templo.

Toneladas de granito, mortero antiguo y bloques de piedra cayeron en picada sobre la entrada.

El derrumbe sepultó instantáneamente a la primera línea de atacantes bajo una montaña de escombros, levantando una masa de polvo denso que cegó por completo la cámara. El estruendo del colapso amortiguó los gritos de terror de la masa que venía detrás, bloqueando la abertura principal con un muro inexpugnable de rocas superpuestas.

Aprovechando la ceguera temporal que la nube de polvo causó en la estancia, Lumin corrió hacia la pared trasera. Tiró la alabarda por delante a través de la grieta, escuchando cómo el hierro golpeaba la tierra del exterior, y luego forzó su propio cuerpo a entrar en la cavidad.

—¡Jalen! —bramó desde el interior del muro.

Su envergadura era demasiado ancha para el paso. Los hombros del gigante quedaron atrapados contra los bordes de la roca madre.

Daichi y Ryuusei actuaron instintivamente. Ambos se sujetaron a las muñecas de Lumin, afianzando las botas contra la tierra húmeda del suelo, y tiraron hacia atrás con toda la fuerza que sus cuerpos agotados podían generar. El cuero de la chaqueta de Lumin se rasgó violentamente contra el granito, y con un chasquido seco que dejó marcas de fricción en la piedra, el hombre fue arrastrado hacia afuera, cayendo de rodillas sobre la hojarasca.

Detrás de él, la nube de polvo comenzó a colarse por la hendidura, acompañada por el golpe sordo e inútil de la multitud puñeteando los escombros al otro lado de la estructura. La ruina estaba sellada.

El silencio que siguió no fue un alivio; fue un choque absoluto.

Al dejar atrás el templo colapsado, el grupo quedó completamente sumergido en el ecosistema del Limbo. La transición entre la carnicería ruidosa de las ruinas y la quietud del nuevo entorno resultó casi física, una presión sorda que hizo que a Ryuusei le zumbaran los oídos.

Estaban en el borde de un bosque denso y antiguo.

Los árboles que los rodeaban no se parecían a nada que perteneciera al mundo de los vivos. Eran troncos gruesos, de maderas oscuras casi negras, con cortezas profundamente agrietadas que parecían petrificadas por el frío. Las ramas se entrelazaban en la altura formando una techumbre apretada y tupida que bloqueaba cualquier rastro del cielo, dejando pasar únicamente una luz grisácea, muerta y uniforme que no generaba sombras definidas.

Una capa de neblina baja, densa como el vapor de agua pero helada al contacto, se arrastraba a la altura de los tobillos, ocultando las raíces retorcidas que sobresalían de la tierra. No había canto de aves, ni zumbido de insectos, ni el roce de ningún animal entre la maleza. El único sonido presente era el de sus propias respiraciones agitadas, que salían de sus bocas en forma de densas nubes de vapor blanco antes de disiparse en el aire congelado.

—No se queden parados —susurró Daichi, rompiendo la parálisis del grupo. Su voz era baja, pero cortó la quietud con la nitidez de un filo—. El ruido del derrumbe se habrá escuchado a kilómetros. Quienquiera que esté cazando en este sector vendrá a investigar la ruina.

Lumin se incorporó lentamente, recogiendo su alabarda del suelo. El hombre de cabello plateado limpió la hoja del arma con el borde de su manga, observando las sombras profundas que se extendían entre los árboles. Sus bíceps aún temblaban por el esfuerzo del colapso, y la brecha abierta en su chaqueta dejaba ver un raspón sangriento en el hombro.

—La niña no va a poder mantener un paso rápido si nos echan a correr —comentó Lumin con la voz rasposa, fijando sus ojos pequeños en Aiko.

—No vamos a correr —respondió Sakura, ajustándose el vendaje improvisado en el antebrazo mientras probaba el agarre de sus dos dagas—. Si corremos por esta neblina sin conocer el terreno, nos vamos a tropezar con la primera patrulla que ande suelta. Hay que movernos en fila, a paso constante y sin hacer un solo ruido.

Ryuusei se agachó y tomó la mano de Aiko. Los dedos de la pequeña estaban helados, pero su agarre era firme, aferrándose a él como su único punto de apoyo en aquel páramo desolado.

—Podemos seguir —dijo Ryuusei con sencillez, mirando a los demás—. Solo díganos hacia dónde.

Daichi tomó la delantera sin responder verbalmente. Se adentró en la espesura del bosque con la katana en la mano derecha, manteniendo la hoja baja para evitar que chocara contra los arbustos secos. Sakura se colocó a unos metros de distancia a la izquierda, cubriendo el flanco expuesto con la agilidad de un felino, mientras que Lumin cerró la marcha, caminando de espaldas a intervalos regulares para vigilar la retaguardia con su alabarda lista.

Ryuusei y Aiko quedaron posicionados en el centro de la formación, protegidos por el perímetro de los tres combatientes.

A medida que avanzaban, adentrándose cada vez más en la densidad de los árboles, la sensación de aislamiento se volvió absoluta. La tierra bajo sus pies era blanda, compuesta por capas acumuladas de vegetación muerta que amortiguaban el impacto de sus pisadas, haciendo que el desplazamiento del grupo fuera casi inaudible. La temperatura continuó descendiendo con cada metro recorrido; el frío del Limbo no era un frío natural, sino una corriente constante que penetraba la ropa y se instalaba en la médula de los huesos, entorpeciendo la agilidad de los músculos.

Caminaron en absoluto silencio durante lo que parecieron decenas de minutos. La ruina colapsada quedó atrás, sepultada por la densidad de la arboleda y la masa de neblina gris. Sin embargo, la tensión en los hombros de Ryuusei no disminuyó en absoluto.

Miró de reojo la espalda de Daichi, luego la figura encorvada de Sakura y finalmente la enorme silueta de Lumin que cerraba el paso a sus espaldas. Eran tres individuos temibles que, en el mundo terrenal, habrían poseído un dominio absoluto sobre la vida de los Puros gracias a la escala de generaciones. Ahora, despojados de esa superioridad y reducidos al mismo límite biológico que él, la frágil alianza que los unía pendía de un hilo.

En este bosque silencioso no había paredes de granito para respaldarse ni cuellos de botella que defender. Estaban al descubierto, rodeados por una penumbra interminable y acompañados únicamente por tres desconocidos cuyos instintos de supervivencia podían volverse letales en el momento en que los recursos o el espacio comenzaran a escasear.

La bruma espesa se adensaba a la altura de las rodillas cuando Daichi alzó la mano derecha, deteniendo la marcha en seco. Delante de ellos, los troncos de la arboleda se abrían levemente para formar un claro claustrofóbico, una especie de hondonada rodeada por raíces retorcidas que sobresalían de la tierra como costillas expuestas de una bestia extinta. El follaje superior, tupido y rígido como láminas de hierro, amortiguaba el aire y dejaba caer un goteo esporádico y helado sobre la hojarasca muerta.

—Nos detenemos aquí —dijo Daichi. Su voz no superó el nivel de un susurro, pero la nitidez con la que retumbó en la quietud hizo que Sakura diera un paso instintivo hacia un costado, con la mano aferrada al mango de su daga.

Lumin dejó caer el regatón de su alabarda sobre el suelo blando, apoyando gran parte de su peso sobre la madera del asta. El gigante exhaló una larga columna de vapor blanco, cerrando los ojos por tres segundos para contener el temblor de sus muslos. Sin el respaldo de una condición física modificada, la caminata forzada tras la defensa encarnizada del templo le estaba pasando una factura brutal a sus articulaciones. Las arrugas alrededor de sus ojos se profundizaban con cada bocanada de aire gélido, y la cicatriz que le cruzaba el rostro lucía pálida, casi cárdena bajo la luz grisácea del recinto.

—No hay fuego —advirtió Sakura de inmediato, caminando hacia la periferia del claro para darle la espalda al grupo y vigilar la espesura. Su tono era seco, cortante—. La luz de una fogata en este bosque equivale a colgarse un cartel en el cuello para que cualquier grupo de cazadores venga a descuartizarnos mientras dormimos.

—Nadie sugirió encender fuego, niña —respondió Lumin, acomodándose con lentitud contra la corteza rugosa de un tronco negro. Sus ojos pequeños se posaron sobre la mujer de las dagas con una mezcla de cansancio y advertencia—. Pero si la temperatura sigue bajando a este ritmo, la hipotermia nos va a matar antes de que aparezca el primer imbécil con un garrote.

Ryuusei no intervino en el cruce de palabras. Se dejó caer con suavidad sobre un banco de musgo seco en la base de un árbol caído, asegurándose de que Aiko quedara resguardada entre su cuerpo y la madera podrida. La pequeña no decía una sola palabra desde que habían salido de la ruina; se limitaba a apretar la tela de la ropa de Ryuusei con la barbilla apoyada en su pecho, mirando el entorno con ojos desorbitados y pupilas dilatadas por el terror. El muchacho la envolvió con el borde de su abrigo, ofreciéndole el único calor corporal disponible en aquel desierto congelado.

A escasos tres metros de ellos, la dinámica del grupo comenzó a resquebrajarse en la inmovilidad.

Mientras estuvieron atrapados en la estancia del templo, el peligro inminente de la turba los había forzado a actuar como un solo mecanismo de defensa. La necesidad de no ser masacrados superaba cualquier recelo personal. Sin embargo, ahora que la amenaza inmediata había quedado sepultada tras toneladas de granito y el silencio del bosque los rodeaba, la Regla 3 del Limbo resurgía con una fuerza venenosa.

La Soledad del Contendiente.

Sakura tomó asiento sobre una roca plana, manteniendo varios metros de distancia respecto a los demás. Sacó un trozo de tela raída del bolsillo de su pantalón y comenzó a limpiar la sangre seca acumulada en el filo de sus dos dagas. Sus movimientos eran metódicos, casi obsesivos, pero sus ojos oscuros jamás se fijaban por completo en el acero; sus pupilas viajaban de manera intermitente entre la silueta masiva de Lumin, la figura inmóvil de Daichi y el rincón donde descansaban Ryuusei y la niña. Cada vez que alguien cambiaba de postura o el musgo crujía bajo una bota, los dedos de la chica se tensionaban sobre las empuñaduras.

Daichi, por su parte, permanecía de pie a la sombra de un sauce petrificado. No se había sentado, ni había relajado el agarre sobre la funda de su katana. Parecía una estatua tallada en la penumbra del Limbo, observando el perímetro con una calma calculadora que resultaba más inquietante que la agresividad abierta de Sakura.

—Es curioso —soltó Lumin de pronto, rompiendo la tensión del aire con un tono que pretendía ser casual, aunque la dureza de sus ojos delataba lo contrario.

Nadie le respondió, pero Sakura detuvo el frotado de la tela sobre la daga y Daichi inclinó levemente la cabeza en su dirección.

Lumin fijó su mirada directamente en Ryuusei.

—En la superficie, en el mundo de donde venimos, un mocoso como tú no habría durado ni diez segundos en una zona de conflicto —continuó el hombre de la alabarda, con la voz grave resonando entre los troncos—. Un Puro. Alguien sin una sola gota de alteración, sin linaje, sin acceso a la 1ra hasta la 6ta generación. Un cero a la izquierda en la jerarquía. Arriba, gente como nosotros habría pisoteado tu existencia sin siquiera mirarte a la cara.

Aiko se encogió un poco más contra la chaqueta de Ryuusei al escuchar el tono del hombre. Ryuusei, sin embargo, no desvió la mirada. Sostuvo la visión de Lumin con una tranquilidad neutra, sin la arrogancia de quien busca justificarse ni la sumisión de quien se siente inferior.

—Y sin embargo —intervino Sakura desde su roca, lanzando una sonrisa gélida que no llegó a sus ojos—, aquí estás. Cruzaste el foso, sobreviviste a la carnicería inicial y encontraste la única vía de escape de la ruina mientras combatientes que arriba tenían títulos y estatus terminaron destripados en el barro.

—No encontré nada especial —dijo Ryuusei con sencillez, manteniendo la voz baja para no alterar la quietud del bosque—. Solo sentí el aire frío en la nuca y miré detrás de las plantas. Cualquiera lo habría visto si no hubiera estado tan ocupado peleando.

—Ese es el punto, Puro —murmuró Daichi desde la sombra. Su voz fría pareció desplazarse por el suelo como la niebla—. Ellos estaban peleando porque estaban acostumbrados a confiar en la fuerza de sus cuerpos, en el respaldo de sus habilidades. Cuando la Muerte les quitó todo eso al entrar al Limbo, entraron en pánico. Se volvieron torpes. Olvidaron cómo mirar a su alrededor.

Lumin dejó escapar una risa amarga que se convirtió en una tos seca. Se limpió la boca con el dorso de la mano y miró el techo de ramas oscuras.

—Es una maldita ironía —dijo el gigante de cabello plateado—. En la 1ra hasta la 6ta generación nos enseñan a dominar la energía, a multiplicar el impacto, a reaccionar más rápido que el sonido. Te acostumbras a sentirte invulnerable. Y de repente te tiran en este agujero podrido, te reducen a la condición de un mortal común y corriente, y te das cuenta de que un golpe bien dado con un pedazo de hierro oxidado te mata exactamente igual que a un lisiado.

El silencio volvió a caer sobre el claro, pero esta vez con un peso diferente. La confesión implícita de Lumin dejaba al descubierto la amargura de la caída. Para aquellos que habían conocido la cima del poder, el veto absoluto impuesto por el Limbo era un castigo psicológico destructivo. Los había despojado de su identidad, obligándolos a arrastrarse por el barro y a temer la estocada de un desconocido en la oscuridad.

Para Ryuusei, en cambio, la situación no había alterado su naturaleza. Él siempre había sido esto: un chico frágil en un mundo de monstruos, obligado a medir cada paso, a depender de su observación y a asumir que cualquier impacto físico podía ser el último. La Muerte no le había quitado poderes porque jamás los había tenido. En cierto modo, el Limbo no había hecho más que arrastrar a todos los demás al terreno en el que Ryuusei había vivido toda su vida.

Un crujido distante, como el de una rama gruesa fracturándose a un centenar de metros entre la niebla, hizo que los cuatro adultos reaccionaran en simultáneo.

Sakura se puso de pie en un movimiento fluido, alzando sus dos dagas con las hojas orientadas hacia afuera. Lumin aferró el asta de la alabarda con ambas manos, abandonando su postura apoyada para adoptar una base sólida de combate. Daichi desenvainó tres centímetros de la hoja de su katana, dejando ver un destello de acero frío en la penumbra.

Ryuusei colocó la mano sobre la cabeza de Aiko, presionándola suavemente contra el suelo para que la pequeña quedara completamente oculta tras el tronco caído. El muchacho contuvo la respiración, evaluando la dirección del sonido.

El viento sopló de nuevo, trayendo consigo un eco distante: no eran pasos desordenados como los de la turba del templo, sino el desplazamiento lento, pesado y coordinado de algo que se movía con deliberación por la maleza del bosque. Fuesen sobrevivientes organizados o algo peor, el mensaje era devastadoramente claro: el descanso había terminado.

Sakura miró a Daichi, luego a Lumin, y finalmente sus ojos se cruzaron con los de Ryuusei. Por primera vez desde que se habían conocido, no había desprecio en la mirada de la combatiente, sino la resignación sombría de quien reconoce que su vida depende de la vigilancia del que tiene al lado.

—Si nos separan en este bosque —susurró Sakura, bajando el cuerpo para reducir su silueta—, nos cazan uno por uno.

—Nadie se separa —ordenó Lumin con voz cavernosa, poniéndose en la primera línea de la hondonada—. Mantenemos el perímetro. Si alguien intenta acercarse por la neblina, lo atravesamos antes de que abra la boca.

Ryuusei se incorporó lentamente, manteniendo la espalda pegada al tronco podrido. La fatiga le pesaba en los hombros y el aire frío le quemaba los pulmones con cada respiración, pero la niebla mental de la angustia había desaparecido, reemplazada por una lucidez fría y pragmática.

Habían sobrevivido al matadero de las ruinas y al colapso de la piedra, pero estar varados en el corazón del Limbo, envueltos por la noche y acompañados por tres combatientes despojados de su antiguo poder y dominados por la paranoia, no era una salvación. Era simplemente la siguiente fase de una matanza calculada donde la menor distracción pagaba el precio con sangre.

More Chapters