El chasquido de la madera al fracturarse no fue un evento aislado; funcionó como el detonante seco que quebró la frágil quietud del claro. Apenas un segundo después de que la rama cediera bajo un peso invisible a cien metros entre la bruma, el silencio del bosque fue devorado por una marea de ruidos caóticos, sordos y crecientes.
Lumin reaccionó por puro instinto. A pesar del temblor en las piernas y la abrasión sangrienta que le atravesaba el hombro, la masa de su cuerpo se desplazó medio metro a la izquierda, interponiéndose entre la dirección del sonido y el hueco donde se resguardaba el resto. Apretó las manos alrededor del asta de madera de la alabarda, pero no hubo soltura en el movimiento: sus articulaciones, entumecidas por el aire congelado del Limbo, respondieron con una rigidez dolorosa. Sin la fuerza amplificada que le habría otorgado su antiguo linaje en el mundo terrenal, sostener el peso muerto del hierro exigía un esfuerzo constante y brutal de sus músculos dorsales.
A su lado, Sakura cayó sobre una rodilla. Apoyó el costado sobre la corteza rugosa de un sauce petrificado, manteniendo las dos dagas cruzadas frente a su pecho en un ángulo bajo. La tela raída que le cubría el antebrazo herido ya se había empapado de un calor húmedo y oscuro, pero la chica ni siquiera pestañeó. Sus ojos, dilatados por la adrenalina, escudriñaban la masa de neblina gris con una ferocidad desesperada.
Daichi no se movió del lugar donde permanecía erguido. Desenvainó cuatro dedos de acero frío de su katana, lo suficiente para que la luz muerta del cielo se reflejara en el filo, mientras su mirada viajaba con lentitud entre la copa de los árboles y la raíz de la tierra.
En el suelo, enterrado entre el musgo y la vegetación en descomposición, Ryuusei no pensaba en formaciones ni en tácticas. El pulso le retumbaba en las sienes con la fuerza de un martillazo interior. Sentía el frío de la tierra penetrando la tela de su ropa, congelándole la cadera, pero su única reacción fue estirar los brazos y empujar a Aiko hacia el fondo de una cavidad natural formada por las raíces retorcidas de un pino muerto. La niña no protestó; se hizo un ovillo en la penumbra, pegando la cara contra el pecho del muchacho y conteniendo la respiración mientras temblaba de pies a cabeza.
Ryuusei se pegó al suelo tanto como pudo, sintiendo el barro húmedo contra la mejilla. No había brillantez en su mente; no había deducciones ni planes elaborados. Había terror. Un pánico primario, animal y sofocante que le agarrotaba los tendones y le hacía sentir el estómago revuelto. Sabía que si aquella brecha en la niebla albergaba una amenaza directa, su cuerpo exhausto no tendría la más mínima capacidad de respuesta.
El ruido se intensificó con una rapidez aterradora.
No era el paso de un depredador ni la marcha coordinada de un pelotón de caza. Era el crujido masivo de arbustos destrozados, el impacto de decenas de botas golpeando la hojarasca sin ritmo alguno y el sonido inequívoco de gargantas humanas desgarrándose en gritos inconexos.
—¡Muévanse, maldita sea! —retumbó una voz masculina a través de la bruma, distorsionada por la distancia y el ahogo.
—¡Nos va a alcanzar! ¡Abran paso!
La neblina gris, que hasta ese momento se había mantenido estancada a la altura de los tobillos, fue abierta de golpe por una estampida ciega.
Del espesor de la arboleda irrumpieron al menos quince personas. No venían juntos; no formaban un equipo. Era una multitud descompuesta, un enjambre de supervivientes desperdigados que huía a ciegas por el terreno irregular. Sus rostros eran máscaras grotescas de barro, sangre seca y sudor helado. Un hombre con el brazo izquierdo colgando en un ángulo antinatural avanzaba tropezando con sus propios pies, arrollando las ramas secas sin importarle que le laceraran el rostro. Detrás de él, una mujer que había perdido una de sus botas corría cojeando sobre la piedra viva, dejando huellas de sangre fresca que la niebla absorbía casi al instante.
