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Chapter 2 - El Torneo de los Malditos

El dolor no desapareció con el impacto. No era la anestesia espiritual ni la paz liviana que las historias antiguas prometían tras cruzar el umbral. Quemaba. Quemaba con la furia sorda de la piel lacerada y los cartílagos magullados, un recordatorio biológico y visceral de que la carne seguía respondiendo a la agonía.

Me quedé boca abajo sobre la ceniza helada, con el rostro pegado a la tierra húmeda que olía a hierro rancio y descomposición antigua. Cada bocanada de aire se sentía como inhalar fragmentos de cristal molido que quemaban el interior de mis pulmones. Intenté cerrar las manos para apoyarme, pero un latigazo de dolor puro me atravesó los antebrazos, sacándome un gemido ahogado. Me llevé las palmas a la vista con lentitud: la piel de los nudillos estaba abierta en carne viva, empapada en una mezcla de tierra gris y sangre espesa que se negaba a secar. Eran las heridas sufridas apenas unos minutos atrás, cuando mis dedos desesperados intentaron desenterrar a Haruto de bajo el bloque de concreto.

Haruto.

La imagen de su rostro golpeó mi mente con la fuerza de un mazo. Sus ojos fijos en la nada, la sangre borboteando entre sus labios partidos y la estructura de acero aplastando su tórax como si fuera una cáscara de huevo vacía. Un nudo sofocante me cerró la garganta, impidiéndome respirar. El llanto irrumpió en mi pecho con una violencia sin control, sacudiendo mi cuerpo sobre el suelo helado. Había estado allí. A solo centímetros. Mis manos desprotegidas no habían servido para nada contra el peso de la física destruida.

Y entonces, el pensamiento más oscuro y paralizante me heló la sangre: ¿qué había sido de mi hogar? ¿Mamá continuaba en la cocina? ¿Papá había logrado resguardarse? ¿Akari y la pequeña Mei seguián con vida, o la casa entera se había desplomado sobre ellas mientras el cielo de Tokio se volvía carmesí? No lo sabía. La incertidumbre era un veneno más destructivo que el propio impacto.

—No... no, por favor... —susurré contra la ceniza, con la voz rota por el llanto, acurrucándome sobre mi propio eje—. Que estén bien... por favor, que estén bien...

Obligué a mi cuerpo a erguirse, tambaleándome sobre las rodillas. Al alzar la mirada, la niebla gris que me rodeaba no estaba vacía. La magnitud de lo que tenía enfrente me congeló el aliento.

No me encontraba en un pasillo solitario. A mi alrededor, perdiéndose en un horizonte infinito devorado por la penumbra, se extendía un océano incalculable de almas. Cientos de miles de figuras humanas parpadeaban como proyecciones frágiles, flotando a pocos centímetros del suelo o arrastrándose en el fango de ceniza. El paisaje estaba abarrotado por los restos de una catástrofe global.

Vi a un salaryman con la corbata destrozada y la mitad del rostro oculto por una mancha etérea de trauma; a una anciana envuelta en las telas deshechas de un kimono que abrazaba la nada con brazos temblorosos; a jóvenes con uniformes escolares manchados por heridas invisibles, y a hombres corpulentos cuyos rostros reflejaban el desconcierto absoluto de la muerte repentina. El aire no estaba en silencio; vibraba con un murmullo sordo, colectivo y sofocante, compuesto por oraciones a kami que nunca escucharon, sollozos sofocados y preguntas desesperadas que nadie respondía. Era la masa de las víctimas de un mundo destruido por choques invisibles, desastres inevitables y seres cuyas capacidades sobrepasaban cualquier entendimiento terrenal.

Y en medio de aquel mar de desolación, flotando a un metro de la ceniza con una calma majestuosa e inhumana, se erguía la entidad encapuchada.

Su presencia pesaba sobre el espacio con una densidad aplastante. La túnica que la cubría no era simplemente de tela negra; parecía estar tejida con pedazos de noche pura, absorbiendo la escasa luz del entorno y distorsionando el aire a su alrededor. Bajo la capucha profunda no había rostro, solo un abismo informe que helaba la sangre de cualquiera que intentara fijar la mirada. La figura emanaba la autoridad absoluta del final de las cosas, distante e indiferente al sufrimiento que se convulsionaba a sus pies.

—Silencio —resonó su voz.

No brotó de una garganta ni atravesó el aire físico. La palabra vibró directamente dentro de la cavidad craneal de cada una de las miles de almas presentes, pesada y profunda como el golpe de un taiko en un ritual fúnebre. El murmullo colectivo se apagó al instante, sofocado por un terror primitivo.

—Almas errantes de la superficie —prosiguió la entidad, su tono cristalino y frío como el hielo perpetuo—. Han sido arrancadas de su hilo terrenal. Las paredes de su mundo cayeron, y sus vidas se disolvieron en la brevedad de un suspiro. Ninguno de los héroes que adoraban bajó para extenderles la mano. Ninguna plegaria detuvo el colapso. Están aquí porque su tiempo concluyó.

Un escalofrío me recorrió la columna. Me abracé los brazos ensangrentados, sintiéndome insignificante. Yo no era nadie en ese lugar. No tenía alteraciones biológicas, no manipulaba elementos ni pertenecía a ninguna escala de poder. Solo era un estudiante de secundaria, un Puro atrapado entre los despojos de una masacre que no alcanzaba a comprender.

Cerca de la vanguardia del grupo de almas, un grupo de hombres corpulentos —de miradas endurecidas y rostros marcados por la violencia terrenal— irrumpió a zancadas sobre la ceniza.

—¡Déjate de rodeos, maldita sea! —bramó el más alto de ellos, un hombre de hombros anchos que avanzaba con los puños cerrados—. ¡No me importa quién seas ni qué sea este agujero! ¡Tengo negocios que cerrar en Tokio! ¡Apártate o te arrancaré esa capucha a golpes!

El hombre arremetió hacia la figura encapuchada, seguido por otros tres que lanzaron gritos de rabia descontrolada, intentando reafirmar el dominio que ejercían en vida.

La entidad ni siquiera se inmutó. No adoptó una postura de guardia ni alzó la voz. Simplemente extendió dos dedos pálidos y largos desde la manga de su túnica y los unió en un chasquido seco.

El sonido resonó como el quiebre de una rama helada.

En ese mismo instante, los cuatro hombres se detuvieron en seco. Sus cuerpos etéreos comenzaron a fisurarse con grietas de luz oscura. No hubo gritos de dolor, únicamente una descomposición acelerada: sus formas se disolvieron en volutas de humo negro que se dispersaron en el aire, borradores de existencia consumidos en cuestión de segundos. Un aroma dulce y nauseabundo, similar al de flores de sakura marchitas y pudriéndose al sol, se extendió por la niebla antes de evaporarse.

El horror paralizó a la multitud. Miles de personas retrocedieron un paso al unísono, conteniendo el aliento. La demostración de poder había sido tan casual y absoluta que extinguió cualquier vestigio de rebeldía en la masa de muertos.

—Las interrupciones no tienen lugar en esta estancia —declaró la figura encapuchada, bajando la mano con desinterés—. El destino no cede sus presas por la fuerza bruta de los ignorantes. Sin embargo, el vacío no es absoluto. Se les concederá una única vía de retorno. Un renacer para aquellos que demuestren la voluntad de reclamarlo.

La entidad flotó un poco más alto, y la niebla gris a su alrededor comenzó a girar en un vórtice lento.

—Se ejecutará un torneo —anunció, y la palabra "torneo" cayó como una losa de hierro sobre mi pecho—. Una prueba de eliminación masiva en los cimientos del Yomi. Aquí no importan los títulos que ostentaron en la superficie, ni las riquezas, ni la moralidad con la que juzgaban sus actos. La supervivencia es el único criterio válido. Pero las reglas son inflexibles.

La energía oscura que rodeaba a la entidad se fragmentó en cuatro pilares de luz penumbral que quedaron suspendidos en el aire, mostrando inscripciones talladas en glifos antiguos que todos los presentes pudimos interpretar al instante:

Reglas del Torneo del Limbo

1. La Purga de la Existencia: Solo cinco personas cruzarán la puerta de retorno hacia el mundo de los vivos. Aquellos que caigan en la contienda no solo perderán la vida, sino que su rastro en la historia será borrado por completo, como si jamás hubieran nacido. Solo los vencedores conservarán el recuerdo de su pasado.

2. El Veto Tecnológico: El Limbo rechaza la complejidad de la era moderna. Queda prohibido el uso de mecanismos avanzados o artilugios de la superficie. La contienda se resolverá únicamente mediante el uso de herramientas medievales y el instinto táctico directo.

3. La Soledad del Contendiente: En este dominio no existen las alianzas de sangre ni los lazos del pasado. La traición es el instrumento primario de conservación. Aquel que deposite su confianza en otro, habrá firmado su propia eliminación.

4. El Dogma de la Voluntad: La duda y la desesperación actúan como un veneno que consume la forma etérea. La fuerza física de cada contendiente estará directamente vinculada a su deseo inquebrantable de existir. Si la voluntad flaquea, la energía del individuo se desvanecerá con ella.

Me quedé mirando los cuatro pilares con los ojos desorbitados, sintiendo cómo el pulso me retumbaba en las sienes.

Las implicaciones de las reglas cayeron sobre mí con un peso aplastante. ¿Solo cinco personas de entre cientos de semanas de muertos? Era una tasa de mortalidad matemática prácticamente absoluta. Y lo peor de todo: si caía aquí, el recuerdo de mi existencia se borraría. Mi madre, mi padre, Akari y Mei ni siquiera recordarían que tuvieron un hijo o un hermano llamado Ryuusei. Haruto habría muerto solo en esa calle sin que nadie supiera jamás que intenté salvarlo. Mi paso por el mundo quedaría reducido a la nada.

Además, la regla dos anulaba cualquier ventaja del mundo moderno, y la regla cuatro condicionaba el poder a la voluntad. Pero yo era un Puro. No poseía la fuerza descomunal de la 1ra generación ni las capacidades destructivas de la 3ra o la 4ta generación. Mis manos estaban destrozadas, mis nudillos sangraban y apenas podía ponerme en pie sin temblar.

—Esto no es una contienda... —murmuré para mí mismo, apretando los dientes mientras las lágrimas me quemaban las mejillas—. Es una masacre organizada...

La figura encapuchada abrió los brazos, desplegando las mangas de su túnica como las alas de un ave de rapiña gigantesca sobre la multitud.

—Las reglas han sido establecidas —tronó su voz, haciendo retumbar la niebla—. Demuestren si su deseo de vivir es más fuerte que la tiniebla que los reclama. ¡Que la purga dé comienzo!

Antes de que pudiera reaccionar o buscar un lugar donde resguardarme, el suelo debajo de nosotros se disolvió.

La tierra de ceniza desapareció en una fracción de segundo, dejando al descubierto un vacío negro e insondable. Un grito colectivo de pánico, emitido por miles de gargantas aterrorizadas, desgarró la penumbra mientras la multitud entera comenzaba a caer en picada hacia el abismo.

El aire helado me azotó el rostro con violencia mientras caía a través de las sombras, rodeado por hombres y mujeres que pataleaban en el aire sumidos en la desesperación. El eco de los alaridos resonaba en mis oídos mientras el vacío nos absorbía a todos hacia la arena inferior, donde el olor a sangre, hierro y muerte antigua aguardaba el inicio de la carnicería.

La caída no pareció terminar nunca, hasta que el abismo de sombras nos escupió de golpe.

El impacto contra el suelo no fue sobre roca sólida, pero tampoco suave. Caí de costado sobre un manto espeso de ceniza gris y tierra suelta, rodando varios metros por la pendiente de un terreno irregular. El golpe me sacó todo el aire de los pulmones. Me quedé tendido boca arriba durante varios segundos, con la vista nublada y el pecho convulsionando violentamente en busca de oxígeno. El dolor en mis manos destrozadas reapareció con una ferocidad renovada, como si miles de agujas incandescentes me atravesaran las articulaciones.

Cuando logré incorporarme sobre los codos, el escenario que se desplegó ante mis ojos me dejó paralizado.

No estábamos en un recinto cerrado. Era una arena colosal, un desierto infinito de ruinas antiguas y pilares de piedra fracturados que parecían los restos de una civilización olvidada. El cielo sobre nosotros no existía; solo había una bóveda de sombras densas que flotaba a baja altura, iluminando el lugar con una luz penumbral y enfermiza. Y por todas partes, esparcidas entre la ceniza como los restos grotescos de un festín macabro, yaciaban miles de armas medievales: espadas cortas, lanzas de madera astillada, hachas de doble filo, mazos de hierro fundido, dagas y escudos abollados.

Antes de que mi cerebro pudiera procesar la escala del lugar, el pánico colectivo detonó a mi alrededor.

Miles de almas habían caído en la misma zona. El anuncio de la Muerte —la certeza de que solo cinco regresarían y que el resto sería borrado de la existencia— había destruido cualquier rastro de razón en la multitud. La masa de gente no esperó. No hubo discursos ni advertencias. El instinto animal de conservación más primitivo se apoderó de todos en una fracción de segundo.

Un hombre a mi izquierda se abalanzó desesperado sobre un hacha clavada en el suelo; antes de que pudiera alzarla, una mujer con el rostro desencajado le atravesó el cuello con el filo de una daga. El chorro de sangre etérea salpicó la ceniza a solo centímetros de mis piernas. Un par de metros más allá, dos jóvenes con uniformes de secundaria se estrangulaban mutuamente sobre el polvo, luchando por la posesión de una simple lanza corta. Los gritos de agonía, las súplicas deshechas y el sonido seco del metal cortando carne y hueso llenaron el aire, creando un estruendo ensordecedor.

—No... esto no puede estar pasando... —murmuré, arrastrándome hacia atrás con la espalda pegada a la ceniza.

Mi primer impulso fue buscar algo con qué defenderme. Con la vista desorbitada, estiré el brazo derecho hacia un mango de madera que sobresalía de los escombros a mi lado. Era una espada corta. Apreté los dedos alrededor de la empuñadura con la intención de levantarla, pero en cuanto ejercí fuerza, un alarido de dolor quedó atrapado en mi garganta.

Las heridas de mis manos, abiertas por el intento inútil de mover el bloque de concreto sobre Haruto, se desgarraron por completo. La piel en carne viva de mis palmas no podía soportar la presión del metal. Mis dedos perdieron toda la fuerza y la espada cayó de nuevo al suelo con un tintineo sordo. Me miré las manos temblorosas: la sangre manaba a borbotones, empapando las pocas vendas improvisadas que me quedaban.

El pánico me congeló las entrañas. La realidad me golpeó con una claridad devastadora.

Yo no sabía pelear. Jamás había tenido una espada en las manos. No tenía la fuerza sobrehumana ni poderes. Solo era un chico de catorce años, un Puro con las manos destruidas que apenas podía sostener su propio peso. En una contienda abierta de fuerza bruta y filo de acero, yo duraría menos de tres segundos.

Si me quedo en el campo abierto, estoy muerto, pensó mi mente en un arrebato de pura desesperación. Tengo que moverme. Tengo que buscar cobertura.

Sin la capacidad de empuñar un arma, mi cerebro se convirtió en mi único mecanismo de defensa. Apoyándome en las rodillas y evitando usar las palmas laceradas, me obligué a reptar entre las sombras. No me fijé en la carnicería principal; fijé la mirada en el entorno. Observé la geometría del lugar: la turba enfurecida se concentraba en el centro de la arena, donde las armas eran más abundantes y la visibilidad era mayor. Los arcos de piedra y las columnas caídas a lo largo del perímetro creaban corredores estrechos, zonas muertas donde la masa no podía avanzar en grupo.

Avancé a gatas, manteniendo la cabeza baja mientras esquivaba el polvo y los trozos de piedra salpicados de sangre. Pasé a escasos centímetros de un hombre que agitaba un mazo con ceguera; noté cómo sus movimientos eran torpes, impulsados únicamente por el pánico, dejando su costado izquierdo completamente expuesto. No intenté atacarlo; simplemente esperé a que su arco de visión se alejara y me deslicé por debajo de un bloque de granito derrumbado, aprovechando la sombra para desaparecer.

El sudor frío me caía por la frente, mezclándose con la ceniza y la suciedad de mi rostro. Cada respiración me quemaba los pulmones, pero la necesidad de mantenerme invisible sobrepasaba el agotamiento.

Me adentré en una estructura de ruinas que parecía los restos de un antiguo templo. Allí, el sonido de los combates se escuchaba un poco más distante, amortiguado por los gruesos muros de piedra resquebrajada.

Fue entonces cuando un sonido distinto entre los escombros me hizo detener en seco.

No era el choque de espadas ni el grito de un combatiente. Era un sollozo ahogado, diminuto y tembloroso, que provenía del nicho formado por dos vigas de piedra colapsadas.

Me pegué contra el muro, con el corazón latiéndome con tanta fuerza en las sienes que sentía punzadas de dolor. Asomé la vista con cautela por un costado de los escombros, esperando encontrar a un contendiente emboscado.

Lo que vi me dejó sin aliento.

Acurrucada en el rincón más oscuro del nicho, abrazándose las rodillas con una fuerza desesperada, se encontraba una niña. No podía tener más de seis años. Su cabello, de un color plateado inusual, estaba sucio, revuelto y cubierto de ceniza gris. Su vestido, sencillo y desgastado por la caída, mostraba raspaduras y raspones sangrientos en los brazos y las piernas pálidas. Temblaba de la cabeza a los pies, manteniendo los ojos cerrados con fuerza mientras se aplastaba contra la piedra para intentar hacerse invisible.

La rabia y la incredulidad se mezclaron en mi pecho. ¿Cómo era posible que alguien tan pequeño estuviera en este infierno? ¿Acaso la Muerte no distinguía edades, ni vidas truncadas antes de tiempo?

Una voz en el fondo de mi mente —la voz helada de la supervivencia pura— comenzó a gritarme: Aléjate. No te metas en esto. Apenas puedes mantenerte en pie con las manos destrozadas. Una niña pequeña es una carga imposible en un matadero como este. Si te quedas a su lado, los dos van a morir.

Me di la vuelta en silencio para marcharme. Di un paso alejándome de la estructura.

Pero entonces, el recuerdo de mi hogar me atravesó como un rayo. La imagen de Mei, mi hermana menor, corriendo por el pasillo de la casa con sus sonrisas infantiles antes de que el suelo de Tokio se colapsara. Si Mei hubiera caído a este lugar... si ella estuviera acurrucada bajo una piedra aterrorizada... ¿esperaría que alguien pasara de largo? Y la cara de Haruto, con sus ojos vacíos mirándome desde abajo del bloque de concreto, volvió a mi memoria. Ya había fallado en salvar a mi mejor amigo. No había podido hacer nada por él.

Apreté los dientes con tanta fuerza que me dolieron las mandíbulas. La culpabilidad y la empatía sofocaron cualquier pensamiento lógico de autoconservación.

Regresé sobre mis pasos y me acerqué despacio a la abertura de la piedra, intentando no hacer ruido.

—Oye... —susurré con la voz rota y suave, procurando no asustarla.

La pequeña dio un brinco violento, pegándose aún más contra la pared. Abrió los ojos y me miró con dos enormes orbes azules cargados de un terror puro e incontrolable. Al ver que yo no sostenía ningún arma y que mis manos estaban empapadas en sangre, su respiración agitada se pausó un segundo.

—Tranquila... no voy a hacerte daño —dije, arrodillándome sobre la ceniza a una distancia segura—. ¿Cómo te llamas? ¿Estás sola?

La niña tardó unos segundos en reaccionar, apretando la tela de su vestido entre sus manitas sucias.

—... Aiko... —articuló con una voz tan débil que casi se la tragó el viento del Limbo.

—Bien, Aiko. Escúchame —dije, intentando proyectar una calma que no sentía en absoluto—. Mi nombre es Ryuusei. Sé que tienes miedo, pero no podemos quedarnos aquí en el suelo. Este lugar se va a llenar de gente en cualquier momento. Necesitamos movernos a una zona más alta.

Estiré mi mano derecha hacia ella, pero al ver la piel abierta y la sangre fresca que me cubría los dedos, la retiré rápidamente con vergüenza y me limpié lo mejor que pude en el costado de mi pantalón. Luego, le ofrecí el antebrazo.

Aiko miró mi brazo, dudó un segundo y finalmente estiró sus pequeñas manos temblorosas para sujetarse de mi tela. Su piel estaba tan fría como la ceniza del suelo.

La ayudé a ponerse en pie. Sus piernas temblaban tanto que apenas podía sostenerse, así que la mantuve pegada a mi costado, usándome como apoyo.

—Mantente detrás de mí en todo momento —le instruí en voz baja, mirando hacia la salida del templo—. No hagas ruido y no te separes.

Nos desplazamos lentamente a lo largo del muro de piedra, buscando una salida hacia la parte trasera de las ruinas. Sin embargo, la suerte no estuvo de nuestro lado.

Un crujido fuerte de pasos apresurados resonó justo al otro lado del arco de salida.

—¡JAJAJAJA! ¡MÁS! ¡TIENEN QUE CAER MÁS! —gritó una voz desquiciada.

Un hombre corpulento, con el torso desnudo cubierto de cortes profundos y los ojos desorbitados por una locura asesina, irrumpió en nuestro pasillo. Sostenía un hacha de combate oxidada en su mano derecha, arrastrando el filo por el suelo y dejando un trazo de chispas y ceniza. La violencia de la masacre lo había llevado a un estado de psicosis absoluta.

Al vernos a los dos en el estrecho corredor, su mirada se fijó en nosotros con el salvajismo de un depredador que encuentra una presa fácil.

—¡Miren lo que me encontré! ¡Dos basuras más para la cuenta! —bramó, alzando el hacha pesada con ambas manos mientras arremetía a zancadas hacia nosotros.

—¡Aiko, atrás! —grité con todas mis fuerzas.

Empujé a la niña con la mano izquierda hacia el espacio reducido entre dos columnas, obligándola a cubrirse. Pero no había tiempo para correr. El hombre estaba a solo tres metros de distancia y el corredor no tenía otra salida.

Con el pánico nublándome la vista, busqué desesperadamente con la mirada algo para bloquear el ataque. En el suelo, a medio metro de mi posición, yacía un escudo de metal abollado, pesado y plano. No podía sujetar el agarre de cuero con los dedos rotos, así que metí todo el antebrazo derecho a través de la correa y levanté el metal como pude, apoyando la espalda contra el pilar de piedra a mi espalda para amortiguar el impacto con la arquitectura del lugar en vez de usar mis propios músculos.

El hombre llegó frente a mí y descargó el hacha con un hachazo descendente de pura fuerza brutal.

El filo oxidado se estrelló contra el centro del escudo de metal.

¡CLANG!

El sonido metálico resonó en la estructura como una explosión. La violencia del impacto fue devastadora. Aunque la piedra del pilar absorbió gran parte de la energía, la vibración viajó directamente a través del metal del escudo hacia mi brazo lesionado. Sentí cómo el impacto desgarraba de nuevo la carne viva de mis palmas y nudillos. Un choque de dolor insoportable me recorrió la clavícula y el hombro, sacándome un alarido de agonía pura.

Las vendas se rompieron y la sangre gurgujeó desde mis heridas, manchando la parte interior del escudo. El golpe me dejó el brazo completamente entumecido y sin capacidad de respuesta.

—¡Basura insignificante! —se burló el atacante, levantando el hacha de nuevo con una sonrisa demente, preparando un segundo golpe horizontal directo a mi cabeza—. ¡Muérete de una vez!

El escudo cayó de mi brazo inútil, chocado contra la ceniza. Estaba acorralado contra el pilar, con el cuerpo paralizado por el dolor y los brazos sangrantes. Aiko gritaba a mis espaldas, aterrorizada. Miré la hoja del hacha alzarse sobre mí, sabiendo que no tenía la fuerza para moverme ni la capacidad de detener el golpe. La muerte estaba a solo un segundo de distancia.

El tiempo pareció desacelerarse hasta un punto agónico. Vi la sombra de la hoja oxidada alzarse contra la penumbra del techo, recortándose sobre el perfil del loco que exhalaba un aliento rancio a sangre y ceniza. Apreté los párpados con rabia y terror, acurrucándome instintivamente sobre el cuerpo de Aiko para amortiguar el golpe con mi propia espalda. El corazón me retumbaba en los oídos como un tambor desbocado. Sabía que no había milagro posible; mis manos laceradas no podían alzarse, mis brazos temblorosos no tenían fuerza y mi condición de Puro me dejaba completamente inerme ante la violencia bruta.

El aire crujió. Pero el golpe no cayó sobre mi carne.

Un sonido seco y visceral —el desgarrador crujido de carne y hueso siendo atravesados— sofocó el grito del atacante.

Abrí los ojos bruscamente. El hombre del hacha se había congelado a medio metro de mí, con la cara desencajada por un choque de incredulidad absoluta. Un destello de acero limpio y afilado emergía justo desde el centro de su esternón, chorreando un líquido carmesí y denso que salpicó las baldosas fracturadas a mis pies. La hoja de una katana sobresalía unos diez centímetros de su pecho.

Sin una sola palabra, la hoja fue retirada hacia atrás con una velocidad fría y precisa. El cuerpo del agresor se desplomó hacia un costado como un saco de piedras, revelando a la figura que se erguía a sus espaldas.

Un joven de mi misma edad aproximada, de cabello negro desordenado y una mirada tan oscura y desprovista de emoción que parecía la de un cadáver, sostenía la espada en su mano derecha. Llevaba ropa oscura manchada de ceniza y no mostraba un solo rasguño visible. Con un movimiento metódico y carente de prisa, sacó un trapo mugriento del bolsillo y limpió la sangre del filo con dos pasadas rápidas, como si estuviera realizando una tarea rutinaria y aburrida.

—T-tú... —conseguí articular, apoyándome torpemente contra la piedra del pilar, respirando a bocanadas violentas mentre la adrenalina me quemaba el pecho—. Tú lo... lo mataste...

El recién llegado no me miró a los ojos. Su vista se posó un segundo en mis manos destruidas, donde la sangre viva goteaba sobre la ceniza, y luego en la pequeña Aiko, que permanecía paralizada y temblando detrás de mis piernas.

—Hacías demasiado ruido en el corredor —dijo el chico con una voz monótona, plana, que helaba la sangre más que la propia niebla del Limbo—. Ese demente gritaba a todo pulmón. Si no lo callaba, habría atraído a una docena más hacia esta sección de las ruinas.

—¿Nos... nos salvaste por eso? —pregunté, sintiendo un nudo amargo en la garganta mientras intentaba controlar el temblor incontrolable de mis mandíbulas.

El joven guardó la katana en la vaina de cuero desgastado que llevaba en el cinturón con un chasquido sordo.

—No te confundas. No los he salvado a ustedes —respondió sin alterar el tono, clavando por primera vez sus ojos negros en los míos—. Me llamo Daichi. Daichi Mokuren. Y solo eliminé un obstáculo que estorbaba mi propia posición. Tu escudo no habría aguantado un segundo golpe. Eres un inútil si ni siquiera puedes sostener el metal sin desangrarte.

Las palabras de Daichi dolió por su veracidad absoluta. No había desprecio en su voz, solo una constatación matemática de hechos. Yo era un inútil en esta arena. Un niño con las palmas desgarradas que apenas podía mantenerse en pie.

Antes de que pudiera responder, un estruendo colectivo hizo vibrar los muros de la ruina.

El eco de cientos de pasos apresurados y gritos de guerra retumbó desde el corredor principal del templo. La carnicería del exterior se estaba desplazando hacia los espacios cerrados. La masa de gente, empujada por la desesperación de la Regla 1 —la certeza de que solo cinco sobrevivirían y el resto sería borrado de la historia—, se devoraba a sí misma en una marea incansable.

—Vienen hacia aquí —murmuró Daichi, apoyando la mano izquierda en la empuñadura de su espada.

Mi cerebro, forzado al límite por el pánico, comenzó a procesar la arquitectura del lugar a una velocidad vertiginosa. Miré el pasillo estrecho por el que habíamos ingresado: la abertura no medía más de un metro y medio de ancho. Los muros de granito a los lados tenían tres metros de grosor y la bóveda superior estaba semiderruida, dejando un único punto de acceso frontal.

—El arco... —susurré, ahogando un gemido de dolor mientras apretaba los brazos contra mi pecho—. Daichi, el arco de entrada es un cuello de botella. Si nos adentramos más en las ruinas quedaremos atrapados en un callejón sin salida. Pero en esa puerta, la masa no puede avanzar en grupo. Solo pueden pasar de dos en dos.

Daichi me miró de reojo, evaluando mi observación con una lentitud calculadora.

—Un Puro que piensa rápido cuando está a punto de desmayarse —comentó con frialdad—. Lástima que no tengas cuerpo para sostener la línea.

En ese preciso instante, el polvo del umbral fue atravesado por dos figuras que irrumpieron en la estancia retrocediendo a toda prisa, combatiendo fieramente contra una turba de almas enfurecidas que los perseguía desde el exterior.

La primera figura era un hombre alto y corpulento, de cabello plateado y una cicatriz profunda que le atravesaba el ojo izquierdo desde la frente hasta la mejilla. Sostenía con ambas manos una enorme alabarda de hierro fundido, cuyo mango de madera reforzada utilizaba con una destreza brutal para barrer el espacio delante de él. Con un giro violento de sus hombros, el hombre estrelló la hoja curva de la alabarda contra el pecho de un agresor, proyectándolo hacia atrás y haciendo tropezar a los dos hombres que venían detrás.

A su lado, moviéndose con la agilidad de un felino acorralado, una mujer de cabellera oscura y ropajes rasgados blandía dos dagas de hoja ancha. Mientras el hombre de la alabarda mantenía la distancia con el alcance de su arma pesada, ella se deslizaba por debajo de las defensas de cualquiera que intentara flanquearlos, enterrando el acero en las gargantas y las coyunturas de los atacantes con una precisión quirúrgica e implacable.

—¡Atrás, maldita sea! ¡Sigan empujando hacia la estructura! —bramó el hombre de la alabarda con una voz grave que retumbó en las paredes de piedra.

—¡Cállate y cubre la izquierda! ¡Hay más detrás de la columna! —respondió la mujer de las dagas, limpiándose el sudor y la ceniza del rostro con el antebrazo sin dejar de lanzar estocadas letales.

Los dos combatientes retrocedieron a través del arco estrecho de la ruina, utilizando la geometría de la puerta exactamente como mi mente lo había calculado segundos antes. Al cruzar el umbral, el hombre de la alabarda descargó la base metálica de su arma contra el suelo de piedra con una fuerza comunal, provocando un derrumbe parcial del dintel superior. Toneladas de bloques de granito cayeron con un estruendo ensordecedor, bloqueando tres cuartas partes del acceso y dejando apenas un paso estrecho defendible.

El impacto levantó una nube densa de ceniza gris que nos obligó a todos a toser y cegarnos por unos segundos.

Cuando el polvo comenzó a asentarse, el silencio en el interior de la pequeña cámara en ruinas se volvió denso, sofocante y cargado de una tensión que cortaba el aire.

Aiko permanecía acurrucada detrás de mi espalda, sujetándose con rabia de mi chaqueta. Yo estaba arrodillado en el suelo, con las manos chorreando sangre sobre las baldosas y el aliento entrecortado por el agotamiento físico. Daichi se mantenía pegado al muro lateral, con la katana desenfundada a medio camino. El hombre alto de la alabarda se apoyaba en su arma, jadeando pesadamente mientras la sangre de sus enemigos goteaba desde la punta de acero. Y la mujer de las dagas se encontraba en una postura de guardia baja, con la vista fija en cada uno de nosotros, midiendo las distancias con una frialdad absoluta.

Cinco personas.

Nadie habló durante varios segundos. El sonido de los gritos y la carnicería en el exterior continuaba amortiguado por la muralla de escombros, pero dentro de la estancia, la realidad de la Regla 1 cayó sobre los cinco con la fuerza de un veredicto definitivo.

Solo cinco personas cruzarán la puerta de retorno hacia el mundo de los vivos.

El hombre de la alabarda recorrió a la estancia con su único ojo sano. Se detuvo en Daichi, luego en la mujer de las dagas, descendió hacia mí y finalmente contempló a la pequeña Aiko. Un destello de sombría comprensión cruzó sus facciones curtidas.

—Cinco... —murmuró con la voz raspada por el polvo—. Somos exactamente cinco.

—No te hagas ilusiones, anciano —escupió la mujer de las dagas, ajustando el agarre en sus armas mientras no quitaba los ojos de la yugular de Daichi—. La Muerte dijo que solo cinco sobrevivirían al torneo completo, no que el primer grupo de cinco que se encerrara en una cueva recibiría un pase libre. En cuanto la masa exterior despeje los escombros, o en cuanto este juego avance, tendremos que matarnos entre nosotros.

—Ella tiene razón —dijo Daichi con su tono monótono y desprovisto de humanidad—. De los cinco que estamos en este recinto, dos son lisiados. Un Puro con las manos destrozadas que no puede sostener una espada y una niña de seis años que no sirve para nada. Si la masa entra, son peso muerto. Si la regla exige la eliminación, son los primeros en la lista.

Un escalofrío helado me recorrió la espina dorsal. Aiko apretó la cabeza contra mi espalda y soltó un sollozo ahogado. Me tragué el terror que me atenazaba la garganta, obligándome a mirar directamente a los ojos oscuros de Daichi y luego al hombre de la alabarda.

—Si nos matan ahora o nos dejan morir allá afuera, ustedes tres tampoco saldrán con vida —dije, haciendo un esfuerzo sobrehumano para que mi voz no temblara—. Miren la entrada. Hay cientos de almas ahí fuera desesperadas por encontrar un refugio. Si se pelean entre ustedes o si pierden tiempo eliminándonos a nosotros, la marea de afuera los aplastará por simple número. No me importa lo buenos que sean con la espada o la alabarda; nadie puede pelear contra una turba de cien personas al mismo tiempo en campo abierto.

El hombre de la alabarda entrecerró el ojo sano, escuchándome con atención.

—El chico tiene razón en la táctica —dijo el gigante de cabello plateado, dando un paso al frente y clavando la base de su arma en el suelo—. No estoy aquí por amistad ni para jugar a las alianzas. Mi nombre es Lumin. Y si quiero volver a la superficie, necesito respirar diez minutos más. Este lugar es la única posición defendible en cien metros a la redonda. Si mantenemos este cuello de botella juntos, sobreviviremos a la primera ola.

—¿Y luego qué, Lumin? —intervino la mujer de las dagas con una sonrisa amarga y carente de humor—. ¿Nos daremos la mano cuando la Muerte baje a contar los cadáveres?

—Luego veremos quién sigue en pie —respondió Lumin con severidad—. Pero si nos descuartizamos aquí dentro antes de que termine la noche, la Muerte no tendrá ni que molestarse en borrarnos. Nos habremos eliminado solos por idiotas.

—Mi nombre es Sakura —dijo con voz helada—. Y que quede una cosa clara para todos: no le doy la espalda a nadie. El primero que intente una jugada sucia mientras cubrimos la puerta, le corto los tendones antes de que alcance el suelo.

—Trato hecho —dijo Lumin.

Daichi no respondió con palabras. Simplemente se colocó al costado derecho del paso estrecho entre los escombros, en una posición donde podía estocar a cualquiera que intentara colar la cabeza por la abertura sin quedar expuesto a la vista del exterior.

Me quedé sentado en la ceniza, abrazando a Aiko con mi brazo izquierdo mientras usaba la mano derecha —inútil y empapada en sangre— para mantenerla protegida detrás de mi cuerpo. La alianza que acababa de formarse no tenía un solo cimiento de confianza, lealtad o afecto. Era un pacto miserable, frágil y desesperado, nacido únicamente de la matemática del pánico y de la brutal exigencia de un juego de supervivencia. Cinismo, pragmatismo y acero. Eso era todo lo que nos unía.

Afuera, el sonido de los hachazos y las rocas siendo removidas comenzó a resonar contra el muro derribado. La turba había descubierto nuestro refugio.

—Ya vienen —anunció Sakura, posicionándose al lado izquierdo del arco.

Lumin alzó su alabarda, flexionando las piernas masivas para soportar el embate. Daichi aguardó en la sombra con la hoja de su katana lista para cortar.

Me pegué contra el pilar de granito, sintiendo las pulsaciones desbocadas de mi corazón y el olor a hierro rancio de mi propia sangre. No tenía un arma. Solo tenía mi mente calculando las trayectorias de los escombros, el ángulo de entrada de los enemigos y el número exacto de personas que sostenían la posición.

En lo alto del Limbo, muy por encima de la bóveda de sombras y ceniza que cubría la arena, la figura encapuchada observaba la escena en un silencio absoluto.

Sus ojos invisibles, ocultos en la penumbra de la túnica que absorbía la luz del espacio, estaban fijos en la pequeña cámara de piedra. Alrededor del desierto de ruinas, miles de almas se masacraban individualmente en un espectáculo de ceguera y violencia primitiva, cumpliendo al pie de la letra el destino trágico de los caídos. Pero allí, en esa pequeña estructura colapsada, cinco individuos habían detenido el baño de sangre mutuo para erigir un muro.

Habían roto la premisa fundamental del torneo en los primeros minutos.

Bajo la capucha informe, una grieta de luz tenue distorsionó la sombra, semejante a una sonrisa arcaica y cruel que contemplaba la fragilidad de los mortales. El torneo acababa de comenzar, y el destino de las cinco almas atrinchera en la piedra estaba a punto de ser puesto a prueba bajo el peso insostenible de su propia regla.

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