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Chapter 3 - Capítulo 3: Máscara de Porcelana

El golpe nunca llegó.

Kaito había visto el puño del niño Uchiha dirigiéndose a su cara. Había sentido el chakra ardiendo, el viento desplazándose, la muerte acercándose. Y entonces, sin pensar, su cuerpo se movió solo.

Una inclinación milimétrica. El puño pasó rozando su oreja.

Un giro de caderas. La rodilla que buscaba su estómago encontró aire.

Un paso lateral. El segundo ataque, un golpe de palma que debería haber roto sus costillas, se perdió en la nada.

El niño Uchiha se quedó con el brazo extendido, los ojos abiertos de par en par. Nadie esquivaba así. Nadie. Esos movimientos no eran de un niño de ocho años. Eran de alguien que llevaba décadas peleando.

—¿Qué...?

Kaito tampoco lo entendía. Su cuerpo se había movido antes de que su mente pudiera ordenarlo. Como si este nuevo cuerpo recordara cosas que él no sabía. Reflejos. Instintos. Técnicas que no había aprendido.

La voluntad del cuerpo original, pensó. El niño que vivió aquí antes que yo. ¿Me dejó sus reflejos?

—¡Basta!

La voz de Tobirama cortó el aire. El Uchiha se detuvo a medio paso, temblando de frustración.

—No ha tocado al rival —dijo Tobirama, impasible—. No ha atacado ni una vez. Esto no es un combate, es una danza. —Miró a Kaito con esos ojos rojos que parecían ver a través de la piel—. Tú. ¿Por qué no contraatacas?

Kaito abrió la boca. Iba a decir "no sé pelear". Pero las palabras se atascaron en su garganta porque no eran verdad. Lo sabía. En algún lugar de su cuerpo, en sus músculos, en sus huesos, sabía pelear.

—Esperaba —mintió—. Que se cansara.

Algunos niños rieron por lo bajo. El Uchiha enrojeció de ira.

Tobirama no rió. Dio un paso adelante y se plantó frente a Kaito, tan cerca que podía sentir su chakra. Ese chakra afilado como mil espadas. Cortante. Preciso. Letal.

—Hay algo en ti —dijo Tobirama en voz baja, solo para Kaito—. Algo que no encaja. Tus ojos ven demasiado. Tu cuerpo sabe demasiado. Y tu chakra... —Hizo una pausa—. Tu chakra está roto. Como si fueras dos personas en una.

El corazón de Kaito dejó de latir por un segundo.

Lo sabe. Dios mío, lo sabe.

—Pero no me importa —continuó Tobirama, enderezándose—. En estos tiempos, los soldados no se eligen. Aparecen. Y tú has aparecido. —Se giró hacia el grupo—. ¡Aprobado!

Los otros niños murmuraron. El Uchiha apretó los puños pero no dijo nada.

Kaito exhaló. No había muerto. Por ahora.

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Tres días después, Kaito estaba de rodillas en una sala subterránea.

No había ventanas. No había luz natural. Solo antorchas que proyectaban sombras bailarinas en las paredes de piedra. Frente a él, tres figuras con túnicas negras. Detrás de él, una puerta de hierro que acababa de cerrarse con un ruido sordo y definitivo.

—Has sido seleccionado —dijo la figura del centro. Voz de hombre. Grave. Cansada—. Para servir en las unidades especiales del Primer Hokage. Unidades que aún no tienen nombre. Unidades que no existen oficialmente.

Kaito asintió. Sabía lo que venía. Lo había leído en cien historias. Lo había visto en cien anime.

ANBU. Están formando el ANBU.

—Servirás en las sombras. Tu nombre dejará de existir. Tu rostro dejará de verse. —La figura se levantó y caminó hacia él. Llevaba algo en las manos—. A cambio, recibirás poder. Conocimiento. Y la oportunidad de construir la paz con tus propias manos.

Se detuvo frente a Kaito y extendió las manos.

Una máscara.

Blanca. De porcelana. Con ojos de zorro y una sonrisa inmutable.

—A partir de ahora, no eres Kaito. Eres Kitsune. El zorro. Y servirás a la Hoja hasta que la muerte te libere o la Hoja ya no te necesite.

Kaito tomó la máscara. Era más fría de lo que esperaba. Más pesada.

Kitsune, pensó. Zorro. El animal que engaña, que sobrevive, que siempre encuentra una salida.

Levantó la mirada hacia los tres hombres.

—Acepto.

Se puso la máscara.

Y el mundo se volvió un poco más oscuro.

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Esa noche, Kaito —no, Kitsune— caminó por los tejados de Konoha.

Era su primera noche como miembro de las sombras. No tenía misión todavía. Solo órdenes de familiarizarse con la aldea, con sus movimientos, con sus secretos.

El viento era frío. Las estrellas, brillantes. Abajo, la gente vivía sus vidas ajenas al hecho de que alguien los observaba desde las alturas.

¿Qué hago aquí?, se preguntó. ¿Por qué terminé en esta época? ¿Fue un accidente? ¿Un castigo? ¿Una misión?

No tenía respuestas.

Pero mientras observaba la aldea, sus Sentidos Aumentados captaron algo. Una firma de chakra pequeña, escondida, temblorosa. Alguien que intentaba ocultarse y no lo lograba del todo. Alguien que, a juzgar por la dirección, venía de las afueras. De la zona en guerra.

Kaito entrecerró los ojos.

¿Un espía? ¿Un refugiado?

Saltó hacia el siguiente tejado. Su cuerpo se movía con una facilidad que aún le sorprendía. El viento silbaba a su alrededor.

Cuando aterrizó en la calle, vio la figura.

Un niño. Pequeño. Sucio. Con un sombrero de paja demasiado grande y unos ojos marrones que, al ver la máscara de Kaito, se abrieron con terror.

—Por favor —susurró el niño—. No me mate.

Kaito observó su chakra. Débil. Apagado. Sin entrenamiento.

—¿Quién eres? —preguntó.

El niño tragó saliva.

—Hiruzen —dijo—. Hiruzen Sarutobi. Vengo de... de las líneas de frente. Mis padres...

No terminó la frase. No hizo falta.

Kaito sintió algo que no esperaba sentir. Compasión. Este niño, este pequeño ser asustado y hambriento, era el mismo que un día sería Tercer Hokage. El mismo que gobernaría Konoha durante décadas. El mismo que, según las historias, sería recordado como el Dios de los Shinobi.

Pero ahora solo era un niño que había perdido a sus padres.

Kaito se arrodilló lentamente. Con cuidado. Para no asustarlo más.

—Tranquilo —dijo, y su voz sonaba extraña detrás de la máscara—. No voy a hacerte daño. ¿Tienes hambre?

Hiruzen asintió, sin atreverse a hablar.

Kaito extendió la mano.

—Ven. Te llevaré con alguien que puede ayudarte.

Y mientras el niño tomaba su mano, Kaito supo que este momento, este pequeño instante, cambiaría algo en el mundo. No sabía qué. Pero lo sentía en los huesos.

El zorro acaba de conocer al futuro león.

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