Una semana después - Campamento militar cerca de la frontera Qin-Zhao
El amanecer llegó como siempre: frío, gris, y acompañado del grito de los sargentos ordenando a los hombres levantarse. Han Xun ya estaba despierto. Había aprendido rápidamente que despertarse antes de las órdenes te daba unos minutos preciosos para prepararte mentalmente para el día, para estirar los músculos adoloridos antes de que te obligaran a moverte.
Sus pies habían desarrollado callos gruesos durante la última semana. Ya no sangraban, aunque todavía dolían. Era progreso, supuso. El tipo de progreso que solo importaba cuando medías tu vida en incrementos de supervivencia diaria.
"Levántense, gusanos," el familiar grito de Wei Ting resonó sobre el campamento de los porteadores. El veterano no creía en suavizar las órdenes. "Hoy entrenan o mueren. Prefiero lo primero, pero el ejército puede permitirse lo segundo."
Han Xun sacudió a Liang, quien gruñó pero se levantó. El niño había mejorado notablemente en los últimos días. Todavía estaba demacrado, todavía asustado, pero ya no lloraba. Era una mejora pequeña, pero en este mundo, las mejoras pequeñas significaban todo.
Los treinta porteadores restantes —habían perdido dos más durante la semana, uno por enfermedad y otro por un accidente con un carro— se reunieron frente a Wei Ting. El veterano los inspeccionó con el mismo ojo crítico que uno usaría para evaluar ganado en el mercado.
"Durante la última semana los he observado," comenzó Wei Ting, paseándose frente a ellos. "La mayoría de ustedes son inútiles. Niños blandos que morirán en su primera batalla real." Su mirada se deslizó sobre la multitud, deteniéndose brevemente en algunos. "Pero algunos... algunos tal vez tengan potencial."
Se detuvo frente a Han Xun. "Tú. Has sido útil. Rápido para aprender. No te quejas. Eso es raro." Luego miró a Liang. "Tú eras débil cuando llegaste. Todavía lo eres. Pero no has muerto, lo que significa que estás aprendiendo." Se alejó. "Hoy comienza su verdadero entrenamiento. No serán soldados —todavía son demasiado jóvenes y pequeños— pero les enseñaré lo básico. Cómo montar un campamento apropiadamente. Cómo mantener armas. Cómo no estorbar cuando comience la verdadera lucha."
Uno de los niños, un chico robusto de catorce años llamado Dao, levantó tímidamente la mano.
"¿Qué?" ladró Wei Ting.
"¿Cuándo... cuándo comenzará la verdadera lucha, señor?"
Wei Ting sonrió, pero no era una sonrisa agradable. "Pronto. Zhao ha estado haciendo incursiones en territorio Qin. El general Bai está reuniendo fuerzas para una respuesta. Cuando marchemos, ustedes vendrán. Y entonces verán qué significa realmente la guerra."
Un silencio pesado cayó sobre el grupo. Han Xun sintió su estómago apretarse. Había sabido que esto vendría —era inevitable— pero oírlo declarado tan directamente hacía que fuera terriblemente real.
"Pero antes de eso," Wei Ting caminó hacia un área donde varias armas estaban dispuestas en el suelo: lanzas, espadas, escudos, "necesitan aprender a no matarse a sí mismos con estas cosas."
Pasaron la siguiente hora aprendiendo los fundamentos absolutos del manejo de armas. No técnicas de lucha reales —Wei Ting fue muy claro en que eso vendría mucho después— sino simplemente cómo sostener una lanza sin dejarla caer, cómo levantar un escudo sin desbalancearse, cómo desenvainar una espada sin cortarse los propios dedos.
Era increíblemente básico, casi insultantemente simple. Pero Han Xun absorbió cada palabra, cada demostración, memorizando los movimientos con la misma intensidad que había usado una vez para memorizar fórmulas estructurales.
Peso del arma: aproximadamente 3 kilogramos. Centro de gravedad cerca del tercio frontal. Diseñada para estocadas, no cortes amplios. Efectiva contra infantería ligera, menos contra armadura pesada.
Su mente de ingeniero no podía evitar analizar todo en términos técnicos. Era reconfortante, en cierto modo. Le daba la ilusión de control en un mundo que no tenía ninguno.
"Han Xun," Wei Ting lo llamó. "Adelante."
Han Xun se acercó, su corazón latiendo más rápido. Wei Ting le entregó una lanza de entrenamiento —más ligera que las reales, pero aún así pesada para sus brazos de niño.
"Posición básica de guardia," ordenó Wei Ting. "Como te mostré."
Han Xun ajustó sus pies, colocándolos separados al ancho de hombros, rodillas ligeramente flexionadas. Sostuvo la lanza con ambas manos, la punta apuntando hacia adelante en un ángulo de cuarenta y cinco grados hacia arriba.
Wei Ting caminó alrededor de él, ajustando su postura con toques ásperos. "Codos más cerca del cuerpo. Espalda recta. El peso en las puntas de los pies, no los talones." Dio un golpecito a la rodilla de Han Xun. "Si te empujan, necesitas poder moverte rápido. Si estás en tus talones, caes."
Hizo los ajustes, sintiendo cómo cada músculo protestaba por sostener la posición. Era más agotador de lo que parecía.
"Bien," Wei Ting finalmente asintió. "Sostén eso."
Segundos se convirtieron en minutos. Los brazos de Han Xun comenzaron a temblar. El sudor le corría por la frente a pesar del frío de la mañana. La lanza parecía volverse más pesada con cada segundo que pasaba.
No la dejes caer. No muestres debilidad.
"¿Sabes por qué hago esto?" preguntó Wei Ting casualmente, observándolo luchar. "No es para torturarte, aunque ese es un beneficio secundario. Es porque en batalla, sostendrás esa posición durante horas. Esperando. Los músculos gritando. El miedo comiendo tus entrañas. Y el momento en que bajes la guardia, el momento en que tu concentración falle, es cuando mueres."
Los brazos de Han Xun temblaban violentamente ahora. Visión de túnel empezaba a formarse en los bordes de su vista.
"O peor," Wei Ting continuó, "el hombre junto a ti muere porque estabas demasiado cansado para proteger su flanco. Y entonces sus amigos, sus hermanos de batalla, te matan a ti. No por malicia. Simplemente porque eres una responsabilidad."
No. Puedo. Dejar. Caer. Esta. Lanza.
"Suficiente."
La palabra fue como liberación divina. Han Xun bajó la lanza, sus brazos temblando incontrolablemente. Casi la dejó caer, pero logró controlarla en el último momento, apoyándola cuidadosamente en el suelo.
"Veintitrés minutos," Wei Ting dijo. "No es terrible para un primer intento. He visto soldados adultos colapsar antes." Miró al resto del grupo. "Todos van a hacer lo mismo. Uno por uno. Y cada día, agregaremos un minuto más hasta que puedan sostener esa posición durante una hora sin fallar."
Un gemido colectivo recorrió el grupo, pero nadie se atrevió a protestar en voz alta.
El resto de la mañana fue una tortura similar: ejercicios de resistencia, práctica de formación, aprender a moverse como unidad en lugar de individuos. Wei Ting era un instructor brutal pero efectivo. No toleraba la pereza, pero tampoco esperaba lo imposible. Empujaba a cada niño exactamente hasta su límite, pero no más allá.
Es un buen instructor, Han Xun se dio cuenta. No amable, pero bueno. Entiende que un soldado muerto no sirve para nada. Así que nos mantiene vivos mientras nos hace más fuertes.
Durante el descanso del mediodía, Han Xun y Liang se sentaron a la sombra de un carro, masajeando sus músculos adoloridos. Otros niños hacían lo mismo, algunos gimiendo abiertamente de dolor.
"No sé cuánto más puedo soportar esto," murmuró Liang, su voz apenas audible.
"Puedes," respondió Han Xun automáticamente. "Lo estás haciendo. Cada día eres un poco más fuerte."
"¿Y para qué? ¿Para morir en alguna batalla cuyo propósito ni siquiera entenderemos?"
Era una pregunta justa. Han Xun no tenía una buena respuesta.
"Para sobrevivir otro día," dijo finalmente. "Y quién sabe. Tal vez sobrevivamos lo suficiente para convertirnos en soldados reales. Con paga. Con estatus. Con una oportunidad de ser algo más que carne de cañón."
"¿Realmente crees eso?"
No, pensó Han Xun. No en este mundo brutal donde la vida vale menos que el hierro de una espada.
"Tengo que hacerlo," dijo en voz alta. "Porque la alternativa es rendirse, y rendirse es morir."
Un sonido interrumpió su conversación: caballos acercándose. Los niños se pusieron de pie instintivamente, adoptando posturas respetuosas. Era un hábito que habían aprendido rápidamente: cuando venían oficiales, te hacías pequeño e invisible.
Tres jinetes entraron al campamento, sus monturas resoplando después de lo que obviamente había sido un viaje rápido. Los soldados se apartaron, formando camino. Wei Ting se acercó, su postura rígida en atención.
El jinete principal desmontó con un movimiento fluido. Era más joven de lo que Han Xun esperaba, tal vez treinta años, con una armadura que era notablemente mejor que la de los soldados regulares: placas de bronce bien pulidas sobre cuero endurecido, un casco con un penacho de crin de caballo roja. Un oficial, sin duda.
"¿Comandante Wei Ting?" preguntó el oficial, su voz clara y autoritaria.
"Sí, señor," Wei Ting dio un saludo marcial: puño derecho sobre el corazón.
"Soy el Capitán Meng Hu, bajo el General Bai. Traigo órdenes." Sacó un rollo sellado de su cinturón y lo entregó a Wei Ting.
Wei Ting rompió el sello y leyó rápidamente, sus ojos moviéndose por el texto. Su expresión no cambió, pero algo en su postura se tensó.
"¿Cuándo?" preguntó.
"Dos días. El General Bai está reuniendo todas las fuerzas disponibles. Zhao ha cruzado el río en el paso norte con una fuerza estimada de diez mil. Necesitamos contraatacar antes de que establezcan un punto de apoyo."
Diez mil. El número golpeó a Han Xun como un puñetazo. No era una incursión. Era una invasión.
"Mis hombres estarán listos," dijo Wei Ting. "¿Y los porteadores?"
Meng Hu los miró, sus ojos pasando sobre los treinta niños como si fueran ganado. "Los llevarán. Necesitaremos todos los cargadores disponibles. Si pueden marchar, vienen."
"Entendido, señor."
El capitán remontó su caballo, pero antes de partir, su mirada se detuvo brevemente en Han Xun. Fue solo un momento, pero Han Xun sintió el peso de esa mirada: evaluación, cálculo, medición. Luego el capitán espoleó su caballo y se fue, sus acompañantes siguiéndolo.
Wei Ting enrolló el mensaje y se volvió hacia sus hombres. Su expresión era de piedra. "Todos, escuchen. En dos días marchamos a batalla real. No será un ejercicio. No será entrenamiento. Será guerra. Algunos de ustedes morirán. Probablemente la mayoría de ustedes." Dejó que eso se asentara. "Pero si escuchan mis órdenes, si mantienen la cabeza baja y hacen su trabajo, algunos sobrevivirán. Y los que sobrevivan habrán ganado algo que ninguna cantidad de entrenamiento puede dar: experiencia de batalla real."
Se volvió específicamente hacia los porteadores. "Ustedes, niños. Escúchenme bien. Su trabajo es simple: mantenerse alejados de la lucha. Cargan suministros. Cuidan a los heridos. No intentan ser héroes. Los héroes mueren estúpidamente. ¿Entienden?"
"Sí, señor," respondieron en coro, aunque Han Xun podía escuchar el temblor en muchas voces.
"Bien. Ahora, de vuelta al entrenamiento. Tienen dos días para prepararse para el infierno. Sugiero que los usen sabiamente."
El resto del día fue un borrón de ejercicios intensos, instrucciones apresuradas, y preparativos frenéticos. Wei Ting los empujó más duro que nunca, pero ahora había un propósito urgente detrás de todo. Ya no era entrenamiento teórico. Era preparación de supervivencia.
Esa noche, mientras el campamento se asentaba en un silencio tenso, Han Xun se quedó despierto nuevamente, mirando las estrellas. Liang dormía a su lado, pero inquieto, murmurando en sueños.
Dos días.
En dos días veré mi primera batalla real.
En dos días descubriré si todo este conocimiento moderno, toda esta inteligencia, todos estos análisis, valen algo cuando el acero está cortando carne y la gente está muriendo a mi alrededor.
Su mano fue a su estómago, acariciando el área donde sabía que los intestinos estaban. Había leído sobre heridas de batalla, sobre cómo una herida en el estómago era una de las peores formas de morir: lenta, agonizante, infección garantizada en una época sin antibióticos.
Podrías morir en dos días. Realmente morir. Y esta vez no habrá despertar en otro cuerpo. Solo... oscuridad.
El miedo era un nudo frío en su pecho. Pero debajo del miedo, había algo más: una determinación ardiente, casi salvaje.
No. He llegado demasiado lejos. He sobrevivido demasiado. No voy a morir en algún campo de batalla anónimo sin siquiera haber vivido esta nueva vida.
Voy a sobrevivir. No importa qué.
Usaré cada ventaja que tengo. Cada fragmento de conocimiento. Cada instinto. Cada truco sucio si es necesario.
Porque en este mundo, la moralidad es un lujo que los muertos no pueden permitirse.
Cerró los ojos, obligándose a dormir. Necesitaba estar descansado. Necesitaba estar alerta.
En dos días, comenzaría la verdadera prueba.
En dos días, descubriría si un hombre moderno podía sobrevivir en el infierno de la historia antigua.
En dos días, la guerra lo reclamaría o lo forjaría.
Y Han Xun, niño de diez años con el alma de un ingeniero de veintiocho, decidió que sería lo segundo.
Tenía que serlo.
La alternativa era inaceptable.
Continuará...
