—¡Auch!
Resono la queja de un niño. Se había tropezado con una piedra en la montaña, cayendo de cara contra el suelo.
—Ay... Me dolió.
Se levantó, utilizando sus bracitos para darse empuje hacia arriba y continuar.
Sonreía -a pesar de tener los ojos acuosos por el golpe en su nariz-, de forma temblorosa, pero lo hacía.
Apoyándose en los grandes troncos de los árboles que lo rodeaban, de vez en cuando sosteniéndose de las mismas que colgaban de los mismo, continuo avanzando mientras tarareaba.
De vez en cuando rascaba su nariz, tratando de calmar el picor en la zona enrojecida por el tropiezo anterior.
—Sólo espero encontrar algo. Si vuelvo sin nada la abuela me va a matar —se dijo para sí mismo, rezándole a cada dios conocido por él para poder librarse del castigo que le esperaba en casa.
No era para menos, su abuela, adoptiva al menos, se ponía realmente furiosa cuando él se escapaba de la cabaña sin avisarle.
—Bueno, va a matar al abuelo —se corrigió, recordando las veces que, en lugar de desquitarse con él, se las terminaba llevando su abuelo por mala influencia.
Esa mujer fácilmente podría pasar por un monstruo envuelto en una belleza sutil de cabellos al rojo vivo y ojos como el colores la arena.
Sin embargo, había algo que ni Bell, ni su abuelo, ni nadie del recóndito mundo en el que vivían podía negar, y se trataba del inmenso amor le tenía al chico.
Esto, claro, potenciado gracias a la gran cualidad de no tener ningún rasgo semejante a los de su padre. De ser así, aunque hubieran sido únicamente los ojos, ella podría haberselos arrancado.
Algo que se había encargado de recordarle al infante de cabellos blancos en más de una ocasión.
—Tampoco quiero darle razones para hacerlo ahora, así que vamos a apurarnos —se rió el niño, nervioso cuanto menos.
Aceleró el paso, chocandose con algunas ramas y pateando pequeñas rocas se cruzaban delantes de sus pies, pero no volvió a tropezar.
Tal vez era el destino obligándolo a seguir, un juego de los dioses divertidos ante su intento de llegar a algo, capaz era simple habilidad para evitar daños.
O, quizás, sólo se trataba del viento guiando su camino, velando porque llegué sano y salvó a su meta.
Fuera cuál fuera el caso, el pequeño conejo de ojos azules buscaba llegar a la cima de la colina cueste lo que cueste.
No tenía idea el por que de su creciente deseo de llegar allí, a esa cima, sólo sabía que debía de llegar a ese lugar que lo reclamaba todas las noches en sus sueños.
Escaló, se raspó, sufrió, pero aún así siguió subiendo hasta que, en la cima, sentada sobre una roca que parecía ser precisamente para ella, una joven lo miraba risueña.
Se bañaba en los finos hilos de luz solar que se colaban entre las copas de los árboles, dándole un aspecto frágil, casi etéreo.
El viento que antes había guiado a Bell hacia aquí arriba, ahora lo había abandonado por completo, dejándolo solo en el espacio para mecerse alrededor de la niña frente a él.
Tenía cabellos dorados, similares al dorado de las hojas de trigo que Bell acostumbraba a cosechar junto con su abuelo durante las tardes.
Se mecía con el viento, como si este amara danzar junto a ella, envolviendola bajo un ala de protección.
Sus facciones eran suaves a la vista, con una armonía en ella que daba envidia a la vista. En su rostro una sonrisa tierna dedicada únicamente para el albino.
Y hablando de Bell, a este se le había olvidado hasta como respirar. Su mano derecha sobre su pecho, la izquierda cerrada en un puño.
En su rostro había una expresión quebrada, debatiéndose entre una de incertidumbre y otra de completa tontez. Su boca abierta una "O" casi de manera perfecta, como si fuera tallada con perdición quirúrgica.
Pero había algo que se expandía por todo su rostro: un sonrojo. Uno tan pronunciado que fácilmente podría ser comparado con los colores de un tomate maduro.
Sin embargo, en el momento en que los ojos azules del chico conectaron con los dorados de la chica, el debate en su rostro se acabó, dando paso a una expresión que se manifestaba como completamente atónita.
La mano que se encontraba sobre su pecho se estrujó, arrugando las prendas de ropa que cubrían su torso.
Verla le gustaba, pero también dolía.
No sabía por qué, pero su pecho parecía estrujarse mientras más la observaba, tal vez cautivado, tal vez como un presagio de mal augurio, no lo sabía, pero quería averiguarlo.
Sin embargo, antes de comenzar a caminar, su entorno se quebro.
La destrucción del mismo se dió mediante una serie de hilos en forma de telaraña que se ramificaban en otros, para luego colapsar como un vidrio roto.
Bell no lo entendio, pero comenzó a correr hacia la belleza dorada frente a él. Extendió su mano, como quien intenta rozar las estrellas con las puntas de sus dedos.
Sin embargo, a medida que avanzaba, la distancia entre ellos parecía aumentar, y el entorno en pleno colapso no le ayudaba a alcanzarla.
Aún así, ella parecía pristina, sin cambiar de expresión, como si no viera todo lo que los asustados ojos azules del niño veían con tanto pánico.
Pese a esto, Bell no se detuvo. Continuo corriendo, tropezó y cayó de bruces al suelo, mas se levanto con una fuerza impropia de él para continuar corriendo. Parecía realmente motivado y desesperado.
Tal vez, se debían a esos fragmentos que caían enfrente de él, pasando por delante de la chica que aparentaba una edad similar a la suya, que mostraban una imagen distinta a las que sus ojos veían.
En ellos, por menos de un segundo, se lograba divisar a la niña, pero en lugar de esa tierna expresión que parecía hechizar el débil corazón del niño, había otra completamente diferente.
Sus manos, en lugar de posarse sobre la roca, se hallaban tallando sus ojos de forma tonta, desesperada incluso, como quien intenta calmar el llanto a la fuerza, fallando en el proceso. Por estás mismas, pequeñas gotas de agua se resbalaban.
Incluso con eso, lo que más desgarro el espíritu de Bell y lo forzo a correr con más intensidad, fue la sonrisa quebrada. A pesar de las lágrimas, parecía querer sonreir, pero lo hacía de forma tensa, temblorosa, con los labios alzándose apenas antes de rendirse para luego volver a intentar.
Se sentía como si su propio cuerpo traicionara sus deseos en son de acatar los de su corazón.
Sin embargo, Bell comenzó a gritar cuando esa figura se levantó de la roca y eligió caminar en dirección opuesta a la de él.
—¡No! ¡Por favor espera! —gritó, con las palabras saliendo de forma tan abrupta que comenzó a toser, sin detener su maratón —. ¡No te vayas por favor!
La voz del infante salía quebrada, a punto del llanto. Para ser sinceros, el ni siquiera sabía que estaba pasando, o por qué necesitaba de forma tan desesperada alcanzarla.
Corrió, contra todo pronóstico corrió. No sé tropezó, tampoco se resbaló o torció el pie, no podía hacerlo, no le dejaban hacerlo.
De alguna forma, estaba ahí, a nada, centímetros de agarrar su mano, pero no llego.
El suelo debajo de él se quebró en cientos de pequeños pedacitos de cristal que caían a un abismo de infinita oscuridad.
Sus ojos, llenos de lágrimas, se encontraron con los de la niña, que le había dedicado una última mirada a pesar de estar en las mismas que él.
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Solté un suspiro, largo, tendido.
Seque la humedad en mis ojos con la sabana que me cubría del frío por la madrugada.
Dirigi mi vista al techo, mirándolo con un cansancio que amenazaba mis ideales.
Talle mis ojos, mientras bostezaba para luego levantarme. Me reincorporé mientras abría y cerraba los ojos torpemente, sintiendo el ardor de las lágrimas todavía en ellos.
La primers vez que tuve ese sueño, recuerdo que fue, más o menos, a los 7 años. El mismo día que mamá se fue para ser exactos.
Me había despertado exaltado, gritando con desesperación y las lágrimas corriendo a flor de piel, sin miramientos. Corri con intensidad hacia el cuarto de la abuela, quien se desperto alarmada por mis súplicas.
Me quedé allí, bajo el cálido manto de sus brazos mientras decía —Todo está bien, Bell. Fue solo una pesadilla —al sln de acariciar mis cabellos.
Me aferre a ella, temeroso de que se esfumara al igual que la chica de mis sueños, por unas cuantas horas hasta que me dormí de nuevo.
A partir de ese día, esa pesadilla comenzó a hacerse más recurrente, y siempre terminaba de la misma forma: conmigo cayendo al abismo, incapaz de sostenerle la mano a esa joven mujer de cabellos dorados.
Con el tiempo -y la edad- aprendí a sobrellevarlos, sin gritos, sin desesperación o exaltación que despertara a mis abuelos.
Sin embargo, lo único que nunca pude controlar, fue el sentimiento de absoluta tristeza que me invadía al ver su rostro. Había algo en ella que simplemente me hacía imposible el verla con la expresión quebrada y seguir como si nada.
—Belllzzzz~ —escuche el murmullo de mi diosa, volteando me enseguida.
En la cama principal de la sede se encontraba mi deidad: Hestia, parcialmente tapada con una frazada debido a su indecorosa posición.
No tenía idea de por qué balbuceaba mi nombre dormida, tampoco quería averiguarlo. Despertarla a tempranas horas de la mañana era lo mismo que pedir ser asesinado vivo.
—Cierto... Es de mañana —me dí cuenta, viendo cómo pequeños halos de luz comenzaban a filtrarse por una pequeña ventana encima del sofá donde yo dormía.
Podría haber seguido durmiendo, pero el sentimiento de aprehensión firmemente adherido a mi espíritu parecía arrastrarme fuera de la cama.
Me acerque al lavabo a paso torpe, intentando no caer preso de las prendas de ropa que la diosa dejaba esparcidas por el suelo antes de dormir.
Me lave los dientes, para luego hundir mi rostro en el agua para disipar el hilo de sueño que todavía me mantenía tambaleante.
Mi cabello estaba algo largo, desordenado mientras caía sobre mi rostro levemente humedecido por el agua salpicado hasta él. Tenía algunas ojeras, pero estás siempre se iban al cabo de pasar unas horas.
Por último, mis ojos. Eran azules, de uno pálido que podría asemejarse al celeste del cielo cuando una delgada capa de nubes la cubría, ese tipo de azul era el que se propagaba desde mi vista.
Era el mismo tono de celeste que los que tenía mi madre, bueno, los de ella eran más vivos, más brillantes. Supongo que los míos se deben a la unión de los de mi padre junto con los de ella.
Luego de ello, salí de la iglesia abandonada con una sonrisa de labios, dispuesto a enfrentar el mundo nuevamente con la sonrisa que mi abuelo tanto me había dicho que debía mantener.
Entonces, si hoy debía de ser un día normal como los anteriores, ¿¡Por qué carajos me está persiguiendo un minotauro!?
"Maldigo mi suerte (╥﹏╥)" pensé mientras mantenía la maratón que, si perdía, amenazaba con acabar mi vida.
Cuando me choque de frente con un callejón sin salida, quise correr y dar la vuelta, pero el bramido ensordecedor que provino detrás mío me hizo dar cuenta que no podría hacerlo.
—O- oye, podemos hablar, ¿Verdad? Ya sabes, terminar esto de forma pacífica —dije con desespero mientras retrocedía hacia el muro, sintiendo las gotas de sudor correr por mis mejillas para morir en mi barbilla.
Tome lo que quedaba de la espada del gremio, que por cierto, se había partido al medio luego de desviar cuatro -¡¡Sólo cuaatro!!- hachazos del monstruo, y la arroje.
La hoja, una cuarta parte de lo que era originalmente, dió en su objetivo con precisión quirúrgica: el ojo derecho de la bestia.
Esa, sin duda, debería haber sido mi ventana de oportunidad para colarme por su costado mientras se quejaba del dolor, pero, en lugar de quejarse, comenzó a aporrear su hacha contra todo el estrecho pasillo.
—Definitivamente odio mi suerte —reí, mientras intentaba pensar en alguna forma de escapar de la situación en una pieza, o vivo al menos.
"¡No hay nada!" Sonreí con desespero, mientras palpaba la pared rocosa e irregular frente a mí.
—¿Negociamos? Yo te traigo comida y tú me dejas salir vivo, ¡es un planazo!
—¡¡ROOOOOOOOOOOAAAAARRRRR!!
La única respuesta ante mi tonta propuesta fue un rugido enfurecido, mientras arremetía su arma en mi contra.
Por puros reflejos me deje caer sobre mi trasero, evadiendo el golpe que tenía como fin decapitarme.
El "Crash" de su arma al romperse luego de tantos embates hizo que varios trozos de roca cayeran sobre mí, la tierra se impregnó tanto en mi cabello como ropa.
Sin embargo, el bufido exhalado que hizo revolotear mis cabellos me hizo dar cuenta que no tendría chance alguna para escapar, y que solo tendría unos segundos para hacer algo.
Segundos que pase en silencio, resignado al destino que se me había impuesto. No podía hacerle frente a la minotauro frente a mí, simplemente no había chance.
Un golpe se precipitó hacia mi rostro, el viento paso entre nosotros y una línea plateada se deslizó a través del monstruo.
Un gemido confundido emergió del minotauro, al igual que de mi propia boca mientras abría los ojos poco a poco, sintiendo una punzada en mi pecho.
La línea comenzó a fluir: no sólo pasó a través del cuerpo, también recorrió el grueso pecho, la pezuña, luego la muñeca superior, los muslos, la parte inferior del cuerpo, los hombros y finalmente corrió al siguiente, de una sola vez.
Al final, sólo pude ver una luz plateada haciendo gala de una eficacia practicada.
En el momento siguiente, luego de un bramido de dolor que murió tan pronto como nació, un gran líquido rojo y espeso se derramo sobre mí.
¿Mu cabello? Manchado, cubierto de la espesa sangre del monstruo que se derramo, el hecho de que estuviera cubierto de tierra anteriormente sería fatal, tendría que lavarlo de forma urgente. Mi ropa no estaba en un estado diferente de hecho.
Pero, por alguno motivo, me quedé allí, completamente quieto sin tener la capacidad de moverme.
No, eso sería simplificarlo, de hecho, parecía como si mi cuerpo se hubiera olvidado de como hacerlo.
Frente a mí, unos cabellos dorados similar al trigo revoloteaban envueltos en un manto de viento.
Envuelta en placas de metal, telas de combates y armada con un estoque plateado, una chica exactamente igual, pero completamente diferente, se encontraba delante mía.
Se acercaba a mí con paso lento, de hecho, demasiado lento. Quizás era mi percepción completamente rota por la relación instantanea que tuve. Sólo quizás.
Tenía las facciones suaves de aquella niña, pero más maduras y afiladas, como las de una princesa que nunca fue rescatada de su castillo.
La sonrisa tierna no estaba, reemplazada por una expresión que parecía ser la viva imagen de la indiferencia personificada.
Los ojos que destellaba en vida ahora muertos, faltos de ese brillo que me cautivaba todas las noches.
Tenía un porte diferente, más endurecido. Desprendía el aura de una vida en la batalla, el manejo de su estoque bastaba para confirmarlo.
Sentí como el calor se impregnaba en mis mejillas, llegando incluso hasta mis orejas enrojecidas. Suerte la mía de que no se notase, aunque no sé que tan buena suerte pueda considerarse estar bañado de sangre.
De todas formas, la chica de mis sueños -¡Lireralmente!- estaba parada frente a mí.
Si verla en mis pesadillas me había cautivado, el tenerla justo delante de mí me hizo caer completamente enamorado.
Me levanté, sintiendo la desesperada necesidad de hacer algo, de- de hablarle, o confrontarla, tal vez simplemente abrazarla, pero...
Pero no pude.
Algo dentro de mí parecía doler, retorcerse en mi pecho como en el sueño.
Así que, empujado por el viento detrás mío, simplemente me dedique a huir como lo había hecho hasta ahora.
La dejé allí, sola. Con la mano extendida y las palabras en la punta de la lengua, ella solo pudo clavar sus ojos en mi espalda ensangrentada.
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