WebNovels

Chapter 23 - Capítulo 22

RÉEN.

Caminé hasta que la noche cayó sobre la ciudad, y el frío ya no era solo un roce en la piel, sino un mordisco que se metía hasta los huesos. Mi abrigo era ligero, insuficiente para la temperatura que descendía cada minuto más, y el viento que bajaba desde las colinas me golpeaba como un látigo. Cada paso crujía en la nieve, y las luces de la ciudad se reflejaban en los charcos helados como fragmentos de un mundo que yo apenas reconocía.

Finalmente llegué a casa. El calor y el ruido me golpearon antes de que siquiera pusiera la mano en el picaporte. La puerta se abrió antes de que pudiera girarla por completo, y una mezcla de gritos, llantos y regaños me recibió como un muro invisible.

—¡Réen! —gritó mamá, las lágrimas surcando su rostro—. ¡¿Dónde diablos estabas?!

—¡Te buscamos por horas! —rugió Alan, señalándome con enojo—. ¡Estábamos a punto de llamar a la policía!

—¿Por qué saliste solo? —preguntó Gabriela, con la voz quebrada, mientras cruzaba los brazos—. ¡Podrías haberte perdido otra vez!

—Ni siquiera me diste tiempo para avisar —añadió Cristina, con los ojos grandes y brillantes, conteniendo la rabia y el miedo al mismo tiempo—. ¡No hagas esto!

Papá vino detrás de ellas, con el ceño fruncido y las manos en la cintura.

—Réen, ¿estás loco? —dijo con voz grave—. ¿Qué estabas pensando? ¿Salir a caminar solo con este frío?

—¡Podrías haberte congelado! —exclamó mamá, abrazándome con fuerza mientras me sostenía—. ¡No sabes lo que sentimos al no encontrarte!

Me quedé quieto, respirando con dificultad, intentando explicar algo que ni yo mismo podía poner en palabras.

—Solo… necesitaba… caminar —logré decir entre dientes, mientras el frío me recorría aun por dentro.

—¡Caminar! —gritó Matías, mi abuelo materno, mientras entraba con Agnes detrás de él—. ¿Así que simplemente te vas y nos haces preocupar durante horas? ¡Ni siquiera tenías abrigo suficiente!

—¡Es un irresponsable! —añadió Sara, cruzando los brazos con Mario al lado, claramente furiosa—. ¡Elizabeth y yo no sabíamos si volverías a casa o si nos tocaría salir a buscarte en medio de la noche!

Guillermo estaba al final del pasillo, con los brazos cruzados, su mirada dura y fría pero cargada de advertencia:

—Réen, esto no puede repetirse. Salir solo así… no podemos permitirlo.

—Lo sé… lo sé —dije, bajando la cabeza—. No pensé…

—¡No pensaste! —me interrumpió Alan, dándome una palmada fuerte en la espalda—. Réen, eres un adulto ahora, y aún así actúas como un niño de siete años que desapareció hace trece años.

—¡Eso no importa! —repliqué, mi voz más fuerte, un poco desesperada—. Solo necesitaba… aire, silencio…

—¿Aire? —preguntó Gabriela, incrédula—. ¿Aire vale horas de terror para nosotros?

—¡Dios mío! —sollozó mamá, mientras me abrazaba de nuevo—. ¡No sabes lo que sentimos, Réen! ¡Estábamos desesperados!

—Teníamos miedo —dijo Cristina, su voz temblando—. ¡No hagas que nos pase otra vez!

Agnes suspiró, visiblemente afectada, y me tomó por los hombros:

—Hijo, entendemos que lo que llevas dentro no es fácil… pero salir así no es la solución. Necesitas aprender a avisarnos, a no ponerte en peligro.

—Sí… —dije, la voz apenas audible—. Lo siento…

—¡Lo siento no basta! —rugió Matías, frunciendo el ceño—. Nos hiciste pasar horas pensando que te había pasado algo terrible.

Elizabeth, con calma pero firme, añadió:

—Tienes que entender que cada acción tiene consecuencias. Cuando desapareces sin avisar, todos sufrimos.

Mario, detrás de ella, asintió:

—No solo es tu seguridad, Réen. Es la de todos nosotros.

Mientras los escuchaba, me di cuenta de que todos los gritos, los regaños y las lágrimas no eran solo por miedo. Eran por amor. Por la preocupación que sentían por alguien que creían perdido para siempre.

—Está bien —dije finalmente, con la voz ronca—. No volverá a pasar.

Guillermo se acercó, bajando un poco la voz, solo para mí:

—Lo siguiente es que aprendamos a confiar en ti, pero tú también debes aprender a confiar en nosotros. No puedes seguir desapareciendo así.

Asentí, con la sensación de que, aunque estuviera solo y libre afuera, el hogar seguía siendo un lugar donde no podía permitirme perder el contacto con los que me cuidaban ahora.

—Ahora —dijo Alan, más calmado, aunque todavía con la voz dura—. Vamos a asegurarnos de que tengas algo caliente, que te cambies de ropa y que comamos algo. Nadie se mueve hasta que estés bien.

Mamá asintió, secándose las lágrimas, mientras Gabriela y Cristina me rodeaban, abrazándome de manera protectora.

—Ya pasó, Réen —susurró Gabriela—. Ya estás en casa.

Me llevaron directo a la sala, casi arrastrándome entre regaños y abrazos. Mamá no soltaba mi brazo, papá mantenía una mano firme en mi hombro, y Gabriela junto con Cristina parecían dispuestas a no apartarse ni un segundo de mí. Alan fue quien encendió la chimenea, y el chasquido de la leña encendiendo llenó la sala con un calor que contrastaba con el hielo que aún me calaba en los huesos.

—Siéntate —ordenó papá, señalando el sillón grande.

Obedecí sin discutir. El calor de las llamas me golpeó en la cara, y sentí cómo los dedos me temblaban mientras intentaba frotarlos para devolverles vida.

—Te traeré una manta —dijo Gabriela, corriendo hacia las habitaciones.

—Y yo algo caliente —añadió mamá, desapareciendo rumbo a la cocina.

Cristina se sentó justo a mi lado, tan cerca que sus hombros rozaban los míos. No me miraba directamente, pero apretaba sus manos entre sí, como si temiera que me levantara de nuevo y desapareciera.

El silencio duró unos segundos, hasta que Matías, mi abuelo, rompió la tensión con su voz grave:

—Hijo… esto no es un juego. —Me miró directo a los ojos, con esa mirada de soldado endurecido por los años—. Sé lo que significa sentir la necesidad de huir, de escapar de los recuerdos. Pero si lo haces de esta forma, solo lograrás arrastrar a los que te aman hacia el mismo abismo.

Tragué saliva, intentando responder, pero las palabras se me atoraban en la garganta.

—Tienes razón —dije apenas en un susurro.

Alan se cruzó de brazos, de pie frente a mí, mirándome con ese aire de hermano mayor.

—No sabes el susto que nos diste, Réen. —Su voz estaba cargada de enojo, pero también de cansancio—. Gabriela lloraba, mamá casi se desmaya, y papá estaba listo para llamar a la policía. Yo salí a buscarte en la camioneta. ¿Sabes lo que es recorrer calles nevadas buscándote y sin saber si seguirías vivo?

Bajé la mirada, incapaz de sostener la suya.

—No lo pensé… —murmuré.

—¡Pues deberías! —espetó Alan, y luego se quedó en silencio, respirando hondo como para calmarse.

Guillermo, que había permanecido de pie en la entrada de la sala todo ese tiempo, habló al fin:

—No saquemos las cosas de proporción. —Su tono era duro, pero no agresivo—. Réen está aquí. Está entero. Y lo que necesita ahora es entender que no está solo.

Sara, mi abuela paterna, intervino con los brazos cruzados, claramente molesta:

—No está solo, pero parece que aún no lo entiende.

—Dale tiempo —respondió Agnes, mirándola de reojo—. Después de todo lo que vivió, un paso en falso no debería sorprendernos.

En ese momento, mamá regresó con una taza humeante en las manos y me la puso delante.

—Bébelo, está caliente. Te ayudará.

La sujeté con ambas manos, y el calor se filtró en mis dedos entumecidos. Bebí un sorbo. El chocolate espeso me recorrió la garganta como un bálsamo, y por primera vez en horas, sentí que respiraba un poco más tranquilo.

Gabriela volvió con una manta gruesa y me la puso sobre los hombros.

—Ahí está. —Me sonrió suavemente, aunque sus ojos seguían húmedos—. Ahora no tienes excusas para volver a salir así.

Me quedé callado. Todos me miraban. Todos esperaban algo. Una explicación, una disculpa… algo.

Suspiré y al fin levanté la cabeza.

—Sé que los asusté. Sé que no debí hacerlo. —Las palabras salían con dificultad, como si cada una pesara toneladas—. Pero entiendan que… allá afuera, con el frío, con el silencio, siento… que puedo respirar. Aquí… a veces es demasiado.

Papá frunció el ceño, apoyando los codos en las rodillas.

—¿Qué quieres decir con eso, hijo? ¿Que no puedes estar con nosotros?

—No… —negué despacio, bajando la mirada hacia la taza de chocolate que tenía entre las manos—. No es que no quiera estar… es que cuando estoy aquí, todo viene de golpe. La reunión, las miradas, las preguntas, los recuerdos… Y mi cabeza… mi cabeza se convierte en un caos.

Mamá me acarició el brazo por encima de la manta.

—¿Y por eso te escapas al frío?

—Sí —asentí, encogiéndome un poco bajo la tela—. El frío me calma. Me ayuda a ordenar todo, aunque duela. Aunque me corte los huesos, al menos… me hace pensar con claridad.

Cristina, con su voz bajita, preguntó:

—¿Y hoy también fuiste a calmarte?

Guardé silencio un momento. Podría decirles la verdad… pero no. No podía ponerles en la cabeza la imagen de mí mismo en el barandal de un puente. Eso los destruiría. Así que decidí torcer la verdad.

—Sí. —Tomé aire—. Salí a caminar, nada más. Y… me encontré con un grupo de chicos, de mi edad más o menos. Creo que pensaron que era un homeless o algo así.

Alan arqueó una ceja.

—¿Un homeless? ¿Así de mal te veías?

—Bueno… —sonreí apenas, con ironía—, llevaba lo mismo de siempre, sin abrigo, despeinado, caminando solo en medio de la nieve. No los culpo.

Gabriela se inclinó hacia adelante, curiosa.

—¿Y qué te dijeron?

Saqué del bolsillo del pantalón una tarjeta doblada y se la entregué a mamá. Ella la tomó y leyó en voz baja el nombre y el número impresos:

—"Casa Amanecer. Línea de voluntarios. Correo…" —Mamá levantó la vista hacia mí—. ¿Ellos te invitaron?

Asentí.

—Sí. Dijeron que si necesitaba ayuda, estaban ahí. Pero antes de que piensen en decirlo… —levanté una mano para detener cualquier respuesta—, no voy a ir.

Papá chasqueó la lengua.

—¿Y por qué no? Podría servirte.

—Porque no quiero. —Mi voz salió más dura de lo que pretendía—. No quiero que un grupo de desconocidos se siente a escucharme como si fuera un espectáculo. No quiero que personas que no saben quién soy realmente tengan en sus cabezas mis recuerdos.

El abuelo Matías, habló entonces, su tono más reflexivo que enojado:

—No son desconocidos para siempre, muchacho. A veces, los mejores confidentes son aquellos que no cargan con tu misma sangre.

—Tal vez para otros —repliqué, mirándolo fijo—. Pero no para mí. Ya me miran demasiado como el "niño que desapareció". Lo sabían, ¿verdad?

Se hizo un silencio incómodo. Todos se miraron entre sí, hasta que fue Guillermo quien asintió despacio.

—Es cierto. Según investigamos cuando aceptamos ayudarte, tu caso salió en todas las noticias, en todo Denver. Aún hay reportajes en internet sobre ti. Fotos tuyas de niño, artículos, entrevistas a tus padres… —me sostuvo la mirada—. Es normal que cualquiera que escuche tu nombre lo reconozca.

Cerré los ojos un segundo, respirando hondo.

—Lo sabía. —Me reí sin humor—. Esos chicos… uno de ellos lo dijo. "¿Tú eres Réen Williams, el niño desaparecido?". Así, como si hubiera salido de un maldito programa de televisión.

Mamá apretó la tarjeta con fuerza en sus manos, como si quisiera romperla.

—Hijo, ellos no entienden lo que viviste. Solo saben lo que los periódicos dijeron.

—Exacto —asentí, con amargura—. Por eso no voy a esa casa de apoyo. No voy a dejar que más extraños se inventen una versión de mí. Ya bastante tengo con mi familia queriendo llenar los huecos de los trece años que no estuve.

Alan suspiró, rascándose la nuca.

—Entonces, ¿qué quieres hacer, Réen? Porque tampoco puedes seguir saliendo a congelarte cada vez que tu cabeza se llena de ruido. Un día vas a acabar enfermo o… peor.

—Ya encontré maneras de sobrevivir antes —le respondí, mirándolo a los ojos—. No necesito que nadie me diga cómo hacerlo ahora.

Guillermo dio un paso al frente, cruzando los brazos.

—No confundas sobrevivir con vivir, Réen. Lo que hiciste allá atrás, en ese infierno… sí, te mantuvo con vida. Pero aquí necesitas otra cosa.

Me quedé callado. La sala estaba llena de miradas clavadas en mí, cada una cargada con su propio peso: miedo, preocupación, enojo, tristeza. Sentí que me faltaba el aire, pero al mismo tiempo… que no podía huir esta vez.

Finalmente, me dejé caer un poco más en el sillón, cubriéndome con la manta hasta la barbilla.

—Lo único que les pido… es que no me presionen. Ni con esto —señalé la tarjeta en manos de mamá—, ni con preguntas. Yo… yo voy a hablar cuando pueda. Mientras tanto, el frío es lo único que me calma.

—¿Y nosotros? —preguntó Cristina en un murmullo—. ¿No podemos calmarte nosotros?

La miré. Ella tenía los ojos húmedos, suplicantes. Mi garganta se cerró, pero logré decir:

—Todavía no sé cómo.

Y con eso, el silencio cayó otra vez sobre la sala, tan espeso como la nieve que seguía cayendo afuera.

Me puse de pie despacio, dejando la manta en el sillón. Mis piernas todavía me temblaban un poco, pero la decisión estaba tomada.

—Será mejor que me vaya por hoy —dije, mirando a todos por turnos—. Mañana regreso, lo prometo.

El ambiente se tensó de inmediato. Y fue entonces que Guillermo soltó una risa breve, casi burlona.

—¿Regresar a dónde? —arqueó una ceja—. Porque al departamento, al menos tu, no vas a regresar.

Me giré hacia él, confundido.

—¿Cómo que no? —pregunté, con el ceño fruncido—. ¿A qué te refieres?

Guillermo se cruzó de brazos, apoyándose contra el respaldo del sillón.

—Me refiero a que te vas a quedar aquí, con tus padres. Con tu familia.

Sentí como si el suelo se moviera bajo mis pies.

—Ese no fue el trato. —Mi voz salió más firme de lo que pensaba—. Dijimos que yo me quedaría en el departamento contigo, no aquí.

—Ese fue tu trato —replicó Guillermo, sin perder la calma—. Nadie dijo que yo estaba de acuerdo. Ni tus padres, ni tus abuelos. Aceptaron darte una oportunidad para darte tu propio espacio, pero se acabó.

Lo miré fijo, sintiendo que el enojo comenzaba a arder en el pecho.

—¿Y entonces por qué viniste hasta acá? ¿Para darme la contra?

—No, Réen —suspiró—. Vine a cuidarte. Ese era mi papel. Y sí, con gusto estaría contigo las veinticuatro horas si pudiera… pero después de lo que pasó hoy, no me parece buena idea que sigas solo en ese departamento.

Papá intervino en ese momento, con tono firme:

—Tu hermano tiene razón, hijo.

Giré hacia él de golpe.

—¡No me llames así! —el grito se me escapó, pero no lo retiré—. No todavía.

Un silencio pesado llenó la sala. Vi a Cristina encogerse en su asiento, y a Gabriela apretar los labios como si quisiera decir algo, pero se contuvo.

Tragué saliva, bajando la voz.

—No estoy listo para vivir bajo el mismo techo que ustedes. Ya se los dije antes. No vine a invadir su vida. No vine a exigir nada.

—¿Y qué quieres hacer entonces? —preguntó Guillermo, serio, sin tono de burla ahora.

—Seguir en el departamento —respondí sin dudar—. Es mi espacio. Puedo pensar. Puedo respirar. Aquí… todo es demasiado.

Gabriela habló por fin, con un deje de dolor en la voz:

—¿Y nosotros qué? ¿Solo nos ves como "demasiado"?

—No es eso —negué, desesperado—. No se trata de ustedes… se trata de mí. Ustedes son una familia, tienen recuerdos, historias juntos, confianza entre ustedes. Yo no estuve aquí. No sé lo que significa compartir todo eso.

Cristina bajó la mirada, murmurando casi para sí:

—Pero queremos aprender. Queremos conocerte.

—Y yo a ustedes —admití, con la garganta apretada—. Pero eso no significa que confíe.

Mamá, con lágrimas contenidas, se acercó un paso.

—¿Ni en nosotros?

—No —respondí, bajando la mirada al suelo—. Ni siquiera en mí confío todavía.

El silencio volvió a caer. Guillermo lo rompió con voz baja, pero firme.

—No es tan fácil como decir "quiero el departamento". Si quieres libertad, también tienes que demostrar responsabilidad. Y después de lo de hoy… no confío en dejarte solo.

—Ya sobreviví trece años solo —le espeté, con dureza—. No necesito una niñera.

—No es de sobrevivir, Réen. —Guillermo se irguió un poco más, mirándome fijamente—. Es de vivir. Y eso es algo que aún no sabes hacer.

Me mordí el labio, evitando mirar a nadie más. Sentía que mi pecho iba a estallar, que todos los recuerdos se mezclaban con las miradas de mi "familia" rodeándome, como si fueran a decidir por mí lo que yo podía o no hacer.

—No me pueden obligar —dije, casi en un susurro, pero lo suficientemente alto para que todos escucharan.

Papá respiró hondo, acercándose apenas un paso.

—Tal vez no, hijo. Pero tampoco vamos a soltarte tan fácil. Ya te perdimos una vez. No volverá a pasar.

Me quedé mirando sus rostros, uno por uno. Las miradas de todos eran una mezcla de miedo, dolor y expectativa, como si estuvieran esperando que soltara una bomba o que saliera corriendo otra vez. No soportaba que me miraran así. Me giré de golpe, dándoles la espalda, y me cubrí el rostro con la mano, apretando los dientes.

Un suspiro me salió tan pesado que casi dolió.

—Está bien… —murmuré, pero enseguida levanté la voz, quebrada por la rabia y el cansancio—. ¡Está bien, maldición!

El silencio que cayó después fue tan denso que se escuchaba incluso el tictac del reloj de la sala. Bajé la mano de mi cara y me giré apenas, lo suficiente para que supieran que hablaba en serio.

—Me quedaré aquí. —Tragué saliva—. Por un tiempo.

Mamá se llevó la mano a la boca, como si hubiera recibido un regalo, y papá cerró los ojos un instante, casi aliviado. Gabriela y Cristina se miraron entre ellas, y Guillermo asintió con una sonrisa de satisfacción que me hizo querer golpearlo.

Pero levanté la mano, interrumpiendo antes de que alguien hablara.

—Con una condición.

—¿Qué condición? —preguntó papá, con voz cautelosa.

—Si me ven salir… no importa la hora, no importa si es de día o de noche, si hay tormenta, si está nevando… —los miré a todos, uno por uno—. No quiero que me sigan. No quiero que nadie vaya detrás de mí.

—¡Réen! —mamá dio un paso adelante, con el rostro lleno de angustia—. No puedes pedirnos eso. ¿Y si te pasa algo? ¿Y si…?

—¡Entonces me pasará! —la interrumpí con un grito que me raspó la garganta. La vi encogerse de golpe, como si la hubiera golpeado, y sentí un nudo en el estómago. Bajé la voz—. No soy un niño perdido en el bosque. No necesito una patrulla detrás de mí.

Guillermo bufó, cruzándose de brazos.

—¿Y cómo demonios quieres que confiemos en ti después de lo de tu escapada?

Lo miré fijo, con una sonrisa amarga.

—¿Quién dijo que quiero que confíen en mí?

Se hizo otro silencio. Nadie parecía saber qué decir.

—Escuchen —continué, con la voz áspera pero más controlada—. Salir es lo único que me calma. El frío, el silencio… me ayudan a no volverme loco. Aquí, encerrado, con todas sus voces, con todas sus preguntas… siento que me asfixio.

Papá frunció el ceño.

—¿Y si desapareces otra vez? ¿Qué vamos a hacer nosotros?

—No voy a desaparecer. —Apreté los puños—. Siempre regreso. ¿No lo ven? Puedo irme a donde sea, pero siempre vuelvo.

Cristina, con la voz baja y temblorosa, preguntó:

—¿Lo prometes?

Tragué saliva y asentí, mirándola solo a ella.

—Lo prometo.

Mamá negó con la cabeza, entre lágrimas.

—No me gusta, no me gusta nada, hijo.

—Tampoco me gusta a mí —respondí con frialdad—. Pero es lo único que puedo ofrecerles.

Guillermo soltó un resoplido, mirando al techo.

—Muy bien, pues. Pero si sales y no vuelves, no esperes que me quede de brazos cruzados.

—Haz lo que quieras —dije, cansado, dejándome caer otra vez en el sillón—. Pero no me persigas.

Me pasé las manos por el rostro, agotado, sin ganas de seguir discutiendo.

—Ya no quiero hablar más de esto.

El silencio en la sala duró apenas unos segundos, hasta que escuché la voz firme de la abuela Agnes, como un trueno que cortó el aire.

—¡No! —dijo golpeando el brazo del sillón con la palma—. Eso no es aceptable, Réen.

Levanté la mirada, sorprendido, porque ella rara vez alzaba la voz conmigo.

—Abuela…

—No me "abuela" ahora. —Sus ojos estaban encendidos—. Apenas llevas aquí una semana. ¡Una semana! Después de trece años de ausencia, de silencio, de sufrimiento que ninguno de nosotros puede comprender… ¿y pretendes que nos quedemos tranquilos mientras sales en medio de la noche como si nada?

Abrí la boca, pero la abuela Sara se adelantó también, con el mismo ímpetu.

—No entiendes el peso que cargas, muchacho. —Me señaló con un dedo tembloroso—. No solo por lo que viviste… sino porque regresaste. Nos devolviste la esperanza que estaba muerta. ¿Sabes lo que eso significa para tu madre, para tu padre, para tus hermanos? ¿Y ahora les pides que no te busquen si te vas a la nieve como un fantasma?

—¡No soy un fantasma! —espeté, con la voz rasgada.

—¡Te comportas como uno! —replicó Sara, golpeando con fuerza su pie en el suelo—. Desapareces, te encierras, no comes, apenas hablas… ¿y encima nos exiges confianza ciega?

—¿Y qué quieren de mí entonces? —me puse de pie, mirando a todos con los puños cerrados—. ¿Que sonría como si nada? ¿Que me siente a tomar chocolate caliente y cuente cuentos felices de Noruega? ¡No puedo!

La abuela Agnes me sostuvo la mirada, con lágrimas contenidas.

—No te pedimos que sonrías, Réen. Te pedimos que vivas.

Esa frase me atravesó, pero antes de poder responder, la abuela Sara volvió al ataque.

—Vivir no es aislarse. No es caminar solo hasta congelarte. Y mucho menos, poner a tu familia al borde de un ataque de nervios porque no saben si regresarás.

Papá intervino, levantando ambas manos.

—Basta. —Su voz era baja pero firme—. Escuchen. Nadie está diciendo que Réen tenga que forzarse a ser alguien que no es. Pero tampoco podemos aceptar que se pierda cada vez que su cabeza se nubla.

Yo bufé, con rabia.

—¿Entonces qué? ¿Me van a poner una correa? ¿Un guardia en la puerta? ¿Una patrulla siguiéndome?

Guillermo, desde su rincón, levantó la mano.

—Si hace falta, sí.

—¡Guillermo! —protestó mamá, pero él se encogió de hombros.

—Lo siento, Miranda, pero si el chico piensa que puede hacer lo que quiera sin consecuencias, se equivoca. Aún está en terreno frágil. No confío en que no se haga daño.

—No me voy a hacer daño —gruñí.

El abuelo Matías, que hasta ahora había guardado silencio, se levantó despacio. Su sombra se impuso sobre mí, y su voz de marino retumbó en la sala.

—Nadie que ha pasado lo que tú… puede garantizar eso, muchacho. Yo vi hombres enteros quebrarse después de la guerra. Vi a hermanos de armas que decían lo mismo que tú: "no me haré daño". Y un día, ya no estaban.

Mis labios temblaron. No sabía qué responder.

—No es lo mismo —susurré.

—Lo es. —Matías asintió con gravedad—. Y por eso necesitas a tu familia cerca. No puedes darte el lujo de pedirles distancia.

—¡Yo tampoco puedo darles cercanía! —estallé. Mis palabras resonaron por la sala, y de pronto todos quedaron mudos. Bajé la voz, derrotado—. No estoy listo… no estoy listo para ser su hijo, ni su hermano, ni su nieto. Apenas estoy aprendiendo a ser una persona.

Mamá se cubrió la boca, sollozando. Papá la abrazó de los hombros, pero no me quitó la mirada de encima.

Elizabeth, la esposa del abuelo Francisco, habló entonces, con un tono suave pero directo:

—Réen, corazón… nadie te está pidiendo que seas perfecto ni que nos abraces a todos de golpe. Pero al menos danos la oportunidad de estar aquí cuando te quiebres. No nos apartes.

Me pasé la mano por el cabello, desesperado.

—No entienden… Cuando me quiebro, no quiero que nadie me vea. No quiero que mis hermanas me vean temblando. No quiero que mi madre me vea llorando sangre de recuerdos. Prefiero que piensen que estoy afuera… respirando.

Agnes dio un paso hacia mí, su voz más baja ahora.

—Hijo, lo que no entiendes es que ya te vimos. Te vimos romperte en esa reunión. Te vimos gritar que habías matado. Te vimos llorar como un niño en brazos de tu madre. Ya no puedes ocultarnos lo que eres ni lo que pasaste.

Tragué saliva con fuerza. Mis ojos ardían.

—Yo… no puedo prometerles nada más.

Papá habló, esta vez con una seriedad que me heló.

—Entonces no hay acuerdo, hijo. Porque tampoco podemos prometerte que no saldremos a buscarte si vuelves a desaparecer.

Me quedé quieto, sin respuesta. No había punto medio, no había terreno seguro. Solo un muro entre mi necesidad de respirar y el miedo de ellos de volver a perderme.

More Chapters