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Chapter 22 - Capítulo 21

RÉEN.

Cierro los ojos y ahí estoy otra vez.

El Verdugo de pie en el centro, el cuchillo en la mano, los ojos como piedras negras.

—Otra vez. —Su voz. El eco que nunca desaparece.

Estoy arrodillado, la piel de las rodillas abierta contra el suelo áspero. El brazo izquierdo cuelga torcido, roto. El aire arde en mis pulmones. No puedo más. Pero tengo que levantarme. Siempre tengo que levantarme.

Uno de los Diez me golpea en la nuca para obligarme a moverme. Otro me escupe los pies.

—Eres basura. Si no te levantas, te matamos aquí mismo.

Sé que es mentira. O tal vez no. En ese lugar nunca sabía qué era real.

Intento ponerme de pie. Caigo. El Verdugo sonríe, como si mi fracaso fuera parte de su plan.

—Un hijo mío no se queda en el suelo. Vuelve a intentarlo.

Y vuelvo. Una y otra vez. Hasta que no siento mis huesos. Hasta que la sangre moja la tierra y ya no sé si me pertenece o si siempre estuvo allí.

El entrenamiento era eso: romperme, hasta que mi cuerpo y mi mente fueran lo mismo. Nada.

Pero cuando la noche caía, cuando el Verdugo se retiraba, cuando la oscuridad tapaba las cámaras y el eco de los pasos desaparecía… algo cambiaba.

Recuerdo esa noche. Mi brazo roto, hinchado, caliente como un hierro al rojo vivo. Yo temblaba, mordiéndome los labios para no llorar. Y de pronto, una sombra se agachó junto a mí. El Dos, el más alto. No dijo nada. Solo puso un palo entre mis dientes, y con un tirón seco me acomodó el hueso. El dolor me arrancó un alarido, pero sus manos firmes me sujetaron hasta que pasó.

—Cállate, niño —murmuró con rabia contenida.

Después, la Trescientos dos apareció, esa mujer que parecía hecha de acero. Me limpió la herida con un trapo mojado en agua helada. Sus ojos eran duros, como siempre, pero sus manos temblaban apenas. Y lo odié. Odié sentir que alguien se preocupaba en medio de ese infierno.

—No lo haces por mí —le dije con la voz quebrada.

Ella me miró fijo, y con un tirón ajustó la venda hasta que me hizo ver estrellas.

—No lo entiendas. Solo sobrevive.

Así eran ellos. Crueles en el día, verdugos a la vista del Verdugo. Pero en la noche… hermanos en silencio. Hermanos de guerra.

Y esa contradicción me quemaba por dentro. Me cuidaban, sí, pero también me rompían. Me enseñaban a pelear mientras me dejaban sin aliento, a resistir mientras me ahogaban en un charco. Y yo, un niño de diez, once, doce y trece años… aprendí que la compasión también podía doler.

***

En Denver, la nieve sigue cayendo. Pero lo que siento en la piel no es frío: son los latigazos, los puños, los cuchillos. Los gritos del Verdugo mezclados con susurros de cuidado. El infierno y su falsa familia.

Y yo, todavía, sin saber si los odio… o si extraño esas noches en que alguien, aunque fuera en silencio, evitaba que me muriera.

A veces pienso que el frío que llevo dentro empezó la primera vez que quise matarme.

Tenía once años. Un pedazo de vidrio en la mano, la muñeca marcada de golpes y moretones, y un silencio tan profundo que creí que era el momento. Me corté. El ardor me recorrió el brazo, la sangre tibia se mezcló con el suelo húmedo. Cerré los ojos y pensé: ya no más.

Pero alguien me encontró. No sé si fue casualidad. No lo creo. A veces pienso que me habían estado esperando, como si supieran exactamente cuándo lo intentaría. El Dos me arrancó el vidrio de la mano, me sujetó fuerte, mientras el Siete me apretaba la herida para detener la sangre. Yo lloraba, gritando que quería morir. Y cuando el Verdugo apareció, no me pegó. No me castigó. Sonrió.

—Así me gusta, niño. Que de verdad quieras morir. Eso significa que todavía no entiendes. —Su voz era como hielo clavándose en mis huesos—. Porque no vas a morir hasta que yo lo decida.

Desde entonces, cada intento mío era un espectáculo para él. Se regodeaba, me recordaba que ni siquiera la muerte era mía.

Y después venía el entrenamiento.

Recuerdo una vez, el cuchillo en mis manos. Frente a mí, otro prisionero. Apenas un joven, tal vez dieciséis, diecisiete años. Estaba temblando, igual que yo. Pero al Verdugo no le importaba.

—Uno de ustedes no verá la próxima luna. El que caiga será basura.

Yo no quería. Dios, no quería. Pero él me lanzó contra mi oponente, obligándome a moverme, a pelear. Los golpes eran torpes, desesperados. El chico me alcanzó en el costado con una hoja mal afilada, el calor de la sangre me nubló la vista. Y entonces… lo hice. Hundí el cuchillo en su pecho. Sentí la carne ceder, la respiración de él apagarse contra mi cara. Y el silencio. El silencio después de la muerte.

El cuerpo quedó en el suelo. Yo sangraba, jadeando, con las manos rojas hasta los codos.

El Verdugo aplaudió.

—Ahí está. Mi pequeño asesino. Ya entiendes.

Esa noche, otra vez, me curaron en secreto. El Tres, con las manos ásperas, me cosió el costado con hilo sucio, mientras mascullaba insultos para que nadie pensara que me estaba cuidando. La Trescientos dos me dio un trapo empapado en agua para morder mientras me apretaban la herida. "No llores. Si lloras, mañana nos matan a todos".

Y yo quería llorar. Pero no lo hice.

No era la primera vez que mataba. El Cuervo Negro me había forzado antes, en los años previos, a los ocho, a los nueve. Pero el Verdugo… él lo hacía diferente. Él quería que no solo matara. Quería que sintiera. Que lo odiara. Que lo disfrutara. Y a veces lo lograba. Y por eso después quería morir aún más.

Seis años así. Desde los diez hasta los trece. Un niño que dejó de ser niño, creciendo en un infierno donde la única regla era que no podía morir.

Y ahora… ahora estoy en un puente. La nieve cayendo sobre mis hombros, el viento golpeándome en la cara. Miro hacia abajo y veo el agua. Negra, helada, tentadora.

Me apoyo contra el barandal y cierro los ojos. La ciudad murmura a mi alrededor, distante, como si no me perteneciera.

Y me pregunto: ¿qué pasaría si salto?

El viento corta mi piel, pero yo no lo siento. Solo escucho ecos, voces viejas que no me dejan en paz.

Tenía catorce cuando nos formaron a todos. El suelo estaba cubierto de nieve y sangre seca. Éramos poco más de cien, de los más de quinientos que habían llegado allí conmigo. El resto… muertos. Caídos en entrenamientos, ejecuciones, castigos. O en sus propios intentos de escapar.

Los Diez estaban a un lado, rígidos, como sombras implacables. Cada uno llevaba aún las marcas del infierno, igual que yo. Algunos mayores, otros apenas jóvenes, pero todos con la misma mirada vacía.

El Verdugo estaba de pie frente a nosotros. Su silueta recortada contra las hogueras. Esa sonrisa cínica, como si nos perteneciera hasta la médula. Y en cierto modo, lo hacía.

—Más de una década… —su voz retumbó en el aire helado—. Llevo más de una década entrenando a la mayoría, y otros poco más de siete años desde que los trajero a este lugar. ¿Los recuerdan? ¿Recuerdan quiénes eran?

Silencio. Ni un murmullo. Nadie se atrevía a responder.

—No —dijo él mismo, satisfecho—. Porque ya no son esos despojos que llegaron. Niños llorones. Jóvenes arrogantes. Carne rota.

Caminó lentamente frente a las filas, su mirada tocando a cada uno como un hierro candente.

—Yo los destruí. Los golpeé. Los quebré. Y cuando ya no había nada, los reconstruí. Los forjé con dolor, hambre y miedo. Y ahora… mírenlos.

Se detuvo justo frente a mí. Podía sentir sus ojos taladrándome.

—Perfectas armas.

El Dos, que estaba a unos pasos a mi izquierda, apenas movió el mentón. Yo lo vi de reojo, recordando las veces que había detenido mi sangre con sus propias manos. Duro, implacable, pero protector en secreto.

El Verdugo extendió los brazos.

—Ya no son números. Los números eran para las ratas que nunca entendieron. Ustedes son mis hijos. Mis creaciones. Y hoy, reciben sus nombres.

El Ocho, una mujer de mirada fría y cicatriz en la ceja, dio un paso al frente. El Verdugo sonrió.

—Tú 520… tu rabia es fuego. Desde hoy serás Ashblade.

Ella inclinó la cabeza, rígida, aceptando.

Luego miró al Tres.

—Tú, 451, que nunca hablaste pero siempre golpeaste con precisión. Eres Stonefist.

El Tres asintió apenas, con la misma frialdad que siempre lo caracterizaba.

El Verdugo siguió. Uno a uno, fue nombrándolos. Voces resonando como sentencias.

—296. El que siempre mira desde las sombras. Serás Nightfang.

—302. Tu fuerza bruta me ha dado tantas muertes… Tú eres Ironjaw.

—460. La única que aún sonríe después de matar. Serás Widowcry.

—139. El más rápido de todos. Eres Phantomstrike.

—500. Mi favorito. El único que siempre quiso ser un verdugo. Eres Gravesoul.

Y entonces, llegó a mí.

Yo era el más joven. Apenas catorce. Mis manos aún parecían demasiado pequeñas para la espada que me colgaba del cinturón. Mi cuerpo estaba cubierto de cicatrices mal cerradas.

Él se inclinó hacia mí, su aliento apestando a tabaco y sangre.

—Y tú… el niño que nunca pude quebrar del todo. —Su sonrisa se ensanchó—. El que intentó morir tantas veces, pero siempre se levantó. El que camina con la tormenta en los ojos.

Se enderezó, y su voz tronó como un látigo:

—Eres Blackwind. El viento oscuro. El presagio que trae muerte.

Los demás no reaccionaron. No había lugar para orgullo ni emoción. Solo asentí, la mandíbula apretada, aceptando ese nombre como una cadena más.

El Verdugo dio un paso atrás, mirando a todos.

—Olviden lo que eran. Olviden sus números. Hoy nacen de nuevo. Hoy son mis armas. Hoy son la mano que matará cuando yo lo ordene.

Los Diez se pusieron firmes, y por instinto, todos los demás los imitamos.

—¿¡QUIÉNES SON!? —rugió el Verdugo.

—¡ARMAS! —respondimos todos al unísono, con una voz tan fría que todavía me estremece recordarla.

Él sonrió satisfecho.

—¿Y para qué viven?

—Para matar.

El eco de esas palabras todavía vive en mí. Incluso ahora, aquí, sentado en este puente, escuchando el agua golpear contra las piedras.

Yo ya no era 782. Ya no era un niño. Ya no era Réen.

Yo era Blackwind.

Y aunque escapé de ese infierno hace años, a veces me pregunto si de verdad lo hice.

Me puse de pie sobre la baranda.

El metal helado crujió bajo mis botas, pero mi equilibrio entrenado me sostuvo como si estuviera sobre suelo firme.

El viento me golpeaba la cara, trayendo consigo nieve fresca.

Respiré hondo y levanté la vista.

—Mi nombre ya no es Blackwind —murmuré, con la voz temblando en el aire helado—. Mi nombre es Réen.

Sentí que el pecho se me apretaba mientras seguía hablando, como si necesitara convencerme a mí mismo:

—Mis hermanos son Alan, Gabriela y Cristina… Mis padres son Mauricio y Miranda… Tengo una cuñada, Violet, y una sobrina, Beily… Tengo abuelos. Tengo tíos. Tengo primos.

El cielo estaba teñido de naranja por el atardecer, la nieve cayendo en silencio como un manto que lo cubría todo.

—Tengo libertad —susurré, y mis labios se curvaron en una sonrisa que no sentía hacía años—. Libertad de vivir lejos de esa vida… lejos de las camas de piedra, del pan duro, del agua sucia… lejos del barro, de la nieve y del bosque. Lejos de esos muros y de las torres de vigilancia.

Un nudo se me formó en la garganta.

—Lejos de quienes me obligaron a llamar hermanos mayores a lo que en realidad eran carceleros disfrazados… Puede que mi vida no haya sido normal. Puede que haya sido una infancia robada, un infierno. Pero lo viví. Y sobreviví.

Volví a mirar el agua, sus reflejos escarchados bajo la última luz del día.

—No debí sobrevivir… pero lo hice.

Cerré los ojos, respiré hondo y, sonriendo, me dejé caer en un pequeño salto.

Pero no llegué a ningún lado.

Un tirón brutal me desgarró la ropa y me arrancó el aire de los pulmones. Sentí manos en mi cintura, en el cuello de la camisa, en el pantalón. Me arrastraron hacia atrás con violencia, cayendo sobre el suelo duro del puente.

El golpe me arrancó un gruñido. La cabeza me dio vueltas, y cuando abrí los ojos, vi varios rostros encima de mí.

Ojos abiertos de par en par. Respiraciones agitadas. Jóvenes, quizás de mi edad, o un par de años menos.

Tres chicos, cinco chicas. Ocho en total.

Uno de los chicos, alto, con el cabello rizado y mejillas enrojecidas por el frío, me gritó con la voz quebrada:

—¡¿Qué demonios estabas pensando, imbécil?! ¡¿Quieres matarte?!

Una de las chicas, de cabello oscuro y bufanda azul, lo apartó un poco, inclinándose hacia mí con lágrimas en los ojos.

—¡Te íbamos a ver caer! ¡Estabas a punto de…! —se tapó la boca, como si no pudiera terminar la frase.

Otro de los chicos, más bajo, con gorro de lana, me sujetaba todavía del brazo, temblando.

—¡Joder, casi me resbalo yo también por agarrarte! —me sacudió ligeramente—. ¡¿Qué te pasa, hermano?!

Traté de respirar. Mis manos temblaban. Los miré confundido, como si fueran fantasmas.

—Yo… —apenas salió de mis labios— Yo no…

—¡No digas que "no ibas a hacerlo"! —me interrumpió otra de las chicas, una rubia de ojos claros que me sostenía aún del cuello de la camisa—. ¡Te vimos, estabas a punto de saltar! ¡ÍBAS A SALTAR!

El aire me quemaba los pulmones. No pude responder.

El chico del cabello rizado volvió a alzar la voz, esta vez con rabia y miedo mezclados:

—¿Eres estúpido o qué? ¿Tienes idea de lo que ibas a provocar? ¡Alguien tendría que ir a sacar tu cuerpo del agua! ¡Tus padres tendrían que reconocerte en una maldita morgue!

La palabra padres me atravesó como un cuchillo.

Una de las chicas, la de bufanda azul, lloraba abiertamente ahora.

—Yo no sé quién eres… ni por qué… —sollozó—, pero… nadie merece terminar así… ¡nadie!

El chico del gorro aflojó un poco su agarre, pero no me soltó.

—Mírame. —Su voz temblaba—. ¿Qué te pasó? ¿Qué mierda llevas encima para querer lanzarte así?

Los ocho me miraban con una mezcla de furia, miedo y desesperación. Yo, tirado en el suelo del puente, respirando con dificultad, con el corazón golpeándome el pecho como si quisiera escapar.

No eran soldados. No eran verdugos ni hermanos forjados en fuego y sangre.

Eran solo jóvenes. Normales.

Y aún así, me habían salvado.

Me quedé callado. No sabía qué decirles.

El chico rizado chasqueó la lengua, secándose la frente sudada a pesar del frío.

—Dios… casi muero del susto…

La rubia me soltó de golpe, levantándose y apartándose unos pasos, como si no pudiera ni mirarme.

—No vuelvas a hacer algo así… —dijo, la voz quebrada, antes de darme la espalda.

Silencio. Solo el viento, el agua, y nuestras respiraciones agitadas.

Al principio fue un ruido bajo, apenas un suspiro que se me escapó entre los dientes. Pero de pronto, sin poder detenerlo, explotó en mí. Una carcajada fuerte, áspera, que me sacudió el pecho.

Reí.

Reí como no lo había hecho en años.

Las mejillas me dolían, como si mis músculos se hubieran olvidado de ese movimiento. Las lágrimas me escurrían por las sienes, no de tristeza sino de pura risa. Tosí en medio de ella, incluso estornudé, lo que me hizo doblarme aún más.

Me apreté la panza, tratando de hablar, pero la risa me cortaba cada palabra.

Los ocho me miraban como si me hubiera vuelto loco. Algunos seguían en cuclillas, otros retrocedieron un par de pasos, con la incredulidad pintada en sus caras.

—L-lo siento… —logré decir entre jadeos de risa—, lo siento de verdad…

Uno de los chicos murmuró:

—¿Este cabrón… se está riendo?

Me llevé una mano a la cara, secándome las lágrimas.

—¡Es que… es que es ridículo! —mi voz temblaba entre risas—. No iba a saltar hacia adelante, ¿entienden? ¡No soy tan estúpido como para dejarme ahogar en esa agua helada!

El del cabello rizado me apuntó con un dedo tembloroso.

—¡¿Qué demonios dices?! ¡Te vimos en la baranda!

—Sí, sí, pero no estaban mirando bien… —me incliné un poco hacia ellos, todavía sonriendo— pero yo iba hacia atrás, no hacia adelante. ¿Por qué creen que me senté de esa manera?

La chica de la bufanda azul lo negó con fuerza, los ojos aún húmedos.

—¡No mientas! ¡Se notaba que ibas a lanzarte!

—¿Lanzarme? —solté otra risita, aunque más amarga—. Por favor… si me quitara la vida, no lo haría así. Un disparo en la cabeza… esa sería la mejor opción. Rápido, sin teatro. Pero no tengo un arma.

La frase los congeló. Pude ver cómo se les tensaban los hombros, cómo algunos intercambiaban miradas de alarma.

—¿Estás escuchándote? —dijo el chico con gorro, apretando los dientes—. ¡Eso no es gracioso!

Me pasé una mano por la cara, respirando hondo para calmar la carcajada que todavía me sacudía el pecho.

—Lo sé… lo sé. —Me limpié otra lágrima—. No se ve así desde afuera, lo admito. Parecía otra cosa.

Una de las chicas que había estado más callada, una pelirroja de ojos tan negros que parecían carbón, me fulminó con la mirada.

—No "parecía" —escupió—. ¡Lo era! ¡Estabas a punto de matarte!

La miré un instante, y mi sonrisa se desdibujó un poco, volviéndose más seca.

—Tienes razón en una cosa… —dije despacio, clavando los ojos en ella—. No se veía de esa forma, pero yo no iba a suicidarme.

Me quedé en silencio unos segundos, dejando que mis palabras se hundieran.

—Ya lo intenté tantas veces… —confesé al fin, la voz más baja—. Tantas, que hacerlo una vez más sería… demasiado egoísta.

El grupo entero guardó silencio. Solo el viento del atardecer, gélido, nos envolvía.

La pelirroja frunció el ceño, pero su voz se suavizó un poco.

—¿"Demasiado egoísta"? ¿Qué significa eso?

Me encogí de hombros, aún sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la baranda metálica.

—Que ya no soy el único que cargaría con lo que haga. Tengo familia… personas que me esperan. —Me mordí el labio, como si esa verdad pesara demasiado—. Si me quitara la vida ahora… los destrozaría.

El chico del cabello rizado se cruzó de brazos, la respiración aún agitada.

—Pues claro que sí. ¿Qué crees que nos haría a nosotros también, si te hubiéramos visto caer?

La de bufanda azul habló con un hilo de voz:

—O sea que… ¿nos hiciste pasar este susto… solo por "reflexionar"?

No supe qué contestar. Bajé la mirada hacia el suelo húmedo, el eco de mi risa todavía vibrando en mi pecho como un fantasma incómodo.

El chico con gorro me soltó el brazo por fin, pero no apartó los ojos de mí.

—Hermano… necesitas ayuda. Y no hablo de que alguien te agarre cuando casi te lanzas de un puente. Hablo de ayuda de verdad.

La pelirroja me sostuvo la mirada.

—¿Lo entiendes, verdad? —me preguntó, sin suavizar la voz—. Porque aunque digas que no… aunque jures que era "hacia atrás"… nosotros vimos a alguien dispuesto a morir.

Me pasé la lengua por los labios resecos.

Y, por un instante, no supe si negarlo… o si admitirlo.

Me miraron con una mezcla de alivio y escepticismo cuando la chica de la bufanda —la de ojos húmedos—, con la voz todavía temblando, soltó lo que parecía lo más sensato que podían decir en aquel momento:

—Deberías… deberías medicarte. La depresión se trata. Hay pastillas, terapia, gente que puede ayudarte.

Me salió otra risa, menos sonora, más amarga. Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano y me incorporé despacio, estirando la espalda como si los músculos me respondieran por inercia.

—¿Medic…? —repité, jugando la palabra en la lengua—. No necesito medicarme. Depresión, ja. Eso es bonito, ¿no? Un término elegante para algo que no alcanza a describir lo que siento.

El chico del gorro apretó los dientes y dio un paso adelante.

—No minimices esto, loco. Hay ayuda real. No tienes que… no tienes que cargar con todo.

Me encogí de hombros, mirándolos uno por uno, disfrutando por un segundo de la extraña terapia colectiva que me estaban ofreciendo.

—Miren —dije, con la voz baja pero clara—. No es solo depresión. Tengo estrés postraumático, cautiverio, insomnio, pesadillas, ataques de pánico, recuerdos que revientan mi cabeza si por un segundo cierro los ojos… y un catálogo entero de "cosas lindas" que no aparece en la ficha de salud mental.

La rubia me miró con los ojos muy abiertos.

—¿Qué…? —balbuceó—. ¿Cautiverio?

—Sí —contesté sin suavizarlo—. Tortura. Intencional, estructurada, con nombres, horarios y público espectador. Y no me hablen de "salir a tomar aire" ni de "hacer ejercicio". Ya probé lo de respirar profundo y me cerraron la garganta con un cuchillo en la mano.

Se hizo un silencio incómodo. El chico rizado frunció el ceño, como si mi tono le diera más miedo que cualquier otra cosa.

—No necesitamos tu catálogo, tío —dijo con voz rota—. Solo queremos ayudarte ahora. No puedes seguir solo.

Di un paso atrás, estirando los brazos, como despidiéndome de esa escena.

—Gracias por la intención —dije con cierta ironía—. Hora de la charla motivacional: completada. Agradezco que me hayan salvado de hacer algo estúpido. Se lucieron. Bravo. Pero no esperen que les haga compañía para cenar mientras desenredamos mi infancia rota.

La pelirroja meneó la cabeza, claramente ofendida por mi frialdad pero demasiado implicada para marcharse.

—No seas así —me dijo con voz cortante—. ¿Crees que nos importa si te enojas? ¿Que no nos preocupa? Tú podrías haber muerto.

Me dio risa otra vez, un sonido más contenido, menos carcajada y más una exhalación sostenida.

—Miren… —empecé, ya poniéndome las manos en los bolsillos del abrigo—. Si hubiera querido morir, tampoco lo habría hecho así. Hubiera sido… mejor, y más limpio. Les habría ahorrado la escena. No vine a hacerles sufrir. Venía a convencerme de algo. Punto.

La chica de la bufanda dejó escapar un sollozo y se frotó los ojos. El chico del gorro negó con la cabeza como si tratara de quitarse una pesadilla de encima.

—No puedes hablar de esto como quien comenta el clima —dijo la rubia con dureza—. Si estás en eso, aunque digas que no, tienes que buscar ayuda profesional ahora.

—¿Profesional? —repetí, sarcástico—. A ver, ¿ustedes creen que es tan fácil? ¿Que una cita semanal arregla siete años de que te hayan querido convertir en un arma?

La pelirroja dio un paso, como si algo en mi tono le hubiera conmovido. Se acercó, manteniendo la distancia pero firmemente puesta.

—Entonces escucha esto —dijo—. Me llamo Liliana. Liliana Adams. Trabajo —o "voluntario", mejor dicho— en una casa de ayuda. No es un consultorio bonito, no hay terapeutas con gabinetes llenos de diplomas, pero hay gente que escucha, gente que ha pasado por mierda y ha aprendido a no normalizarla. Gente que puede llevarte a un especialista si hace falta.

La palabra "voluntario" le dio peso. No era un eslogan. Lo dijo como quien ofrece la mano sin actores de por medio.

La miré. Algo en la honestidad de su voz me hizo fruncir menos el ceño.

—¿Casa de ayuda? —musité—. ¿Qué clase de casa?

Liliana sonrió, una sonrisa pequeña y tensa.

—Una que acoge a quien viene roto. Comida, sueño, conversación —si quieres— y derivaciones médicas si hace falta. Nuestra línea es para jóvenes que no encuentran un espacio en los servicios formales, porque sabemos que a veces esos servicios no escuchan. Si te interesa, te la doy. Siempre hay alguien que puede quedarte acompañando.

El chico rizado habló ahora, menos agresivo, más implorante.

—Por favor, chico. Si no por nosotros, por ti. No me veo volviendo a casa pensando que te quedaste ahí abajo.

Me quedé mirándolos: ocho caras jóvenes, reales, sin ninguna etiqueta de héroes ni soldados, con el miedo todavía a flor de piel por lo que casi presenciaron. No vinieron con órdenes ni con moralina bien empacada. Vinieron con un instinto que era casi humano.

—No prometo nada —dije al fin, porque mentiría si dijera lo contrario—. No prometo que voy a irrumpir en una terapia grupal mañana a las ocho. Pero… —hice una pausa, y por primera vez en horas mi voz fue menos cortante—. Tomaré el número. Eso es todo lo que puedo decir ahora.

Liliana asintió, como si fuera lo que más esperara. Del bolsillo de su abrigo sacó una tarjeta doblada y me la ofreció.

—Si no la quieres ahora, guárdala —dijo—. Si la quieres, llámanos. Somos voluntarios en la Casa Amanecer. Trabajamos con jóvenes en crisis. No es perfecto. Pero si aceptas, no vas a estar solo.

Tomé la tarjeta. Era simple, con un teléfono y un correo, y un logo diminuto que parecía un amanecer.

—¿Y si digo que no necesito nada? —pregunté, sabiendo que la respuesta me daría una pauta sobre cuánta presión ejercerían.

—Entonces te seguiremos viendo en los puentes —dijo la rubia, medio bromeando, medio amenazando—. Y no, no es gracioso.

Se rieron nerviosos. El chico del gorro me ofreció una mano para levantarme —gesto torpe, paternal— y se presentó.

—Soy Diego —dijo—. Pablo es el de pelo rizado. La rubia se llama Anaís. La del gorro es Kenia. Los otros son Tom y Elena, y… bueno, ya sabes. Liliana.

Mi sonrisa fue corta, casi una mueca.

—Réen Williams —les dije—. Gracias por no dejarme estamparme contra las rocas para darles espectáculo.

Liliana ladeó la cabeza, con una mezcla de curiosidad y compasión.

—Si necesitas acompañamiento esta noche, podemos llevarte a la Casa. Si no, al menos te dejamos el número. No somos policías. Somos voluntarios. Y si te niegas ahora, igual llamaremos a alguien para asegurarnos de que estés bien.

—No necesito policías —gruñí, más para protegerme que por otra cosa—. Y no quiero que nadie me obligue a nada.

—No te obligaremos —insistió—. Solo estaremos cerca. Si cambias de opinión, ahí estamos.

Guardé la tarjeta en un bolsillo interior, sin mirarla. Me limpié el frío de las manos con la manga y, sin girarme mucho, di un paso hacia adelante, empezando a alejarme. Las botas crujieron sobre la nieve. Sentía sus miradas clavadas en mí como si sujetaran una cuerda invisible.

—Una última cosa —dijo Liliana, y su voz me obligó a detenerme sin volver—. Cuando alguien te diga "medicación" no lo tome como una sentencia. No es una condena. A veces la medicina te permite oír otra cosa además del ruido en la cabeza. No lo descartes por orgullo.

Suspiré, exhalando vapor en el aire helado.

—Lo tendré en cuenta —respondí, ambiguo.

Me alejaba del puente, las botas hundiéndose en la nieve blanda, mis pasos resonando huecos en medio del viento. El frío me mordía las orejas. Al contrario, el aire helado parecía limpiar algo dentro de mí. De repente, no sé por qué, empecé a dar pequeños saltitos como un niño, marcando huellas torpes en la nieve, riendo por dentro al recordar cómo me había parado sobre el barandal. Un equilibrio entrenado para la guerra… usado para sentarme como idiota a mirar un río.

Y me descubrí sonriendo. Dolía, sí. Recordar siempre dolía. Pero también había alivio. Aunque fuera un alivio extraño, rasposo, como si viniera mezclado con sangre vieja.

Entonces lo escuché. Una voz que atravesó el aire cortante.

—¡Espera! —gritó alguien detrás de mí.

Me giré apenas, con fastidio, viendo que todavía estaban en grupo, unos metros más atrás. El viento arrastró otra frase que me congeló.

—¡Por dios! ¡Tú eres Réen Williams!

—¡El niño que desapareció hace trece años! —añadió la rubia, con la voz cargada de incredulidad.

Los demás la miraron como si hubiera dicho una blasfemia.

Seguí caminando, sin acelerar ni detenerme. Solo levanté una mano por encima del hombro, en un gesto de despedida.

—¡Espera! —insistió la pelirroja, Liliana, con los ojos abiertos de par en par—. ¿Eres tú, verdad? ¿Eres ese niño? ¡Todos pensamos que estabas muerto!

—No todos —dije en voz baja, apenas audible, aunque sabía que no lo escucharían del todo.

El chico del gorro corrió unos pasos hacia mí, pero se detuvo cuando vio que yo no cambiaba el ritmo.

—¡Oye, no puedes largarte así! —me gritó, con un tono entre rabia y miedo—. Si eres él, si eres ese chico… ¡tu familia te busca desde hace años!

Me encogí de hombros, sin mirar atrás.

—Ya me encontraron —respondí.

El rizado levantó la voz, incrédulo:

—¿Entonces por qué estás aquí? ¿Por qué andas caminando solo como si nada?

No contesté. Solo seguí andando, mis huellas marcando un rastro limpio en la nieve.

—¡Réen! —volvió a llamar Liliana, y esta vez su voz no era de reproche, sino de súplica—. ¡Al menos dinos que estás bien!

Me detuve por un segundo, el viento silbando entre nosotros. Incliné un poco la cabeza hacia atrás, sin girarme del todo.

—No lo estoy —admití con crudeza—. Pero sigo caminando. Eso es suficiente por hoy.

Ellos se quedaron en silencio. El aire entre nosotros se volvió espeso, pesado.

La rubia, con lágrimas en los ojos, gritó una última vez:

—¡No desaparezcas otra vez! ¡Por favor!

Alcé la mano otra vez, como un adiós definitivo, y continué hacia adelante. La nieve seguía cayendo, borrando poco a poco mis huellas detrás de mí.

El sonido del río quedó atrás, y con él, esas ocho voces que habían irrumpido en mi noche como un recuerdo extraño de que todavía existía gente que se preocupaba por desconocidos.

No los miré más. Porque si lo hacía, tal vez me convencerían de quedarme.

Y yo todavía no sabía si quería quedarme en ninguna parte.

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