WebNovels

Chapter 56 - Capitulo 54

EVAN.

Me puse una de las camisas. No la segunda. Esa decidí dejarla fuera. No por vanidad ni para llamar la atención, sino porque sentía que ya no tenía que esconderme. Mis brazos estaban al descubierto, el mapa de mis años perdidos todavía visible, como una advertencia... o como un testimonio. Lucía se quedó cerca. Tomó uno de mis brazos con suavidad, como si fuera algo frágil, como si supiera que aún dolía, aunque ya no sangrara.

Pasó los dedos por una de las cicatrices más antiguas, una que cruza desde el bíceps hasta el antebrazo como si alguien me hubiera abierto con una navaja oxidada. Luego, sin que nadie lo esperara, se inclinó un poco… y besó la cicatriz. No una vez. Dos veces. Luego otra más arriba. Con esa delicadeza que tiene solo ella. Esa ternura que contradice el mundo.

—Lucía… —murmuré, como advertencia, como súplica—. Están viéndonos.

Ella ni siquiera me miró. Solo sonrió.

—Y que vean.

—¿Por qué haces eso? —preguntó alguien. No supe quién al inicio, pero cuando volteé, era mi tía Mariela. Tenía una mezcla de curiosidad y desconcierto en el rostro—. ¿Por qué las besas? ¿No se supone que esas cosas le hicieron daño? ¿Por qué las… veneras?

Lucía se enderezó lentamente. Me soltó con cuidado, pero sin alejarse. Se acomodó el cabello detrás de la oreja y respondió con calma, con esa voz suya que parece suave pero atraviesa como una lanza.

—Porque las amo.

Hubo un silencio denso. No incómodo, no todavía… solo denso.

—Porque son parte de él. Porque lo han acompañado más tiempo que yo. Porque le recuerdan que sobrevivió. Que aún está aquí. Porque cada una de esas cicatrices… lo mantuvo con vida. Y si no fueran por ellas… no estaría aquí. No estaría conmigo. No estaría con ustedes. No existiría el bebé que llevamos.

Sus dedos volvieron a mi brazo, a trazar caminos sobre mi piel marcada.

—Sí, le hicieron daño. Lo rompieron. Lo destrozaron. Lo hirieron. Pero también lo hicieron fuerte. Y yo… yo no amo solo al Evan que volvió. Amo al Evan que se rompió. Al Evan que se arrastró en la oscuridad. Al Evan que aún se despierta algunas noches jadeando. Amo a todo de él. Incluso lo que duele.

La sala estaba en completo silencio. Nadie se atrevía a interrumpirla. Y ella… seguía.

—Cada noche, le beso las cicatrices. Cada una. Algunas ya casi ni se ven. Pero yo sé dónde están. Y las beso. Porque quiero que sepa que no tiene que esconderlas. Que no tiene que sentirse sucio. Que yo las reconozco, las toco, las honro. Y sí, suena loco. Lo sé. Suena enfermizo, incluso. Pero… cuando amas a alguien que ha vivido un infierno, aprendes que no puedes ignorar los incendios que lo formaron. No puedes amar solo las partes fáciles. Yo elegí amarlo completo. Incluso si eso significa amar su dolor.

No supe en qué momento empecé a temblar un poco. Pero lo hice. No de miedo. No de tristeza. Sino de esa emoción desbordante, poderosa… casi brutal. Porque nunca nadie… nunca… había dicho algo así por mí.

Me incliné. La besé en la frente. Y por primera vez frente a mi familia, sin temor, sin vergüenza, le susurré:

—Gracias por ver más de lo que yo creía tener.

Ella solo me miró, con esos ojos llenos de fuego y ternura, y dijo:

—Gracias por dejarte ver.

Entonces mi abuelo, que llevaba callado mucho rato, se limpió la garganta.

—Yo no sé mucho de eso del amor moderno —dijo, con una media sonrisa—. Pero si así es como se ve… entonces que el mundo arda. Yo no lo detendría.

Todos rieron un poco. Un respiro después de tanto. Un suspiro de alivio. Y por primera vez en mucho, mucho tiempo… sentí que estaba donde tenía que estar.

La tarde caía lento, con ese color naranja melancólico que hace ver todo más cálido, más humano. Las sombras se alargaban y el sol se escondía detrás de los árboles al fondo del terreno. El ambiente ya no era tan tenso, pero aún había curiosidad flotando, preguntas sin hacer, comentarios entre dientes que no se atrevían a salir… hasta que, como era de esperarse, alguien rompió el silencio.

—¿Y tú? —preguntó la esposa de uno de mis primos, con la voz entre suave y directa, mirando a Lucía—. ¿Quién eres? ¿A qué te dedicas? ¿Cómo se conocieron?

Lucía no se mostró ni sorprendida ni incómoda. Se giró hacia ella con una sonrisa ligera y respondió como si hubiese ensayado esa historia mil veces… y quizá sí, dentro de su cabeza, esperando el momento de contarla.

—Soy enfermera —dijo—. Trabajo en un hospital en Nueva York, pero a veces me uno como voluntaria a programas médicos en lugares donde no hay ni hospitales, ni personal, ni muchas ganas de ir. Ya saben, zonas de conflicto, de pobreza extrema, sitios olvidados.

Algunos levantaron las cejas, y más de uno murmuró un "wow" o un "qué valiente" bajo la voz.

—Por azares del destino —continuó ella, mirándome de reojo—, hace poco meno de medio año terminé en un lugar del que ni siquiera recuerdo bien el nombre. La zona era… complicada, peligrosa. Yo trabajaba en un centro improvisado como enfermera voluntaria, atendiendo desde raspones hasta fracturas, partos y… cosas que preferirían no escuchar.

Tomó aire.

—Un día… un aldeano llegó con dos de sus hijos. Traían a un joven cargando entre una manta y un saco viejo. Estaba bañado en sangre, con el rostro casi irreconocible, y su cuerpo… lleno de heridas. De cicatrices viejas y nuevas. Estaba inconsciente, temblando. El miedo lo tenía aferrado, aún dormido.

Se me hizo un nudo en la garganta al escucharla contar eso.

—Era él —dijo finalmente, y todos entendieron de inmediato a quién se refería.

—Y… —agregó con una sonrisita cómplice—... ese joven terminó siendo mi perdición. En el buen sentido. El padre de frijolito… y, si algún día nos animamos, también del pequeño pistachito.

Hubo algunas risas suaves entre la familia. Incluso los más reacios parecían no poder evitar que se les aflojara el gesto al verla hablar así, con cariño sincero, con dulzura.

Entonces alguien —no supe quién exactamente— lanzó la pregunta que, sinceramente, ya esperaba desde hacía rato:

—¿Y cuántos años tienes, Lucía?

Lucía no pareció ni molesta ni sorprendida. En cambio, se acercó un poco más a mí, tomó mi brazo y lo abrazó como si fuera un peluche, apoyando la cabeza en mi hombro. Luego, con esa sonrisa que siempre me saca de mis casillas —en el mejor sentido—, respondió con voz dulce:

—Veintiséis.

Y sí, ahí fue cuando la sala se volvió un concierto de expresiones variadas. Alguien tosió. Alguien más murmuró un "¿qué?", y otros solo se quedaron en silencio, mirándome como si acabaran de descubrir que me robé una estatua del museo.

—¿Veintiséis? —repitió alguien, ahora sí un poco más fuerte.

—Sí —afirmó Lucía sin soltarme—. ¿Algún problema?

Me puse un poco tenso, pero ella me apretó el brazo, como recordándome que no debía sentir vergüenza, que ella estaba conmigo, que me defendía incluso de los comentarios pasivos. Entonces habló, antes de que alguien pudiera decir algo más:

—Me enamoré de una persona, no de su edad. Me enamoré de cómo me miraba cuando por fin abría los ojos, de cómo a pesar de todo lo que había vivido seguía luchando por respirar, por no rendirse. Me enamoré de su silencio, de sus pesadillas, de su forma de despertar… y luego, de su forma de vivir.

—Y sí —añadió, mirando directamente a quien fuera que lo hubiera preguntado—. Es menor que yo. ¿Y? La madurez no viene con los años. Viene con las cicatrices. Y él tiene más vida a cuestas que cualquiera aquí.

—Tres meses de conocerse, un mes de relación, un bebé de cinco semanas y una diferencia de edad de ocho años —dijo alguien con tono entre incrédulo y medio burlón—. ¿Qué más nos puede traer Evan?

El comentario cayó como piedra en agua tranquila. Todos se quedaron callados, esperando mi reacción. Incluso Lucía me miró, como preguntándose si debía decir algo por mí. Pero no. Era mi turno de hablar.

Levanté la cabeza, respiré hondo y miré directamente al que lo dijo, sin enojo, pero sin quitarle el peso a mis palabras.

—Desgracias… —dije con una risa baja y amarga—. Desgracias es lo que traje por mucho tiempo. Donde estaba, lo único que dejaba atrás eran cuerpos, dolor, cenizas. No sé si se me da eso de traer cosas buenas… aún me cuesta creer que tengo algo bueno ahora. Que tengo… esto.

Mi mano rozó la de Lucía, que seguía aferrada a mi brazo.

—Pero no voy a permitir que ese pasado defina lo que viene. No pienso quedarme de brazos cruzados viendo cómo el miedo me lo arruina todo. No esta vez.

Tragué saliva, con la garganta apretada.

—Tal vez no merezco esta paz… pero sí voy a pelear por ella. Por Lucía. Por mi hijo. Por lo poco que tenga de futuro. Haré hasta lo imposible para que las desgracias no crucen esta puerta. Y si llegan a tocarla, que me encuentren ahí, de frente, esperándolas.

El silencio que siguió ya no fue de juicio, sino de respeto. Algunos bajaron la mirada, otros asintieron casi sin notarlo. Lucía apretó mi mano con fuerza, y mi abuela… sonrió.

—Entonces ya no eres solo un sobreviviente, mi niño. —Su voz sonó suave, serena—. Eres un hombre dispuesto a vivir. Y eso… eso es más valiente que cualquier otra cosa.

Me quedé ahí, quieto, con el atardecer dándole un resplandor cálido a todo.

—¿Y cuándo va a ser la boda entonces? —preguntó Thomas con una ceja levantada, medio en broma, medio en serio, pero con esa sonrisa que se nota que está picando donde sabe que puede doler.

Solté una risa por lo bajo, más nerviosa que divertida, y me encogí de hombros.

—La verdad… jamás pensamos en eso —dije con sinceridad, mirando de reojo a Lucía, quien me devolvió la mirada con una ligera sonrisa—. O sea… antes de frijolito, antes de todo esto, antes de anunciar que seguía vivo… ninguno de los dos deseaba un hijo. Y yo… yo no pensaba regresar. No sabía que podía regresar. No quería.

Tomé aire despacio y solté una exhalación pesada.

—Queríamos ver cómo iba esta relación primero, si podíamos vivir algo normal, si realmente podíamos ser algo… antes de exponerlo al mundo. Antes de ponerle un título, de anunciarlo. Queríamos privacidad. Queríamos ver si esto podía funcionar. Si yo podía funcionar.

Lucía se incorporó un poco y habló con esa paz suya que a veces me desarma.

—Pero bueno… el futuro se adelantó —dijo con una media sonrisa—. O tal vez nosotros viajamos hacia él sin darnos cuenta.

Su voz fue suave, firme, como siempre. Me acarició el brazo, justo donde las cicatrices eran más visibles.

—Pero antes de cualquier boda —continué—, hay un detalle que debemos resolver primero: mi regreso como tal. O sea… mi existencia, legalmente hablando. Porque, para el mundo, Evan Callahan sigue oficialmente desaparecido.

Un pequeño murmullo recorrió el cuarto. Algunas miradas se cruzaron, y hasta la respiración de algunos se volvió más pesada.

—Anoche hablamos de eso —agregué, mirando a mis padres y hermanos—. Sobre cerrar mi caso… pero con cautela. Porque si se enteran de que un niño de diez años regresó de la nada ocho años después… créanme que habrá quienes quieran saber más. Y si investigan demasiado…

Hice una pausa. El peso de mis palabras se sentía denso. Sucio.

—Bueno… descubrirían lo que hice. Lo que fui obligado a hacer. Y eso traería problemas. Porque la gente que me encontró, la que me entrenó… la que me usó… no eran exactamente buenas personas. Hice trabajos sucios. Me relacioné con gente sucia. Tengo enemigos. Y si se enteran que estoy vivo… me encontrarán.

—No van a hacerlo —intervino Lucía con firmeza, interrumpiendo antes de que el temor se propagara más.

Todos se giraron a verla. Sostenía mi brazo como si fuera un ancla, como si no pensara soltarme nunca.

—Voy a hablar con mi primo. Y también con mi tío. Sabes que tienen contactos, recursos. Puedo hacer que cierren su caso… de manera silenciosa. Sin alboroto. Sin preguntas.

—¿Crees que podrán hacerlo? —preguntó uno de mis tíos con voz tensa.

Lucía asintió con determinación.

—Sé que sí. Sé cómo manejarlo. Esto no lo vamos a hacer solos. No vamos a dejar que lo que vivió lo persiga más de lo necesario. Esta vez… vamos a cubrirlo, no a exponerlo.

Y cuando dijo eso, no solo yo me sentí más liviano. Mis padres, mis hermanos, incluso mis tíos y abuelos… parecieron soltar un poquito de aire también.

—¿Y cuánto tiempo planean quedarse en Chicago? —preguntó uno de mis primos, con una expresión curiosa pero sin tono de reclamo. Solo genuino interés, supongo.

Me quedé pensando un segundo, mirando al suelo antes de responder.

—No lo sé… —admití con sinceridad—. Pero eventualmente tendremos que regresar. Por Lucía, principalmente. Ella tiene su trabajo. Y yo… bueno, yo estoy desempleado. Y aún tengo que recuperarme al cien por ciento.

Me moví un poco en el asiento, notando como Lucía seguía tocando suavemente uno de mis brazos con sus dedos. Acariciando una de las cicatrices largas que cruzaba el bíceps, como si se tratara de una pluma o algo sagrado.

—Las heridas ya no me duelen —continué—, pero mi pie… todavía es tema. A veces se entumece. No es grave, no causa problemas reales… pero no está como debería.

—Nos podemos quedar el tiempo que sea necesario —intervino Lucía antes de que nadie dijera algo más—. Mi trabajo no es importante ahora. Tengo permiso del hospital.

—¿Tienes permiso? —le pregunté, medio entrecerrando los ojos, curioso—. ¿No se suponía que estabas de "voluntaria"?

Lucía me sonrió, con esa mirada juguetona que suele usar cuando tiene un as bajo la manga.

—No estoy engañando al hospital, si eso estás pensando. Técnicamente, sí estoy de voluntaria —dijo, haciendo comillas con los dedos—. Estoy "ayudando" a mi padre.

—¿Tu padre? ¿No se suponía que estaba en Carolina del Norte? —pregunté, confundido.

—Sí… pero hace una semana tuvo una asignación temporal para apoyar una operación médica militar… en alguna parte. Les dije que estaría con él unas semanas. Ellos entienden. Mientras siga enviando mis reportes de voluntariado, nadie va a quejarse.

—Así que estás mintiéndoles solo un poco —dije, con una sonrisa torcida.

Lucía se encogió de hombros, juguetona.

—Estoy con mi soldado. ¿Eso no cuenta como voluntariado también? —dijo, guiñándome el ojo, haciendo reír a mi abuela y algunos más alrededor.

—Ah, ya entendí —dijo uno de mis tíos, asintiendo—. Está "en una misión humanitaria". Amor y recuperación… una operación secreta.

—Secreta pero efectiva —respondió Lucía, abrazándome del brazo de nuevo—. No pienso irme de aquí hasta que esté bien. Hasta que vuelva a caminar como antes. Hasta que sienta que está listo para enfrentar el mundo otra vez.

Me quedé callado un momento, mirando su perfil, su expresión tan segura, tan determinada… y esa calidez que nunca entendí cómo fue que llegó a mí.

—Gracias —susurré.

—Aún no me las merezco —me dijo, sin mirarme—. No hasta que estés de verdad en paz.

El ambiente se fue relajando con el paso de los minutos. La tarde caía lentamente, tiñendo la sala con un tono dorado cálido. Las conversaciones se entremezclaban: risas, preguntas curiosas, miradas nostálgicas. Era como si un pedazo del pasado hubiera regresado con vida... aunque con cicatrices profundas. Y con novia, futura madre, y una historia tan inverosímil que parecía guion de serie.

Thomas, el más metiche de mis primos, soltó la primera bomba, como siempre:

—Entonces, ¿qué sigue, Evan? ¿Te vas a cortar ese cabello estilo niño problema redimido? —Porque bro, te ves como actor indie que canta con guitarra en estaciones de metro.

—¡No! —dijo Lucía tan fuerte que todos nos sobresaltamos.

Se había incorporado de golpe, con los ojos tan abiertos que por un segundo temí que le diera un paro.

—¡Ni se les ocurra darle esa idea! Jamás, ¿me oyeron?

La sala entera se quedó en silencio por medio segundo, hasta que mi tío soltó una carcajada.

—¡Al diablo con la paz mundial, pero no toquen el tema del cabello de Evan!

Lucía le señaló con el dedo como si hubiera dicho la mayor verdad de la reunión.

—Ese cabello es patrimonio emocional, cultural y estético. Yo lo venero —dijo, regresando a su lugar y abrazándome como si me defendiera del mundo entero—. Me encanta acariciarlo, peinarlo con los dedos, enredar los míos en él cuando duerme, besarle la coronilla. ¡No saben lo que hace una melena así en un buen domingo de flojera!

—¿Melena? —dije en voz baja, sin saber si sentirme halagado o humillado.

—Melena divina —corrigió Lucía, besándome la sien.

—Mujer, suenas como si fueras a declararle matrimonio al cabello y no a él —bromeó Thomas mientras se servía más té.

—El cabello viene incluido en el paquete, ¿no? —le contestó Lucía con una sonrisa pícara—. Así que piensen dos veces antes de sugerirle una visita a la peluquería. Ni en broma. Ni de chiste. Ni drogado. Nunca.

—Creo que deberíamos dejar eso claro en el testamento también —añadió alguien desde la cocina.

—Mi último deseo: que nunca corten su cabello —bromeó Lucía, poniendo su mano sobre su pecho como si estuviera pronunciando un juramento solemne.

—Me voy a volver un mito urbano —murmuré yo—. El chico que regresó del infierno, sobrevivió a balas, fuego cruzado, traumas... pero jamás a una tijera.

—Y así debe ser —dijo Lucía, dándome un beso rápido—. Además, si se corta el cabello, ¿cómo voy a seguir haciendo esto?

Y sin previo aviso, deslizó los dedos por mi nuca y tiró suavemente hacia abajo, haciéndome cerrar los ojos por reflejo.

—¿Ven? ¿Ven lo que digo? —Lucía volteó hacia los demás como si acabara de probar un punto científico—. Es como... terapia capilar.

La risa se apoderó de todos. Hasta mi abuela, que en general era más tranquila, no pudo evitar taparse la boca con la mano y reír bajito.

—Creo que ya entendimos el mensaje —dijo una de mis primas—. No tocar el cabello de Evan. Anotado. Subrayado. En negritas.

—En sangre, si es necesario —soltó Lucía con tono dramático.

—No bromea, ¿eh? —añadí, sin poder evitar sonreír.

—¡Obvio que no! ¿Y qué sigue después? ¿Quitarle los anillos? ¿Los tatuajes? ¿Sus cicatrices? ¡Me gusta todo como está!

—Gracias por tratarme como un modelo de exhibición —dije en voz baja, divertido.

—De nada, amor —me respondió con una sonrisa enorme.

En ese momento, mi hermano pequeño, el más inocente del grupo, alzó la mano como si estuviéramos en la escuela.

—¿Puedo hacer una pregunta?

—Claro, campeón —le dije.

—¿Por qué le dices "Frijolito" al bebé?

Lucía se rió, y todos la miraron mientras yo me pasaba la mano por la cara, ya sabiendo lo que venía.

—Porque Evan asi lo apodo, y unos días después cuándo fui al médico con mi madre mientras Evan estaba explorando la ciudad —dijo con aire orgulloso—, me mostraron la ecografía. Y ahí estaba. Chiquito, redondito, flotando como... un frijol. ¡Era perfecto!

—¿Y si tienen otro bebé va a ser... Pistachito? —preguntó alguien entre risas.

—Obviamente —dijo Lucía, completamente seria.

—¿Y el tercero? ¿Pepinillo? —añadió Thomas, muerto de risa.

—Depende. Si sale travieso, igual le toca Chilito. O Albóndiga si come mucho —dijo Lucía.

—Entonces... —dijo Emma de pronto, rompiendo el momento de risas— la familia de papá y mamá ya saben que estás vivo. Y de regreso.

Asentí con suavidad, y de inmediato noté cómo la expresión en su rostro cambiaba: seguía sonriente, pero en sus ojos había algo más... emoción contenida, preocupación, alegría.

—Y los que estamos aquí somos apenas un pedacito —continuó, mirando alrededor—. La verdad, deberíamos hacer una reunión. Una grande. Con todos. El fin de semana que viene, ¿qué dicen?

Algunos levantaron cejas, otros se animaron de inmediato.

—¡Sería perfecto! —saltó una tía—. Así todos podrán verte, abrazarte, decirte en persona que estás aquí de verdad. Porque... todavía cuesta creerlo, hijo. Verte así, sentado ahí, riéndote... como si nunca te hubieras ido.

—Sí —añadió Emma, con voz más baja—. Será como... como cerrar algo. Pero también como abrir algo nuevo, ¿no?

Sentí el nudo en la garganta, pero tragué y asentí, forzando una sonrisa honesta.

—Está bien. Me parece bien.

—Me aseguraré de tener muchas servilletas ese día —dijo Thomas—, porque mamá va a llorar tanto que va a necesitar un charco aparte.

—No será la única —dijo mi abuela, ya con los ojos llorosos.

Lucía me apretó el brazo y se acercó más a mí. Se notaba que estaba tomando impulso para hablar. Y lo hizo con esa firmeza que la caracteriza cuando toca temas serios.

—Y mientras tanto —dijo ella, con voz firme pero serena—, yo hablaré con mi familia. Mi primo es un Mayor, y mi tío, Coronel del ejército. Ellos pueden mover cosas con discreción. Lo suficiente para que el caso de Evan se cierre en silencio, sin atraer atención innecesaria. No queremos que medios, agentes o gente peligrosa se entere que regresó.

—¿En serio crees que pueden hacerlo así de fácil? —preguntó un primo con tono escéptico.

—No dije que fuera fácil —respondió Lucía, sin perder la calma——.Dije que lo pueden hacer. Con cuidado, con tiempo, pero sí. Solo hay que decir las palabras correctas, activar los contactos correctos y... que nada despierte sospechas.

—Eso suena muy... mafia, pero bien organizado —murmuró alguien, y varios rieron.

—Más bien es como... una limpieza burocrática. Nadie pregunta demasiado, nadie busca demasiado. Cierras un archivo, lo mandas a dormir y ya. Evan Callahan deja de ser un niño desaparecido, y se convierte en un ciudadano más. Puede trabajar, firmar, viajar, existir.

—Y registrarse como papá de Frijolito —agregó una de las primas con tono de ternura.

—Exacto —dijo Lucía, sonriendo y apretándome la mano.

Yo solo escuchaba, medio abrumado por tanto movimiento. Apenas llevaba horas aquí y ya estaban planeando mi reincorporación a la vida legal, emocional y familiar como si fuera una agenda con checklists.

Pero no podía negar que se sentía bien. Abrumador, pero bien.

—¿Y tú qué opinas? —me preguntó Emma, sonriendo—. ¿Estás listo para ser el centro de atención en una reunión familiar gigante?

—¿Tengo opción? —reí.

—No.

—Entonces... supongo que me queda respirar, sonreír y aguantar los abrazos.

—Y no cortarte el cabello, jamás —añadió Lucía, señalándome otra vez.

Todos estallaron en carcajadas otra vez, y por un momento, olvidé todo lo feo. Todo lo roto.

More Chapters