WebNovels

Chapter 51 - Capítulo 49

THOMAS.

No sabía qué decirle.

 

Nadie lo sabía.

 

Ni mamá, ni papá, ni Emma, ni siquiera Lucía. Y mucho menos él.

 

Evan parecía… desconectado. Como si la historia que acababa de contarnos fuera de alguien más. Como si él mismo no supiera qué hacer con las miradas, con el silencio, con todo ese amor que queríamos darle, pero que parecía no caberle en los hombros.

 

Y yo… yo, que se suponía que debía ser su hermano mayor, el que lo cuidaba, el que lo protegía… ¿qué podía decirle a alguien que sobrevivió a todo eso? ¿Cómo le dices a tu hermano, tres años menor, que lo vas a cuidar ahora, cuando él puede protegerse solo del mundo entero…?

 

¿Cómo le dices que lo ayudarás cuando él ha pasado años ayudándose solo?

 

No hay palabras. No hay frases.

 

No ahora. Tal vez nunca.

 

Pero quería decir algo. Lo que fuera.

 

No podía quedarme callado como un cobarde. No esta vez.

 

Así que dije lo único que me salió.

 

—Roxana… tampoco dejó de buscarte.

 

Lo miré.

 

Evan alzó la vista, un poco confundido.

 

—¿Quién?

 

—Roxana —repetí con suavidad—. Tu amiga de la infancia. Iba contigo en primaria. Tal vez no la recuerdes… hace muchos años. Siempre estaban juntos. Ella, tú y su hermana mayor, Jolie. Solían llevarte a casa después de clases, ¿te acuerdas?

 

Él no respondió. Solo frunció un poco el ceño, como si intentara buscar una memoria escondida en alguna parte de su mente llena de cicatrices.

 

—El día que desapareciste… Roxana no fue a la escuela. Estaba enferma. Fiebre alta. Y su hermana también se quedó en casa para cuidarla. Se suponía que ese día también iban a llevarte contigo. Pero no estaban… y cuando se enteraron de que habías desaparecido…

 

Me tragué el nudo en la garganta.

 

—Roxana se culpó. Dijo que si hubiera estado ahí, nada de eso habría pasado. Que te habría protegido. Que habría hecho algo. Jolie… también se culpó. Mucho. Ella… entró en depresión. No soportaba la idea de haberse ido a casa sin ti. De haberse ido antes de asegurarse de que tú también estabas a salvo.

 

Suspiré. Bajé la mirada.

 

—Pero ninguno de nosotros la culpó nunca. Tenía 17, Evan. Solo 17 años. Aunque hubiera estado ahí… si querían llevarte, también la habrían lastimado. Tal vez se la habrían llevado a ella también. Nadie, nadie pudo haber hecho algo para evitarlo…

 

Volví a mirarlo. Y ahí estaba, mi hermano pequeño, el niño que desapareció… convertido en un hombre con los ojos de alguien que ha visto más muerte de la que cualquiera debería.

 

Y aún así, vivo.

 

Evan no dijo nada.

 

Pero sus ojos… brillaban. Tal vez de recuerdos que empezaban a regresar. Tal vez del peso que empezaba a desmoronarse. Tal vez de dolor.

 

No lo sé.

 

Solo sé que esa noche, entendí que a veces no necesitas decir las palabras correctas.

 

Solo necesitas estar ahí.

 

Y yo iba a estarlo. Para lo que fuera.

 

Para lo que quedara.

 

Entonces lo vi.

 

Fue un movimiento sutil, pero suficiente para preocuparme.

 

Evan torció un poco su espalda, apenas ladeando el cuerpo como si algo lo pinchara por dentro. Se llevó una mano a la zona lumbar y apretó los labios, como conteniendo algo. No era un gesto de dramatismo. Era automático, casi inconsciente.

 

Mamá fue la primera en notarlo.

 

—¿Evan? —dijo, con el tono de madre preocupada que todos conocemos tan bien—. ¿Qué te pasa?

 

Emma también se inclinó hacia él, con el ceño fruncido. Lucía, en cambio, no dijo nada al principio. Solo lo miró.

 

Evan negó con la cabeza.

 

—No es nada —murmuró, y soltó un leve suspiro—. Solo… dolor en la espalda. Pero no es real.

 

Papá lo miró con confusión.

 

—¿Cómo que no es real?

 

Evan giró un poco el cuello, como si estirarse pudiera disiparlo.

 

—Es un dolor fantasma —respondió, como si fuera algo obvio. Como si todos debiéramos entender lo que eso significa—. El cuerpo recuerda… cosas que ya no están.

 

Y entonces Lucía intervino, su voz suave, firme, casi profesional.

 

—Le pasa cuando está estresado —dijo, sin mirarlo directamente, como si se lo explicara al aire, o a nosotros, o quizás a sí misma—. Cuando reviven recuerdos muy fuertes. O cuando duerme mal. O cuando el clima cambia. A veces es un recuerdo físico, otras es por ansiedad… pero su cuerpo reacciona como si la herida siguiera ahí.

 

—¿Herida? —preguntó mamá, alarmada.

 

Lucía asintió con lentitud.

 

—Cuando lo encontraron, tenía cicatrices por todo el torso y la espalda. Algunas viejas, otras recientes. Algunas sanaron bien… otras no tanto. Pero el problema no son las cicatrices. Es lo que vivió cuando las recibió.

 

Evan bajó la mirada, en silencio.

 

Yo… no podía decir nada. Nadie podía.

 

Lucía siguió hablando, despacio, con una calma dolorosa.

 

—La mente puede sanar. Con tiempo, con terapia. Pero el cuerpo… a veces guarda memorias que no puedes borrar. Aunque ya no haya daño físico, el cuerpo recuerda el dolor. Es como si el pasado intentara colarse otra vez en el presente.

 

—¿Y te pasa seguido? —preguntó Emma, en un hilo de voz.

 

Evan se encogió de hombros.

 

—Antes, cada noche. Ahora… depende.

 

—¿De qué?

 

—De cuánto finjo que todo está bien —dijo, con una pequeña sonrisa que se deshizo en cuanto la dijo.

 

Y otra vez, el silencio. Ese maldito silencio que no sabíamos cómo romper.

 

Pero al menos ahora sabíamos algo más.

 

Sabíamos por qué a veces se quedaba callado sin razón. Por qué no podía dormir. Por qué se tensaba cuando lo abrazaban muy fuerte.

 

Sabíamos que su cuerpo también hablaba, aunque él no dijera nada.

 

Y eso… dolía.

 

Mucho más de lo que esperábamos.

 

—¿Tenemos más familia? —preguntó de repente Evan, rompiendo el silencio que se había asentado como una manta espesa sobre todos nosotros.

 

Lo dijo sin mirarnos. Solo observaba sus propias manos, como si esperara que ahí apareciera la respuesta.

 

—Digo… estuve buscando. Pero solo encontré información de ustedes. Nada más. ¿De verdad… no hay nadie más?

 

Mamá se aclaró la garganta. Su voz tembló un poco, pero respondió con firmeza.

 

—Sí, Evan… sí tenemos más familia.

 

Todos la miramos. Incluso papá, que hasta ahora había permanecido callado, con la mirada perdida en algún punto entre Evan y el suelo.

 

—Tengo hermanas, y también hermanos —continuó mamá—. Y tu papá también. Tíos, tías. No muchos, pero los hay. Algunos se alejaron con los años, otros siguen por aquí. Tus abuelos paternos aún viven. Están grandes, pero siguen con nosotros.

 

—¿Y los de tu lado? —preguntó Evan. Su voz era más baja ahora, como si cada palabra pesara más de lo que debería.

 

Mamá sonrió, aunque no era una sonrisa feliz. Era una sonrisa dolida, de esas que uno pone cuando está recordando algo que duele pero quiere hacer que no duela tanto.

 

—De mis padres… solo queda mi mamá —dijo con suavidad—. Tu abuelito falleció… dos años antes de que desaparecieras. Fue… difícil. Tú eras muy pequeño cuando enfermó, y no queríamos que lo vieras deteriorarse así.

 

Evan asintió lentamente, como si intentara buscar en algún rincón perdido de su memoria una imagen, una voz, algo… pero nada aparecía.

 

—No lo recuerdo —murmuró, casi como disculpándose.

 

—Es normal —dijo mamá, en un suspiro—. Eras apenas un niño.

 

—¿Y ellos… todos ellos… saben?

 

Papá intervino esta vez, su voz grave pero cálida:

 

—No. Queríamos que tú lo dijeras… cuando estuvieras listo. O cuando tú quisieras. Nadie más tiene derecho a contar tu historia, Evan. Nadie más que tú.

 

Evan alzó la vista. Nos miró. A cada uno. Lento. Pesado. Como si intentara descifrar algo que no sabía si quería saber.

 

Y por un segundo, vi algo en sus ojos.

 

Una chispa.

 

¿Curiosidad? ¿Miedo? ¿Esperanza?

 

No supe decirlo.

 

Pero estaba ahí.

 

**

 

EMMA.

—¿Cómo supiste de nosotros? —le pregunté sin poder evitarlo. No era reproche… era necesidad.

 

Quería saber cuándo fuimos parte de su historia de nuevo. Cómo nos encontró. Por qué lo hizo. Y si, en el fondo, eso quería decir que también nos necesitaba, al menos un poco.

 

Evan suspiró. Largo. Cansado.

 

—No lo hice yo —dijo. Su voz era plana, sin enojo, pero con ese dejo de resignación que tiene alguien que ya peleó demasiado por un tema.

 

—Lucía se encargó de eso… —añadió luego, mirando de reojo hacia ella—. En contra de mi voluntad, por cierto.

 

Lucía no dijo nada, solo bajó la mirada con una sonrisa mínima, como quien sabe que hizo lo correcto aunque no fue bien recibido.

 

—La búsqueda comenzó cuando todavía estaba en coma —continuó Evan—. Al parecer, murmuré mi nombre una noche. Solo eso… Evan. Ella lo escuchó. Y bueno… Lucía es terca. Muy terca.

 

No pude evitar sonreír un poco. Claro que lo es. Había que serlo para seguir adelante con algo así.

 

—Usó su conexión con su familia para empezar a buscar. Encontró muchos casos de niños desaparecidos con ese nombre. Ciento treinta en total. Uno por uno… hasta que… recordé un destello.

 

Se detuvo, como si repasar ese recuerdo le doliera de alguna forma más de lo que pensaba.

 

—Chicago. Lo recordé de golpe. Como un parpadeo. Y le dije que quizás ahí… quizás ahí debería buscar.

 

Se pasó una mano por el cabello. Ya no parecía tan fuerte como hace un momento. Ahora era otra vez ese Evan silencioso, cargado, con el alma hecha cicatrices.

 

—Me tomó días. Pero encontre mi expediente. Uno que coincidía con mi edad, con fechas, detalles… todo. Pero claro, no podíamos estar seguros.

 

Se hizo una pausa. Una que nadie quiso llenar.

 

Y entonces soltó lo que no esperábamos:

 

—Así que… bueno, como dije antes… —nos miró, directo, sin desviar la vista esta vez— …hicieron unas movidas no tan legales para saber si eran mi familia biológica.

 

Mi corazón se detuvo por un momento. No por miedo, sino por el modo en que lo dijo.

 

—¿Cómo? —pregunté, en voz baja, apenas un susurro.

 

—Resulta que tú, Emma… eres donante de sangre. Cada cierto tiempo. Supongo que nunca pensaste que eso serviría para algo así, ¿eh?

 

Sentí que el aire me abandonaba.

 

—Tu muestra… tu ADN… —continuó Evan, con una expresión que no supe si era pena o cansancio—. Coincidía. Con el mío. Y no solo eso. Lucía consiguió que cruzaran otras muestras con bancos hospitalarios locales. No teníamos dudas. Eran ustedes. Mamá, papá, tú… Thomas.

 

Me cubrí la boca. No podía hablar.

 

Sentí el temblor en mis dedos. El ardor en los ojos.

 

Él nos buscó. Aunque no quisiera hacerlo al principio. Aunque no lo pidiera. Al final, lo hizo.

 

Lucía lo hizo.

 

Y ahora estaba aquí.

 

Él era Evan.

 

Y era… nuestro.

 

—Al principio… me negué —dijo Evan, y su voz fue casi un susurro, como si confesara algo que no quería admitir ni para sí mismo.

 

—¿Negarte a qué? —preguntó mamá, apenas audible.

 

—A que buscaran información de mí —respondió sin rodeos, aunque su tono no era frío—. Le dije a Lucía que no quería saber si me habían reportado como desaparecido… si lo hicieron o no. Y si lo hicieron… no los iba a buscar. No quería conocerlos.

 

Sus palabras cayeron como piedras.

 

Y no lo culpaba. Ninguno de nosotros podía hacerlo.

 

—Y no era porque los odiara —continuó, como si supiera que necesitábamos esa aclaración—. Era porque no sabía… si me quisieron… si siquiera lo intentaron.

 

Se quedó en silencio por un momento, y en su mirada se reflejaban años de dudas que solo podían crecer en soledad.

 

—No sabía si me dieron por muerto, si me buscaron… o peor… si me vendieron.

 

Papá bajó la cabeza. Mamá soltó un suspiro tan quebrado que me partió el pecho. Yo sentí el estómago hacerse nudo.

 

—Y fuera cual fuera la verdad… —siguió Evan, con un tono más bajo— no quería verlos. Porque… ¿quién querría esto como hijo?

 

Se tocó el pecho con la yema de los dedos, sin orgullo, sin lástima. Solo realidad. Cruel, directa, innegable.

 

—¿O como hermano?

 

Yo cerré los ojos. No. No digas eso, por favor…

 

—Pero Lucía… —hizo una pausa, mirándola como quien mira a alguien que ha cambiado el curso de su vida— es jodidamente terca.

 

Ella solo sonrió. En silencio. Con una ternura que decía más que cualquier palabra.

 

—Insistió en que intentara… en que al menos viera si tenía familia allá afuera. Que no todo era como yo creía. Así que… accedí.

 

Respiró hondo.

 

—Los busqué. Pero no para venir y decirles que estaba vivo. Jamás fue mi intención conocerlos en persona. Ni por carta siquiera.

 

Nos miró a todos, uno por uno. No con frialdad. Con esa mirada de quien ha tenido que protegerse toda su vida, incluso de lo bueno.

 

—Solo quería verlos. Desde lejos. Saber si estaban bien. Y si resultaba que no eran mi familia, no iba a acercarme. No iba a destruir sus esperanzas. No iba a arruinar lo poco que quedara de que el posible verdadero Evan estaría muerto o vivo.

 

Volvió a mirar a Lucía. Y esta vez, su expresión cambió.

 

Una pequeña rendija de emoción se le coló en la voz.

 

—Pero resultó que sí. Son ustedes. Mi familia. Y bueno… ya conocen a Lucía.

 

Ella rodó los ojos con una sonrisa orgullosa, como si dijera "te lo dije".

 

—Gracias a su terquedad… estoy aquí.

 

El silencio fue total. Casi sagrado. No sabíamos qué decir. Nadie. Pero eso ya no importaba.

 

Porque él estaba aquí.

 

Papá fue quien rompió el silencio, su voz suave, casi como si tuviera miedo de volver a romper a su hijo con una simple pregunta:

 

—¿Y ahora… qué vas a hacer, hijo?

 

Evan se quedó quieto por un momento. Observó sus propias manos, como si tratara de encontrar la respuesta entre las cicatrices invisibles que llevaba en la piel y las que nunca se verían.

 

—No lo sé —dijo al fin, honesto—. Ya hablé de eso con la familia de Lucía… cuando decidí quedarme.

 

Se inclinó un poco hacia el respaldo del sillón, soltando el aire lentamente.

 

—Tal vez… carpintería —murmuró, como si lo estuviera imaginando por primera vez en voz alta—. O un puesto de comida… no sé. Pandillero también es opción —agregó con una sonrisa seca—, tengo experiencia en trabajos turbios.

 

Mamá puso los ojos en blanco de inmediato.

 

—No es gracioso, Evan —dijo en automático, aunque la preocupación en su voz era tan real que dolía.

 

—No lo digo por hacerlos enojar —respondió él, encogiéndose un poco de hombros—. Es la verdad. No puedo hacer nada que llame la atención. No puedo dejar que mis enemigos… se enteren de que sigo vivo.

 

Todos lo entendimos. Cada palabra era un límite. Una frontera invisible que lo mantenía con un pie aquí… y otro todavía en la oscuridad de donde venía.

 

Lucía se cruzó de brazos, con esa postura de ya tuvimos esta conversación mil veces y se aclaró la garganta:

 

—Yo ya le dije que debería unirse al ejército.

 

Evan soltó una carcajada corta y seca.

 

—Sí, cómo no.

 

—O a un contratista militar —insistió ella, ignorando el sarcasmo—. No es lo mismo, pero es algo que conoces. Vida estructurada, disciplina, acción… pero sin tener que andar matando tipos porque sí, ni viviendo escondido.

 

Papá frunció el ceño.

 

—¿Eso sería… algo más seguro?

 

—Más que andar pensando en ser pandillero, seguro sí —respondió Lucía sin pensarlo dos veces.

 

Sonreí de lado. Mamá simplemente negó con la cabeza.

 

—No es tan fácil —replicó Evan, sin pelear—. Ustedes quieren que tenga una vida normal… pero yo no soy normal. No tengo nada estable en mi expediente, nada limpio. Legalmente… ni siquiera existo del todo.

 

—¿Y si empezamos desde cero? —pregunté, y cuando todos me miraron, me encogí de hombros—. Digo, ya estamos aquí. Ya te tenemos. Podemos ayudarte.

 

—No necesito ayuda —dijo, sin dureza, solo con firmeza.

 

—Pero la mereces —respondió mamá esta vez.

 

Y por primera vez, Evan se quedó sin palabras.

 

**

 

THOMAS.

—¿Y qué tal si… damos el aviso de que apareciste? —dije, con cuidado, sin saber cómo sonar esperanzado sin parecer ingenuo—. Podemos ir a la policía, cerrar tu caso… podrías recuperar tu identidad. Volver a ser Evan Callahan. Lo que eres.

 

Todos se giraron hacia Evan. Por un momento, pareció considerar la idea. Luego suspiró y negó con la cabeza.

 

—No es tan simple.

 

—Sí lo es —intervino Lucía con un tono que mezclaba terquedad y conocimiento—. Bueno… un poco.

 

Papá entrecerró los ojos.

 

—¿Cómo que no es tan simple y al mismo tiempo sí?

 

Lucía se acomodó en su silla, como si fuera a dar una clase rápida.

 

—Miren, sus enemigos… los que aún podrían estar buscándolo, lo conocen como Leonardo. Alias Spectro. No como Evan Callahan.

 

Evan asintió levemente.

 

—Solo si usaron el protocolo. Código Violeta.

 

—¿Código qué? —preguntó papá, confundido.

 

—Código Violeta —repitió Evan con calma, como si nombrar aquello todavía le provocara un pequeño escalofrío interno—. Es un protocolo que tiene mi… exorganización. Se activa cuando un "activo", en este caso yo, muere en acción, desaparece, deserta o se retira, mas cuando se trata de un miembro de uno de los equipos mas letales e importantes dentro de la organización, y yo pertenezco a uno, como les conte antes.

 

—¿Activo? —preguntó Emma, aunque no parecía querer una respuesta.

 

—Un miembro, un soldado. Un arma humana, si quieres llamarlo así.

 

Se hizo un silencio incómodo, pero él siguió hablando, con la voz firme, sin emociones añadidas.

 

—Cuando eso pasa, todo el expediente del activo se guarda. No se borra, nunca. Se sella. Se oculta dentro de la red interna de la organización, fuera del alcance de todos, incluso de la mayoría de los altos mandos. Solo unos pocos pueden abrirlo de nuevo. Solo si regreso. Si vuelvo a hacer contacto.

 

—Y… mientras no lo hagas —dijo papá—, ese expediente queda enterrado.

 

Evan asintió.

 

—Exacto. Nadie puede buscarme. Nadie puede ubicarme. Para el mundo de ellos, Spectro está muerto o desaparecido. Y como ellos nunca supieron que Spectro era Evan Callahan… puedo ser Evan sin peligro. Al menos, en teoría.

 

Lucía lo miró con una mezcla de orgullo y cansancio.

 

—Te dije que podías recuperar tu nombre. Lo que eras antes de todo esto.

 

—Y lo que aún soy, ¿no? —murmuró Evan, sin mirar a nadie.

 

Me dolió escucharlo. No porque lo dijera con tristeza… sino porque lo dijo como si no supiera si tenía derecho a seguir siendo ese niño que un día fuimos a buscar desesperadamente. Y sin embargo, ahí estaba. Vivo. Frente a nosotros. Nuestro hermano.

 

—Entonces, ¿qué quieres hacer? —pregunté, mirando a Evan, intentando leer sus ojos, intentando entender qué pasaba por su cabeza.

 

Evan se quedó en silencio por un momento. Todos lo observamos, como si estuviéramos esperando que soltara alguna respuesta definitiva, algo que nos diera una pista clara de lo que iba a hacer. Pero no lo hizo. En lugar de eso, levantó la mirada hacia nosotros y, con un tono grave pero lleno de algo que no sabía si era resignación o aceptación, dijo:

 

—Lo que ustedes deseen.

 

Fue como si una bomba hubiera explotado en la habitación. Nadie se movió, nadie habló de inmediato. Estaba claro que lo decía en serio. Lo que él había contado, lo que había desvelado de su vida, no era algo fácil de digerir, pero aún así, estaba dispuesto a cederle el control a sus padres, a Emma… a mí. A todos nosotros.

 

—Esto es algo que solo ustedes pueden decidir, con lo que les he contado —continuó, su voz casi un susurro—. Todo queda a su criterio. Son los que tienen ese derecho.

 

No sabía qué decir. ¿Cómo se podía decidir algo así? ¿Cómo podías tomar una decisión sobre la vida de tu hermano cuando acababas de descubrir que estaba vivo después de todo este tiempo, pero que había vivido un infierno? Sabía que su vida había sido… incomprensible. Puedo decirlo de todas las formas posibles, pero no hay una que pueda hacerle justicia a lo que realmente pasó, a lo que realmente sobrevivió. Y ahora, estaba aquí, frente a nosotros, como si nada.

 

Pero no era nada.

 

Era Evan. Mi hermano. Y de alguna manera, aún me costaba asimilarlo.

 

Miré a mamá, y vi la angustia en sus ojos. Ella tampoco sabía qué hacer. Papá, por su parte, estaba en silencio, como si intentara procesar todo a la vez. Emma… Emma estaba completamente callada, observando, como si estuviera esperando a que alguien más hablara.

 

Finalmente, me giré hacia Evan. No quería que se sintiera presionado. Sabía que él estaba tan perdido en todo esto como nosotros.

 

—¿Y si te decimos que… queremos que seas parte de nuestras vidas otra vez? —pregunté, sin saber si era lo correcto, pero sintiendo que era lo único que podía ofrecerle en ese momento. Que no se fuera otra vez. Que no se alejara de nosotros.

 

Evan levantó una ceja, como si no esperara esa respuesta, pero al mismo tiempo, sus ojos parecían reflejar algo que había estado esperando.

No dijo nada, pero la ligera inclinación de su cabeza me dijo que estaba considerando lo que acababa de decir.

 

—Entonces, ¿quién soy para negarlo? —dijo, al fin, con una media sonrisa, pero no era una sonrisa feliz. Era una sonrisa cansada, agotada, como si estuviera dando paso a algo que nunca imaginó que sucedería.

 

Y tal vez… nunca podría haberlo imaginado.

More Chapters