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Chapter 2 - Capítulo 2 - Memento vivere II. si tan solo fuese tan simple

El sol apenas comenzaba a elevarse y, aun así, ya hacía bastante calor. El viento, llegado desde más allá de Thalangea, traía consigo verdades silenciosas ajenas a aquella humilde costa, pero que Gretta conocería a su debido momento —desgraciadamente—. Por ahora, solo se limitaba a agitar los arbustos sobre los riscos y a hacer danzar las palmeras junto al mar.

El rumor de Listuria llegaba apenas como un murmullo, acompañando a dos figuras que atravesaban despreocupadas el tenue bosque. Las voces del pueblo se diluían poco a poco entre las colinas, mientras el golpeteo de las olas reclamaba su lugar, allí donde el sendero se ensanchaba.

Una pisada sobre un charco. Luego, otra.

La playa no tenía un nombre oficial, al menos no uno conocido por los lugareños. Nadie se había tomado la molestia de otorgárselo. Bueno, casi nadie: había un par de jóvenes que la llamaban de forma casual. Tenía poca arena, mayormente rocas y conchas blanquecinas, por lo que la gente rara vez se aventuraba hasta allí. No es un sitio cómodo, pensaba la mayoría.

Pero para Gretta y Jared, "la caleta de las conchas" era un lugar hermoso y único.

—Qué bien, parece que hoy no lloverá.

Jared no respondió; se limitó a asentir con un leve movimiento de cabeza mientras alzaba la vista hacia el cielo, casi despejado, salvo por unas pocas nubes perezosas. En el agua, algunas olas pequeñas atravesaban la caleta, besando suavemente la orilla. Gretta ya se había inclinado, removiendo con la punta de los zapatos los fragmentos de conchas amontonados entre las rocas.

Su cabello rojo, aún despeinado por la prisa con que se había vestido, parecía brillar al sol… o quizá solo a los ojos de Jared.

—Espero poder encontrar una de color amatista —murmuró ella, inclinándose un poco más mientras escarbaba entre las conchas.

A su padre le habría encantado verla con ese mismo entusiasmo aplicado a las tareas del establo, aunque limpiar los desastres de Centa y compañía no era precisamente vigorizante.

—Ten cuidado con los dedos, Gretta —advirtió Jared, remangándose la camisa para unirse a la búsqueda—. Algunas son muy filosas; podrías lastimarte.

—No tienes que cuidarme, Jari. Soy un año mayor que tú —replicó con una sonrisa ladeada y un leve balanceo de cabeza.

Jared exhaló con resignación mientras apartaba algunas piedrecillas con cuidado. Ella nunca perdía la oportunidad de recordarle —por no decir presumir— ese año extra.

—Empieza a perder gracia ese comentario, ¿sabes? —protestó sin vehemencia—. Ya no somos niños.

—Pero tampoco somos adultos —replicó Gretta—, y no estoy ansiosa por serlo. Demasiadas decisiones que tomar, muchas cosas que hacer… y muy poco tiempo para simplemente ser.

El murmullo de las olas se instaló entre ambos por un momento: unos segundos silenciosos, pero reconfortantes.

—Me gusta aquí —dijo Jared, sopesando una pequeña roca gris perlada—. Es muy tranquilo. En casa todo es ruido últimamente.

Gretta midió sus palabras antes de responder.

—Mamá me dijo que tu hermana se casa en unos días, y que se irá al otro continente.

—Sí —admitió él con un suspiro—. El prometido es un mercader de Nairuba, hijo de un cliente de papá.

Gretta sostuvo una roca alargada y traslúcida contra la luz mientras pensaba cómo continuar la conversación. Hablar no era el problema; sabía, sin embargo, que era un tema delicado para su amigo. Su padre ya le había advertido más de una vez que, en ciertos asuntos, era mejor medir las palabras antes de dejarlas salir.

—¿Y… cómo te sientes al respecto?

—No lo sé realmente —respondió Jared, poniéndose de pie con una concha de forma curiosa sobre la palma abierta—. Se supone que debería estar feliz por ella, o al menos eso dice mamá… pero se siente extraño que se vaya de casa.

—Lo dicho: crecer es complicado —afirmó Gretta con una sonrisa segura.

Jared posó la mirada sobre ella. Allí estaba, tan despreocupada, con tanto brillo. Hurgando entre arena y piedras, rechazando incluso un ópalo con el gesto de quien ya tenía otro mejor. En realidad, no era la caleta lo que le traía paz. Se dio cuenta en ese instante: si ella no estuviera allí con él, la carga que había dejado en casa aún lo estaría abrumando.

No era la primera vez que tenía ese sentimiento. Lo recordaba con claridad: aquella tarde en que regresaban juntos de la escuela, como tantas otras. Un chico mayor le había hablado a Gretta de una forma que no era del todo amistosa.

La actitud de aquel muchacho le había molestado.

Pero en ese momento no entendió por qué.

—Creí que te gustaba salir a navegar —le preguntó, con algo más que simple curiosidad.

—Sí, pero no me gusta pescar —respondió ella con simpleza—. Hay que estar muy quieta, y además no me gusta el olor a pescado.

—Creo que no era "ir a pescar" lo que quería —señaló Jared.

—¿Cómo que no? Si lo escuché claramente —replicó ella—: ¿Te gustaría ir de pesca conmigo?

Jared prefirió no insistir. Algo en su estómago le decía que era mejor así. Sin darse cuenta, comenzó a compararse con aquel chico: más alto, más fuerte, mayor incluso que Gretta… y probablemente mejor parecido.

¿Por qué, de pronto, le importaba eso?

—Además, no sé cuánto tiempo más me quede en Listuria —continuó ella—. Prefiero aprovecharlo en cosas mejores que "pescar".

Ese comentario le estremeció algo en el pecho.

—¿Planeas irte a alguna parte?

—Yo no —respondió Gretta—, pero papá dice que cuando cumpla quince es posible que tengamos que irnos a Lysvarelle. No de inmediato… pero eventualmente, y sólo tal vez.

Al cumplir quince, se repitió Jared. Faltaba menos de un año para eso. De pronto, un vacío comenzó a escalarle desde dentro.

—¿Y… es definitivo? —preguntó—. ¿No hay manera de que te quedes?

Esta vez, la pregunta venía acompañada de una claridad nueva. Esa claridad se volvió más intensa cuando notó cómo uno de los mechones rojos de Gretta le rozaba la mejilla, enrojecida por el calor.

—Me quedaría si encontrara una razón —dijo ella tras pensarlo un momento—. Algo que me hiciera quedarme.

Esa tarde… esa tarde sencilla y sin pretensiones, fue cuando Jared comprendió que Gretta era algo más —al menos para él— que su amiga de la infancia.

Tomó una decisión silenciosa: no permitiría que ella saliera de su vida con tanta facilidad.

Tal vez podría hacérselo notar. Tal vez, si era más valiente.

O quizá, si le regalaba algo, podía recurrir a aquella tradición local. Incluso ella debía entender el mensaje.

Entonces, mientras recordaba aquel momento, sintió el peso del collar en su bolsillo.

Muchas cosas no las tenía claras, pero había algo que sí.

—Y tú... —dijo al fin, con una voz apenas audible—. ¿Has pensado en casarte cuando crezcas, Gretta?

Ella abandonó un momento su búsqueda y se dejó caer sobre la roca más cercana, intentando apartar algunos rizos del rostro con poco éxito.

—Supongo que lo haré en algún momento —respondió, mientras aquel mismo rizo rebelde volvía a caerle sobre la frente—. Papá y yo tuvimos una conversación sobre eso mismo esta mañana.

"Mismo tema, mismo rizo, ¡vaya ironía!" pensó Gretta para sí.

—¿Sobre casarte? —preguntó Jared, abriendo los ojos con asombro y un leve pánico que ni siquiera trató de disimular—. ¿Tienes algún pretendiente?

Gretta rió enérgicamente, casi una carcajada.

—¿Cómo crees, Jari? Más bien hablamos de a qué edad debería casarme... Aunque pienso que no es tanto por la edad —respondió jugando con su mechón al no poder vencerlo—. La verdad, este pueblo no me da esperanzas de encontrar a alguien, digamos... adecuado.

—¿Adecuado?

—Tampoco lo tengo claro, Jared —aclaró ella al notar la confusión de su interlocutor—. Pero supongo que lo sabré cuando lo encuentre si es que lo encuentro.

—No pienso que funcione así —replicó Jared, jugueteando con las conchas bajo sus pies.

—¿Y cómo crees que funcione, entonces?

Jared la miró directo a los ojos. Buscó en esa mirada esmeralda el valor para seguir su corazón. Buscó también en su bolsillo, aquel pequeño tesoro, cargado de intención, tejido con sus propias manos.

Sacó con timidez el collar de conchas y realizó un nuevo intento.

—¿Tu collar de conchas? —preguntó Gretta confundida, mirando la mano extendida.

—No debí mentirte —murmuró con pesar—. Pero sí... era un regalo para tí. Aunque no te gusten las conchas.

Gretta observó el gesto en silencio. No, las conchas no le gustaban; mientras que las piedras de colores siempre le habían parecido pedazos de estrellas caídas del cielo, las conchas por otro lado, eran solo eso.

Pero no era el collar lo que veía, sino a su amigo de toda la vida. Y de pronto, las palabras de su padre con su discurso frecuente sobre el valor de las cosas cobraron un nuevo sentido.

Su mano se extendió suavemente hasta tomar el collar entre los dedos.

—No me gustan las conchas —dijo, con una dulzura apenas contenida—, pero me gusta tu collar... Te lo agradezco Jari.

La sonrisa de Gretta, en ese momento, le pareció a Jared lo más hermoso que había visto en su vida. Y aunque aún no lo sabía, una parte de él comprendió que nunca volvería a mirar nada que lo superase.

Los minutos avanzaron sin apenas sentirse; pronto fueron horas, y el sol comenzó su descenso. La búsqueda había dado buenos frutos: algunas piedras hermosas descansaban en la bolsa de Gretta, llenándola de casi completa satisfacción, salvo por la tonalidad amatista que, un día más, se le resistía. Pero el collar de conchas que ahora adornaba su cuello era el verdadero triunfo del día en el corazón de Jared, que caminaba esta vez con un aire de confianza mucho mayor que aquella mañana.

Gretta alzó una ágata azul, pulida por el mar hasta tomar la forma de una pequeña gota.

—Fue un buen día, ¿no crees?

—Sin duda —respondió Jared, sonriendo con orgullo mientras echaba una mirada al collar que él mismo le había regalado.

Poco más adelante, donde el sendero terminaba y el camino se abría hacia el mercado de Listuria, una figura familiar los aguardaba de pie, con una bolsa de pan bajo el brazo y una cantimplora colgando de la mano. Harold conversaba con calma con uno de los vendedores del lugar; ya era una figura conocida. Alguna vez lo llamaron el forastero que pretendía a Loretta, pero ahora era simplemente el señor Rizz, el de la colina; el esposo de Loretta, el padre de la niña pelirroja.

Harold provenía del centro del continente, de un próspero reino llamado Lysvarelle. Su relación con su propio apellido, los Rizz, podría describirse como "complicada", por no decir más. El apellido lo heredó de su madre; sobre su padre, en cambio, pesaba un silencio absoluto. Así que, en lugar de compartir el tiempo con sus primos, prefería frecuentar a su amigo Jarnad, de origen más humilde, algo que los Rizz nunca aprobaron.

"No basta con que sea un hijo incierto, también tiene que fraternizar con esa gente", era una de tantas frases que le resonaban durante su niñez.

Por desgracia, la familia de Jarnad se mudó a un pueblo costero del continente sur cuando ambos apenas tenían trece años. Pero la distancia no quebró la amistad; las cartas entre ellos se mantuvieron constantes, llenas de la serenidad de un mundo que Harold aún no conocía.

"Aquí todo es distinto, más tranquilo", le escribía Jarnad. "Deberías venir a Listuria; fuera de la época de lluvias, el clima es una maravilla."

A los diecisiete, Harold decidió que ya no soportaba las presiones de su familia y le tomó la palabra a su amigo. Mudarse a Listuria sería, con el tiempo, una de las mejores decisiones de su vida… justo después de haber regalado un collar de conchas a la señorita Loretta, la joven de cabello rizado más hermosa que jamás hubiera podido conocer.

Mientras los veía acercarse por el sendero —Gretta con una bolsa llena de piedras de colores y Jared siguiéndola con ese aire torpe y entusiasmado que le resultaba tan familiar—, Harold no pudo evitar sonreír con cierta ironía. En aquel muchacho había algo del joven que él mismo fue alguna vez: el chico tímido que buscaba cualquier excusa para permanecer cerca de una muchacha demasiado luminosa para su mundo.

No le gustaba admitirlo, pero Jared era un buen chico. Quizá el más honesto del pueblo. Y si Gretta lo aprobaba como amigo, eso bastaba para él. Tal vez por eso Harold no lo apartaba del todo, aunque el padre celoso en su interior insistiera en hacerlo.

Suspiró, acomodando la bolsa de pan bajo el brazo.

"Realmente me gustaría que las cosas fueran así de simples", pensó, sin decidir si el pensamiento lo enternecía o lo inquietaba. Porque, aunque lo intentara, no podía ignorar que su linaje —la sombra de su apellido— le recordaba sin descanso que, por mucho que uno viaje o se reinvente, hay identidades de las que no se puede huir.

—¡Mira, papá! —dijo Gretta, rompiendo el hilo de sus pensamientos mientras alzaba la piedra en su mano—. ¿Verdad que está bonita?

Harold notó más el collar que el brillo azul de la piedra. Por un instante, el padre celoso quiso asomar entre sus gestos.

—Sí, hija, muy bonita —respondió, desviando la mirada hacia el chico.

Jared, al notar la mirada de Harold, se sintió súbitamente en el banquillo de los acusados.

—Bueno… será mejor que me vaya —dijo con torpe diplomacia.

—Tonterías, muchacho —respondió Harold, con una sonrisa que mezclaba cortesía y picardía—. Tu casa queda de camino al faro. Aprovecharé para saludar a Jarnad y a Eydis.

Rodeó al chico por el cuello y apoyó una mano firme sobre su hombro antes de emprender la caminata colina arriba, con Gretta guiando el camino unos pasos por delante, completamente indiferente al duelo silencioso que se desarrollaba tras ella.

"Qué rápido cambian las cosas", pensó Jared, y tal vez fue el primer —y único— pensamiento lúcido que alcanzó a formarse; luego, solo quedó el instinto de supervivencia.

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