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Chapter 1 - Capítulo 1- Memento vivere I. Hola, mi nombre es Gretta.

¿Te ha pasado que sueñas algo con tanta claridad que lo confundes con la realidad? ¿O que al despertar no recuerdas nada?

Aquel espacio vacío era profundo y helado. No había nada a la vista, solo una espesa bruma. El eco ocasional de un goteo era lo único que rompía el silencio; de algún modo, parecía nacer en su propio pecho. Nada se sentía con claridad.

Gretta se hallaba sola, aunque extrañamente acompañada por una presencia.

—¿Quién eres? —preguntó. Intentó ocultar la vacilación en su voz, sin éxito.

—Alguien que soñó contigo… —respondió una voz suave y melodiosa, un susurro que se deslizaba por la niebla.

—¿Me soñaste?

—Sí… Solo que no como tú.

Un silbido leve y distante atravesó el vacío antes de que la voz continuara:

—Los sueños también recuerdan, ¿sabes? A veces son memorias que regresan, buscando otro cuerpo donde vivir.

—No entiendo.

—No aún. Y no tienes por qué hacerlo.

—Entonces ¿por qué me dices esto?

Un olor fugaz a ceniza impregnó el ambiente, acompañado de un parpadeo rojo y ámbar. Luego, todo se disipó.

—Porque pronto recordarás cómo escucharme. Cuando despiertes del todo, mi voz se confundirá con la tuya.

—¿Despertar? ¿De qué?

La voz no respondió. Gretta inclinó la cabeza, confundida.

—¿Pasará algo… conmigo?

La voz sin rostro rió. No fue una risa amenazante; al contrario, resultó extrañamente reconfortante.

—Nada que no haya pasado antes. Solo recuerda esto: cuando mi nombre regrese a ti, no te asustes. No he venido a quitarte nada.

—¿Tu nombre?

—Anastasia.

—…Es hermoso.

—Lo fue. Ahora será tuyo, si así lo deseas.

Gretta quiso preguntar más, pero la niebla se cerró sobre ella. Se quedó sola. Todo se volvió borroso y, al final, solo quedaron el silencio y la oscuridad.

Persistió el eco de una promesa que no comprendía, latiendo en algún rincón de su interior.

...

Son muchas las cosas que pueden inquietar el corazón de una jovencita próxima a cumplir quince años: sueños, anhelos, preguntas que apenas empiezan a tomar forma. Y no son menos los temores que crecen en el corazón de un padre al notar que la estatura de su hija se acerca a la suya, y que sus comentarios durante las charlas vespertinas ya no son ocurrencias de niña, sino pensamientos cada vez más complejos.

Pero en este caso no eran solo las inquietudes comunes las que perturbaban el corazón de Harold. Lo que en otros padres podía parecer simple nostalgia, en él era una carga más honda: una verdad que había recibido poco después del nacimiento de su hija. En ella dormía algo destinado a despertar, y el tiempo no le daría tregua. Y sabía que cuando eso ocurriera, la niña que conocía ya no volvería a ser la misma. Por eso se aferraba con fuerza a la rutina, al tiempo compartido, a ese silencio mientras la observaba dormir, preguntándose si seguiría siendo ella al abrir los ojos.

Un silencio que dolía más que cualquier palabra.

—¡Gretta, ven, ya está el desayuno! —llamó la señora Rizz desde la mesa.

—Déjala dormir otro poco, querida —intervino su esposo, Harold, mientras se quitaba el sombrero y lo dejaba a un costado de su silla favorita, antes de servir el primer sorbo de café—. Apenas empiezan sus vacaciones.

La esposa lo miró con una ceja arqueada, mientras dejaba frente a él el trozo de pan con miel de cada mañana.

—No es por eso que lo dices, ¿cierto? —preguntó con un tono entre cómplice y severo—. Lo que temes es la pregunta que te hará hoy en cuanto baje.

Harold no respondió. Una media sonrisa, acompañada de un guiño de ojo, fue suficiente confirmación.

La señora Rizz suspiró con suavidad.

—La próxima semana llega Hermes. ¿Ya pensaste qué le dirás?

El gesto de Harold cambió; la sonrisa se apagó un poco, como si el vapor del café lo hubiera envuelto.

—Gretta pronto cumplirá quince —continuó ella con una calma deliberada, buscando la réplica de su marido.

—Y después dieciséis —replicó al fin Harold, la voz cargada de una resignación que no ocultaba del todo el pesar—. Lo sé. Pero sigue siendo nuestra pequeña. Y que sea tan dulce… no lo hace más fácil.

En el piso de arriba, el crujido de una ventana al cerrarse interrumpió la quietud. La madre ladeó la cabeza y sonrió.

—Se quedó mirando las estrellas hasta tarde otra vez. No me sorprende que no quiera levantarse.

Harold dejó la taza sobre el platillo con un leve tintinear y se permitió una sonrisa más serena. Su barba incipiente, ya poblada de algunas canas, acompañó las curvaturas de sus arrugas al sonreír.

—La cabeza en las estrellas, los pies en casa… así es ella.

Unos momentos antes, en la planta superior, una jovencita de ojos verdes y cabello rizado se rascaba la sien con torpeza, todavía arrastrando el sueño de la noche anterior. Tenía la sensación de haber soñado algo extraño, pero no lograba recordarlo.

Sobre la mesita junto a la cama quedaban los restos de su cena: un plato vacío y una jarra de agua a medio llenar. En las paredes, dos muñecas de trapo la observaban desde el olvido, compañeras de juegos que hacía tiempo habían perdido su turno frente a otros intereses. Allí también colgaban algunos dibujos a mano, torpes pero apasionados, donde las estrellas se repetían una y otra vez como si buscara en ellas una idea fantástica más allá de lo cotidiano.

Al lado de la ventana, una rosa blanca en su pequeña maceta recibía los primeros rayos de sol, la había recibido como regalo en su cumpleaños anterior. Era el único detalle cuidado con esmero, por alguna razón, sentía que aquella flor contenía una parte de ella misma.

—¿Por qué eres azul por las noches?

La rosa, como siempre, guardó silencio. Permanecía erguida, orgullosa en su pequeño tallo, y Gretta prefería pensar que la escuchaba. Le gustaba hablarle de vez en cuando; al fin y al cabo, ninguna chica de su edad parecía comprenderla del todo, y de los chicos mejor ni hablar. Las grullas listurales —torpes y ruidosas— le parecían menos salvajes que ellos.

Solo había una persona de su edad con quien se entendía, dentro de lo que cabe decir, claro. Su mejor amigo, Jared, o mejor dicho, su casi hermano menor: un año, un ciclo lunar y tres días, para ser exactos. Hijo del mejor amigo de su padre, habían crecido juntos y siempre fue su compañero de juegos y aventuras. Pero nunca siquiera le había cruzado por la mente nada más que eso.

No es que no tuviera algún interés en conocer a alguien; el problema era que los chicos de Listuria, con sus risas escandalosas y sus manos siempre sucias, la inspiraban más a la soledad que a otra cosa. Un muchacho del pueblo una vez hace poco, intentó regalarle un collar hecho de alambre y conchas, y Gretta prefirió imaginar a una de las grullas de su padre como un mejor prospecto, almenos estas eran útiles y cumplían con diligencia sus tareas.

—¡Gretta, ven, ya está el desayuno!

La voz de su madre la arrancó de sus pensamientos. No era raro que se perdiera en ellos; ya le habían costado más de un momento vergonzoso.

—Qué suerte tienes de ser solo una rosa —dijo al inclinarse hacia la maceta—. Nada te perturba. Eres hermosa y nada más.

Dejó que la brisa del mar le acariciara los rizos rojos antes de atárselos. Besó la flor con suavidad y cerró la ventana como si ocultara un secreto. Con suerte, sus padres no descubrirían que se había quedado despierta hasta tarde mirando las estrellas. Después, con la brisa aún en la piel, se estiró perezosa y emprendió el descenso de las escaleras.

En la mesa, su madre Loretta le sirvió el desayuno.

—¿Ya nació el hijo de Centa, papá? —preguntó Gretta mientras se sentaba.

—Se dice buenos días antes, Gretta —corrigió su madre con una severidad cariñosa.

Su madre, Loretta, poco menos alta que su padre, con una contagiosa y casi intimidante sonrisa, era, a sus ojos, la mujer más bella de toda Listuria. Con su cabello rizado, oscilante en algún punto entre el naranja y el marrón. Sus ojos, de un color similar a su cabello, además de algunos hipnóticos matices celestes. Y una figura envidiable, si se tomaba en cuenta los años que ya cargaba consigo.

—Buenos días —repitió con una sonrisa ladeada—. ¿Y entonces?

—Aún está empollando —respondió Harold, llevándose el café a los labios—. Lo mejor será dejarla tranquila.

Gretta se encogió de hombros y mordisqueó su pan con huevo.

—¿Cuánto tarda en nacer un polluelo de grulla listural?

Las grullas listurales eran aves de gran tamaño, casi como un caballo de trabajo. No volaban, o almenos no como debería hacerlo un ave. Pero corrían con una velocidad asombrosa, y por eso eran muy valoradas para transportar encomiendas y mercancías ligeras. En casa, además de los animales de granja comunes, la familia Rizz se enorgullecía de criarlas y cuidarlas con esmero.

—Más de lo que tu paciencia puede soportar, según parece —afirmó su padre, dándole un amistoso pellizco en la mejilla—. Pero seguro que saldrá antes de que terminen tus vacaciones. ¿Ya pensaste en un nombre?

Gretta no respondió de inmediato; se quedó sumida en su mente mientras bebía un sorbo de jugo de uvas. Loretta y Harold compartieron una mirada cómplice. Para ella era divertido; para él, un anticipo de que pronto llegaría la pregunta matutina de su hija.

Y no tardó.

—Ya casi cumplo quince —dijo Gretta de pronto—. ¿A qué edad debería casarme?

Harold carraspeó, intentando aparentar calma. La risita burlona de Loretta a su lado no lo ayudaba en absoluto.

Era un hombre ya entrado en años. Era alto, no demasiado, pero sí lo suficiente para que, junto a la amplitud de su espalda, resultara difícil pasar desapercibido. Tenía el cabello castaño, casi negro. Y en sus ojos café claro, si prestabas suficiente atención, se podía notar que siempre sabía algo, siempre notaba algo más, incluso en lo cotidiano.

—Creí que no te interesaba casarte, hija —intervino la madre—. ¿No dices siempre que los jóvenes de este pueblo te inspiran más a la soledad?

—Y lo sostengo, mamá. Pero hay que estar lista. Tú corriste con suerte… —giró la mirada hacia su padre—. Pero si no puedo conseguir a alguien como papá, al menos espero encontrar un esposo útil.

Harold se levantó despacio, como quien huye con dignidad de una batalla perdida. Tomó el sombrero con una mano y le despeinó el cabello con la otra.

—Aún no aprendes a domar esa melena roja, pequeña —dijo con ternura, mientras llevaba su plato al lavadero—. Es pronto para esas preguntas.

Gretta bajó la vista, dejando que la sombra le cubriera un poco el rostro.

—No me gusta mi color de cabello —murmuró con un hilo de decepción.

—Tu cabello es hermoso —la corrigió su madre, con firmeza pero sin dureza—. Algo descuidado, sí… pero hermoso.

—Lo dices porque el tuyo sí lo es —respondió Gretta con un puchero—. El mío llama tanto la atención que, si salgo sin cubrirme, todo el pueblo sabe que salí y a dónde voy.

Harold se volvió hacia ella, más suave ahora.

—Nuestros mayores atributos son los que nos hacen únicos, hija. Y solo hay dos maneras de vivir con ellos: refunfuñando siempre… o aprendiendo a apreciarlos.

Gretta le sostuvo la mirada un instante. En su mirada no había insolencia, más bien el deseo de entender las palabras de su padre, aunque su poca convicción no se lo hacía fácil. Un rizo rojo, rebelde, le bailaba sobre la frente, contradiciendo su intento de tomarse en serio la lección.

Hacía buen clima esa mañana; el viento proveniente desde más allá del mar arrastraba consigo los sonidos del pueblo costero de Listuria. La granja de los Rizz se alzaba sobre una colina, como un vigilante silencioso. Sobre el sendero que llevaba hasta la casa, unas pisadas tímidas avanzaban con dudosa convicción, la cual se iba deshaciendo mientras más cerca estaba del cerco que delimitaba la propiedad.

En su mano sostenía un collar de conchas marinas, torpemente elaborado pero cargado de esmero. La promesa que Gretta le había hecho le dio la fuerza suficiente para cruzar el portón. Sus palabras seguían claras en su mente. Una semana antes de empezar las vacaciones, ella había dicho: "claro, iremos a buscar piedras de colores a la caleta cuando terminen las clases". Y él estaba decidido a cobrar aquella promesa.

Al fin llegó hasta la puerta. Levantó la mano, temblorosa, y justo antes de dar el primer golpe, esta se abrió. Alzó la mirada y se topó con los ojos de quien había aparecido frente a él.

—Hola, señor Harold, buenos días —su voz se quebró apenas con ese saludo.

—Buenos días, Jared —respondió Harold, algo confundido.

El padre observó al chiquillo de pies a cabeza con detenimiento. No pudo pasar por alto el tosco collar que traía en la mano derecha, el nervioso tintinear de los dedos en la izquierda, ni el rubor en las mejillas que, sin duda, no se debía al sol de la mañana. Pronto comprendió que no era ningún recado lo que lo había llevado hasta allí. Su corazón de padre se alteró por segunda vez esa mañana, y aquella plática que justo había intentado eludir adquiría ahora una forma inesperada con ese mosalbete en su puerta.

—Centa está empollando —dijo con un aire serio, como si advirtiera una amenaza—. No es prudente entrar sin avisar, o podrías llevarte un buen susto.

—Papá, sabes que Centa no saldrá del nido hasta que nazca el polluelo —interrumpió Gretta desde la mesa—. ¿Por qué dices eso?

—Sí, cariño, ¿por qué dices eso? —añadió Loretta con un gesto burlón.

Harold suspiró en silencio. Esperaba hallar en su esposa una aliada confiable, pero parecía que, lejos de apaciguar su angustia, ella prefería alimentar su gusto por la tortura emocional.

Miró nuevamente a Jared, con ese cabello revuelto y la postura desgarbada que bien podría esforzarse en mejorar. Su padre, Jarnad, y él habían sido amigos desde niños. Recordaba bien el día en que lo visitó para presentarle a su recién nacido, mientras Gretta apenas caminaba tambaleante por la sala. "Jah! Oye Harold, mi pequeño Jared será el pretendiente ideal para tu pequeña ¿no crees?" insinuó entre risas. Por supuesto, lo dijo solo para fastidiarlo. Pero ahora, catorce años después, allí estaba el muchacho, dando cuerpo a aquella sentencia disfrazada de broma y llenando de polvo la entrada de su casa.

—Bueno, y ¿qué te trae por aquí Jared? —mejoró su tono de vos queriendo parecer más amistoso.

—Ehmm, Gretta y yo acordamos... Verá...

Las palabras se le disolvian en la boca tan pronto trataba de darles forma. Jared podría no ser el más determinado, ni el más listo, y en definitiva la mirada sentencial de Harold le decían suficiente sin mover los labios. Pero ya estaba ahí y no se iba a rendir.

—le dije a Jared que iríamos a buscar piedras de colores a la caleta —respondió Gretta en su lugar —, pero no esperaba que llegara tan temprano.

​Las palabras salieron de la boca de Gretta con la naturalidad de quien solo va a recoger leña. "Piedras de colores", pensó Harold. ¿Es todo lo que ella ve? La inocencia de su hija lo asustaba. Se sintió aliviado por un momento, aunque sabía que Jared todavía no había hecho su última jugada.

​Entonces, Jared le extendió la mano con el collar de conchas.

​—Traje esto para ti —murmuró con timidez.

​—¿Un collar de conchas? —preguntó Gretta al verlo, con una mueca que a Jared le resultó, cuando menos, decepcionante—. ¿Por qué andan regalando esto últimamente?

​Harold apretó los labios para evitar soltar algún sonido imprudente, pero no podía negar el ápice de satisfacción que se formó en su interior. La honestidad y el despiste de su hija eran su mejor escudo.

​Jared guardó el collar con rapidez, como si temiera que Gretta se lo quitara.

​—Eh... no es un regalo. Es... —buscó las palabras con desesperación—... es para la buena suerte. Encontré conchas la última vez, ¿recuerdas que te lo comenté? Te las quería mostrar, solo eso.

Harold no pudo evitar resoplar. El muchacho había intentado hacer un gesto romántico, y Gretta lo había convertido en un simple juego de niños. Se sintió un poco culpable, pero una parte de él disfrutaba del momento, pero sabía que tampoco era prudente bajar la guardia, era evidente que su visitante no se daría por vencido.

​Gretta por su parte asintió, su rostro se iluminó con genuina comprensión.

​—¡Ah, claro! Para tu colección, a mí no me gustan las conchas, prefiero las piedras coloridas pues me recuerdan las estrellas, aunque reconozco que están bonitas.

​Loretta, que había estado observando la escena con una mirada divertida, intervino antes de que el chico dijera algo penoso nuevamente.

—Jared, ¿por qué no vienes y tomas un poco de jugo de uvas? Y Gretta, ve a prepararte. La costa está lejos.

Gretta asintió y se dirigió a las escaleras. Hizo un gesto con las manos para hacerle saber a Jared que regresaba en un momento mientras subía a su cuarto con una agilidad sorprendente para alguien que aún arrastraba el sueño.

​Harold exhaló aliviado, que su esposa se hiciera cargo le quitó un peso de encima. Era muy temprano para afrontar tantas emociones, y Gretta tenía un talento innato para jugar con ellas. Por fortuna podía contar con Loretta, sin su complicidad, no habría sabido cómo seguir esquivando la conversación. Se sirvió una segunda taza de café y se sentó nuevamente a la mesa.

​—Gracias, señora Rizz, pero no quisiera ser una molestia —respondió Jared, sin apartar los ojos de la puerta por la que Gretta había desaparecido, mientras se rascaba el borde de la nariz con un gesto nervioso.

—Tonterías —replicó Loretta con gentileza—. No eres una molestia, muchacho. Sabes que eres bienvenido en esta casa cuando gustes. —Ya tenía la jarra servida y le acercó el vaso—. ¿Tus padres te levantaron temprano hoy?

Jared pestañeó un par de veces antes de responder. Saboreó el jugo con calma; la respuesta merecía pensarse bien. En casa, todos parecían demasiado ocupados últimamente: su hermana mayor se casaría en menos de un mes, y —al menos en su mente— nadie tenía tiempo para distraerse con él.

—Ya sabe cómo es, señora Rizz —dijo al fin, con una sonrisa forzada—. Papá es muy meticuloso con los detalles...

Si iba a añadir algo más, las palabras se disolvieron en el aire.

—Al final se decidió por la ceremonia de la luna, ¿cierto? —intervino Harold, intentando reanimar la conversación.

—Sí, señor —asintió Jared—. Creo que mi hermana quería la ceremonia del sol, pero el pretendiente es originario de Nairuba, así que… la tradición dicta que debe usarse la de la luna.

En aquellas tierras, como en el resto del continente, las ceremonias solar y lunar eran prácticas heredadas de generación en generación. Debían su nombre al momento del día en que se realizaban. La ceremonia del sol tenía lugar en las primeras horas del amanecer, mientras que la de la luna guardaba un antiguo cuidado: debía celebrarse tras el anochecer, durante el cuarto creciente o el menguante, pero nunca en luna llena ni en luna nueva. ¿La razón? Casi todos la han olvidado, aunque aún había quienes conocían el secreto… y lo guardaban en completo anonimato.

—Bueno, no es mi asunto —opinó Loretta mientras dejaba el paño sobre la mesa—, pero sigue siendo una simple formalidad dentro de una tradición. No deberían limitar a la prometida solo por eso.

—Loretta… no es nuestro asunto —le reprochó Harold lanzándole una mirada con un dejo de severidad. Aquella mañana, su esposa parecía estar dando más libertad de la adecuada a su lengua.

Jared alternó la vista entre ambos adultos, atrapado en un silencio breve, pero algo espeso. Se sentía incómodo cuando los adultos hacían eso.

—Tiene razón, señora —dijo al fin, con una sonrisa nerviosa—, pero como mencioné, mi padre es muy meticuloso con los detalles.

—¡Ya estoy lista!

El golpeteo enérgico de los pasos de Gretta bajando las escaleras interrumpió la conversación. Las mejillas de Jared se tiñeron de rubor apenas la vio: su atuendo, simple pero de un exotismo natural, parecía hecho a propósito para encender su torpe fascinación, nada más lejos de la intención de la chica.

—Procuren estar de vuelta en el pueblo antes del atardecer. Iré a visitar a Kyrel al faro esta tarde; imagino que querrás acompañarme, hija.

—Claro, papá, me encantaría.

—Bien, te esperaré junto al mercado, allí donde inicia el sendero hacia la playa.

Gretta asintió con entusiasmo, le dio un beso a su padre y otro a su madre antes de salir. Para Harold, verla cruzar esa puerta tenía algo de umbral: una mezcla de orgullo y de angustia que nunca se atrevía a confesar.

—¿Nos vamos, Jari?

—Sabes que no me gusta que me llames así —respondió Jared, dejando su jarra vacía sobre la mesa—. Muchas gracias, señora Loretta. Señor Harold.

Los jóvenes siguieron la vereda colina abajo, riendo entre la brisa salina. Harold los observó alejarse con algo de nostalgia. Cualquiera pensaría que el sentimiento se debía al recuerdo de la niña que su hija había sido; pero, en realidad, nacía de la inquietud de no saber quién sería ella en unos pocos años.

Loretta le rodeó el brazo con ternura.

—Pase lo que pase, siempre serás su padre, cariño.

Una mueca que intentaba ser sonrisa se asomó por la comisura de su labio. Cerró los ojos, intentando apartar aquella vieja sombra que el amanecer siempre le traía; la de aquel tiempo, antes de Listuria, cuando aún vivía en Lysvarelle.

—Pero tal vez... nunca más vuelva a ser mi hija.

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